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ESTUDIOS. filosofía-historia-letras
Verano 1987

IV. Una esperanza sin fundamento: Dewey contra Foucault


La sustancia de mi argumento es la siguiente: una vez desembarazados de las nociones clásicas de "objetividad" y de "método científico", no existe inconveniente alguno para visualizar las ciencias sociales como una prolongación de la literatura, puesto que el fin de ambas es interpretarnos a nuestros semejantes, despertando y profundizando nuestro sentimiento de la comunidad. Ser antropólogo o historiador es permitir que el mundo occidental, los hacedores seguros e ilustrados de políticas que todos somos, podamos reconocer, en cualquier espécimen de la humanidad, por exótico que sea, nuestro prójimo. Ser sociólogo es hacer lo propio en relación con los pobres y los marginados, y ser psicólogo es actuar en forma semejante, en favor de los excéntricos e insensatos. Ciertamente, los logros de las ciencias sociales no se reducen a eso, pero, tal vez, sea ese su papel esencial. Si priorizamos ese aspecto de su trabajo, nada se opondrá a que los investigadores de esas disciplinas tomen del periodista o del novelista su estilo anecdótico y narrativo. No nos preocuparemos más por saber si estos modos de expresión pueden o no vincularse al estilo galileano con el cual la "ciencia cuantificada del comportamiento" trata de rivalizar. No nos preguntaremos más si tal o cual estilo es propio o impropio para el estudio del hombre por la excelente razón de que habremos dejado de creer que el "estudio del hombre" o las "ciencias humanas" poseen una naturaleza, de la misma manera que habremos dejado de creer en la naturaleza del hombre. Cuando desaparece la noción del saber como representación, desaparece al mismo tiempo la noción de la investigación segmentada en sectores discretos pertenecientes a dominios discretos. Novelas, artículos periodísticos, reportes de investigaciones sociológicas: las fronteras se desdibujan. Las líneas de demarcación entre dominios se trazan a partir de entonces en función de las preocupaciones prácticas del momento y ya no en función de un supuesto estatuto ontológico.

Sin embargo, una vez adoptada esta posición, dos caminos se nos ofrecen nuevamente. Se puede, como hizo Dewey, insistir sobre el alcance moral de las ciencias sociales, sobre su papel en el despertar y en la profundización de nuestro sentido de la comunidad y de las perspectivas ofrecidas a esta comunidad. 0 bien, como hiciera Michel Foucault, puede ponerse el acento sobre el papel de las ciencias sociales como instrumentos de la "sociedad disciplinaria", insistiendo sobre los vínculos entre el saber y el poder más que sobre las relaciones del saber con la solidaridad humana. La inquietud actual con respecto a las ciencias sociales, a su estatuto y a su papel, se deriva en gran parte, del hecho de que se percibe que ellas no sólo contribuyeron a abrir nuevos campos a la compasión de las clases educadas, sino que también las ayudaron a manipular a las otras clases sociales (para no mencionar, si puedo decirlo, la ayuda que les dieron para manipularse a sí mismas). Y, sin duda, la pintura que Foucault nos ha hecho de ese rostro sombrío de las ciencias de la sociedad, no tiene igual. Los admiradores de Habermas se unen a los de Focault cuando, considerando el "giro interpretativo", ellos ven en él una reacción contra la utilización de las ciencias sociales con fines de dominación, como instrumentos de "ingeniería social" (según la fórmula de Dewey). Posición que, por otra par te, ha llevado a una politización generadora de confusión en lo que era ya un falso problema de método. Yo mostraré ahora, que hay que guardarse de atribuir una importancia indebida al antagonismo: "galileanos contra hemenéuticos", o a la antítesis "explicar/comprender" haciéndolos homólogos de la pareja "dominación/emancipación". Si Foucault puede ser contrapuesto a Dewey, ciertamente no lo es en el plano teórico, sino sólo con respecto a lo que de ello podemos esperar.

