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ESTUDIOS. filosofía-historia-letras
Verano 1987

4. Serie teológica.


-En 1849 y en 1856, La Tentación se abría con una lucha con los siete pecados capitales y las tres virtudes teologales, Fé, Esperanza y Caridad. En el texto publicado, toda esta imaginería tradicional acerca de los misterios ha desaparecido. Los pecados aparecen simplemente en forma de espejismos. En cuanto a las virtudes, subsisten en secreto, como principios organizadores de las secuencias. Los manejos incesantemente recomenzados por la herjía comprometen la Fé en la omnipotencia del error; la agonía de los dioses, que los aniquila como simples centelleos de la imaginación, hace inútil toda Esperanza; la necesidad inerte de la naturaleza, o el desencadenamiento salvaje de sus fuerzas, reducen la Caridad a algo irrisorio.

Las tres grandes virtudes son vencidas. El santo vuelve entonces la espalda al cielo, "se acuesta boca abajo apoyado sobre los dos codos, y reteniendo el aliento mira... Los helechos marchitos vuelven a florecer". Al espectáculo de la pequeña célula que palpita. San Antonio transforma la Caridad en deslumbrada curiosidad ("¡Oh dicha! ¡Alegría! He visto nacer la vida, he visto al movimiento surgir"), la Esperanza en deseo desmesurado de funddirse en la violencia del mundo ("Tengo ganas de volar, de nadar, de ladrar, de bramar, de aullar"), la Fé en voluntad de identificarse como el mutismo de la naturaleza, con la apagada y dulce estupidez de las cosas ("Querría agazaparme bajo todas las formas, penetrar cada átomo, descender hasta el fondo de la materia -ser la materia"). Se puede leer La Tentación como la lucha y derrota de las tres virtudes teologales.

En esta obra que a una primera mirada da la impresión de estar constituída por una serie un poco incoherente de fantasmas, el orden, como se puede ver, ha sido establecido con un cuidado meticuloso. Es del todo probable que aquello que se evidencia como fantasma esté compuesto tan sólo por documentos transcritos: dibujos o libros, figuras o textos. Pero la serie que lo encadena se halla regulada según una muy compleja composición, que asignado cierto lugar a cada uno de los elementos documentales, los hace figurar en varias series simultáneas. La línea visible a lo largo de la cual desfilan pecados, herejías, divinidades y monstruos no es más que la cúspide superficial de toda una organización vertical. Esta sucesión de figuras que se empujan como en una farsa de marionetas, es al mismo tiempo: trinidad canónica de las virtudes; geodésica de la cultura, naciente en los sueños del Oriente y agonizante en el saber occidental; retorno de la Historia hasta el origen del tiempo y de las cosas; pulsación de espacio que se dilata hasta los confines del mundo y se contrae de golpe sobre el elemento simple de la vida. Cada elemento o cada figura tiene pues su sitio no solamente en un desfile visible, sino también en el orden de las alegorías cirstianas, en el movimiento de la cultura y del saber, en la cronología invertida del mundo, en las configuraciones especiales del universo.

Se añade que La Tentación se despliega según una profundidad que envuelve a las visiones las unas dentro de las otras y las aleja según un orden escalonado, se ve que, tras el hilo del discurso y por debajo de la serie sucesiva, es un volumen el que se constituye: cada uno de los elementos (escenas, personajes, discursos, modificación del decorado) se sitúa perfectamente en un punto determinado de la serie lineal, aparte de su sistema de correspondencias verticales, y de la profundidad a la que se halla ubicado en la ficción. Se comprende que La Tentación pueda ser el libro de los libros; ella organiza en un "volumen" una serie de elementos del lenguaje que han sido constituidos a dpartir de los libros ya escritos, y que por su carácter rigurosamente documental son repetición de lo ya dicho; la biblioteca es abierta, inventariada, podada, repetida y combinada en un espacio nuevo; y este "volumen" en el que Flaubert la hace ingresar, es al tiempo el espesor de un libro que desarrolla el hilo necesariamente lineal de su texto, y un desfile de marionetas que se abre sobre toda una profundidad de visiones acopladas.

