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ESTUDIOS. filosofía-historia-letras
Verano 1987

Rafael Vargas. Roberto Juarroz, Novena poesía vertical


Roberto Juarroz, Novena poesía vertical, México, Ediciones Papeles Privados, 1987, 68 pp. Con un aguafuerte de Byron Gálvez. (ISBN 968-6657-13-3)

Para una respuesta que no puede expresarse, tampoco la pregunta se puede expresar. Ludwig Wittgenstein

Entre la zona de las preguntas y la zona de las respuestas hay un territorio donde acecha un extraño brote.

Roberto Juarroz

Me parece que las anteriores citas ilustran ya con bastante fuerza la diferencia que existe entre el pensamiento lógico y el pensamiento poético. En tanto que para el filósofo el mundo se presenta como el objeto de una indagación, de una investigación circunscrita a los límites del lenguaje, para el poeta, "el mundo es apofántico",[Nota 118] es decir, revelación, aunque el enunciado de esa revelación pueda ser cierto o falso -tal es el único problema de la lógica, decía Aristóteles. Y mientras el filósofo prefiere callar ante aquello de lo que no puede hablarse, es decir, prefiere detenerse para alcanzar una cierta claridad, el poeta decide arriesgarse, dar un paso más en la profundización de lo oscuro, del misterio. "La profundidad es riesgo. ¿De qué? De no encontrar nada. Por eso Porchia dice: 'No descubras, que puede no haber nada. Y nada no se vuelve a cubrir'."[Nota 119] Pero el poeta asume ese peligro, y excava:

Hago un pozo

Para buscar una palabra enterrada.

Si la encuentro,

la palabra cerrará el pozo.

Si no la encuentro,

el pozo quedará abierto para siempre en mi voz,

La búsqueda de lo enterrado

supone adoptar los vacíos que fracasan

La voz es el ser del poeta. Eso es precisamente lo que está en juego. No obstante, quien acepta la posibilidad del fracaso no teme hallar nada ni teme a los enigmas. De enigmas se trata, no de enunciados falsos o verdaderos. Ese extraño brote que acecha en el territorio que media entre las zonas de las preguntas y de las respuestas -y el territorio mismo- es la poesía: el reino de los enigmas. Aunque el enigma es por definición aquello que no tiene respuesta (como el deseo, para Cernuda), es una pregunta que constituye en sí misma una declaración: es una obscuridad luminosa. Para el pensamiento lógico la única manera de calificar lo anterior es emplear el término absurdo; el oximoron está exiliado de su terreno. Para el pensamiento poético no hay más alternativa que aceptarlo, no de manera resignada, sino como una expresión del misterio mismo, y esto no necesariamente es una tautología. Podríamos pensar que se trata de un círculo vicioso sólo si olvidamos tomar en cuenta la epifanía; el carácter sagrado de la palabra. Sólo teniéndolo en cuenta podemos entender por qué el poeta se atreve a correr el riesgo de cavar en el lenguaje, aunque esa excavación sólo multiplique los agujeros por donde se cuela el viento de la nada. Pero la nada, que no es tal en efecto, sino una hermosa palabra, es una de las formas en que se expande nuestra idea del mundo, de manera que el poeta nunca cesa realmente de cavar.

Leo la poesía de Roberto Juarroz como una proliferación de enigmas, un expandimiento del mundo hacia zonas verdaderamente insospechadas, en las que la respiración, la palabra, a veces se enrarece hasta el punto en que parece imposible avanzar más pero, cuando eso ocurre, "y encontramos entonces/ la mínima densidad posible,/ las partículas sabias donde entran en contacto/ el vacío y la vida/ [...]/ descubrimos la salvación por el vacío".[Nota 120]

