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ESTUDIOS. filosofía-historia-letras
Verano 1987

I. Ciencia sin método


Galileo y sus émulos descubrieron lo que los siglos siguientes habrían de ratificar: se obtendrán previsiones más acertadas pensando en términos de masas de partículas que chocan al azar, y no, como lo hiciera Aristóteles, pensando en ellas al modo animista, teleológico y antropomórfico. Ellos descubrieron. también que, para captar y asir el universo, más valía abordarlo como infinidad helada y sin recurso, que figurarse un mundo cerrado, cómodo, concebido según un plan y con alguna aunque fuera pequeña relación de correspondencia con las preocupaciones de los hombres. Efectivamente, encontraron que razonando sobre los planetas, sobre las máquinas balísticas o sobre los corpúsculos, al igual que sobre los puntos-masa, se podían obtener hermosas leyes predictivas totalmente simples si se buscaban también las relaciones matemáticas más simples. Sobre estos descubrimientos se fincan los cimientos de la civilización tecnológica moderna. Nunca se hablara demasiado de cuánto les debemos. Pero ello no significa -y pido disculpas a Kant y Descartes- que se pueda inferir lección alguna ni moral alguna, desde el punto de vista de la epistemología. Estos descubrimientos no nos enseñaron nada sobre !a naturaleza de la ciencia o de la racionalidad, Bajo ningún concepto han sido fruto del recurso a lo que habría de llamarse "método científico" ni tampoco su ilustración.

La tradición que designamos con el nombre de "filosofía moderna" se ha interrogado: ¿Cómo puede la ciencia conocer semejante progreso? ¿Cuál es el secreto de su éxito? A estas malas preguntas se han dado peores respuestas.

Entre tantas variaciones sobre el tema único de una metáfora tan seductora como insolvente, la Ciencia Nueva habría descu-bierto el Lenguaje Espontáneo de la Naturaleza. Cuando Galileo afirmaba que el Libro de la Naturaleza estaba escrito en el lenguaje de las matemáticas, no quería decir: "Resulta que mi nuevo vocabulario -reduccionista, matemático- funciona", sino que: ,"Si funciona, es que las cosas son realmente así". El entendía por ello que su vocabulario "funcionaba" porque "le venía bien" al universo como la llave "viene bien a la cerradura". Después, a los filósofos les tocaría el trabajo de dar sentido a nociones tales corno: "esto-funciona-porque", y "cosas-tal-como-son realmente".

Descartes, en su momento, hablaría de la claridad natural y del carácter naturalmente distinto de las ideas galileanas, las cuales, por una razón o por otra, habían escapado brutalmente a Aristóteles. Locke, sorprendido por el carácter indistinto de esa noción de claridad, quiso llegar más lejos gracias a un programa que permitiera, pensaba él, reducir las ideas complejas a ideas simples. Para dotar de pertinencia a ese programa con respecto a las ciencias de su tiempo, recurrió a una distinción ad hoc entre las ideas que se asemejan a sus objetos y aquellas que no. Distinción sobradamente dudosa que nos condujo -vía Berkeley y Hume- hasta Kant, quien sugirió de manera asaz desesperante que sí la llave "funciona" es porque nosotros le hemos forjado, sin saberlo, la cerradura conveniente. Con lo que, dimos en pen-sar retrospectivamente, que Kant vendió un secreto. A tal punto que el idealismo trascendental logró reintroducir por la ventana las nociones teleológicas, animistas o aristotélicas que los intelectuales habían lanzado por la puerta, por temor a no estar de moda. Los partidarios del idealismo especulativo que llegaron después de Kant abandonarían la idea de buscar los secretos de la natura-leza. La sustituirían por la idea de hacer mundos creando vocabularios, noción cuyo eco encontramos actualmente en ciertos francotiradores de la filosofía de las ciencias: Cassirer y Good-man, por ejemplo.