De la tradición clásica, Dewey y Foucault hacen estrictamente la misma crítica. Concuerdan absolutamente cuando se trata de abandonar las nociones de racionalidad, de objetividad, de método y de verdad. Ellos se sitúan, ambos, "más allá del método". Convergen cuando dicen que la racionalidad no es otra cosa que lo que la historia y la sociedad han hecho de ella -y que no existe por encima de ella ningún empíreo antihistórico (naturaleza del hombre, leyes del comportamiento humano, ley moral, naturaleza de la sociedad) por descubrir. En la línea de Whewell y de Khun, ambos piensan que la ciencia galileana no es sino un ejemplo particularmente brillante del poder de los nuevos vocabularios; ella no detenta de ningún modo el secreto del éxito científico. Pero para Dewey, el movimiento hacia un "más allá del método", brindará a la humanidad la oportunidad de volverse adulta y de forjarse libremente, abandonando la búsqueda de las directrices emanadas de cualquier fuente imaginaria superior (las estructuras antihistóricas citadas más arriba). El experimentalismo deweyano nos induce a leer las proposiciones del saber como si fueran incitaciones a la acción:

"Los sistemas científicos elaborados no han nacido de la razón, sino de impulsos en un principio frágiles y vacilantes: impulsos de asir, aprehender, desplazarse, impulsos de cazar, aclarar, combinar cosas distintas y separar las mezcladas, impulsos de hablar y de escuchar. El método no es otra cosa que la organización eficaz de estos impulsos en dispositivos contínuos de investigación, de exposición, de puesta a prueba... La razón, la actitud racional no es otra cosa que la disposición resultante... ".[Nota 103]

Foucault se coloca, a su vez, más allá de las ideas clásicas de método y racionalidad, y denuncia su carácter de coacciones precedentes que lastran la investigación; pero, para él, ese movimiento procede de una toma de conciencia nietzscheana: las afirmaciones del saber son tomas de posición en el interior de un juego de poder: "Estamos sujetos a producir la verdad a través del poder y no podemos ejercer el poder si no es a través de la producción de la verdad".[Nota 104]

He ahí entonces a dos filósofos que dicen lo mismo: sola-mente le dan un "giro" diferente. Fenómeno que se encuentra ya en sus respectivos predecesores (como Arthur Danto lo indicó).[Nota 105] James y Nietzsche formularon las mismas críticas a las nociones clásicas de verdad y preconizaron la misma solución pragmática (o "perspectivista") de recambio. James declaró alegremente: "Las ideas se vuelven verdaderas en la medida en que nos ayudan a entrar en una relación satisfactoria con los otros planos de nuestra experiencia".[Nota 106] Dewey sigue sus pasos: "La racionalidad es desembocar en una armonía operativa entre diversos deseos".[Nota 107] Nietche, por su parte, escribió: "El criterio de la verdad es exacerbar el sentimiento de poder",[Nota 108] o aún más: "El error de la filosofía... es creer que la lógica y las categorías de la razón confieren un criterio de verdad con respecto a la realidad... en lugar del medio para manejar el mundo con arreglo a fines utilitarios".[Nota 109] A lo que Foucault añadió: "No se puede imaginar que el mundo nos presenta un rostro legible... debe concebirse el discurso como una violencia que hacemos a las cosas"[Nota 110] De un lado, pues, James y Dewey; de otro, Nietzsche y Foucault. Ciertamente, pero por tajante que sea la diferencia de tono, el eje de la argumentación es el mismo en ambos campos. Es familiar, desde Kant, el viejo argumento idealista que sirve para combatir la idea del saber-correspondencia con las no-representaciones (y no: coherencia entre las representaciones). Era éste el argumento al que hacía alusión en la primera parte, cuando decía yo que todos los esfuerzos para sacar el máximo partido de la metáfora galileana del Lenguaje Espontáneo de la Naturaleza habían encallado. El valor-oro de una conclusión filosófica no es otra cosa que el andamiaje de la argumentación que la sostiene; de ahí que yo dude que podamos encontrar la menor divergencia teórica entre ambas parejas de filósofos.

¿No se trata entonces más que de una diferencia de tono? ¿Pose ingenua anglosajona contra pathos continental? Por el momento, valdría más tal vez hablar de "horizontes morales" distintos. El famoso pasaje de Wittgenstein nos viene a la memoria:

"Si la buena o la mala voluntad es la que cambia el mundo, sólo puede cambiar los límites del mundo, y no los hechos, no lo que puede ser expresado por el lenguaje.

"En una palabra, el mundo debe por ello mismo devenir absolutamente otro mundo. Debe, por así decirlo, disminuir o aumentar como totalidad.

