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ESTUDIOS. filosofía-historia-letras
Otoño 1987

LOUIS PANABIERE. Saber y poder en Jorge Cuesta


[Nota 6]

(Primera de dos partes)

TRABAJOS anteriores nos han llevado a diseñar, siguiendo las trayectorias dialécticas de la vida, la poesía y la crítica de Cuesta, un itinerario que va de la reflexión al rechazo y del rechazo a la acción. Uno de ellos nos mostró que la construcción de una ideología, de una visión del mundo revisada y asumida, debía conducir a la acción. En ello Jorge Cuesta retorna el proyecto del pensamiento contemporáneo, aun cuando ese proyecto difícilmente puede realizarse en las tentativas de los "maestros pensadores": el ideólogo no es ya ni puede seguir siendo el sabio alejado de la ciudad; no busca ya una verdad (todo el mundo entiende que hay varias), sino una manera de ser, una modalidad de "intervención". El pensamiento no es ya la fijación de los fundamentos de una racionalidad, sino que tiende más bien a enrarecer la racionalidad que gobierna la organización económico-política del campo social. Los cuerpos y los espíritus, despojados ya de sus signos morales y políticos, "signos estabilizadores en cuanto reproductores de las instituciones familia y pareja",[Nota 7] pueden circular por sí mismos y hacer circular ideas motrices de una acción dinámica, transformadora. En esos trabajos creímos demostrar que el pensamiento de Cuesta no era reflejo (no devuelve una imagen) sino reflexivo (transforma lo real para captarlo mejor o actuar sobre él).

Así, al llegar a este punto de su trayectoria ideológica hacia la "expresión significativa", estaba en el orden de las cosas, en la coherencia de su pensamiento el ir más lejos.

En contacto con el mundo, la personalidad había surgido de la oposición constructora; en el contacto con el pensamiento de los otros, se había conformado un sistema original de valores estéticos y morales; queda ahora por considerar cómo, en contacto con una realidad social, una organización y una institución, puede y debe formarse una ideología. El análisis del sitio que ocupa un Saber conduce inexorablemente al análisis y a la crítica de un Poder, para precisar la relación existente entre los dos términos. Cuesta rechazaba, criticaba el Saber instituido; pero, si este saber no ha sido fundado por el Poder, ¿qué es el Poder?, ¿cuáles son las modalidades y los límites de su intervención? Estamos aquí en el corazón de las preocupaciones de nuestro tiempo y quisiéramos analizar la manera en que Cuesta vivió el problema. Este era particularmente agudo en el México de los años treinta. El Poder político emanado de la Revolución sentaba las bases de su Institucionalización creando la estructura fuerte de un partido (el Partido Nacional Revolucionario que después se convertirá en el Partido Revolucionario Institucional). Para ello era necesario integrar los diferentes poderes, las diferentes culturas, razas y expresiones. Transformar la heterogeneidad en unidad, en "hegemonía" conforme a la expresión de Gramsci, era una necesidad. Los intelectuales, como productores de sentido, como portadores y transmisores de un imaginario destinado a volverse social, sentían que sobre ellos pesaban los mandatos del Poder. La elección de opciones ideológicas, la libertad de la expresión que debía conducir a aquélla no eran fáciles. Entre tres tipos de actitudes se podía escoger: o el intelectual coloca su expresión al servicio de la ideología del Estado-Nación; o se aísla en una torre de marfil al amparo de las interferencias; o finalmente se instala en una ambigüedad que consiste en servir al Estado administrativamente sin apoyarlo abiertamente con su producción intelectual. En la generación de Jorge Cuesta encontramos esas 3 actitudes. Algunos escriben las "Novelas de la Revolución", otros, como los "Contemporáneos", toman distancia con respecto a la vida política, como lo hizo Villaurrutia escribiendo una poesía fuera del "espacio social"; o como lo hizo Salvador Novo, cultivando la ironía y el desenfado de los "húsares" de la literatura; otros finalmente, como José Gorostiza o Gilberto Owen, participaron en la actividad diplomática del Estado al mismo tiempo que escribían obras "aparte", marcando una frontera entre la actividad literaria universal y la acción política coyuntural. Jorge Cuesta tomó otro camino. Su universalismo era completamente diferente y no podía retraerse de las preocupaciones sociales nacionales, porque Cuesta no daba cabida a preocupaciones universalistas sino para adaptarlas mejor a su propia circunstancia. En él no hay sumisión, ni fuga hacia la ironía o hacia el arte que se aísla, ni ausentismo, ni ceguera ante los problemas de su época. Todo mundo reconoce el hecho de que Cuesta fue el único intelectual de su generación que extendió su actitud crítica a la política. Esto es tan cierto que en algunas librerías universitarias de México, sólo pueden encontrarse sus obras bajo el rubro de "Política". Esta situación hace de él un intelectual original en su época, pero es también, por su singularidad, la fuente de malentendidos y de interpretaciones erróneas que nos corresponde esclarecer, en la medida en que se tiende a confundir la critica con la oposición sistemática, con la "reacción". En un contexto de institucionalización o de rechazo categórico, el cuestionamiento y la reflexión exponen a la incomprensión. Nuestro propósito no es rehabilitar sino poner las cosas en su lugar de la mejor manera posible, para dar todo su sentido a la obra significativa de un intelectual.[Nota 8] Jorge Cuesta no fue un opositor al régimen revolucionario sino que fue su conciencia crítica; hay una gran diferencia entre, estas dos posiciones, como trataremos de demostrarlo.