Procurando evitar los así llamados "excesos del idealismo germánico", un grupo de filósofos -que clasificaremos apresuradamente como "positivistas"- trataron, en el curso de los últimos cien años, de utilizar las nociones de. "objetividad", de "rigor" y de "método", con el fin de aislar la ciencia de la no .ciencia. Todo ello porque continuaban convencidos de lo bien fundado de la explicación del éxito de la ciencia en términos del descubrimiento del Lenguaje Espontáneo de la Naturaleza, por más infeliz que haya resultado la metáfora. El realismo, por su parte, siguió siendo tan incapaz como lo había sido el idealismo de decir en qué podía consistir con precisión la supuesta corres-pondencia entre el lenguaje de la naturaleza y la jerga científica. Muy raros fueron los que osaron deslizar la idea de que la ciencia no mantenía, tal vez, el secreto de su propio éxito, y que, tal vez, no existiera siquiera explicación alguna metafísica o trascendental de la singular fortuna del vocabulario galileano, como tampoco sería posible explicar el hecho de que el vocabulario de la democracia liberal tuviera esos alcances. Pocos fueron los que tuvieron la voluntad de abjurar de la noción de "entendimiento" o de una "razón" provistos de una naturaleza tal que su descubrimiento daría acceso a un "método" susceptible, si la siguiéramos, de hacernos penetrar las apariencias para revelarnos a la Naturaleza misma "en sus propios términos"...[Nota 98]

El mérito de Kuhn fue el de compartir junto con Dewey, el crédito por habernos impulsado a abandonar la idea de una ciencia siempre en marcha hacia sus fines últimos llamados "correspondencia con la realidad---, por habernos dado la fortaleza para hablar de tal o cual vocabulario diciendo solamente que "funciona" mejor, que es más operativo que tal otro para tal o cual fin. Suscribiendo sus propuestas, escaparemos a la tentación de preguntarnos: ¿Cuál es el método del hombre de ciencia? 0, más precisamente (y en el interior de lo que Kuhn llamó "ciencia normal", a saber, la resolución de problemas), diremos, de ahora en adelante, que el hombre de ciencia se sirve estrictamente de los mismos métodos banales y evidentes que cualquiera de nosotros en cualquier actividad humana: descontando los ejemplos que van contra los criterios, escamoteando los contra-ejemplos lo suficiente como para evitar el recurso a nuevos modelos, ensayando más hipótesis formuladas en la jerga en boga, con la esperanza de cubrir los casos imposibles de amañar. No estaremos ya tentados a pensar que exista -o pudiera existir- la menor respuesta de alcance epistemológico a la pregunta:. ¿Qué es lo que Aristóteles "hizo mal" y Galileo "hizo bien"?, ni tampoco: "¿En qué falló Xenofonte que Platón tuvo éxito?-, o: "¿Qué fue lo que Luis XVI dejó escapar que Mirabeau captó?". Diremos simplemente que Galileo tuvo una buena idea y Aristóteles una menos buena. Galileo recurrió a una terminología operativa y Aristóteles no. El único secreto de Galileo fue su terminología, y no la escogió porque fuera "clara", "natural", "simple" o estuviera articulada con las categorías del entendimiento puro. Tuvo suerte: eso fue todo.

Los filósofos del siglo XVII debían haber extraído la moraleja de la historia de Galileo a la manera de un Whewell o de un Kuhn, y concluido que a, toda percepción científica le importa menos calificar como verdadero tal o cual término alternativo que descubrir la jerga que ha servido para establecer las hipótesis de partida. Pero, ya se dijo, no fue ese el caso, y ellos concluyeron por el contrario que el nuevo vocabulario mismo era el medio por el cual la naturaleza había deseado siempre ser descrita. Pienso que hubo dos razones para ello. Primeramente, ellos creían que si el vocabulario de Galileo funcionaba bien, era porque no recu-rría a la metafísica y estaba, desprovisto de moral y de pasión humana. Ellos tenían la vaga idea de que el hombre de ciencia galileano había tenido éxito porque podía afrontar los terribles abismos de los espacios infinitos. En cuanto a la distancia toma-da con respecto al sentido común y al sentimiento religioso, y, en general con respecto a las grandes opciones de los modos de existencia del hombre, ellos la identificaron simplemente con una parte del secreto del éxito del sabio. De tal suerte afirmaban que la oportunidad de estar "en contacto con la realidad", de ser "científicos", de describir dicha realidad como ella lo desea, de ejercer dominio sobre ella, serán proporcionales a la menor frecuencia con que recurramos a la metafísica y al menor alcance moral denotado por nuestro vocabulario. En segundo lugar, ellos pensaron que la única manera de eliminar las nociones "subjetivas", a saber aquellas que pueden ser descritas en nuestro vocabulario, pero que el lenguaje de la naturaleza no admite era evitando los términos que, por definición, no podían ser asocia. dos a aquellos que forman parte de los vocabularios galileano y newtoniano: los que ya nombré como "cualidades primarias".

