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ESTUDIOS. filosofía-historia-letras
Verano 1987

II. Ciencia social exenta de valor y ciencia social "hermenéutica"


Recientemente se ha producido una reacción contra la idea de que los estudiosos del hombre y la sociedad no son científicos a menos que permanezcan fieles al modelo galileano y encuentren, para formular sus generalizaciones predictivas, términos "neutros desde el punto de vista de los valores", puramente descriptivos, dejando los juicios de valor a los "hacedores de políticas". Resultó, con ello, un regreso a la idea de Dilthey, de que para comprender "científicamente" a los seres humanos, deben aplicarse métodos "hermenéuticos" no galileanos. Desde el punto de vista que yo quisiera introducir, la idea misma de "ser científico" o de tener que escoger entre diferentes "métodos" está completamente cargada de confusión. Así las cosas, la cuestión de preguntarse si los especialistas en ciencias sociales deben buscar, conforme a la línea galileana, la neutralidad con respecto a los valores, o por el contrario, deben inclinarse hacia algo más cómodo, más aristotélico o, en pocas palabras, algó más. suave, un "método propio de las ciencias humanas", es en mi opinión, un falso problema.

Si la querella ha tomado tan amplias dimensiones, es porque se ha vuelto evidente que cualquier término, empleado para describir a los seres humanos, deviene inmediatamente en vehículo de juicios de valor. Pretender operar en el interior del lenguaje una segregación de los vocablos "evaluativos", haciendo de su ausencia el criterio "científico" de una disciplina o de una teoría es algo imposible de poner en práctica, puesto que no existe forma de prohibir a nadie la utilización de un término cualquiera en una aceptación teñida de evaluación. Imaginemos que planteamos la siguiente pregunta a una persona: ¿Utiliza usted la palabra "represión", el adjetivo "primitivo" o la expresión "clase trabajadora" en un contexto normativo o en un contexto puramente descriptivo? Dicha persona podrá responder tal vez en el caso de una declaración precisa enunciada en una ocasión precisa. A la pregunta de si utiliza el término únicamente para la descripción o únicamente para la reflexión moral o para ambas, la respuesta será casi invariablemente: "para ambas". Ahora bien, a menos que la respuesta sea precisamente "para ambas", las palabras con las cuales construye la pregunta son todo lo contrario de aquellas que pudieran resultar útiles para la ciencia social. .Si quienes toman las decisiones utilizan previsiones expresadas en un vocabulario diferente del que sirve habitualmente para formular las políticas, su trabajo será nulo y no bien recibido.

Imaginemos en efecto al especialista en ciencias sociales, que se ha hecho cargo del parteaguas entre "hecho" y "juicio de valor", proponiendo sus previsiones a los hacedores de políticas que pertenecen al otro bando. Estos últimos no podrán extraer nada de dichas previsiones a menos que estén expresadas en los mismos términos que éstos hombres de poder utilizan entre ellos. En efecto, podemos apostar que a ellos sólo les interesa una cosa: algunas fórmulas suculentas al estilo de "Si se nacionaliza la industria pesada, el nivel de vida bajará (o no bajará)", "Si se amplía la alfabetización, entrarán más personas honradas en los negocios". Ellos exigen proposiciones hipotéticas cuya conclusión se ha formulada en términos susceptibles de figurar en recomendaciones que tienen como resorte la presión moral. En presencia de previsiones formuladas en la jerga estéril de las ciencias sociales "cuantificadas": ("maximizar la satisfacción", "acrecentar el conflicto", etc.), o las pasan por alto, o bien -y esto sería lo más peligroso- adoptarán el lenguaje en cuestión para la deliberación moral.

En mi opinión, habría que ver en esta demanda de una ciencia social nueva, "interpretativa", la reacción contra la tentación de formular las políticas sociales en términos secos y fríos, al punto de ser imposible tacharlos de "morales", y doblarlos y desviarlos de las definiciones que los asocian estrechamente con los términos de "placer", "dolor" y "poder".

Equivocados están quienes ven una querella de método en el debate, que opone los partidarios resueltos de una ciencia social "objetiva", "libre de prejuicios", "verdaderamente científica", a aquellos que piensan reemplazarla por algo más hermenéutico. Una querella de método presupone un objetivo común y el des-acuerdo sobre la forma de conseguirlo. Aquí, los dos campos de ninguna manera están en desacuerdo sobre los medios de llegar a previsiones más justas de lo que sucedería si ciertas políticas fueran adoptadas. Por otra parte, ninguno de los adversarios es mejor que el otro en la formulación de esas previsiones y si uno de ellos encontrara el medio de establecerlas, ambos campos estarán igualmente impacientes por adoptar esa estrategia e incorporarla a sus. perspectivas. Percibiremos mejor la naturaleza de la disputa (aunque siempre podemos perdernos en ella) al discernir aquí dos objetivos contrapuestos: "explicar" y "comprender". La literatura actual opone en efecto dos categorías de jergas: las que permiten formular las proposiciones universales de tipo galileano y especificar (según Hempel) los ejemplos que validan o invalidan esas generalizaciones; y las que sacrifican esta virtud en aras de descripciones que utilizan, por así decirlo, el vocabulario de la evaluación (o para hablar crudamente, el vocabulario "teleológico").