Conociendo ya al hombre y sus actitudes, sus reacciones al medio, podemos ver que Cuesta tenía lo que se ha dado en llamar un "temperamento político", en la medida en que siempre trató de enlazar el pensamiento con el ser, o para decirlo con Heidegger, en el "serahí". Su teoría partía de la realidad para regresar a la práctica. Torres Bodet habló de sus talentos de precursor de la Cibernética. Conviene, sin embargo, precisar que Cuesta, al ser arrastrado por su temperamento a interesarse por la estructura política de su sociedad, no podía ser un "hombre político" ya que precisamente su acción reflexiva se ejerció siempre fuera de todo sistema. En consecuencia, es preciso distinguir de entrada que el interés estructural de Cuesta por la política no podía ser el de un político, sino más bien el de un político, es decir, de un analista del hecho político y no de un factor constitutivo y preservador de una organización social.

En segundo lugar, es necesario apuntar otras razones diferentes a las atribuibles a su temperamento, que condujeron a Cuesta a intervenir en la arena política. Antes que nada, la profunda convicción sobre la importancia del pensamiento como creador de instituciones. Cuesta estaba convencido de la necesidad de la intervención del intelectual y de las ideas en la organización del Estado. Para él, la historia, al igual que el conocimiento, no pueden ser totalmente materialistas; y al final de cuentas la historia es la acción del espíritu sobre los datos de lo vivido. Juan García Ponce definió bien esa actitud en los términos siguientes: "Para él, también (la política) es antes que nada una actividad del espíritu".[Nota 9] Si la política es también (y quizás principalmente) una actividad del espíritu, es evidente que un intelectual no puede retraerse de ella para dejar que la elaboren aquellos cuyo oficio no es el pensar.

Por otra parte, el contexto político mexicano de la época, con su proyectos, sus retrocesos y sus contradicciones, necesariamente tenía que aguijonear la necesidad de rigor de Cuesta. La confusión del contexto político en ciertos niveles no escapaba a su lucidez. Sabemos que su desconcierto y su indignación nunca se engolfaron en la pasividad; era preciso que les diera salida, como lo atestiguan aquellos que lo conocieron bien, particularmente Elías Nandino: "Siempre estaba en lucha contra el raquitismo del medio, contra la simulación agraria, contra la demagogia circundante, contra los falsos revolucionarios".[Nota 10] Su pasión por la claridad no podía satisfacerse con los rodeos ambiguos de la política de su tiempo. Tenía que reaccionar contra la construcción de mitos sociales de fachada. Todos los historiadores de esa época denunciaban las ambivalencias de la política de Calles y como prueba ofrecemos esta cita significativa de Jean Meyer: "El período que va de 1926 a 1936 plantea el problema del totalitarismo mexicano, a menudo confundido con el absolutismo de un hombre y que por ello se le llamó callismo.

