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ESTUDIOS. filosofía-historia-letras
Otoño 1987

Lutero y el humanismo protestante


La doctrina de Lutero sobre la religión se entiende desde una perspectiva práctica. Su intención se halla encaminada a la búsqueda de la felicidad y a la salvación del individuo por encima de cualquier discernimiento de tipo racional o teórico. Desde este. punto de vista es notoria la deuda que contrae con toda la tradición platónico-agustiniana que lleva el sello del ascetismo volitivo y de la exaltación de Dios a costa de la disminución ontológica de la criatura.

Para introducirnos a su pensamiento comenzaremos por citar tres textos escogidos de obras diversas:

"Es necesario saber que no hay buenas obras fuera de las ordenadas por Dios, como tampoco hay malas obras excepto las prohibidas por él. En consecuencia, quien quiera conocer buenas obras y realizarlas, sólo necesita conocer los mandamientos de Dios ( ... ). De manera que debemos aprender a distinguir las buenas obras por los mandamientos divinos, y no por la apariencia, grandeza o cantidad de las obras en sí, ni tampoco por el arbitrio de los hombres y las leyes y costumbres humanas, tal como vemos ha sucedido y aún sigue sucediendo, porque somos ciegos y despreciamos en mucho los mandamientos de Dios".[Nota 34]

El acento de este texto está puesto en el conocimiento de las buenas obras a través de los mandamientos. Pero es cierto que una cosa es el conocimiento de los mandamientos y otra su realización:

"Los mandamientos nos indican y ordenan toda clase de buenas obras, pero con eso no están ya cumplidas: porque enseñan rectamente, pero no auxilian; instruyen acerca de lo que es preciso hacer, pero no expenden la fuerza necesaria para realizarlas. O sea, los mandamientos han sido promulgados únicamente para que el hombre se convenza por ellos de la imposibilidad de obrar bien y aprenda a reconocerse y a desconfiar de sí mismo".[Nota 35]

O puesto en otros términos:

"Pero el objeto esencial de la ley, o sea, su poder consiste en revelar la existencia del pecado original con todos sus frutos y consecuencias, demostrando al hombre la profundísima caída de su naturaleza y qué tan corrompida está".[Nota 36]

De los tres textos se desprende una idea clara: la ley es dada por Dios para que, al ser conocida por el hombre, reconozca la imposibilidad de obrar bien, desconfíe de sí mismo y descubra la fuente de tal imposibilidad en el pecado original. Nada más concluyente para poder tachar esta doctrina de pesimista. Sin embargo, antes de aventurar un juicio de esta índole debemos analizar y aclarar esta afirmación preguntándonos primero, ¿cuál es el trasfondo histórico-filosófico que la anima? y segundo, ¿cuál es el aporte original de Lutero?

Sin duda, Lutero es deudor de la tradición platónico-agustiniana pero, sobre todo, de la escolástica tardía, y muy especialmente de Guillermo de Occam. El hombre, pensaba Occam, en tanto criatura, depende enteramente de Dios, se halla religado a El y esta religación ontológica se expresa en forma de obligación moral. Sólo el Absolutum, como lo expresa la palabra, no depende de algo o alguien y, por lo mismo, es enteramente libre, omnipotente, desobligado. Consecuente con ello, Occam se ve impelido a reducir todo lo creado a una radical contingencia. Esto, unido al nominalismo que le permite rechazar toda idea universal --géneros, especies-- en la mente divina y aceptar, únicamente, a los individuos, le lleva a negar la ley natural y, con ella, toda posible norma objetiva de moralidad.[Nota 37]

Al ser así, piensa Occam, la rnoralidad en los actos, humanos ya no les es intrínseca, sino que debe buscarse y fundamentarse en la voluntad divina, en la libre decisión divina. Por esto es comprensible en su ética que un acto sea malo no porque sea intrínsecamente malo, es decir, porque no se adecúe a la recta razón y a la ley natural, sino porque Dios, en su absoluta libertad, decidió prohibir ese acto. Así, el robar es malo porque Dios lo prohibió, como ayudar al necesitado es bueno porque. Dios lo ordenó. Ahora bien, ¿cómo puede el hombre llegar a conocer las prohibiciones y ordenamientos que dependen absolutamente de la decisión divina, si se le cierra el acceso a una ley natural porque no existe? Occam responde: a través de la Revelación. Esto quiere decir que para Occam la ética no puede ser sino una ética revelada.

