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ESTUDIOS. filosofía-historia-letras
Verano 1987

El régimen: Pax porfírica y Pax priísta


La oposición democrática de nuestros días caracteriza al sistema político mexicano como un autoritarismo de partido, que guarda las formas democráticas y pretende respetar la Constitución de 1917, pero que pasa por alto esas disposiciones y centraliza el poder en una cúspide desde donde fluyen, las decisiones. Los candidatos no son elegidos por elecciones libres, sino que son impuestos desde arriba, a partir de lealtades políticas e intereses de los círculos priístas. Se asegura, por supuesto, la formalidad electoral para proporcionar a este proceso un aire de legitimidad democrática. Igualmente, la división de poderes establecida constitucionalmente se mantiene sólo en la forma, pero en realidad el poder se concentra de manera casi absoluta en el Poder Ejecutivo, dando así lugar a lo que se ha denominado "Presidencialismo Mexicano". La oposición democrática desmiente la retórica oficial en el sentido de que el sistema político mexicano va democratizándose, gradual pero continuamente. Más bien sostiene que el sistema ha logrado consolidarse como un autoritarismo institucional, es decir, que ejerce la dominación a través de instituciones de masas, y que sólo guarda la formalidad democrática.

La crítica maderista al Porfiriato es en esencia la misma; la de haber subvertido el orden constitucional establecido en 1857, sustituyendo la democracia política por un autoritarismo personalista, aunque eso sí, preocupado por mantener la imagen democrática. No sólo atacaba Madero el reeleccionismo sino que el sufragio no fuera respetado por el gobierno para imponer a los candidatos oficiales.

Tanto para Madero como para la oposición democrática contemporánea, la democracia política se ve como fundamental para resolver los problemas nacionales, evitando el abuso de poder y permitiendo a la ciudadanía intervenir de alguna forma en el proceso político. Tanto uno como otros reconocen que el régimen ha logrado la paz social y la estabilidad política durante un largo periodo, lo cual es visto como saludable para el país, en términos generales. Pero no habiendo las libertades políticas básicas ni los instrumentos necesarios para evitar el abuso del poder, esa paz, dice Madero, se convierte en "la paz sepulcral de los pueblos oprimidos"[Nota 31].

En todo caso, Madero consideraba que la estabilidad impuesta por Díaz podría ser de gran utilidad como fase preparativa para la madurez política de los mexicanos. Dice, en este sentido:

La obra del general Díaz ha consistido en borrar los odios profundos que antes dividían a los mexicanos y en asegurar la paz por más de 30 años, que aunque mecánica al principio ha llegado a echar profundas raíces en el suelo nacional, al grado que su florecimiento en nuestro país parece asegurarla.

El general Díaz con su mano de hierro ha acabado con nuestro espíritu turbulento e inquieto y ahora que tenemos la calma necesaria y que comprendemos cuán deseable es el reino de la ley, ahora sí estamos aptos para concurrir pacíficamente a las urnas electorales para depositar nuestro voto[Nota 32].

De manera semejante, la oposición actual puede aceptar el beneficio relativo que ha representado la estabilidad política derivada de la institucionalización del sistema mexicano, sobre todo en comparación con muchos de los países latinoamericanos. De hecho, es éste uno de los elementos básicos sobre los que el PRI reclama legitimidad, lo mismo que hacían los porfiristas. Pero la oposición insiste en que la estabilidad sin democracia tiene sólo un valor relativo, y que aún aceptando que el autoritarismo hubiera sido necesario en algún momento para pacificar al país, no es indispensable prolongarlo indefinidamente. Tal parece ser el sentido del lema de campaña de Acción Nacional: "Ya es tiempo".

Con respecto a los argumentos utilizados por algunos porfiristas de que el pueblo no se encontraba preparado para la democracia, se asemeja a la sostenido por algunos priístas entre bambalinas, y tanto Madero como la oposición actual mantienen que no se puede tomar ello como una razón que justifique la centralización del poder. Madero, en particular, responde que:

... se ha calumniado al pueblo mexicano al decir que no está apto para la democracia, [ ... ] quien no lo está es el actual gobierno, cuyo poder dimana de la fuerza, y que por consiguiente considera a ésta como la ley suprema.[Nota 33]

Así, la acusación expresa de que no hay democracia porque el sistema no lo permite, aparece también en las críticas que se hacen al régimen actual. Se insiste asimismo, que bajo ciertas condiciones institucionales la democracia política no tiene por qué no funcionar[Nota 34].

Desde luego no se debe pasar por alto aquí el hecho de que el régimen actual es mucho más flexible, y con mayor capacidad de canalizar la movilización política de amplios sectores que el régimen porfirista, debido a que el primero es un autoritarismo institucional, como ya se dijo, mientras que el segundo representa un autoritarismo de tipo personalista. Por lo mismo, el régimen actual goza de más fuerza y continuidad que cualquier autoritarismo personalista (como el de Franco, Pinochet, Somoza, Marcos, etc.). Precisamente Madero temía que el autoritarismo impuesto por Díaz lograra institucionalizarse, en buena medida a través de la designación como sucesor por parte del dictador "al que mejor pueda seguir su misma política, con lo cual quedará establecido de un modo definitivo el régimen de poder absoluto"[Nota 35]. En efecto, uno de los elementos claves de la institucionalización política, aunque no el único, es precisamente el del traspaso pacífico del poder, dentro del mismo grupo si se trata de un régimen autoritario, o de un grupo a otro en caso de hablarse de un sistema democrático. Por ello, Madero consideraba que antes de que tal práctica se instituyera, la ciudadanía debía organizarse para presentar una lucha pacífica en pro de la democracia, pues de no surgir ésta, numerosos males caerían sobre la Nación. Decía:

Al implantarse entre nosotros de un modo definitivo el régimen de poder absoluto, nunca podremos prever qué conduc-tas observarán nuestros mandatarios, pues no teniendo compromiso alguno con la Nación, sólo se guiarán por los impulsos de sus pasiones y no reconocerán más ley que sus deseos personales. Con este motivo, nuestra decadencia será segura.[Nota 36]

La demanda por democracia en Madero, entonces, tenía su racionalidad política; no se expresaba sólo en términos legales o morales, sino que era vista como un medio indispensable para alcanzar los objetivos nacionales.

De igual forma, la oposición democrática del presente formula su demanda en términos racionales. No habla ya de prevenir la institucionalización del autoritarismo, como hacía Madero, pues esto es un hecho ya desde hace tiempo. Incluso más de uno afirmaría sin titubear que los temores de Madero se cumplieron precisamente al consolidarse la institucionalización del régimen post-revolucionario. Pero en todo caso la demanda actual por democracia tiene también su propia racionalidad. La de proporcionar un resorte fundamental para la recuperación de la Nación y evitar en lo futuro los abusos y desaciertos de la élite política, que hemos testificado desde años atrá[Nota 37]Un cambio profundo ciertamente, al, menos en lo que hace a lo político, de la misma magnitud que el que Madero exigía a Díaz. Pero un cambio que sólo requiere del apego de los gobernantes a la Constitución; no una subversión del orden legal, sino su estricta observancia.


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