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ESTUDIOS. filosofía-historia-letras
Otoño 1987

Conciencia nacional e identidad cultural


Al llegar a este punto, habremos de precisar los itinerarios que llevaron a este encuentro conflictivo en torno a la idea de Nación para mejor comprender su problemática.

Desde el punto de vista político, el agente principal de la construcción del país no fue, como en otras partes, una burguesía nacional, ni un capitalismo foráneo. La primera no existía como clase económica, mientras que el segundo no tenía más que una integración económica sin poder político alguno. En consecuencia, existía una debilidad por el lado de los empresarios del país y el Estado iba a tomar por su cuenta la construcción de una hegemonía económico-política y primero con Obregón, y luego con Calles, el Estado se convierte en el primer empleador e integrador. Fue en su seno en donde se formaron las clases medias y puede decirse que ha sido el agente esencial del desarrollo nacional mediante la combinación de un fortalecimiento, bajo su protección, de la iniciativa privada y del papel del gobierno. El Estado instaura así su dominio y su preponderancia transformándose en el único aparato capaz al mismo tiempo de administrar y de remover los obstáculos que se interponían al progreso nacional. Su razón de ser es la promoción del desarrollo económico y al mismo tiempo el poder introducir oportunamente reformas políticas estructurales para evitar el desorden y la revolución. El Estado se vuelve así espacio esencial de la economía y de la política, centraliza la riqueza y la redistribuye, definiéndose como la invitación que un grupo de hombres hace a otros grupos para llevar a cabo conjuntamente una empresa: La creación de una Nación dinámica. Sin embargo, para que esta invitación encontrara eco, era necesario reducir las diferencias y abatir las barreras que la revolución había levantado. Los mexicanos estaban divididos: por un lado, existía la: "familia revolucionaria" que se había formado en torno a los "sonorenses" y, por el otro, estaba la élite de los grandes propietarios y todavía más allá la "masa", un pueblo extremadamente diversificado desde el punto de vista cultural y racial, "enajenado" por los curas (de ahí la reforma agraria y la lucha anticlerical) y que no tenía idea alguna del patriotismo. Así pues haciendo a un lado la élite de los explotadores, quedaban todavía dos Méxicos: El de los gobiernos y el del pueblo. Los gobiernos revolucionarios van a tratar de fusionar estos dos Méxicos jugando a fondo la carta del nacionalismo cuya función es conducir de la heterogeneidad a la unidad. Para gobernar, es preciso obtener el consenso, reforzando por tanto la estructura hegemónica mediante el cemento del nacionalismo. Este concepto va a ser la exaltación de un sentimiento nacional, vinculado al Estado, una unificación nacional. Rafael Segovia describió con acierto la elaboración de este nacionalismo.[Nota 22] A partir de 1929, el partido de los gobernantes se convierte en el Partido Nacional Revolucionario, toma los colores de la bandera y establece el uso de un libro de texto único en la escuela y de un proyecto cultura". Ahora bien, este discurso nacionalista no puede expresarse, como en Europa, en política exterior, a partir de la integridad M territorio o del espíritu revanchista. Frente a los Estados Unidos, demasiado poderosos, ello no puede hacerse y ante Guatemala es inútil. En consecuencia, el discurso nacionalista, va a incidir sobre la unificación de un pueblo y de una cultura. Para crear una cultura homogénea, el Estado va a conducir, institucionalizando la Revolución, a un pueblo diversificado en torno a la idea de Nación. Ello explica la exaltación oficial del indio para absorberlo en el cuerpo nacional y el rechazo de aquellos que podrían oponerse a cualquier intento de integración. El discurso de Calles, en el momento de la fundación del Partido Nacional Revolucionario en 1930, es muy revelador al respecto. Calles desea que su partido congregue: "Al trabajador del campo y de la ciudad, de las clases medias y submedias, e intelectuales de buena fe".[Nota 23]

