©ITAM Derechos Reservados.
La reproducción total o parcial de este artículo se podrá hacer si el ITAM otorga la autorización previamente por escrito.

ESTUDIOS. filosofía-historia-letras
Verano 1987

Daniel Pastor. Bruckner, Pascal, Le Sanglot de L´homme Blanc


Bruckner, Pascal, Le Sanglot de l´homme blanc, Editions du Seuil, París, 1983, 310 pp. (ISBN 2 02 006491X).

Le Sanglot de l´homme blanc (El sollozo del hombre blanco) es una crítica al tercermundismo, al conjunto de valores y actitudes de Occidente frente a los países subdesarrollados, que ha florecido, principalmente entre los intelectuales de izquierda, a lo largo de los últimos veinte años. Estos valores y actitudes se basan en la convicción de que el Tercer mundo ha sido por largo tiempo víctima de Occidente, de que los países pobres han visto sus recursos saqueados por el colonialismo imperialista y las empresas multinacionales, de que su cultura ha sido destruída por la comercialización y la explotación, de que su sensibilidad pastoral se ha visto corrompida por la industria y la contaminación.

La devaluación de Occidente es, de hecho, el común denomi-nador de la intelligentsia de izquierda a partir de la Segunda Guerra Mundial. Todo occidental es culpable (hasta que se demuestre lo contrario) de todas y cada una de las atrocidades cometidas en nombre del progreso y la verdadera fe; todo indio muerto por los conquistadores, todo africano deportado o muerto durante la trata de esclavos, todo asiático y africano muerto en las guerras de colonización y liberación, debe pender sobre su cabeza como una memoria vergonzosa y una culpa a expiar.

La tesis de Bruckner es que este sentimiento de culpa no sólo va en detrimento de Occidente, sino que es también el peor enemigo del Tercer Mundo.

Bruckner identifica tres versiones del tercermundismo que han surgido en Euro a partir de 1960: solidaridad con el Tercer mundo, compasión por el Tercer mundo e imitación del Tercer mundo.

La primera es una postura de hermandad: "su lucha es nuestra lucha", las fuerzas de la. opresión son las mismas en todo el mundo. Aquel que vive en un país industrializado también está oprimido. Las mismas fuerzas que explotan a los campesinos burmeses oprimen al ama de casa mexicana, a los homosexuales. en, Berlín y a los obreros en Lagos. Esta postura dice: cada vez que la guerrilla comunista mata un soldado en El Salvador, yo soy un poco más libre; cada vez que las lesbianas desfilan por sus derechos en París, los pastores del Sudán son un poco más libres.

La actitud misericordiosa sostiene: puesto que nosotros somos ricos y ellos pobres, nosotros somos los opresores. Ser rico es sinónimo de culpabilidad; ser pobre es prueba de inocencia. El precio de nuestro bienestar, y aun de la democracia misma, es su desgracia y su miseria.

La tercera versión del tercermundismo afirma: los pueblos del mundo en desarrollo poseen una sabiduría que nosotros hemos perdido. Campesinos y aborígenes son considerados más cercanos a la naturaleza y a ellos mismos que nosotros. La complejidad de nuestras sociedades modernas contrasta con la noble simplicidad de sus vidas. Para redimirlos como individuos debemos tratar de ser como ellos; para redimir nuestras sociedades debemos tratar de hacerlas pre-modernas, más orgánicas.

Bruckner señala que es el apasionado tercermundista quien con más frecuencia explota a las naciones pobres. Pueblos que mueren de hambre son cuidadosamente elegidos o ignorados, dependiendo de qué tan bien se acopla su imagen al programa político en turno. La tan glorificada compasión del tercermundista es realmente una forma de desprecio, pues usa el sufrimiento de otros para sus propios fines ideológicos. Tan pronto como estas míseras gentes han cumplido su cometido, o comienzan a actuar de una manera que contradice los ideales tercermundistas, son olvidados.

El tercermundismo tiene hondas raíces, y una de ellas es la persistente creencia occidental en una Edad Dorada. La literatura latina clásica es una de las fuentes del mito según el cual alguna vez los dioses caminaron por la tierra y todo era armonía. La creencia judeo-cristiana en un jardín del Edén es otra versión de la misma idea: hubo un tiempo en que el hombre era puro, inocente y vivía en paz consigo mismo, con los otros, con la naturaleza y con Dios.

El mito marxista de un "comunismo primitivo" nace dentro de la misma tradición. La "serpiente" que reptó en este paraíso marxista fue la propiedad privada, no el pecado original, pero la manzana fue la misma. Otra derivación de la misma fantasía fue presentada por Rousseau, quien señaló que el estado de inocencia y pureza del hombre está presente en sociedades primitivas contemporáneas. La inocencia del Buen Salvaje es corrompida por lo que hoy llamamos Civilización Occidental.

El Rousseauismo y la creencia en una Edad Dorada alimen-taron la teoría del Tercer mundo con una simple idea: la modernidad es mala y, por lo tanto, la primitividad es buena. El Tercer mundo es puesto bajo el microscopio para que intelectuales de países avanzados puedan buscar la confirmación de lo que ya saben: en algún lugar del Amazonas o en las nieves de Bután encontrarán la pureza que les falta a sus propias sociedades.

En el sollozo del hombre blanco se reconoce en el tercermundismo un síntoma de la esterilidad intelectual de la izquierda, que debe buscar fuera de sus fronteras pueblos a quienes liberar, pues la lucha de clases y la revolución marxista tienen cada vez menos importancia en casa. En palabras del Dr. Wahl del Institute of French Studies de la Universidad de Nueva York, el surgi-miento del tercermundismo representa para la izquierda "el abandono del proyecto revolucionario".

Pero El sollozo del hombre blanco no es una sistemática invalidación de los ideales contemporáneos; es una invitación a hacer una relectura del pasado reciente y entender el comportamiento de toda una generación a través de la sucesión de modas intelectuales. Propone la actualización del concepto de un Tercer mundo que quizás nunca existió y, lo más importante, propone una manera alternativa de ayudar a los países en desarrollo viéndolos como son, en lugar de sentimentálizarlos. Es una alternati-va para los que buscamos definir un curso entre la apatía y la autohumillación en nuestras relaciones con la humanidad.

DANIEL PASTOR