"El mundo del hombre feliz es uno, y otro el del infeliz".[Nota 111]

Pero, otra vez, los términos de "buena y mala voluntad", de "feliz e infeliz" son aquí incapaces de delimitar la posición que intentamos describir. Concluyendo su exposición sobre Foucault, Ian Hacking señaló:

¿Qué es el hombre?, preguntaba Kant. "Nada", dijo Foucault. "¿Qué podemos esperar?", preguntaba Kant. ¿Responde Focault igualmente con "nada"? Creerlo así sería equivocarse sobre la respuesta de Focucault en torno a la cuestión del Hombre. Si él pudo decir que el concepto de Hombre era un timo, no pretendió jamás, sin embargo, que usted y yo fuéramos nada. En el mismo sentido el concepto de "esperanza" es falsa. Las esperanzas que se le han atribuido a Marx y a Rousseau son tal vez parte integrante de su mismo concepto de Hombre y, sin embargo, no constituyen una plataforma de optimismo. Optimismo, pesimismo, nihilismo, etc.: otros tantos conceptos que no tienen sentido sino en el interior de la idea de sujeto trascendental o perenne. Foucault de ninguna manera es incoherente a este respecto. Si su lectura nos deja insatisfechos, seguramente no es a causa de su pesimismo. Es que no propone ningún sustituto para lo que brota como eterno (cualquiera que sea el nombre que se le dé) del corazón del hombre.[Nota 112]

Lo que Foucault se niega a darnos es precisamente 'lo que Dewey quería entregarnos: la clase de esperanza que se presentaba bajo la figura de "un sujeto trascendental o perenne". Dewey proponía utilizar las palabras "verdad", "racionalidad", "progreso", "libertad", "democracia", "cultura", "arte", etc., sin recurrir obligatoriamente al vocabulario de la época clásica (como Foucault lo llama) o al del "hombre y sus dobles", tan del gusto de los lectores franceses del siglo XIX.

Foucault, pensando en las ciencias sociales, no percibe ningún entendimiento posible entre la concepción galileana de las "ciencias del comportamiento" y la noción francesa de "ciencias del hombre". Dewey pretendió tender un puente entre ambas y a ello aspiraron las ciencias sociales en Estados Unidos antes de la crisis que las hizo virar hacia el Conductismo. En suma, el reciente movimiento del que acabo de hablar en favor de una mayor hermenéutica en las ciencias sociales, querría persuadirnos de que si no nos convencía Parsons ni similares, no nos quedaba más que Foucault; que no podríamos superar las carencias de la Zweckrationalitat weberiana más que yendo hasta el final y repudiando la voluntad de verdad. Dewey mismo, por el contrario, nos invitaba a conservar la voluntad de verdad y el optimismo que la acompaña; él quería solamente que nos desembarazáramos del prejuicio conductista que dice que el "behaviorista" es el lenguaje mismo de la Naturaleza, y quería igualmente que pudiéramos deshacernos de la noción de hombre "sujeto trascendental y perenne". Todo ello porque en manos de Dewey, la voluntad de verdad no es tanto una incitación a la dominación, sino la exhortación a crear y alcanzar "una armonía operativa entre los diversos deseos".

Tal vez lo anterior resulta demasiado bello, demasiado elaborado para ser verdad. Pero si, justamente, pensamos de esa manera, es que estamos convencidos de que el liberalismo no podría existir sin la idea de una naturaleza humana común, sin un conjunto común. de principios morales que nos vinculan. los unos a los otros, a todos en tanto que somos, para tomar esa idea o cualquier otra de la noción cristiana de fraternidad humana. Fue así como llegarnos a pensar que la esperanza social liberal -y la de Dewey -no sería más que un señuelo filosófico ingenuo; y que si un día pudiéramos liberarnos de las ilusiones denunciadas por Nietzsche, nos encontraríamos forzosamente solos, despojados del sentido de la comunidad necesaria al liberalismo. Lo que Hacking sugiere es sin duda verdadero: Nietzsche y Foucault no han dicho jamás que no somos nada, tanto usted como yo; y, sin embargo, parecen haber insinuado que usted y yo juntos, en tanto que nosotros, tampoco somos gran cosa; parecen también decir que cuando Dios y sus dobles quedan fuera del juego, la solidaridad humana queda igualmente abolida. El hombre-encarnación-de-la-Idea, tal como lo concibiera Hegel, está sin duda llamado a desaparecer y con él, el Proletariado, forma redimida del Hombre. Pero no existe razón alguna para que, después de haber saldado cuentas con Marx, continuemos machacando sobre las cosas que de él aprendimos a decir. No hay ningún vinculo obligado entre la desaparición del sujeto trascendental (la desaparición del "hombre" dotado de una naturaleza susceptible de ser reprimida o, al contrario, comprendida por la sociedad), y la abolición de la solidaridad humana. El liberalismo burgués me parece la mejor prueba de que esa solidaridad sigue vigente y considero el pragmatismo deweyano como su mejor articulación.[Nota 113]

