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ESTUDIOS. filosofía-historia-letras
Otoño 1987

RODOLFO VAZQUEZ. El proceso de la religión en Lutero, Spinoza y Bayle


NUESTRA época sufre un profundo desencanto del hombre con Dios, Afirmaciones de intelectuales como la de Solyenitzin con respecto al reavivamiento de la religiosidad rusa, o la de Kolakowsky quien ve en la identidad religiosa y en el nacionalismo los factores de desintegración del totalitarismo, o la de Bell quien reconoce, desde un punto de vista sociológico, un resurgimiento religioso íntimamente ligado a un desgaste de las ideologías; o testimonios como el de los grupos carismáticos en los Estados Unidos, o el de la madre Teresa de Calcuta, no cabe duda que son significativos. Sin embargo, el mismo hecho de ser fácilmente identificables, porque si bien son voces autorizadas no dejan de ser voces aisladas, confirma lo que parece obvio: el olvido o la ausencia de Dios. Este olvido, no gratuito ni circunstancial, hinca sus raíces muy atrás en el tiempo y su explicación Y está lejos de ser simple. Una de las causas, y no la menos importante, se debe a un lento proceso de naturalización de la religión que halló una expresión muy clara en los siglos XVI y XVII.

El siglo XVI europeo sirvió de marco histórico para la culminación del renacimiento y el origen del protestantismo. Más que ruptura, existió entre ambos movimientos culturales una relación de continuidad, pues la exaltación del paganismo grecorromano que nació en Italia y se extendió por Alemania, Francia e Inglaterra explicó, entre otras razones, la misma expansión del protestantismo en esos países. Ambos guardaron al menos dos puntos en común: la afirmación de un "humanismo antropocéntrico" a costa de un "humanismo teocéntrico" y, como resultado de tal afirmación, un desprecio por el pensamiento y en general por la cultura medievales, Así, por ejemplo, pudieron enfrentarse Lutero y Erasmo en torno a un tema clásico como el del libre albedrío, pero ambos, al fin, fueron hijos de una época en donde los valores humanos ya no se juzgaban desde la perspectiva divina, sino a partir de la misma naturaleza humana, ya fuese con un gran pesimismo o con un optimismo sin límites.

Con todo, los antecedentes renacentistas no explican en su totalidad el origen de la revolución protestante. Al lado de ellos habría que colocar la influencia de la escolástica decadente que, en el plano teológico, tomó como representante más destacado a Guillermo de Occam y, en el plano político, a su discípulo Marsilio de Padua; la influencia de la teología mística alemana con Eckart y su exaltación de la interioridad volitiva del ser humano en un movimiento ascético de ascenso a la divinidad; y, al lado de estos planteamientos teóricos, todo un conjunto de hechos importantes como lo fueron el advenimiento de la burguesía con una nueva estructuración de la actividad económica; los grandes problemas políticos suscitados por la relación iglesia --estado que culminaron en el cisma de Occidente y, por último, un relajamiento de costumbres ligado al rompimiento de una tradición de siglos. Todo esto se tradujo en un divorcio paulatino entre la vida natural y la vida sobrenatural que se hizo manifiesto en el problema de razón y fe, libertad y gracia, mundo e iglesia.

El siglo XVI preparó al XVII. Si de Italia el humanismo renacentista se extendió hasta Inglaterra llevando en su corriente toda una visión antropocéntrica reafirmada por el protestantismo, fue en este país donde hizo su aparición el iluminismo cuyos antecedentes en materia de religión deben buscarse en Herberto de Cherbury. Las obras de los ingleses se introdujeron en el continente a través de Holanda y aquí, precisamente con Spinoza, se logró la primera gran síntesis entre los principios racionalistas y algunas tesis sobre religión natural inspirados en el deísmo insular. La segunda síntesis corrió a cargo de uno de los principales iniciadores del movimiento ilustrado, Pierre Bayle, quien tomando los supuestos del racionalismo y del deísmo encontró una integración final en el protestantismo.

Considerado lo anterior, el objeto de este escrito tiene un doble propósito: primero, hacer explícita la idea de que a partir de Lutero, Spinoza y Bayle se sientan las bases para un tratamiento del hecho religioso como algo autónomo, no inscrito ya en el ámbito de la metafísica o de la teología como era considerado en la filosofía clásica y medieval; segundo, mostrar, tal como señalamos más arriba, que una de las razones que explica nuestro actual olvido de Dios tiene sus orígenes en un proceso de naturalización de la religión. En efecto, en los años que van desde Lutero hasta Bayle se operó un proceso paulatino de naturalización que, como esperamos mostrar, comenzó por el enjuiciamiento de la actitud religiosa del hombre para concluir con el cuestionamiento de la existencia misma de Dios. Esta idea será nuestro hilo conductor y para comprender su alcance es necesario decir, aunque sea brevemente, qué sentido daremos al término religión, cómo lo definiremos para, luego, aplicarlo a dicho proceso.

Entendemos la religión desde tres puntos de vista distintos: el ontológico, el gnoseológico y el moral.[Nota 31] Desde el primer punto de vista se intenta encontrar el fundamento último que explique la actividad religiosa. Pensamos que tal fundamento consiste en la religación que tiene todo ente por el hecho de ser creado por Dios; religión que no se refiere únicamente a la constitución interna del ente sino también a su mismo obrar, es decir, tanto en su aspecto estático como en su aspecto dinámico. En esta primera etapa, el hombre se estudia junto con los demás entes como religado a un Ser absoluto.

Desde el punto de vista gnoseológico se trata de encontrar el fundamento que explique nuestro acceso a Dios. Esta segunda etapa se distingue claramente de la anterior pues una cosa es estar religado a Dios y otra cosa es tomar conciencia de tal religación. Esta conciencia en la historia de la filosofía de la religión no se operó sólo por vía intelectual; los filósofos también acudieron a la vía volitiva y a la vía sentimental.

La tercera etapa es la moral y consiste en la actitud que tiene el hombre al tomar conciencia de su religación ontológica, Es una etapa donde, en sentido estricto, hace su aparición la religión, y es aquí también donde adquiere carta de ciudadanía el ateísmo. Es imposible que surja éste en las dos primeras fases, a menos que se deje de ser ente y ente racional. Puede apreciarse, de paso, la diferencia que existe entre esta etapa y la anterior, pues es factible que existan personas que tomen conciencia de la existencia de Dios y sin embargo, no manifiesten alguna actividad cultural hacia El.

Así llegamos a la definición de religión. La religión es un movimiento del hombre que dice "orden a Dios" según la definición clásica de Santo Tomás[Nota 32] entendiendo por orden, en sentido amplio, las tres etapas antes señaladas, y en sentido estricto el culto del hombre a Dios. La religión, entonces, versa sobre lo relativo al culto que supone la sumisión a Dios a través de actos internos de adoración como la oración, o actos exter-nos como la veneración de imágenes que, como representaciones sensibles, nos conducen a Dios. En otras palabras, el objeto formal de la religión consiste en "dar a Dios el culto debido".[Nota 33] Definida la religión y considerada en sus tres etapas desde un punto de vista tomista, el proceso histórico de naturalización no comenzó por criticar la religación ontológica con Dios sino que, como veremos, comenzó por cuestionar la actividad cultural del hombre hacia Dios con el protestantismo; luego la conciencia de nuestra religación con el racionalismo y el deísmo, y, por último, la religación ontológica con el escepticismo ateo.

Lutero y el humanismo protestante

Spinoza y el racionalismo

Bayle y el escepticismo ateo


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