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ESTUDIOS. filosofía-historia-letras
Verano 1987

Participación ciudadana y cultura política


Ante la dificultad de que la reforma democrática provenga de arriba, la oposición democrática se plantea la necesidad de una movilización ciudadana desde abajo para exigir la democracia y presionar a la élite política para que ceda. Una buena parte del debate se concentra en la discusión de este requerimiento, pues se dice que no pude haber democracia auténtica si el proceso de transición no conlleva alguna forma de participación ciudadana, independiente desde luego de la acción del Estado. Tal era precisamente el principal objetivo del libro de Madero: exhortar a la ciudadana a organizarse para exigir al régimen la instauración de la democracia; todo dentro de los cauces legales. Sin participación ciudadana, sostenía Madero, no puede concertarse la democracia genuina, sobre todo partiendo de la probable negativa de la élite política a respetar la Constitución. Después de observar la conducta del gobierno en relación al respeto de la voluntad popular, dice Madero: " ... comprendí que los que deseábamos un cambio en el sentido que se respetara nuestra Constitución, y que ésta fuera un hecho, nada debíamos esperar de arriba y no deberíamos confiar sino en nuestros propios esfuerzos."[Nota 62]

Sin embargo en el debate contemporáneo se recono-ce que la cultura política de los mexicanos no es precisamente adecuada para la movilización y participación democrática, sino que más bien predominan rasgos de apatía, inmovilidad y sumisión, en parte resultado de las insti-tuciones autoritarias que, salvo en periodos sumamente reducidos, han prevalecido durante nuestra historia antes y después de la Independencia. Aún más, ese tipo de cultura política apoya y refuerza al autoritarismo, y pone en duda la viabilidad de la democracia en México.[Nota 63]Madero- era consciente de ese problema, y reconocía en él un fuerte obstáculo para emprender el movimiento en pro de la democracia:

La razón nos revela las insuperables dificultades que existen para intentar en el terreno de la democracia una lucha fructuosa entre el pueblo adormecido, olvidado de sus derechos, y sin fuerza ni deseos para reconquistarlos.[Nota 64]

La estabilidad propiciada por un régimen político en un país tradicionalmente turbulento, confiere a ésta un valor tan especial para la ciudadanía que gran parte de ella está dispuesta a renunciar a la democracia con tal de mantener la paz social. El PRI ha explotado esta situación y destaca continuamente dentro de su discurso la paz social que su régimen ha propiciado. Al mismo tiempo, diversos sectores están dispuestos a prescindir de la democracia siempre y cuando existan las posibilidades de beneficiarse del desarrollo económico, en alguna medida. De ahí que la industrialización pueda erigirse como fuente de legitimidad, en sustitución de los principios democráticos, como se dijo antes. Madero señaló en su época un fenómeno semejante:

La Nación,- cansada de tantas revueltas y habiendo empeza-do a gustar del bienestar que trae la paz, se adormeció ante el atronador ruido de los ferrocarriles, de las industrias, de la actividad comercial [ ... ] todos pensaron en enriquecerse; po-quísimos se preocupaban de sus derechos políticos.[Nota 65]

La imposibilidad de ejercer alguna acción efectiva para evitar el abuso del poder, lleva a la ciudadanía a la resig-nación y a la indiferencia frente al poder, actitudes que llegan a arraigarse en las conciencias individuales y tienen efectos decisivos en los procesos políticos. El abstencionis-mo electoral, tanto por desinterés como por protesta, constituye un rasgo típico de una cultura política autoritaria. Madero, refiriéndose a las acciones arbitrarias de los gobernantes porfiristas, señala que:

Al principio la opinión pública protestaba contra ellas, pero cansada de tanto esfuerzo estéril, dejó de protestar y se acostumbró a dominar su indignación, logrando al fin ver como cosas normales los abusos de las autoridades [...El pueblo] se acostumbra a no apreciar el imperio de la ley; sólo obedece servilmente al principio de autoridad, y se acostumbra al disimulo, amoldándose en todo al medio en que se encuentra.[Nota 66]

Asimismo, el hecho de que en un sistema autoritario exista siempre el riesgo de sufrir el abuso o la represión por parte de las autoridades, provoca en la mayoría de los ciudadanos el temor a enfrentarse al régimen, lo cual es evidentemente conveniente para la continuidad del mismo. Por lo cual dice Madero:

... ahora lo único que se pretende es evitar que esos abusos recaigan sobre uno mismo, para lo cual se procura estar bien con la autoridad; esa conducta es la que observa la mayoría, generalmente acomodaticia, que quiere vivir tranquila, que sólo se preocupa de sus bienes materiales, del progreso de sus negocios.[Nota 67]