Pero ¿quiénes son estos intelectuales de buena fe? Esto nos lleva a considerar la segunda columna de la Constitución del sentimiento nacional, su elaboración cultural. El movimiento de liberación de los intelectuales coincidió en el tiempo con la revolución política, pero no tuvo exactamente el mismo sentido. A partir de 1905, un grupo de estudiantes de la "Escuela Preparatoria" se había levantado contra la hegemonía en la escuela y en la Universidad de la filosofía positivista que les parecía una enajenación, en la medida en que la formación del espíritu se limitaba a las ciencias experimentales y al pragmatismo. Vasconcelos, Alfonso Reyes, Pedro Henríquez Ureña reaccionaron contra el positivismo tomando como modelos a Platón, Nietzsche, Shopenhauer, Bergson, Boutroux, y todos los filósofos que ponían énfasis en la actividad idealista del individuo. En el plano mítico y literario, decidieron expresar igualmente la "diferencia" y la transgresión a través de los mitos occidentales de la búsqueda de una identidad ("Ulises criollo" de Vasconcelos u "Homero en Cuernavaca" de Reyes). Y sobre todo, exaltando el mito del "Ariel" Latinoamericano que Rodó había opuesto al "Calibán" del materialismo ultraoccidental de los Estados Unidos. Era menester reencontrar, detrás de las máscaras de las diferentes culturas colonizadoras y enajenantes, la verdadera identidad del mexicano. Ello condujo a lo que Emilio Uranga llamó la "ontología del mexicano": Búsqueda de un verdadero rostro que encontramos como preocupación esencial del intelectual mexicano en múltiples obras entre los años 1930 a 1950, de las cuales las más conocidas son El perfil del hombre y la cultura en México de Samuel Ramos y El laberinto de la soledad de Octavio Paz, y que se mantiene en La región más transparente de Carlos Fuentes. Sin embargo, esta búsqueda ontológica es la de una identidad original y, por tanto, de una diferencia. La conciencia de una identidad nacional definida por los intelectuales no era pues comparable con el nacionalismo oficial; los dos conceptos inclusive eran opuestos ya que uno pretendía transgredir modelos en tanto que el segundo tenía por objeto la integración a un modelo propuesto por el Estado.

Ahora comprendemos mejor porqué el General Calles habla de "Intelectuales de buena fe". Ciertamente se trata de aquellos que están de acuerdo con el proyecto integrador de su partido y no de aquellos cuyo propósito es instaurar en la diferencia una conciencia crítica. Desea naturalmente atraer a aquellos cuyo proyecto intelectual es "tomar distancia" para existir.

Ahora bien, estos últimos no podían honradamente subscribir la exaltación de un nacionalismo integrador. Este tipo de nacionalismo fue muy bien definido por Jean Plumyéne en un artículo notable y revelador.[Nota 24] Este autor muestra en particular cómo la historia del nacionalismo, sea de campanario, provinciano o de Estado, es 9a de un instinto de vida transformado en instinto de muerte. Arraigo en un suelo saturado de arquetipos, sentido de la tradición, de la pertenencia, de la filiación, todos ellos valores energéticos, de singular fuerza".[Nota 25] De hecho, este tipo de nacionalismo es una regresión y puede ser peligroso y enajenante: "A fuerza de perseverar en su principio, este hermoso instinto llegó a volverse contra sí mismo. La relación con la tierra-madre se volvió relación incestuosa, el culto a los muertos necrofilia y la defensa del territorio, xenofobia aniquilante" . [Nota 26]Ese nacionalismo puede conducir a un narcisismo estéril y despersonalizador: Narcisismo de masa, que estos personajes político-literarios inspiran, modelan, arrullan y exaltan una y otra vez, reflejando sobre esa masa su propia imagen, personalizada e idealizada. Colectividad narcisista, que no tiene libido objetivable, sin amor por el otro, replegada sobre sí misma hasta enterrarse viva en sus profundidades a menos que, al arrancarse, exporte al extranjero sus impulsos agresivos".[Nota 27]