Durante esa década y sólo por un tiempo, el Estado Mexicano se vuelve como un dios y se oculta detrás de su propio mito, el de la Revolución que disimula la nueva clase poseedora... El Estado tiene la tentación y los medios de manipular los espíritus sometiéndolos a su verdad, a su ortodoxia".[Nota 11] Cuesta no podía permanecer indiferente ante la ambigüedad y el dogmatismo, no podía quedar "ausente" sin traicionar su ideología. Esto lo explicaba él mismo en una carta dirigida al doctor Bernardo Gastélum, protector oficial de los "Contemporáneos" en las Secretarías de Estado: "Acaso le ha sorprendido a usted mi literaria incursión en la política. Ha obedecido al propósito de responder a ese criterio ya popular que se ha hecho sobre nuestro grupo, de que somos descastados y ajenos a los 'problemas del momento'. Temo que, a fin de cuentas, mi respuesta haya dado la razón a este criterio y que mi política, de acuerdo con la opinión de Xavier, sea tan literatura como mis sonetos... desde los ministerios de Estado hasta las más bajas capas de 'Nuestra Cultura', mi respuesta se empeña en que la Filosofía, la Ciencia, la Literatura, las Artes y hasta las buenas costumbres son 'absenteístas', ya que no pueden vivir sin una relación universal, extraña anuestra idiosincrasia y a 'nuestros problemas del momento'."[Nota 12]

Esta carta es muy importante para definir la actitud política de Cuesta, por múltiples razones. En primer lugar, muestra que el autor no se hacía ilusión alguna sobre su actividad en este campo y que no se hacía pasar como mago ni como defensor de una doctrina contra otra. Indica también la otra razón que pensaba tenía que ver con la presencia de su crítica en los asuntos públicos. Más allá del fenómeno coyuntural, nos muestra su sentimiento por la vocación política del intelectual, en ciertos campos que le son propios. Cuesta pone de relieve el carácter falaz de la incompatibilidad entre la actividad del espíritu (necesariamente universal) y la actividad de la organización social (necesariamente acotada por, fronteras). Los "Contemporáneos" fueron, como muchos intelectuales en cualquier tiempo y latitud, víctimas de esa dicotomía. Se ha pretendido observar en la apertura del espíritu hacia el exterior una traición al sentimiento nacional. Eso es falso y Cuesta así lo expresa a Gastélum.

Su intervención crítica en el campo político está destinada a demostrarlo. La universalidad del espíritu y el sentimiento nacional no son actitudes contradictorias, sino que pueden y deben ser complementarias.

Sin embargo, esa intervención debe hacerse de una manera determinada y la actitud política de Cuesta así lo ilustra. Jamás pretendió ser el defensor de un sistema, de una doctrina y de un partido, Fue el analista de ellos y así lo demostraremos. Lo anterior significa que sus intervenciones y los campos de acción de su crítica nunca fueron sistemáticos ni se aplicaron a la política en todos sus aspectos. Numerosos fueron los campos en que Cuesta no intervino: el fenómeno agrario es el ejemplo más revelador, junto con la expropiación del petróleo.

Hay muchos otros ejemplos de ello. Si nos preguntamos porqué debemos pensar que fue o porque no le interesaban o porque su intervención en ese ámbito no era determinante. Conociéndolo, escogemos evidentemente la segunda respuesta. Por otra parte, veremos que el blanco de su crítica no es unilateral: ataca al gobierno en lo que se refiere al proyecto de la educación socialista, pero lo defiende en el proyecto de la educación sexual. Así pues, sus intervenciones son puntuales, no sistemáticas o partidistas, y se refieren a las áreas de acción en las cuales estaba convencido que tenía un papel que jugar, como intelectual, no como hombre departido. Un rápido listado de estas intervenciones nos hará comprender su sentido, al revelarnos cómo los puntos o momentos en que Cuesta se expresó en política son tiempos o lugares en que la actividad gubernamental interfiere en el campo de la cultura y del espíritu, no en programas generales y de amplia aplicación.