Ciertamente el contraste es real. Pero no hay allí ningún problema por resolver, aunque sí una diferencia que hacer. Pretender que explicar y comprender son dos maneras antagónicas de hacer ciencia social es extraviarse, lo mismo que decir que la descripción microscópica y la descripción microscópica de los organismos son formas antagónicas de hacer biología. Hay cantidad de cosas que se pueden tener ganas de hacer con las bacterias y las vacas para las que sería más útil disponer de descripciones bioquímicas; sin embargo, hay también cantidad de cosas que se puede hacer con ellas, para las cuales estas descripciones no serían más que una molestia. Analógicamente, hay muchísimas cosas que se pudiera tener ganas de hacer con los seres humanos para las cuales serían muy útiles las descripciones en términos exentos de juicios de valor; pero hay otras (y concebir a los seres humanos como ciudadanos es una de ellas) para las cuales semejantes descripciones carecerían de utilidad. La "explicación" no es otra cosa que la comprensión de cierta clase, a la cual se intenta acceder cuando se desea prever o controlar. La "explicación" no se opone absolutamente a otra cosa que se llamaría "comprensión" como lo abstracto se opone a lo concreto o lo artificial a lo natural, o lo "represivo" a lo que "libera". Decir que comprendemos mejor una cosa cuando está expresada en un vocabulario más bien que en otro, no es más que una forma elíptica de sobreentender que una descripción formulada en el vocabulario preferido es más útil para tal o cual propósito. Si el propósito es prever, apelaremos a cierto tipo de vocabulario. Para evaluar un tiro de artillería, por ejemplo, el vocabulario de la extrapolación balística será perfecto. Para evaluar el carácter humano, el vocabulario estímulo/respuesta no da en el blanco.

Recapitulemos: el vocabulario de las ciencias humanas debe responder a dos exigencias distintas:

1) Debe contener descripciones que faciliten la previsión y el control de las situaciones;

2) Debe contener descripciones que ayuden a la decisión.

La ciencia social despojada de valores sostenía que un vocabulario frío de tipo "conductista" cumplía con la primera exigencia. Sin embargo, esta hipótesis resultó decepcionante: cincuenta años de investigación en ciencia social apenas lograron mejorar nuestra capacidad de previsión. Pero suponiendo sin conceder que la investigación hubiera llegado a formular esas previsiones, ello no habría contribuido forzosamente a satisfacer la segunda exigencia. 0 lo que es lo mismo, la investigación no habría servido forzosamente para decidir lo que debía hacerse. En el debate entre los partidarios de la liberación con respecto a los valores, y los partidarios de la hermenéutica, se supuso frecuentemente que ninguna de las condiciones podía ser satisfecha si la otra no lo era al mismo tiempo. Los amigos de la hermenéutica protestaron diciendo que los conductistas usaban un lenguaje inadecuado que no permite "comprender" a la gente -lo que querían decir es que no captaba nada de lo que la gente hace "verdaderamente". Lo que no era más que una mala manera de decir que ese vocabulario no era bueno para la reflexión moral. Nos rehusamos simple y llanamente a pertenecer a la categoría de los "políticos" que emplean tales términos para decidir la suerte de sus semejantes. A la inversa, los partidarios de la liberación de lo valorativo porfían en que la ciencia social, cuando haya encontrado a su Galileo (de antemano se sabe de alguna manera que será conductista), cumplirá con la primera exigencia, e insisten: de ahora en adelante tendremos que formular las decisiones políticas en términos convenientemente limpios, de tal manera que nuestra "ética" pueda llegar a ser "objetiva" y "científicamente fundada". Podremos entonces, y sólo entonces, recoger los frutos de esas previsiones maravillosas que nunca dejarán de salir a nuestro encuentro.

En ambos campos se comete el mismo error de creer que las dos exigencias anteriores están intrínsecamente vinculadas; y nos equivocamos gravemente al suponer que saber comportarse con una persona o en una sociedad, saber tratarlas con honorabilidad y justicia es saber al mismo tiempo preveer y controlar sus movimientos. Se equivocaría uno gravemente al creer que la capacidad de predecir y controlar es forzosamente el instrumento de la acción que se quiere ejercer sobre la gente.

Cuando se oye decir que no existe más que un vocabulario válido para hablar de los hombres o de la sociedades humanas, y que sólo ese vocabulario permite "comprenderlos", está de vuelta el mito del Vocabulario Espontáneo de la Naturaleza, tan querido para la época clásica. Al contrario, si, siguiendo a Dewey, consideramos que los vocabularios son simples instrumentos que permiten aferrarse a las cosas y que no están encargados de "representar" las cosas en cuestión, dejaremos en ese instante de suponer un vínculo intrínseco entre "explicar" y "comprender", 0 bien, a falta de vínculo intrínseco, dejaremos inmediatamente de creer que exista una relación necesaria entre la aptitud de prever y controlar ciertas categorías de personas y la aptitud de estar de corazón con ellas y de asociarnos a ellas, en una palabra, de percibir en ellos a nuestros conciudadanos.

Dejaremos de imaginarnos que existen dos "métodos" -uno que serviría para explicar el comportamiento del individuo y el otro para comprender su naturaleza.


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