Lo esencial de lo que quisiera decir es esto: Foucault avanza por el camino que Dewey ya había abierto. Dewey consiguió lo que Foucault intentara alcanzar: el punto donde la reflexión filosófica se vuelve útil para aquellos "cuyo combate se sitúa en el interior de las finas mallas de las redes del poder". Dewey pasaría su vida sosteniendo esas pequeñas luchas, y él forjó, en la batalla, el vocabulario y la retórica del pluralismo estadounidense. Retórica que consiguió que los sociólogos estadounidenses de la primera generación se sintieran los apóstoles de una nueva forma de vida social. Yo no veo que Foucault haya hecho mucho más que actualizar a Dewey agregando una advertencia: los teóricos de las ciencias sociales han sido con frecuencia copiados por los malos y siguen corriendo el riesgo de serlo. La lectura de Foucault no ha hecho sino reactivar la decepción de los intelectuales estadouni-denses al constatar, en el curso de los últimos decenios, la colusión de las ciencias "conductizadas·" con el Estado.

Si Foucault parece tener algo nuevo que agregar con respecto a Dewey, es que él cabalga en la cresta de un movimiento tan poderoso como mal definido, al que llamé "textualismo," movimiento cuyos partidarios sugieren, como está escrito al final del libro de Foucault, Las palabras y las cosas: "El hombre está en proceso de perecer, mientras que el ser del lenguaje continúa brillando siempre más claro en nuestro horizonte". Otra diferencia en relación con Dewey es que Foucault se esfuerza por transformar el discurso político, al afirmar que el poder no podría ser intrínsecamente represivo, por la excelente y escueta razón de que no hay nadie "naturalmente bueno a quien reprimir". Pero, parece bien reconocer que Dewey haya, antes que él, discernido estas cosas. La visión de Foucault sobre el discruso-red de poder no está tan lejana de la de Dewey sobre el discurso instrumental, elemento entre otros. del arsenal de útiles de los que la gente se sirve para satisfacer, sintetizar y armonizar sus deseos. Dewey tomó de Hegel lo que Foucault va a buscar en Nietzsche: jamás ha habido en el hombre sino un animal más hasta el día en que la cultura, las mallas del poder, se pusieron a modelarlo y a hacer de él otra cosa. Para Dewey tampoco hay nada rousseauniano que deba reprimirse: ya que "represión" y "liberación" no son más que nombres puestos a los rostros amados u odiados del poder. Una vez que el "poder" se ha despojado de su tonalidad "represiva", las "estructuras del poder" foucaultianas no se diferencian ya de las "estructuras de cultura" de Dewey. "Poder" y "cultura" son designaciones equivalentes para las fuerzas sociales que nos levantan por encima de la bestia; fuerzas sociales que, puestas al servicio de los malos, son capaces de volvernos peores que los animales (o en todo caso más dignos de lástima).

Estos comentarios en nada rebajan el mérito de Foucault -que en mi opinión es uno de los filósofos contemporáneos más apasionantes-; apuntan solamente a moderar nuestro propósito cuando pregonamos que el descubrimiento del "discurso", de la "textualidad", de los "actos de palabra", y toda esa suerte de cosas, han contribuido a una transformación radical de la escena filosófica. La moda actual hermenéutica se agota, y acabará mal si hacemos pasar las nociones de las que se muestra partidaria por más de lo que realmente son: jerga entre otras, gracias a la cual esperamos enmendar ciertos errores del pasado. Dewey forjó con este fin su propio vocabulario que tuvo su hora de gloria: hoy, ciertamente, parece un poco mustio. Pero, que la diferencia de vocabulario no oculte la identidad de propósito: se trata de liberar a la humanidad de lo que Nietzsche llamara "la mentira más larga", se trata de liberarla de la idea de que gracias a peligrosas y azarosas experimentaciones que hacemos, algo se hará presente (Dios, la Ciencia, el Saber, la Racionalidad o la Verdad) para salvarnos, a condición únicamente de que sepamos cumplir con el ritual conveniente. Foucault y Dewey han querido las mismas cosas, pero Dewey tuvo más éxito en su intento; simplemente, me parece que su vocabulario dejaba resquicio a la esperanza, injustificada, si se quiere, infundada pero vital, en la solidaridad humana.


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