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ESTUDIOS. filosofía-historia-letras
Verano 1987

De Elogios


III

Los ritmos del orgullo descienden de los rojos montículos cercanos al mar.

Los buques viran en las caletas como astros obscuros.

Las bahías forjan un sueño lleno de cabezas de niños...

Sé un hombre de Ojos tranquilos que ríe, que ríe silencioso bajo el ala inmóvil de la ceja, perfección del vuelo (y con la punta quieta de la pestaña hace que vuelvan las cosas que ha visto, siguiendo los caminos de la mar fraudulenta... y con la punta inmóvil de la pestaña nos ha prometido más de una isla, como aquel que dice a otro más joven: "¡Ya tú verás! "

Y es él quien se pone de acuerdo con el patrón del navío).

IV

¡Azul celeste! ¡nuestras bestias se arruman a un grito!

Me despierto soñando en el fruto negro del Anibo en su cúpula tronchada y llena de verrugas... ¡Ah, los cangrejos han devorado todo un árbol de frutos lenes! Otro está lleno de cicatrices, sus flores brotan suculentas, en el tronco. Y otro, que sirve de testigo, no se lo puede tocar sin que chorree al punto esas moscas, esos colores!... Las hormigas corren en los dos sentidos. Las mujeres ríen a solas entre los malvaviscos de Indias, esas flores amarillas-con-motas-de-un-negro-púrpura-en-la-base que se emplean en la diarrea de los bovinos... Y el sexo huele bien. El sudor inaugura una senda fresca. Un hombre a solas metería su naríz en la sangría de su brazo. Esas riberas se elevan, se sumen bajo capas de insectos en descabelladas nupcias. El remo echó brotes en la mano del remero. Un perro vivo en la punta de un garfio es el mejor cebo para el tiburón...

-Me despierto soñando en el fruto negro del Anibo; con sus flores en atado bajo la axila de las hojas.

V

... Porque esas aguas quietas son como leche y todo lo que se explaya en las apacibles soledades de la mañana.

El puente, lavado antes del amanecer por un agua en sueños semejante a la mezcla del alba, entabla una hermosa relación con el cielo. Y la infancia adorable del día, por el emaparrado de las tiendas rodadas, desciende hasta mi canción.

Infancia, mi amor, ¿no era más que eso?

Infancia, mi amor... ese doble anillo del ojo y la delicia de amar...

Hace un tiempo tan sereno, y por otra parte tan tibio, un tiempo tan continuo que se antoja muy extraño estar allí, con las manos atadas a la sencillez del día...

Infancia, mi amor, no hay más que ceder... Pero, ¿lo he dicho ya? No quiero agitar más esa ropa blanca, allí, en lo incurable, entre las verdes soledades de la mañana... Pero, ¿lo he dicho ya? Sólo hay que servir como de soga vieja... y este corazón, este corazón, ¡allí!, arrastrándose sobre los puentes, más humilde y más salvaje y más, que un viejo estropajo, extenuado...

VI

Un poco de cielo azulea en el declive de nuestras uñas. El día será cálido allí donde se condense el fuego. He aquí como sucederá:

Un chisporroteo en las simas escarlatas, el abismo pisoteado por los búfalos de la alegría (¡,oh alegría sólo explicable por la luz!). Y el enfermo, en el mar, dirá que se detenga el barco para que lo puedan auscultar.

Y el gran ocio se apodera entonces de todos los de popa, las riadas de silencio refluyendo hacia nuestras frentes... Un pájaro que venía después, su vuelo lo lleva por encima de las cabezas, evita el mástil, pasa, enseñándonos sus patas rosadas de paloma, salvaje como Cambises y dulce como Asuero... Y el más joven de los viajeros casi sentándose en la batayola: "Quisiera hablaros de los manantiales submarinos..." (se le ruega que cuente)

-Sin embargo, el barco arroja una sombra verdiazul; serena, clarividente, invadida de glucosas en donde pacen como bandas flexibles que se ondulan esos peces que se alejan como el tema a lo largo de la canción.

... Y yo, rebosante de salud, que veo eso, voy junto al enfermo y se lo cuento: y he aquí que me desprecia.

VIII

¡Para el comerciante el pórtico sobre el mar, y el tejado para el agorero!... Pero para algún otro, el velero en el fondo de las caletas de vino negro, y ese olor, ¡ese sediento olor a madera seca, que hace pensar en las manchas del Sol, en los astrónomos, en la muerte...

-Ese navío está en nosotros y mi infancia no ha llegado a su fin.

-He visto muchos peces cuyos nombres aprendí. He visto muchas otras cosas que sólo se ven entre el Agua; otras que han muerto y otras más que son ficciones... Y ni los pavorreales de Salomón, ni la flor pintada en el tahalí de los Ras, ni el ocelote alimentado con carne humana, ante los dioses, por Moctezuma superan en colorido a ese pez montaraz izado por la borda para divertir a mi madre, que es joven y bosteza.

... Hay árboles pudriéndose en el fondo de las caletas de vino negro.


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