En tanto que atiende el enigma, la poesía de Juarroz está llena de contradicciones, de callejones sin salida, insalvables sólo aparentemente, porque -y acaso en eso radica el gran poder de su obra- siempre está presente la posibilidad de "barrer el pensamiento", "dejarlo como un patio vacío". Es decir, barrer con el lenguaje y así eliminar las trampas que nos tiende. En este sentido me parece evidente que la poesía de Juarroz se emparenta o se vincula, más que con el hinduismo, que proclama el mundo como una ilusión, con el budismo, y en especial con el budismo zen, para el que el mundo es ficción. (En este punto tal vez valga la pena recordar la historia de los dos monjes zen que se encuentran a la orilla de un río con una mujer, a la que uno de ellos lleva en andas para ayudarla a cruzar. Horas después del incidente, el que cruzó solo reprocha a su compañero el auxilio brindado a la mujer a pesar de que habían hecho votos de no tener contacto físico con persona alguna. El otro le responde: "Yo dejé a esa mujer apenas cruzamos el río; tú aún la continúas cargando").

Sólo se entrampa en los enigmas planteados por Juarroz quien busca en ellos una solución de continuidad, una línea evolutiva que no existe, porque su poesía no aspira a un sistema, expresa un pensamiento sí, y muy coherente, por cierto, pero no un aparato. Su poesía dice sí y no a la vez, sino, como muy bien lo ha visto Guillermo Sucre,[Nota 121] y corno también lo ha comprendido Octavio Paz: Roberto Juarroz es "un gran poeta de instantes absolutos".

Y sin embargo, la obra de Juarroz posee una unidad profunda que le confiere su avasalladora obsesión por el lenguaje. Es esa obsesión la que le impele a escribir porque el lenguaje mismo es un "malentendido" y hay que perseguir "Ia palabra propia del hombre (que) todavía no existe". 0 quizá no se trata de perseguir sino de aguardar (volvemos al acecho del epígrafe); Juarroz sabe que la astucia no cesa mientras no se deja de interrumpir a la noche, y más bien parece escribir sus palabras como un recurso de espera, atento, porque intuye que "lo oculto necesita derramarse" y basta con estar ahí, en el sitio del poema. Por eso la poesía de Juarroz no es angustiosa sino extenuante, como ha señalado Cortázar; es una vigilia agotadora y a la vez exaltante (también lo dice Cortázar) en espera de lo que puede ocurrir. En todos los poemas de Juarroz existe ese aire de inminencia.

Cuántas palabras podrían convenir a la poesía de Juarroz: koán, enigma, duda, paradoja, obsesión, verticalidad; ni aun este término, asociado con la altura y el abismo (el canto es vuelo y caída), con que él mismo ha designado a su obra, alcanza a comprenderla en su totalidad. Solamente la describe, la cobija, la rodea. "Poesía vertical" en una ecuación que ha movido a muchos críticos a ensayar aproximaciones, en muchos casos muy brillantes, pero ella misma es un enigma.

"Sólo se comprende lo semejante", ha escrito Juarroz con su habitual elegancia aforística" Estas notas no quieren ni pueden ser un ensayo de comprensión, no son, ni siquiera, una reseña (¿cómo se reseña algo que por su mismo impulso tiende a lo infinito?), sino una invitación a la lectura. Ahora existe una magnífica oportunidad de leer la poesía de Roberto Juarroz, gracias a la edición que Mario Del Valle ha hecho en Papeles Privados de la Novena poesía vertical, misma que ha dado pie a estas líneas.

Por último, quisiera aclarar que no he intentado contraponer las ideas de Wittgenstein con las de Juarroz como si se tratasen de opuestos irreconciliables. En lo hondo, sus diferencias son complementarias y sólo ilustran la diversidad del mundo, y como tales es útil confrontarlas. Las investigaciones de Wittgenstein en torno al lenguaje resultan fascinantes para todo poeta, así como la poesía de Juarroz lo debe ser para los filósofos. Yo creo que a Wittgenstein le hubiera gustado conocer los pooemas de este hombre que ha escrito "pensar es amar".

RAFAEL VARGAS