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ESTUDIOS. filosofía-historia-letras
Otoño 1987

UNIFORMADOS Y TRAJEADOS


Venustiano Carranza, tal vez muy a su gusto, permanece en la memoria de muchos como el papá grande de la Revolución. Aun para los que sólo recuerdan las "carranceadas" de dinero, el "Viejo" es asociado continuamente con su proyecto cumbre: la Constitución del 17. Digo muy a su gusto porque, según descubrimos en Puente entre siglos, Don Venus usaba sus lentes y las sombras para dominar conversaciones y descontrolar a sus interlocutores. Su recuerdo es una presencia que aún descontrola a muchos: lo ven a oscuras o no le ven los ojos.

Movido por un sentido casi místico del deber, el de las barbas blancas siente retomar pasos del Benemérito Juárez, además de seguir las místicas de autoridad y de libertad de Don Porfirio y de Don Francisco I. Su condición de puente une al liberalismo triunfante del siglo XIX con el constitucionalismo revolucionado del XX.

Aunque nunca se llegará a confirmar la hipótesis de que la noche de Tlaxcalantongo haya sido el escenario en que Don Venus se suicidó, emulando los ánimos del general romano Belisario, sí se confirma que en aquella choza permanecían en su mente los ánimos del deber y las ganas de acabar con el militarismo. Muerto mientras dormía, Carranza no portaba el uniforme, traje que, a fin de cuentas, no representaba al militarismo, sino al civilismo en campaña.

Alvaro Obregón es también un uniformado que se siente mejor trajeado o vestido para trabajar la tierra. Si Carranza representaba el deber de los principios, Obregón fue la juventud y el poder. Ese empuje permite a Don Alvaro a aligerar su paso de agricultor a militar y de militar a presidente. Pero esa carrera, con sus cambios de traje a uniforme, lleva implícito El Vértigo de la Victoria que de presidente lo regresa a agricultor y de ahí a reelegido.

Desde que de joven escribe su poema Fuegos Fatuos, Obregón vive el vertiginoso ardor de triunfar sobre todos y contra todo. Sus Ocho mil kilómetros en campaña gozan de una memoria e ingenio prodigiosos que le permiten ganarle al póquer estilo ruleta rusa al mismísimo Pancho Villa. Irónicamente, su monumento en La Bombilla de San Angel conserva la huella de una de las veces en que logró burlar a la muerte. El brazo que dejó empeñado en Celaya queda guardado allí donde Finalmente, y entre los acordes de "Limoncito", le llega la muerte a manos de un fanático caricaturista.

Cuando en Chapultepec fue víctima de un atentado, Obregón, acaso limpiándose el traje, se va a los toros. Valga esto cómo metáfora ya que, aún dejando los campos abajeños cubiertos de cadáveres y saliendo como general triunfante, Obregón supo conservar "las ventajas del aura militar sin sus inconvenientes", principalmente los uniformes.

Cuando Plutarco Elías Calles se quita el uniforme se deja fotografiar para la historia como el "Máximo" que no abandona al poder, así se pase a vivir a "la casa de enfrente". De hecho, Calles es el biografiado que con más frecuencia aparece entre la lista de "odiados" de la vox populi. Ya sea por el pavor a su nacionaismo socialista, que "amenazaba" con convertirnos en "Soviet México", o por las terribles heridas de la Cristiada, tirios y troyanos mexicanos lo tienen solamente como el serio con cara de dictador.

Gracias a Krauze, Calles al historiarse como el que quiere Reformar desde el Origen, se nos presenta más cercano y más discutible, lo cual permite conocerlo. Así, ya se le podrá odiar o aplaudir, pero quizá con más fundamento. Sin tener que prender incienso o aventar jitomatazos analizar así al Maximato permite entrever la institucionalización de muchos de los reductos oficiales que aun vivimos, con todo y las intrigas y calamidades que conocemos. En su afán por reformar, Calles va hasta el origen: las conciencias de la niñez, que debieran "pertenecer a la Revolución". Con este Grito de Guadalajara, el trajeado Calles lanza la voz del futuro; un grito de modernidad que encierra y cierra el ciclo de las voces norteñas en la serie revolucionaria.

A pesar de haber portado el uniforme militar desde muy temprana edad, Lázaro Cárdenas ha quedado en la memoria de nuestra historia como el presidente bien trajeado "cuyos momentos estelares --escribe Luis González--, fueron la expulsión del Jefe Máximo, la distribución de las haciendas entre los peones de las mismas, la expropiación de los bienes de las compañías petroleras y la inmigración masiva de los españoles...".

Los ires y venires por toda la República de Tata Lázaro son impresionantes no sólo en kilómetros recorridos, sino también en quejas escuchadas y en veneraciones recibidas. su paso es el del amigo incansable, pero además vemos en el General Misionero al de traje oscuro, de zorro, con sayal de franciscano. Krauze se apoya en los artífices y los días que de Cárdenas y del cardenismo ha trazado Don Luis González para hablarnos del michoacano cuyo gobierno macroscópico no olvidó su gubernatura matriótica.

El mismo Luis González menciona que la presidencia de Cárdenas "se caracterizó en lo demográfico, por poblacionista; en lo económico, por industrializador, nacionalista y bisectorial; en lo social, por agrarista, indigenista y obrerista; en la política interior, por un presidencialismo puro y patriarcal; en la política exterior, por antiimperialista proaliado; en lo cultural, por la educación socialista, la literatura y el arte populacheros y la ciencia asumida con profesionalismo y especialización sin antecedentes". Se puede decir que se trata de un período de nuestra historia "que fue episodio más de la serie revmex si bien un episodio altamente taquillero, quizá el más conmovedor, original, sensacional, movido, maravilloso y bien filmado de la serie".

En términos políticos, geográficos y culturales, la diferencia que hace Octavio Paz entre revuelta, rebelión y revolución tuvo su confirmación en México durante los años y las vidas que recorre la Biografía del Poder. Como bien señala Krauze: "el Morelos zapatista aportó la revuelta, el reclamo violento del subsuelo indígena, la voz del pasado. El Norte aportó la rebelión, la imposición igualmente violenta de un proyecto moderno, la voz del futuro. Pero fue Michoacán, asiento del México viejo el estado que convirtió la lucha en un cambio brusco y definitivo de los asuntos públicos".

La serie bien filmada, bien escrita y bien documentada que realiza Enrique Krauze nos deja con ganas de conocer las otras caras de otros muchos naipes biográficos que forman nuestra historia. El poder de la biografía nos permitirá conocer más anécdotas y encontrar raíces de otros personajes que, también tras bambalinas y no sólo oficialmente, forjaron el transcurrir de nuestra cronología. Es un poder que platicándonos los días de Fito de la Huerta en Los Angeles o el intercambio de espadas entre Rodolfo Gaona y Victoriano Huerta (uno para matar toros y el otro pa' matar hombres), nos ofrece la "intrincada maraña de conciencias" que puede ayudarnos a comprender mejor no sólo el pasado, sino incluso, nuestro presente.


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