Igualmente la influencia que puede llegar a tener el discurso público, cuando éste tiene vigencia, contribuye en mucho a la aceptación del régimen por parte de la ciudadanía, aún cuando se reconozca que buena parte de ese discurso es demagógico, al grado que " ... el lenguaje convencional y falso que se emplea en las esferas oficiales, llega a ser el corriente en toda una nación."[Nota 68] Las clases humildes, por otro lado, debido a su ignorancia y miseria, son presa fácil de la manipulación gubernamental, que es, según Madero:

...indirectamente mayor sobre las masas, porque los grandes capitalistas generalmente son partidarios del gobierno constituido y ocupan muchos obreros en sus talleres y jornaleros en sus haciendas, a los que fácilmente obligan a votar en favor de las candidaturas oficiales.[Nota 69]

Panorama éste indiscutiblemente parecido ¿ti de nuestra actualidad, aunque ciertamente con las variaciones derivadas de la distinta circunstancia histórica. Ante la dificultad que representa una cultura política fundamentalmente autoritaria para el desarrollo de la democracia, se podría pensar que efectivamente no queda más remedio a la Nación Mexicana que resignarse a tener por lo pronto un régimen autoritario, como lo sostienen algunos priístas lo mismo que lo hacían algunos porfiristas, aunque no públicamente, desde luego. Pero Madero, lo mismo que los demócratas de hoy, mantiene la postura de que la cultura política autoritaria se debe en buena parte a las prácticas e instituciones autoritarias, y por ello al cambiar éstas por unas genuinamente democráticas, poco a poco la cultura mexicana irá tornándose en democrática, con lo que se podrá consolidar este tipo de sistema.[Nota 70] Señala Madero al respecto:

... algunos publicistas ya no se toman la molestia de disfrazar su pensamiento y nos dicen con ruda franqueza: "Aún no estamos aptos para la democracia, necesitamos una mano de hierro que nos gobierne" [ ... ] En efecto, la contestación a esa afirmación es muy sencilla: admitiendo por un momento que no estamos aptos para la democracia, ¿de qué manera lograremos llegar a familiarizarnos con sus prácticas si nunca se nos deja practicarlas? La base de prácticas democráticas, que es la consagrada por la costumbre, implica desde luego la teoría puesta en acción, y mientras esto no suceda, mientras los pueblos no lleven a la práctica los ideales democráticos, nunca se familiarizarán con ellos.

Evidentemente el cambio no es considerado automático, como lo pensaron muchos liberales del siglo XIX. La cultura cambia muy lentamente y con mucha dificultad; pero cambia. Aunque para ello se requiere, entre otras cosas, una modificación de las prácticas e instituciones, al menos en un grado en que resulten operativas para un país determinado. Tanto en Madero como en los demócratas de la actualidad se encuentra la postura de que ese intento no tiene por qué postergarse, pese al esfuerzo que suponga. Sostiene Madero:

Todo es pues cuestión de costumbres, pero costumbres que han echado tan hondas raíces en el suelo nacional, que no podrán desarraigarse sin causar en este profundas alteraciones; sin demandar esfuerzos gigantescos, sin necesitar de la abnegada cooperación de todos los buenos mexicanos.[Nota 71]

Por otro lado, no se trata solamente de que se considere que el momento para instaurar la democracia haya llegado, sino que se piensa que de no llevarse a cabo en el presente, la dificultad para intentar el cambio después será mayor, pues, según señala Madero, " ... el poco espíritu público que aún se nota acabará por desaparecer y cada vez estaremos menos aptos para la democracia",[Nota 72] De ahí el temor que tenla Madero acerca de la institucionalización del autorita-rismo, pues comprendía que la mayor fuerza de éste dificultaría la transición a la democracia, por lo que los vicios de la cultura autoritaria arraigarían en la conciencia nacional de manera irreversible, causando por supuesto todo tipo de problemas para la buena marcha de la nación:

... que se prolongue este régimen, y toda idea de patriotismo desaparecerá por completo y la mayor corrupción en las costumbres acabará de matar cuanto sentimiento noble y generoso abrigan aún los pechos mexicanos. La decadencia será cada vez mayor, y México, que necesita ser nación fuerte para el cumplimiento de sus grandes destinos, tendrá que resignarse a sucumbir bajo el peor de sus vicios ... [Nota 73]

A partir de esta advertencia, Madero pensaría que no hay de qué extrañarse por la situación que atraviesa el país en la actualidad, ya que la consideraría, como muchos de los demócratas modernos, una derivación lógica de la institucionalización del autoritarismo de la que nos prevenía. Pese a todo, los demócratas contemporáneos guardan todavía la esperanza de que las cosas puedan cambiar, de lograrse llevar a cabo la democratización política. Pero como Madero, opinan que el momento para hacerlo es imposter-gable, pues de lo contrario las cosas cambiarán de cualquier modo, pero para peor.[Nota 74] De ahí el tono impaciente del llamado de Madero a la democracia, que recuerda el que ahora hace la oposición democrática de nuestro tiempo.


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