Hay en San Antonio algo que remite a Bouvard, como su sombra grotesca, su doble a la vez minúsculo y desmesurado. Inmediatamente despúes de haber acabado La Tentación, Flaubert emprende la redacción de este último texto. Idénticos elementos: un libro hecho de libros: la erudita enciclopedia de una cultura; la tentación en medio del retiro; la larga serie de experiencias; los mecanismos de la ilusión y la credulidad. Pero la configuración general ha cambiado. Y antes que nada la relación del Libro con la serie indefinida de los libros: La tentación estaba compuesta de estallidos del lenguaje, desprendidos de invisibles volúmenes y transformados en puros fantasmas para la mirada; sólo La Biblia -el libro por excelencia- manifestaba en el interior del texto y en medio mismo del escenario, la soberana presencia de lo Escrito: ella enunciaba de una vez por todas el poder seductor del Libro. Bouvard y Pecuchet son directamente tentados por los libros, por su indefinidad multiplicidad, por el amontonamiento de las obras en el espacio gris de la Biblioteca; esta última en Bouvard se halla visible y es inventariada, denominada y analizada . Para irradiar su hechizo no tiene necesidad de ser sacralizada en un libro, ni de ser traducida en imágenes. Detenta sus poderes mediante su sola existencia con la indefinidad proliferación del papel impreso. La Biblia se ha transformado en librería, la música de las imágenes en apetito de lectura. Por este mismo hecho, la forma de la tentación ha cambiado. San Antonio se ha confinado en una soledad ociosa; la posibilidad de cualquier presencia ha sido alejada: una tumba no hubiere sido suficiente, o una fortaleza amurallada. Todas las formas visibles había sido conjuradas, pero había vuelto en plan de ataque, sometiendo al santo a prueba. A la prueba de su proximidad, pero también de su alejamiento: ellas lo rodeaban, lo asediaban por todos lados y en el momento en que él alargaba la mano, se desvanecía. De suerte que frente a ellas, el santo estaba relegado a la pura pasividad; había sido suficiente que les hubiera dado lugar, a través del Libro, mediante las veleidades de su memoria o de su imaginación. Todo gesto proveniente de él, toda palabra piadosa, toda violencia borraba el espejismo, indicándole que había sido tentado (que la irrealidad de su imagen no había sido real más que en su corazón). Bouvard y Pecuchet, en cambio, son peregrinos que no se cansan por nada: lo ensayan todo, se aproximan a todo, lo tocan todo; lo someten todo a la prueba de su modesta industriosidad. Si ellos se han confinado en el retiro, como el monje de Egipto, se trata de un retiro activo, de una ociosidad emprendedora a la que convocan, mediante gran apoyo de lecturas, todo lo más respetable de la ciencia, con las verdades más gravemente impresas. Quieren aplicar lo que han leído, y si la promesa se le escurre, como las imágenes ante San Antonio, no es a un primer gesto, sino al término de su obstinación. Tentación por el celo.

Es que para estos dos bonachones, ser tentado es ya creer. Creer en lo que leen, creer en lo que escuchan en labios ajenos, creer inmediata e indefinidamente en el murmullo del discurso. Toda su inocencia sucumbe en el espacio abierto por el lenguaje ya dicho. Lo que es leído y entendido se convierte al Punto en lo que hay que hacer. Pero tan grande es la pureza de su empresa que si su fracaso les muestra la incertidumbre de tal proposición o de tal ciencia, no quebranta nunca la intransigencia de su creencia en el saber en general. Los desastres se mantienen exteriores a la soberanía de su fe; esta se conserva intacta. Cuando Bouvard y Pecuchet renuncian, no es a saber ni a creer en el saber, sino a hacer lo que saben. Se deshacen de las obras para conservar inmune su fé en la fé. Son la imagen de Job en el mundo moder-no: afectados menos en sus bienes que en su saber, abandonados no por Dios sino por la ciencia, conservan como aquel su fideli-dad, son verdaderos santos. Para San Antonio, por el contrarió, ser tentado es ver aquello en lo que no cree; es ver el error mezclado con la verdad, el espejismo de los falsos dioses con la identidad del único Dios, la naturaleza abandonada por la providencia con la inmensidad de su extensión o con el salvajismo de sus fuerzas vivas. Y de una manera paradójica, cuando estas imágenes son devueltas a la oscuridad de la que han salido, arrastran consigo un poco de aquella creencia que San Antonio, un instante, les ha otorgado -un poco de aquella creencia que asignaba al Dios de los cristianos-. De suerte que la desaparición de los fantasmas más opuestos a su fe, lejos de confirmar al ermitaño en su religión, la destruye poco a poco y finalmente la oculta. Destruyéndose mutuamente, los herejes disipan la verdad: y los dioses agonizantes arrastran en su noche un fragmento de la imagen del verdadero Dios. La santidad de Antonio es vencida por la derrota de aquello en lo que no cree;, la de Bouvard y Pecuchet triunfa en el fracaso de su fe. Ellos, que han recibido la gracia de la que el santo ha sido privado, son los verdaderos elegidos.

