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ESTUDIOS. filosofía-historia-letras
Otoño 1987

Bayle y el escepticismo ateo


Al estudiar el pensamiento de Bayle se tiene la impresión de asistir a un cierto escepticismo "heroico" que, cargado de una Fina ironía y de una exagerada erudición e irrespetuosidad, se levanta contra todo dogmatismo racional, histórico y religioso:

Ese escepticismo, nos dice B. Magnino, nace en nombre de la tolerancia y acaso un poco por la fatiga de unas luchas que acaban por alejar al hombre de la vida y de sus acuciantes problemas: ello implica desconfianza en el pensar, en la historia y en el patrimonio cultural del tiempo periclitado, implica deseo y ansia de algo nuevo, de libertades jamás gozadas, de experiencias lozanas y dignas, empero, de existir, en tanto que indispensables para la concepción de la vida que anima al nuevo siglo."[Nota 62]

Y, ciertamente, Bayle será el heraldo de un nuevo siglo --La Ilustración-- que en mayor o menor grado. consciente o no, sigue ejerciendo en el hombre moderno un atractivo especial.

Su vida podría servir de testimonio para comprender el espíritu de la época, pero lo más importante es que su filosofía se halla justo en la encrucijada de los dos movimientos más significativos del momento: el protestantismo y el racionalismo, que en sus líneas generales hemos visto anteriormente.

Desconocer la infuencia del protestantismo y el racionalismo sería dejar una gran laguna, ya que a través de esas fuentes y en una síntesis formidable Bayle se ve conducido inevitablemente al escepticismo: en primer lugar, como ya mencionamos, rechazando todo dogmatismo histórico y religioso, invalidando la tradición y la autoridad, punto que comparten igualmente el protestantismo --al menos negando la autoridad de la Iglesia y su tradición con la tesis del libre examen-- y el racionalismo; en segundo lugar, y como consecuencia necesaria del anterior, negando la revelación y la fe, juzgados por el tribunal de la razón (racionalismo), pero de una razón limitada y manchada por el pecado original (protestantismo); y en tercer lugar, como conclusión, reduciendo la religión a una cuestión de opinión, todas igualmente verdaderas que deben conducir al hombre a una actitud de tolerancia más que de dogmatismo.

Trataremos de seguir este orden señalando, donde sea necesario, algunas de las ideas que se desprenden de los puntos anteriores y que son, principalmente, la posibilidad de un ateísmo moralmente bueno, mejor incluso, como actitud, que la idolatría, lo que supone una radical separación entre moral y religión y la idea muy querida de los ilustrados de que el miedo y la ignorancia son el origen de la religión.

El racionalismo regulado por el principio de inmanencia, condujo a Bayle, inevitablemente, a dos cosas: a una actitud antihistórica, ya que los hechos se sientan sobre testimonios imposibles de ser juzgados críticamente por la razón pues, además de ser mudables, son valorados apasionadamente por el historiador; y a una incredulidad de lo maravilloso, lo extraordinario. Para Bayle, "la credulidad humana se basa en el respeto ciego por la autoridad de la tradición", que viene dada por "leyendas de poetas, testimonio de historiadores y argumentaciones de filósofos",[Nota 63] que más que fomentar el juicio crítico es la causante de una extremada propensión a temores irracionales y de un clima de gran inseguridad, propicios ambos para el surgimiento de la religión, que en estos términos no sería más que superstición e idolatría. [Nota 64] De esta manera la tradición se definiría como "la afirmación de dos o tres personas, tras haber sido repetida por el conjunto innumerable de las personas crédulas", que no son sino "espíritus vulgares que se comportan como borregos abandonándose a la buena fe de los demás". Contra. esta actitud es necesario oponer una crítica racional que nos ofrezca seguridad y progreso ininterrumpido. El oscurantismo pagano y medieval debe ceder paso a la era de la luz, y as, "el testimonio de un hombre no debe tener más fuerza que la proporción del grado de certeza que él ha adquirido instruyéndose plenamente del hecho".