La primera huella que pudimos encontrar de un interés político es el de la campaña Vasconcelista en 1929. Natalia Cuesta, hermana de Jorge, nos relató el entusiasmo que él y sus amigos mostraron en apoyo de la candidatura de José Vasconcelos a la Presidencia de la República. Incluso parece que durante la estancia del candidato en Córdoba, hubo en casa de los Cuesta reuniones que consolidaron aun más la amistad de los jóvenes intelectuales. No hay testimonio escrito de ese hecho, pero Rodolfo Usigli nos habla también de ello. Esta postura no es sorprendente, ya que Vasconcelos representaba el acceso al poder de los valores intelectuales contra el aparato de un partido institucionalista.

En 1930, Cuesta toma partido contra la campaña antialcohólica, no por oposición a un programa político, sino porque esa campaña realizada por Emilio Portes Gil y el partido pretendía someter el arte a la propaganda. Por lo demás, en otras ocasiones y en particular en la de la autonomía de la Universidad, Cuesta salió en defensa de la posición de Portes Gil, demostrando con ello libertad de apreciación más que adhesión incondicional.

Un poco después, se levanta contra la decisión del Estado de promover una "educación socialista", tratando de preservar con ello la integridad y libertad de la expresión intelectual. En 1932, se opone a la censura del Estado contra la revista "Examen": el problema es la salvaguarda de la libertad de expresión y de la moral del arte. En esa oportunidad, denunció las contradicciones del gobierno: "El comercio de Excelsior, en cuanto a su contenido moral, consiste en dos cosas: primero, halagar a quienes le dan dinero por leer el periódico, y segundo, halagar a quienes le dan dinero por otro concepto: los anuncios, por ejemplo".[Nota 13]

Cuesta no admite que la moral y el arte se vean sometidos al proyecto económico-político del país, proyecto capitalista diametralmente opuesto a los ideales revolucionarios proclamados por el Gobierno: "Su moral tiene que llenar este requisito: producir utilidades. Es la moral capitalista, a la que muchos dan el discreto nombre de Economía... condenando la libertad de expresión, a los que de la persecución de ella no esperan sino mayores utilidades pecuniarias y ningún progreso de la cultura pública, no algún beneficio de las obras espirituales del país".[Nota 14]

En cuanto a los políticos, nunca defendió ni apoyó sistemáticamente a nadie, como lo vimos en el caso de Emilio Portes Gil. El único por el que intervino puede sorprender: fue Trotzsky.

Natalia nos contó las visitas que hizo al exiliado de Coyoacán y pudimos leer en los archivos una carta a José Mancisidor, presidente del Congreso Nacional de Escritores y Artistas Mexicanos, fechada el 2 de enero de 1937: "El Congreso Nacional de Escritores y Artistas, interesado en manifestar su independencia respecto del gobierno de Stalin, pero más interesado todavía en que los derechos del escritor disfruten en México, de las garantías, cuando menos que les ofrecen las leyes, hace suya la petición que ha dirigido a los periódicos el revolucionario ruso León Trotzsky en el sentido de que sea respetado a este escritor el libre ejercicio de su actividad literaria".[Nota 15] La carta fue firmada por Jorge Cuesta. Todo ello demuestra que el campo de acción política del autor está circunscrito al ámbito de interferencia de la política y de las actividades espirituales. En sus obras no se encuentra alusión alguna a una toma de posición sistemática dentro de un Programa o de un Partido. Cierto es que podemos inferir de sus actitudes una ideología, pero ello únicamente es posible a partir de intervenciones ocasionales y en algunas áreas específicas. En ciertos aspectos, su formación política es incompleta, sobre todo en lo que se refiere al marxismo. Por todo lo anterior, puede concluirse que Cuesta fue politólogo por su temperamento, por convicción sobre el papel del intelectual en la sociedad y por la necesidad de defenderse en algunas coyunturas particulares.