Este tejido de errores -en especial la noción de que un término tiene tantas oportunidades de "referirse a lo real" cuanto su. connotación moral sea menor y más numerosas sus recurrencias a verdaderas proposiciones universales predictivas- ha dado cuerpo a la idea del "método científico" como búsqueda de una "concepción absoluta de la realidad" (según la fórmula de Bertrand Williams).[Nota 99]Se trata aquí de la realidad concebida no como representada por las representaciones que nosotros nos hacemos de ella, sino como representada por las representaciones que ella se hace de sí misma, cuando se considera; de la realidad tal y como se describiría a sí misma si pudiera hacerlo. Williams y todos aquellos que apostaron por el cartesianismo, no se contentan con creer que la noción de la que acabo de hablar está exenta de confusión: reconocen en ella una de nuestras intuiciones sobre la naturaleza del saber. Por mi parte, pretendo, por el contrario, que se trata solamente de una de nuestras intuiciones sobre lo que se tiene por filosófico. No hay allí sino la forma cartesiana del fantasma filosófico arquetípico: la de corto-circuitar toda descripción, toda representación, para acceder a un estado de conciencia que aprehende lo mejor en la confrontación inarticulada, al término del final de la formulación lingüística. Ese sueño de descubrir, y en cierta forma de saber que se ha descubierto, el Vocabulario Espontáneo de la Naturaleza, pareció concretarse cuando Galileo y Newton formularon un conjunto exhaustivo de proposiciones universales predictivas en una escritura matemática cuyos términos eran suficientemente "fríos" e "inhumanos". A partir de entonces, las nociones de "racionalidad", "método" y "ciencia" han quedado vinculadas estrechamente a la búsqueda de ese tipo de proposiciones universales.

Al faltar ese modelo para perpetuarse, la noción de "método científico", en sentido moderno, no hubiera podido imponerse. El término de "método" habría conservado aún el sentido que tenía para Ramus o Bacon en la época anterior a la aparición de la Ciencia Nueva. Para ellos, tener un método no era otra cosa que poseer una buena lista de temas o de encabezados de capítulos; en suma, disponer de un sistema de clasificación eficaz. Sin embargo, en la acepción filosófica post-cartesiana, tener un método no significa simplemente ser capaz de ordenar sus pensamientos sino también que podemos filtrarlos, pasarlos por una criba, para eliminar los elementos "subjetivos", "no cognoscitivos" o "confusos", y no dejar subsistir sino aquellos que son lo Propio de la Naturaleza. Esta distinción entre las partes de nuestro entendimiento que corresponden a la realidad y aquellas que no corresponden, se confunde, en la tradición epistemológica, con la distinción entre forma racional y forma irracional de hacer ciencia. Si, por "método científico" se entiende simplemente: mos-trarse racional en tal o cual campo de investigación, entonces se da a esa expresión su sentido "kuhniano" perfectamente razonable; se quiere decir que se acatan las convenciones normales de su disciplina, que no se "chapucean" demasiado los datos brutos, que no se deja demasiado que las esperanzas y los temores de uno pesen sobre las conclusiones a que se llega, excepto si esas esperanzas y esos temores son . compartidos por el conjunto de quienes trabajan en la misma dirección de la investigación: se quiere decir que se está abierto a la refutación por la experimentación, en una palabra: que se es capaz de no obstaculizar el desarrollo de la investigación. En esta acepción, "método" y "racionalidad" son los nombres que se dan a un equilibrio encontrado conveniente entre el respeto a las opiniones de los pares y el respeto al carácter obstinado de la sensación. Ahora bien, la filosofía centrada sobre la epistemología ha demandado forzosamente nociones de "método" y de "racionalidad" cuyo alcance vaya más allá de las buenas maneras epistémicas así como nociones que pueden describir la forma en la cual el entendimiento está naturalmente adaptado o capacitado para aprender el Lenguaje Espontáneo de la Naturaleza.

Si se cree, como yo, que las ideas tradicionales de "concepción absoluta (objetiva) de la realidad" y "método científico" son tan oscuras como inutilizables, percibiremos inmediatamente las dos preguntas siguientes: ¿Cuál debería ser el método de las ciencias sociales? y ¿Cuáles son los criterios de una teoría moral objetiva?, como inextricablemente entrelazadas y mal planteadas. Me propongo en las paginas que siguen mostrar por qué son, a mi modo de ver, malas preguntas. En su oportunidad, recomendaré tanto para la ciencia social como para la moral, un enfoque inspirado en Dewey, que pone el acento sobre la utilidad de la narración y de los vocabularios más que sobre la objetividad de las leyes y de las teorías.


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