AIgunos intelectuales "de buena fe", como les llamó Calles, aceptaron jugar ese papel "político-literario" de espejo absorbente en ciertas "novelas de la Revolución" o en las pinturas murales; otros lo rechazaron violentamente con gesto agresivo o insolente, como los "estridentistas" e incluso los "agoristas". Otros finalmente permanecieron fieles al proyecto intelectual, que pretendía afirmar la personalidad nacional mediante la función de la conciencia crítica, la construcción del mexicano y de su sentimiento nacional, por la vía de la transgresión de las ideas recibidas. Fue éste, en nuestra opinión, el caso de los "Contemporáneos" y de otros intelectuales, particularmente de los universitarios.

No iba a pasar mucho tiempo para que estallaran los conflictos entre el Estado, con su nacionalismo integrador, y los intelectuales que estaban empeñados en trazar la trayectoria de un impulso existencial, dinámico y formador que se abría hacia el ser en vez de quedar encerrado en él. Las crisis fueron frecuentes en esa época-libertad de expresión, problemas de educación --sobre todo en la Universidad. El Estado no podía tolerar que el saber no se integrara con el Poder. Luis de León, uno de los hombres fuertes del callismo, definió así el problema: "Los gobiernos de casi todos los países sostienen Universidades propias en las que se impone siempre la tendencia filosófica, social o jurídica que priva en el Gobierno; y en cambio hasta la fecha, en México hemos visto con tristeza que los conocimientos superiores que se imparten en la Universidad Nacional distan mucho, ya sea por el cuerpo docente de ella, ya sea por la falta de orientación de la misma o por otras causas, de conseguir este objetivo".[Nota 28]

En realidad, a partir de un proyecto, que podía parecer común: el "sentimiento nacional", pero que era totalmente divergente en sus modalidades, tenía forzosamente que surgir el conflicto. Los intelectuales, conscientes de la necesidad de transgresión, se decidieron evidentemente por la disidencia, fieles a un principio que analizó Julia Kristeva en los siguientes términos: "El exilio corta las ligaduras, inclusive las más fuertes, las del Sentido, las que nos atan a la creencia de que la vida tiene Un Sentido garantizado por un padre muerto. Porque en el exilio, si algún sentido tiene, nada lo encarna y no hace más que producirse y destruirse en el cambio de espacios (geográficos del discurso). El exilio es una técnica de supervivencia ante el Padre muerto".[Nota 29]

Asumiendo los riesgos y peligros, pero con entereza, algunos intelectuales, se "exiliaron" apartándose del discurso del Estado para afirmar la identidad de su existencia, su verdadera nacionalidad; Jorge Cuesta fué uno de ellos. Podemos ver ahora que se encontraba en el "clímax" de esta problemática del nacionalismo y de la conciencia nacional. Primeramente, en el espacio y el tiempo, porque su actividad intelectual se ubica en el momento más agudo de la crisis de ambigüedad que acabamos de tratar de definir entre 1928-1940. En segundo lugar, y sobre todo, porque sabemos bien, después de haber considerado los elementos estructurales de la vida y obra de Cuesta, que fué el prototipo perfecto del intelectual disidente, al buscar definirse en todos los campos a través de la transgresión y la diferencia. No fué extraño a la búsqueda, en la cultura, de una identidad nacional, sino que, por el contrario, desde 1935 se ocupó en un largo artículo, de la "nacionalidad mexicana",[Nota 30] y siempre estuvo obsesionado por la realidad humana de su país y de su cultura. Tampoco es de extrañarse que haya sido uno de los blancos privilegiados del Estado y que se le haya acusado de ser "descastado". Su proyecto de conciencia nacional era diferente y, ense-guida, definiremos sus componentes.

(Continuará).


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