No obstante, sus escritos políticos le ocasionaron muchas contrariedades, lo que hace más meritorias sus intervenciones. Para mencionar la marginación de que fue objeto junto con el grupo de sus amigos, puede decirse que más que ellos fue víctima de la ira e incomprensión de los políticos. El hecho de que haya osado incursionar en un campo que debiera ser tabú para un intelectual de cultura universal hizo de él el blanco privilegiado de los francotiradores en su época y hasta nuestros días; escribir sobre política no le trajo a Cuesta más que sinsabores, él lo sabía y no por ello dejó de hacerlo. Asumió el riesgo de un intelectual al externar sus opiniones y defenderlas en la liza política. Muchos de nuestros contemporáneos han pagado un precio por ello. Cuesta tuvo que pasar por esa prueba en su tiempo. Mucho perdió al emprender la crítica política, tanto tísicamente como en su prestigio. Físicamente primero: Natalia nos contó que, al saber de un artículo que Cuesta había redactado contra Lombardo Toledano, algunos de los partidarios de este último, vinieron a verlo para convencerlo de que no lo publicara; fue maltratado y golpeado para intimidarlo y regresó a su casa cubierto de sangre. No por ello dejó de publicar el artículo al día siguiente. En otra ocasión, por haber escrito un artículo contra Calles tuvo que huir por los tejados y refugiarse en la casa de Aarón Sáenz quien lo recibió y protegió. Desde el punto de vista intelectual, sufrió múltiples censuras y vejaciones. Salazar Mallén refiere: ""Escribir de Política fue lo que lo perdió, lo que hizo que se le excomulgara, que se le cerraran las puertas de la fama. Y es que no escribió para halagar a nadie, sino que quiso contribuir a que México tuviera conciencia de sí mismo. En un país en donde sólo tienen éxito los escritores políticos serviles, la posición de Jorge Cuesta fue herética. Se dejó que los intelectuales siguieran admirándolo, pero se le condenó al desdén hacia su obra. Jorge Cuesta había escrito como hombre independiente y limpio y eso no podía perdonársele, al contrario, se le puso el marbete de reaccionario para hacerlo despreciable, para que se le olvidara". [Nota 16]

Así, Cuesta no recibió más que golpes al ocuparse de juzgar la política y recibió también el oprobio y el rechazo tanto de sus contemporáneos como de las generaciones que le siguieron. Se formó una reputación y no es raro escuchar hoy en día hablar de "Cuesta el reaccionario" por muchas personas que ni siquiera han leído una línea de sus escritos. Tal fue el precio de su integridad y él lo sabía muy bien. Ello tiene todavía más mérito porque representaba una función importante del intelectual en nuestra época: del disidente y sobre todo del que molesta. De cara a los sistemas, el pensamiento siempre molesta y estorba en la medida en que plantea cuestiones y busca la verdadera claridad en la confusión de los compromisos. Sobre Cuesta muchos piensan y pensaron lo que Musil escribía del "estudiante Törless": "Mi opinión es que de todas maneras él no merece compasión alguna, pero sí que lo denunciemos, acogotemos o incluso que lo torturemos hasta la muerte por puro placer. Yo no puedo concebir que un tipo de esta ralea tenga el menor papel que jugar en el maravilloso mecanismo del Universo. A mi modo de ver, él debe haber sido creado por casualidad, al margen del orden de las cosas, quiero decir que sin duda tiene algún sentido, pero este sentido está tan mal determinado como el de cualquier gusano o guijarro en el camino, con respecto a los cuales no sabemos si pisotearlos o pasar de lado, o lo que es lo mismo, nada".[Nota 17]

Porque se atrevió a escribir sobre Política, eso es lo que se piensa de él. Nuestro propósito es considerar y aclarar este sentido que muchos no han visto o no han querido ver. Por ello trataremos de presentar las circunstancias de la actividad socio-política de Cuesta para medir su valor y alcance. En un primer momento, consideraremos los diferentes aspectos de su pensamiento en torno a la idea de nación promovida por el Estado mexicano que tomaba en sus manos la conciencia nacional para fincar una política determinada.

Dejar de ser de su propio país para reencontrarse a sí mismo

"Un poco de internacionalismo aleja de la patria, mientras que mucho nos regresa a ella"

Jean Jaurés.