La relación entre la santidad y la necedad ha sido sin duda fundamental para Flaubert; es reconocible en Carlos Bovary; es visible en Un Corazón Simple, acaso en La Educación Sentimen-tal; es constitutiva en La tentación y en Bouvard. Pero aquí y allá, tomando formas simétricas e inversas. Bouvard y Pecuchet mezclan -la santidad y la inepcia bajo la modalidad del querer-hacer: ellos, que se han soñado ricos, libres, rentistas, propietarios, y lo han llegado a ser, no son capaces de serlo pura y simplemente sin entrar en el ciclo de su inagotable laboriosidad; los libros que deben aproximarlos a lo que tienen que ser, los apartan de ello prescribiéndoles lo que tienen que hacer -estupidez y virtud, santidad y necedad de aquellos, que se proponen con obstina-ción hacer eso mismo que ellos son ya, transformar en actos las ideas que han recibido y que se esfuerzan silenciosamente, a lo largo de toda su existencia, en recuperar su naturaleza con un encarnizamiento sin perspectivas-. En cambio San Antonio mezcla la necedad y la santidad bajo la modalidad del querer-ser; en la pura inercia de los sentidos, de la inteligencia y del corazón, ha querido ser un Santo y fundirse, por medio del Libro, en las imágenes que a propósito le habían sido dadas. Es por ese camino que progresivamente la tentación va a hacer presa en, él: niega la herejía pero siente ya piedad hacia los dioses, se reconoce en las tentaciones de Buda, experimenta sordamente las ebriedades de Cibeles, llora con Isis. Pero es frente a la materia donde triunfa en él el deseo de ser lo que ve: querría ser ciego y amodorrado, goloso y estúpido como el catoblepas;[Nota 96] querría no ser capaz de levantar la cabeza por encima del propio vientre, y tener párpados tan pesados que ninguna luz alcanzara sus ojos. Querría no ser hombre -ser animal, planta, célula.., Querría ser materia. En este sueño del pensamiento, en la inocencia de deseos que no serían más que simple movimiento, él alcanzaría al fin la estúpida santidad de las cosas.

En el instante en que esto se consuma, el día despunta de nuevo, el rostro de Cristo resplandece en el sol, San Antonio se arrodilla y recomienza sus oraciones. ¿Ha triunfado sobre las tentaciones, o por el contrario ha sido vencido, por lo que, para su castigo, el mismo acto recomienza indefinidamente? ¿0 es que ha encontrado la pureza en el mutismo de la materia, es que ha llegado a ser realmente santo, alcanzando en el peligroso espacio del libro la palpitación de las cosas sin pecado, pudiendo hacer ahora, con sus oraciones, sus lecturas y largos arrodillamientos, esa santidad bruta en la que se ha convertido? Bouvard y Pecuchet recomienzan ellos también: al final de sus experiencias renuncian (se los obliga a renunciar) a hacer lo que se habían propuesto para llegar a ser lo que eran. Ellos lo son pura y simplemente: hacen fabricar un gran escritorio doble, para volver a ser lo que no habían dejado de ser, para ponerse a hacer otra vez lo que habían hecho durante decenas de años -para copiar-. ¿Copiar qué? Los libros, sus libros, todos los libros y este libro, sin duda, que es Bouvard y Pecuchet: porque copiar, es no hacer nada; es ser los libros que se copian, es ser esa íntima distensión del lenguaje que se desdobla, es ser el repliegue del discurso sobre sí mismo, es ser esa existencia invisible que vierte la palabra transitoria en la infinidad del rumor. Al triunfar sobre el Libro eterno San Antonio se sume en el movimiento sin lenguaje de la materia: Bouvard y Pecuchet triunfan sobre todo lo que es extraño al libro y se le resiste, llegando a encarnar ellos mismos el movimiento perpetuo del libro. El libro abierto por San Antonio, del que han alzado el vuelo todas las tentaciones, estos dos hombres ingenuos lo continuarán indefinidamente, sin ilusión, sin, gula, sin pecados, sin deseos.


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