Es claro que estas ideas no podían chocar con la tesis protestante del libre examen que suponía la exaltación de la conciencia contra cualquier tradición y autoridad, especialmente la tradición sagrada de la Iglesia. Al igual que la tradición profana o pagana debió sujetarse a la crítica racional, de igual manera tendrá que suceder con las Sagradas Escrituras, y con ellas el milagro, las profecías, etc. ¿Acaso no hay deficiencias en las traducciones de los Textos, transposición de versículos y narraciones fuera de lo común?; "En cualquier historiador tales omisiones harían dudar de la buena fe del historiador, ¿por qué no lo mismo con las Sagradas Escrituras?". Es necesario, entonces, despojar a las Escrituras de fantasías y mitos. Después de esta purificación es evidente que la Iglesia no puede ser considerada ya como la autoridad depositaria de la tradición divina y la intérprete de los libros Sagrados; incluso, como es natural, la fe misma es cuestionada:

"Estáis acostumbrado, por vuestro carácter de teólogo, a no razonar mucho, dado que creéis que existe el misterio, lo cual supone una docilidad loable, pero muchas veces, por el excesivo crédito que se le da, no deja de violar los derechos de la razón".[Nota 65]

En síntesis, la tradición y la autoridad pagana puestas en duda por el juicio a-histórico del racionalismo, se une al rechazo de la tradición sagrada por el libre examen. La fe deberá sujetarse al tribunal de la razón, pero, es posible hacer la exaltación de la razón desde el supuesto de una naturaleza corrupta?

En la línea racionalista Bayle se ve en la necesidad de otorgar un valor absoluto al entendimiento:

"Cualquier dogma que no quede homologado, por así decir, a la vez que verificado y registrado por el veredicto de la razón y la luz natural no puede ser sino vacilante y frágil como el vidrio" .[Nota 66]

En la línea protestante se ve obligado a destacar su debilidad y exaltar el valor de la conciencia:

"La razón humana es demasiado débil para esto, es un principio de destrucción y no de edificación... La razón no es propia sino para hacer conocer al hombre sus tinieblas y su importancia, y la necesidad de otra revelación (además de la revelación natural de la razón). Esta es la de las Escrituras".[Nota 67]

"Para establecer este principio, es necesario tener en cuenta: que en materia de religión la regla para juzgar no está en el entendimiento sino en la conciencia, es decir, que no hay que tomar los objetos según las ideas claras y distintas, adquiridas por un examen severo, sino según que la conciencia nos dicte tomarlas como agradables a Dios".[Nota 68]

La contradicción de estos textos es sólo aparente. Podría caber, tal vez, en un protestantismo ortodoxo como el de Lutero, pero Bayle va más lejos. La fe no es ya un acto de confianza o de afirmación volitiva --esto, al fin, supone la veracidad de la revelación cuyo garante es la misma autoridad divina--, sino tan sólo un acto moral que, al no implicar conocimiento perfecto, se reduce a una simple opinión y como tal muy vacilante, que poco o nada tiene que ver con el actuar del hombre. Para Bayle como bien señala Magnino, la cuestión de derecho no está en decidir qué doctrina está contenida en las Sagradas Escrituras, sino en saber "si es verdadero todo lo que Dios ha revelado" [Nota 69] y para ello es necesario sujetar la Palabra al tribunal de la razón pero no ya como una "enseñanza universal de la razón" --conclusión a la que llegaba Spinoza una vez destruido el Estado y a la que volverá Kant para escapar del más crudo escepticismo--, sino de una razón individualizada muy débil y falible, pero con el importante papel de desmitologizar las Escrituras a través del libre examen que, como hemos visto, conduce a la negación de toda autoridad depositada en la Iglesia. No es de extrañarse que, bajo la influencia racionalista, Bayle dé un paso más y dude hasta de la misma autoridad divina para exaltar el valor de la conciencia personal.

Pero de ser así, ¿qué señal tenemos de que existe una religión verdadera revelada? Ninguna. Al negar el valor de la revelación, toda religión, que es cuestión de conciencia y opinión, posee el mismo valor que otra y todas son verdaderas. Además, sería un atentado contra la verdad querer forzar a la conciencia humana a aceptar una religión como la verdadera: esto violaría los derechos a la conciencia y provocaría una situación de intolerancia tan cara a la sociedad. En nombre de los derechos de la conciencia hay que pregonar la tolerancia . [Nota 70]

Si al negar la tradición y la autoridad Bayle parece caer en una postura fideísta, ahora dudando de la misma autoridad divina y reduciendo la fe a simple opinión para sostener una religión natural, el fideísmo cede su lugar al deísmo. Pero del deísmo más exagerado al ateísmo hay sólo un paso, pues a fuerza de hacer incomprensible la esencia divina para la razón es natural que todo lo que ésta puede decir sobre Dios sea erróneo. La razón se vería conducida más a la superstición e idolatría que al culto verdadero, y entre conocer y querer mal a Dios --idolatría-- o ignorarlo --ateísmo--, nadie podrá negar que sea preferible lo segundo, pues todo mundo prefiere ser ignorado a ser mal querido, y Dios no es aquí la excepción. El ateo a los ojos de Dios es mejor que el idólatra, y no sólo desde un punto de vista gnoseológico sino sobre todo, moral.

