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ESTUDIOS. filosofía-historia-letras
Otoño 1987

Eduardo Milán. Gabriel Zaid, Leer poesía.


Gabriel Zaid, Leer poesía. Fondo de Cultura Económica, México, 1987, 214 pp. (colección popular, 358). ISBN: 968-16-2550-1.

En Rizoma, Gilles Deleuze en compañía de Félix Guattari clamaban por una escritura revulsiva y desacralizadora que se apoyaba en una forma de leer: leer por placer, por gusto. Naturalmente que, además del reconocimiento intrínseco de tal propuesta de la lectura como acto paralelo al de la escritura o por lo menos derivante de ella, Rizoma encierra un tremendo golpe contra la lectura de la luz o, sin metáforas, de la lectura iluminista de la otrora capital cultural de Occidente. Para Gabriel Zaid no fue necesario derrumbar con una propuesta el imperio de la razón de leer: se basó en esa forma rara y cada vez más rara de la inteligencia que radica en ver simplemente apoyado en el sentido común. Como Zaid es poeta, solamente deriva la mirada o mejor la prolonga desde lo poético a lo ensayístico: leer por gusto, como se escribe por gusto. Leer por partes, por los fragmentos del gusto. Esa es la lectura poética: una lectura que puede empezar por cualquier lugar, por el principio, por el medio y por el fin. De cualquier manera, la poesía empezó antes que el poema y terminará también antes o después.

Lo que llama inmediatamente la atención en sus ensayos sobre poesía es que Zaid se sitúa en el lugar del lector, no en el lugar del preceptor. Evidentemente, al bogar por una lectura del placer o por el placer no es posible investirse de la sotana retórica. Situarse en el lugar del lector es, a la vez, situarse en el lugar de la inocencia y, a la misma vez, apelar por un conocimiento. Difícil disyuntiva: ser inocente y saber. Sin embargo, son los dos requisitos para leer poesía. Entre esta media zona, entre medio nivel se sitúa, precisamente, la escritura ensayística de Zaid.

Creo que es justo ver Leer poesía como un libro de crítica literaria y, al mismo tiempo, como un libro de teoría literaria. Puede decirse, sin forzar la mano, que toda la aventura histórica de la crítica literaria, al igual que toda la aventura teórica de la literatura son deudoras de una sola intención: enseñar a leer. Zaid parte de esta intención. Si aceptamos desde una mirada presente que toda preceptiva o reglamento del escribir se asimila como práctica de igual nivel que la lectura, debajo de todas las poéticas subyace oculta --o subyacía, porque en nuestro presente ha sido desvelada-- la práctica de leer correlativa a la de escribir. Así, aprender a escribir es aprender a leer.

Cabe sólo una digresión: leer o escribir poesía es un leer específico. De la misma manera que el poeta carga un texto de toda una vivencia personal e histórica y las imprime sobre la historia literaria y así la altera, el trabajo del lector es descargar el texto en sus distintos niveles y entrar en él con su carga personal e histórica. De esta manera el lector altera el texto y se convierte en coautor del mismo al operarla con una capacidad de transgresión igual o muchas veces superior a la del autor. Leer poesía, en este sentido, es no sólo recibir y comulgar con el poeta: también es transgredir. El estructuralismo, como derivación rígida de la teoría literaria de los formalistas rusos, intentó sentar las bases de una lectura constructiva del poema. En realidad, dejaba poco espacio para la subjetividad del lector. Como el análisis es inseparable del goce textual, toda la arquitectura estructural de un poema se imponía como carga, como un esto es, para el receptor.

Felizmente, el aporte de la lectura descontructiva que de la mano de Derrida alcanzó a los críticos de Yale permite al lector imprimir al texto su subjetividad. Ahora se permite imaginar un texto. Sumado a esto, la Escuela de Constanza y Hans Robert Jauss han alertado sobre la carga de historicidad que el lector imprime al texto. Con estos aportes, creo que los lectores estamos ganando libertad frente al texto, al tiempo que nos liberamos de su rigidez impositiva. Todas estas alternativas que hoy cobran cada vez más importancia en el abordaje de un texto desde el punto de vista del receptor, ya estaban sintetizadas en el libro de Zaid. Estas derivaciones teóricas, aunque encubiertas todavía de un lenguaje demasiado especifico, apelan en última instancia a la inocencia, a ese entender no entendiendo que es leer poesía. En cambio Zaid trabaja con un lenguaje absolutamente llano, que cualquier lector no necesariamente iniciado puede descodificar. Da la impresión de que Zaid se sitúa frente al objeto poético y pregunta: "¿Y esto qué es?" En esa pregunta subyace la inocencia del que sabe pero que también sabe que para leer poesía hay que olvidar que se sabe.

Es entre este saber y no saber que Zaid se sitúa y, a la vez, sitúa al lector. Toda la labor desconstructiva de Zaid no se basa en el interés de atravesar el objetivo para saber exactamente en qué consiste y archivarlo en la estantería de lo previsible. Su entrada en la materia poética ilumina el objeto pero no con la demasiada luz para convertirlo en otra cosa. No con esa falsa luz científica que alumbra sólo para homologar objetos naturales y objetos artificiales. Toda esa averiguación matemática y estadística del poema no está en función clasificatoria: la inteligencia poético-ensayística de Zaid es contenida, sexualmente tántrica. A la vez que lo revela, vela el objeto del placer --en este caso el poema, tan parecido al objeto amoroso--: le monta guardia a la puerta de su sentido. Desde la pregunta por una frase: "Un gato cruza el puente de la luna", pasando por la pregunta por la intencionalidad sin tensión de Reyes, por el desentrañar el aparentemente kitsch "Nocturno a Rosario", hasta la zaeta clavada en Blanco de Octavio Paz, la inteligencia de Zaid inaugura una manera de leer en la ensayística crítica no sólo mexicana: leer con pasión, con sentimiento, con sabiduría y con humor. Rompe así con la tradición crítica de la chatura, de la gravedad y de la solemnidad, que siempre han poblado con no se sabe qué derecho la escritura reflexiva latinoamericana. El ensayo crítico latinoamericano, ya sea víctima de la gravedad de su vocabulario específico, ya sea víctima de esa inteligencia más preocupada por la trascendencia, de sí misma que por el objeto que le rompe los ojos, muchas veces ha acabado con lo que, en un principio, era objeto de placer: el poema. Los ensayos de Zaid acercan el objeto al lector en un juego de espejos en que ambos se iluminan. Por ir contra la norma de la crítica su crítica es una anticrítica. Por ir contra la norma de leer su lectura es una antilectura. Pero su prosa es siempre triplemente porosa: en la escritura misma, en el cuerpo del poema que asedia y en los sentidos del cuerpo del lector.

EDUARDO MILÁN