Desde hace mucho tiempo, en nuestras sociedades, se había trazado una línea de demarcación funcional bien clara entre los pensadores y los políticos, entre los manejadores de ideas y los constructores de Estado. Las relaciones entre el Poder y el Saber se instauraban a partir de dos campos diferentes y su acción determinaba lo que Max Weber denominó en "El sabio y el político,"[Nota 18] las dos verdades. Por un lado, el político construía un sistema y estructuraba la sociedad, mientras que por el otro el filósofo reflexionaba sobre los hechos históricos y sociales estableciendo sistemas de ideas y conformaba un imaginario social.

En la época actual, esta dicotomía ha sido cuestionada. A fines del siglo XIX el "intelectual" fue definido como un pensador que actúa sobre la institucionalización de la cosa pública. Hegel y Marx jugaron ciertamente un papel importante en esa inserción más directa del saber en el Poder. No hay que olvidar, por otra parte, "hecho significativo subrayado por Alain Touraine",[Nota 19] que el calificativo de "intelectual" apareció en Francia en la época del caso Dreyfrus, o sea, en un tiempo de interferencias entre las instancias del pensamiento y las de la acción política. La filosofía contemporánea cobra un nuevo esplendor y las "ciencias humanas" se insertan cada vez más en la gestión política de las sociedades. Esto no ocurrió sin problemas ni malentendidos. Los Estados actuales, en su tentativa de organización social, no pueden ignorar el papel y el lugar de quienes dan forma y expresión a la ideología en que se finca su acción. A la estructura política de una nación es preciso agregar el imaginario social y la conciencia nacional. Ahora bien, imaginario y conciencia son el hecho de los pensadores y de los filósofos. Las numerosas tentativas actuales de definición de la articulación entre teoría y praxis dan testimonio de ello. El intelectual contemporáneo ya no puede considerar la política como un espectáculo al que tiene que aplicar su juicio y su sistema de ideas. Como lo expresó muy bien Jean Toussaint Desanti: "El saber debe infiltrarse en los huecos del Poder", [Nota 20] y la escuela sociológica de Franckfurt, con Adorno y Max Weber en particular, mostró la importancia de esa relación.

Nada de lo que es político puede ser ajeno al intelectual porque éste debe oponerse a la objetivación histórica de los sistemas. Adorno y Weber se esforzaron por hacernos concebir la sociedad como sujeto, a pesar de (¿o a causa de?) toda la experiencia de la cosificación de las instituciones políticas.

Lukacs y Risi destacaron de igual manera la importancia del análisis intelectual contra la enajenación institucional que congela a individuos y sistemas dentro de mecanismos cosificadores.

Esta tendencia a la necesaria inserción del pensamiento en la acción política ha marcado en nuestros días y más específicamente en la primera mitad de nuestro siglo, tanto a los políticos como a los pensadores. En Jorge Cuesta no podía dejar de reflejarse por el año de 1930 esta explosión del campo del pensamiento y de la expresión intelectual, y esto por dos razones esenciales. La primera es que frecuentaba mucho a Samuel Ramos y su amigo filósofo regresaba de un viaje por Europa en donde había seguido los cursos de Gurvitch, quien había dejado una honda influencia en él. La Sociología, ciencia humana recién nacida, aplicada a la conjunción del pensamiento y de la. vida, necesariamente tenía que seducirlo, por lo que sabernos de Cuesta. En segundo lugar, México vivía en esa época un período clave de las relaciones entre la construcción de un Estado, por el lado político, y la realización de principios ontológicos para el mexicano, desde el punto de vista intelectual. La intersección de los dos elementos era particularmente fuerte y fundamental, Después de la fase armada de la Revolución, el Estado mexicano sentaba las bases de su institucionalización promoviendo una conciencia nacional. Por otra parte, la trayectoria ideológica de los intelectuales mexicanos desde el "Ateneo de la Juventud" los había conducido como "Ulisces criollos" llegados a puerto a tratar de definir mejor su identidad como mexicanos. La "nacionalidad" era pues el punto de encuentro entre el Poder y el Saber, no dentro de un poder único y convergente, sino por la fusión de dos corrientes.[Nota 21] Esta ambigüedad conduciría necesariamente a conflictos que una conciencia lúcida como la de Cuesta no podía dejar de analizar.

Conciencia nacional e identidad cultural


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