Para Bayle la religión se entiende como un conocimiento de Dios, y como conocimiento nada tiene que ver con la conducta moral del hombre: ¿no son acaso los mismos demonios que conocen la existencia de Dios los príncipes del mal y no es evidente en muchas personas viciosas que el conocimiento que tiene de Dios poco o nada les ayuda para la corrección de sus inclinaciones?: [Nota 71]

"Cuando el corazón ha sido poseído una vez por un amor ilegítimo; cuando no se quiere satisfacer más que ese amor... no hay luz de la conciencia que sea capaz de regir, no se consulta más que a la pasión y se juzga sobre lo que hay que hacer aquí y ahora contra la idea general que se tiene del deber".[Nota 72]

Pero no sólo la religión es moralmente ineficaz. Si seguimos al espíritu protestante, vemos que la fe misma nada tiene que ver con las obras, pues si entre los que creen hay tantos que obran mal ¿de qué sirve la fe? En estas condiciones, el que ignora a Dios --el ateo o el pagano, que para Bayle son sinónimos-- y el cristiano se hallan a la misma altura con respecto a la conducta moralmente recta. Pero ¿qué decir de algunas personas que obrando de acuerdo con el conocimiento que tienen de Dios son mejores que otros que no lo tienen? El calvinismo de Bayle nos ofrece la respuesta: se hallan predestinadas.[Nota 73] De esta manera, entre el predestinado y el ateo no existe término medio.

Ahora bien, lejos de que el ateísmo nos conduzca a la desesperación y a la angustia --por el desconocimiento de la revelación y de Dios--, como podía suceder en un protestantismo ortodoxo, la originalidad de Bayle estriba, precisamente, en justificar el ateísmo como una actitud moralmente positiva que no necesariamente debe conducir a la corrupción de las costumbres o la moral y, mucho menos, a la desesperación, Al negar toda validez a la religión y a la fe en el actuar humano la misma moralidad se pone en tela de juicio, ya que no es admisible una ley natural como participación de la ley divina, no hay otra norma o criterio válido universal sino un claro escepticismo moral y, como es natural, carece de sentido cuestionar acerca del arrepentimiento de un acto cuando la misma libertad está puesta en duda y no es posible ya sentirse culpable ante alguien que es incognoscible.

En síntesis, la ignorancia de Dios que en Bayle no supone un rechazo voluntario, susceptible de considerarse como falta, moral en tanto viola el orden natural de la criatura al Creador, nada tiene que ver con la moralidad. El hombre puede sentirse libre de culpa ya que la ignorancia que tiene de Dios no es una ignorancia culpable, pues la distancia que existe entre la esencia incomprensible de Dios y su naturaleza corrupta es insalvable, a menos que prefiera caer en el vicio de la idolatría. El ateo, entonces, puede ser un hombre honrado, libre de toda superstición e idolatría y, además, apto para formar una sociedad justa. Esto lo ve claro Marx cuando afirma en La Sagrada Familia:

"Bayle fue el primero que anunció la sociedad atea que se preparaba, demostrando que puede existir una sociedad de puros ateos, que un ateo podía ser un hombre honesto, que el hombre no se corrompía por el ateísmo, sino por la superstición e idolatría".[Nota 74]

Después de todo lo dicho, no es de extrañarse que el pensamiento de Bayle haya sido muy del agrado de los ilustrados. El escepticismo al que irremediablemente conduce su doctrina, que se traduce en una posición atea en materia de religión que lejos de ser censurable se justifica como moralmente buena, tranquilizará la conciencia de muchos hombres del siglo XVIII que, bajo el lema del progreso y de la tolerancia, encontrarán un obstáculo en la religión y en la fe.

Con Bayle, el proceso de naturalización llega hasta sus últimas consecuencias: la afirmación del ateísmo para privar a la religión, en definitiva, de toda fundamentación. Sin fundamentación teológica o metafísica y sin objeto propio --el culto debido a Dios--, la religión termina por confundirse con la moral. Una moral que ya no requiere de un Ser trascendente y cuyos principios deben ser a la par generales y útiles para el género humano. La búsqueda de esos principios será una de las tareas que ocupará a los ilustrados desde Voltaire y Hume hasta Kant.


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