Y es que el problema que se le presenta a Occam y que lo conduce a un dilema en su posición filosófica, es el de la incompatibilidad entre la omnipotencia divina y la teoría de una ley natural inmutable, El dilema sería el siguiente: si el contenido de la ley pudiera ser conocido al margen de la revelación, Dios no sería absolutamente libre, ya que tal contenido debería ser inmutable; si el contenido de la ley no pudiera ser conocido al margen de la revelación, Dios sería absolutamente libre, pero ¿cuál sería la situación moral del hombre que no tuviera conocimiento de la revelación? Y Occam, al fin y al cabo un pensador escolástico, se ve en la necesidad de acudir a la doctrina "tradicional" de la recta ratio, de la conciencia como norma subjetiva que obliga al hombre a hacer lo que de buena fe cree recto de acuerdo con una moral provisional pero no ya de acuerdo con la ley natural. Esta misma conciencia es la que, ante los ordenamientos y prohibiciones divinas, debe juzgar y tener la confianza de que nuestros actos agraden a Dios,

En Lutero ya no queda ese residuo tradicional que sirvió a Occam para "resolver" de alguna forma el dilema. No existe alternativa y, por lo tanto, no hay dilema. La opción es clara: el contenido debe ser una ética revelada. Tal vez, a fuerza de ser precisos, la buena fe y la confianza, necesarias para Occam, lo son también para Lutero, pero en el orden de la pura ética revelada: la j'é, y sobre ello volveremos más adelante, es un acto de confianza absoluta.[Nota 38]

Pero Lutero va más allá que Occam --y en esto consiste su originalidad, para responder a la segunda pregunta-- cuando agrega a esta ética la tesis de que el pecado original corrompe totalmente la naturaleza humana haciendo que toda obra que emane de ella sea mala:

"el pecado original es una corrupción tan profundamente mala de la naturaleza humana, que la razón no es capaz de reconocerlo sino que es menester creer en su existencia según la revelación de las Sagradas Escrituras".[Nota 39]

La pregunta que salta inmediatamente es: ¿,por qué Dios revela órdenes y prohibiciones al hombre, si aun conociéndolas y obrando obrará mal? Y con la respuesta regresamos a la tesis inicial: para que reconozca la imposibilidad de obrar bien, desconfie de sí mismo y descubra la fuente de esa imposibilidad en el pecado original. Se cumple así una finalidad práctica.

El siguiente paso en la búsqueda de la felicidad y salvación del individuo, supuesta la conclusión anterior, lo expresa Lutero en dos textos significativos:

"Una vez que el hombre haya visto y reconocido por los mandamiento su propia insuficiencia, le acometerá el temor pensando cómo satisfacer las exigencias de la ley, ya que es menester cumplirla so pena de condenación; y se sentirá humillado y aniquilado, sin hallar en su interior algo con qué poder justificarse".[Nota 40]

Ese estado existencial de reconocer la propia insuficiencia, la humillación y el vacío interior, despierta un estado de angustia dolorosa --tan bella y dramáticamente descrito por Kierkegaard-- que desemboca en el arrepentimiento:

"Así se hace sentir el hacha tajante de Dios, hundiendo tanto a los pecadores notorios como a los falsos santos, aniquilándolos, despojándoles de toda razón e infundiéndoles espanto y angustia ( ... ). Aquí no se trata de activa contritio, o sea, de un arrepentimiento artificial, sino de passiva contritio, esto es, del sincero dolor del corazón, del sufrir y sentir la muerte misma: así comienza el verdadero arrepentimiento". [Nota 41]

Lutero opone aquí la pasiva contritio --arrepentimiento del corazón-- a la activa contritio --arrepentimiento de las obras realizadas--, o moral de los "papistas", como la llama, que confían en Dios para el perdón de sus obras. La passiva contritio debe ser eficaz y para ello "debe dudarse firmemente de todo, de cuanto somos, pensamos y hacernos", sólo así el alma, en ese vacío existencial preparado por el reconocimiento de la insuficiencia y el arrepentimiento, queda plenamente "abierta", absolutamente libre" y en "espera".

