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ESTUDIOS. filosofía-historia-letras
Verano 1987

Juan Jose Reyes. Alfonso Reyes y Pedro Henríquez Ureña, Correspondencia/1907-1914


Alfonso Reyes y Pedro Henríquez Ureña, Correspondencia / 1907-1914. Edición de José Luis Martínez. Fondo de Cultura Económica, Biblioteca Americana, México, 1986, 537 pp. (ISBN 968-16-1996-X).

Una primera y tal vez ingenua mirada al epistolario de Alfonso Reyes y Pedro Henríquez Ureña nos seduce por aspectos menores pero nunca despreciables. Aspectos secundarios o accidenta les: no están en el fondo de esta correspondencia indudablemente excepcional. Seduce la atmósfera: el mundo que la hizo posible, En primer lugar. la constancia, o mejor dicho: el gusto y la necesidad por la constancia. Alfonso Reyes y Henríquez Ureña tenían un doble gusto: el de la comunicación y el de la escritura, además de que entre ellos se había tendido el puente del magisterio: el escritor dominicano guiará la formación del escritor de Monterrey: sus lecturas, sus actitudes, incluso sus hábitos. Reyes escribe como discípulo y don Pedro como maestro, pero ambos lo hacen siempre a partir de una clara inteligencia: sus cartas cruzadas son entre iguales, que se sabían iguales en sus particulares circunstancias. Reyes aprendía muy rápido, como bien sabía Henríquez.

Las razones de la constancia. Quizá estas líneas que escribió Reyes en 1913 desde París echen luz sobre el asunto:

"Pedro: He pasado mis ratos más tristes pensando si seré yo del género de hombres a quienes la soledad es provechosa. Después de vivir tantos años en medio de amigos extraordinarios, hasta respirar se me hace difícil por mi cuenta, Convengo en que la soledad me curará de este mal hábito, devolviéndome o desarrollándome mis fuerzas autonómicas. Pero ¿será esto lo mejor para el progreso de mi espíritu, aun cuando sea lo mejor desde el punto de vista de mi libertad vital?"

No era Reyes un adolescente entonces. Tenía veinticuatro años: precisamente la edad en la que se cree saber todo y se sabe muy poco, casi definitivamente. Reyes supo que estaba en una encrucijada, y las líneas que destina a su amigo y maestro son una suerte de anuncio de su destino. Es notable que en la correspondencia no haya respuestas directas: el maestro no da consejos, y el discípulo no los solicita. La soledad de Reyes es una pregunta, y Herníquez Ureña responde, de acuerdo con la respuesta implícita en la propia formulación (dos corresponsales inteligentes preguntan y responden muchas menos veces que los escribientes comunes). El mismo año Henríquez Ureña le dice a su amigo:

"Tu carta me confirma en la idea de que debo aconsejarte no pienses (sic) en México ni escribas apuros. ¡Tú que nos dejabas aquí sin compañía tan a menudo, ahora la echas de menos!"

En las líneas siguientes don Pedro parece exagerar: no solamente no extraña a su amigo sino ni siquiera lo recuerda. El destino, debe saberse siempre, está ahí, todavía y siempre. Reyes lo sabía. Henríquez no hace más que subrayar algo que su amigo sabía de sobra. El gusto creó la necesidad, y si alguna primera lección han de dejarnos estas cartas se tratará siempre del ejemplo: la soledad el posible y benéfica cuando puede sostenerse en el lenguaje, en el amor compartido por el lenguaje.

El lenguaje da cuenta y razón sobre todo, aquí, de un des-arrollo: el de Reyes. Bien lo señala el crítico y admirable investigador José Luis Martínez: "El vagabundeo mental y los desahogos sentimentales de las primeras cartas de Reyes se van disciplinando, a fuerza de precisión y objetividad el primero, y de pudor varonil los últimos. La carta final de este volumen (112, del 19 de septiembre de 1914), en la que relata con serena tristeza, sin una queja, su salida de París ante el desastre, abandonándolo todo llevándose un solo libro, y limitándose a decir 'puedo perecer de hambre', muestran el camino recorrido: es ya un hombre y un escritor".

Desde muy pronto, desde la infancia, Reyes había estado en contacto con los buenos libros. Gracias a ellos descubrió una primitiva maestría; gracias a su inteligencia, supo que la destreza sólo podría desarrollarse en esa benéfica soledad: la del diálogo.

Pero el lector no debería pensar que el epistolario es un compendio de erudiciones más o menos ciertas. La erudición está, pero nunca podría haber sido sustancia de un contacto genuino y auténticamente nutritivo. Aparece siempre vivamente: en la referencia a los pintores (como García Nuñez y Rivera), a los poetas (como López Velarde o Quevedo), pero está siempre entramada, viva, volando en un aire de naturalidad tan indudable corno absolutamente compartible.

En los comentarios sobre pintura y literatura está siempre, en ambas partes, el descubrimiento de la modernidad. García Nuñez no es novedoso, Rivera sí, por ejemplo (hay que recordar que las cartas van del segundo lustro de la primera década del siglo al primero de la segunda). Los corresponsales están del lado de la modernidad. No del rompimiento, sino de la novedad afincada en la tradición genuina.

La novedad cultural de México nacía en buena parte con ellos. El enorme recuento que son estas cartas (nombres, hechos, chismes) sólo diría primero el hecho de la avidez. Pero tal avidez de información se sustentaba en la certidumbre de la necesidad de la propia formación; la génesis y el desarrollo también de una comunidad, que florecería sólo en las soledades benéficas de espíritus ilustrados.

Sería inexplicablemente injusto concluir esta brevísima nota sin hacer mención del trabajo de José Luis Martínez, quien una vez más le ha dado a su tiempo y a sus empeños el mejor sentido: el de la inteligencia y la generosidad. Su trabajo de investigación es completísimo, su aportación, de nuevo, a la historia de las letras mexicanas es invaluable: la noticia exhaustiva, la interpretación exacta, la paciencia como sustento de la claridad. Esta primera parte del epistolario de Reyes y Henríquez Ureña, llena de sabor, de valor histórico, de calidades literarias hoy por desgracia casi insospechadas, tienen en el trabajo del crítico jalisciense no poco de su valor (y no secundario necesariamente).

JUAN JOSE REYES