Llegados a este punto bien podemos pensar que el alma se halla en un abismo que la puede conducir a la nada, a la muerte de Dios y de toda religión, o al encuentro del mismo Absoluto por un acto de entrega y de confianza total:

"Entonces es cuando la otra Palabra, la promesa divina, se allega y dice: ¿Deseas cumplir los mandamientos y verte libre de la codicia malsana y del pecado como los mandamientos exigieren? ¡Cree en Cristo! ¡En El te prometo gracia, justificación, paz y libertad plenas! Sí crees ya posees, mas si no crees nada tienes".[Nota 42]

De esta manera, descansar en la Palabra, creer en Cristo es entregarse con una confianza absoluta a El. La fe para Lutero sería un acto volitivo de afirmación exigido por el reconocimiento de la insuficiencia y de la passiva contritio:

"Pues, cuando en su corazón advierte la confianza de que la obra agrada a Dios, entonces es buena aunque sea tan insignificante como levantar una paja la fe sola convierte en buenas a todas más obras, las vuelve agradables y dignas por el hecho de las del que se confía en Dios y que no se duda de que ante él todo lo que el hombre hace está bien hecho".[Nota 43]

Y así, el pesimismo Inicial es superado por un optimismo fundado en la fe divina:

"Lo mismo un cristiano, que vive en confianza en Dios, sabe todas las cosas, es capaz de todo y emprende cuanto haya que realizar. Y todo lo lleva a cabo, alegre y libremente, y no con ánimo de acumular abundantes buenos méritos y obras. Más bien, es para él un placer el agradar a Dios de esta manera, y servir a Dios sinceramente y sin intención alguna, le basta con que a Dios le agrade".[Nota 44]

El recorrido que conduce al hombre a este estado, no implica en él, según Lutero, una actitud totalmente pasiva ante la misericordia divina, digamos, ante el auxilio --la gracia-- que Dios brinda para ello. Más bien, la liberación del alma se logra por un esfuerzo de la, voluntad para romper la atadura del cuerpo y del pecado. No resulta nada fuera de propósito preguntarse si, al fin y al cabo, este optimismo de Lutero como meta lograda en la fe no descansa sobre un optimismo en la voluntad firme del hombre para vencer las limitaciones y exigir la fe. Entonces, ante esta exigencia, ¿es posible hablar de la gracia como de una segunda naturaleza¿ de la fe como un don gratuito de Dios? Como dice Maritain, Lutero "venía a practicar aquel pelagianismo que echaba en cara a los católicos y del cual él nunca se verá libre"[Nota 45] y que consiste en creer más en las propias fuerzas que en la gracia.[Nota 46]

La religión, entonces, más que una honra a Dios es el medio por el cual el hombre alcanza esa plenitud existencial que surge ante el vértigo de un alma que está a punto de sumergirse en la nada o en los brazos de Dios. ¿Puede acaso Dios negar la fe a un ser en tal estado? En otros términos, la religión es un esfuerzo de la voluntad por el que se quiere y se exige ardientemente la fe pero no ya la fe como don gratuito sino la "fe confianza".

Con todo, esta concepción luterana presenta una visión mutilada de la religión. No podemos olvidar que por más optimismo que queramos ver en Lutero éste parte de una naturaleza humana corrupta por el pecado original. Por lo tanto, toda actividad religiosa debe deshacerse de aquello que impida un acceso franco y directo a Dios, es decir, de cualquier acto externo y aun de todo acto interno que no sea ese esfuerzo de la voluntad por el que se busca ardientemente la fe.

Con Lutero se ha dado un paso decisivo en el proceso de naturalización de la religión y es el de haber eliminado la actividad cultural para reducir la religión a una forma de conciencia de Dios por vía volitiva. Sin embargo, el recurso a la fe, aun entendida como fe confianza, hace de la Teología --de una ética revelada-- el fundamento de la religión. Tendremos que esperar al racionalismo para que la religión se desligue de todo vínculo teológico y al deísmo para que se rompa, en definitiva, con todo vínculo consciente de dios.


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