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ESTUDIOS. filosofía-historia-letras
Invierno 1987

PRESENCIA Y AUSENCIA DE PABLO NERUDA*

Author: Agusti Bartra

Pablo Neruda viene volando


*Disertación de Agustí Bartra pronunciada en la Universidad de Guadalajara (México) en el acto celebrado a. la memoria de Pablo Neruda en el primer aniversario de su muerte (1974).

TODAVIA, al referirnos a Pablo Neruda, hay que levantar la voz, ponerla en vilo, y al mismo tiempo enlutarla y ponerla en sordina. En cierto modo, hablaré de él con la voz a media asta, arriada, y con un retumbo de sollozo, Porque el poeta cumplió su residencia en la tierra y todos nos repartimos el pan de su Canto General...

El mismo poeta Neruda nos lo dice al confesarnos que ha vivido, al darnos sus Memorias truncas: "Tal vez -dice- viví en mí mismo; tal vez viví la vida de los otros". No sabemos hasta qué punto Pablo Neruda no pudo, o no supo vivir en si mismo, pero estamos seguros de que se fundó en palabras y en hombre, de que se instauró, por decirlo a la manera de Hölderlin, de que logró la instauración del ser mediante la palabra. En el sentido del ser, pues, Neruda se vivió, lo cual no solamente no impide sino que implica que también vivió la vida de otros. En los mejores momentos de su poesía -que son muchos- supo que nunca lo permanente es creado por lo pasajero. En el holocausto de sus últimos días, Neruda debió sentir, una vez más, que "cuando el poeta se queda solo consigo mismo en la suprema soledad de su destino, entonces elabora la verdad como representante verdadero de su pueblo" (Heidegger), cosa que, dicha en versos de Hölderlin, sería:

¿Y para qué poetas en tiempos aciagos?.

Pero son, dices tú, como los sacerdotes sagrados del dios del vino, que erraban de tierra en tierra, en la noche sagrada.

Neruda tuvo una muerte creadora: una muerte en acto, un retorno a la tierra que había habitado poéticamente. Pablo Neruda, en su poesía, supo ir del solo inicial al unánime coral, de las oscuras provincias de su ensimismamiento solitario y triste a la Reunión bajo las nuevas banderas, poema que marca su tránsito hacia la Tierra prometida y carnal del hombre.

Pensando tal vez en Neruda, o en el tipo de poeta que representó, escribí hace algunos meses un casi Credo sobre la poesía. Decía, y digo: "Me siento comprometido con el sufrimiento individual y social del hombre, me opongo a la historia que aplasta al niño y a la hoja me duele la boca cosida ante los fetiches de los poderes ciegos y destructores; soy un solidario de los mineros que cavan en las galerías del alma; escucho la retórica de las briznas de hierba; pongo mi diestra sobre el corazón de la fulgurante metáfora con el fin de tocar el ritmo de las bodas de la realidad y la fantasía; protejo la primera flor de almendro contra el viento de las hambrientas banderas-, y con el corazón, con mi alma y mi espíritu estoy comprometido con la libertad humana". El reino de Neruda fueron los cuatro elementos: aire, fuego, agua y tierra...

Redundaré, y no me importa, en afirmar la categoría telúrica del espíritu y la poesía de Neruda. Toda su obra está penetrada por la presencia y la fascinación de la tierra. Aunque él lo hubiera aceptado a regañadientes, Neruda, en su vida y su poesía, parece confirmar las ideas de Heidegger sobre la tierra y el hombre en ella. Para el filósofo alemán, "la tierra es el empuje infatigable que no tiende a nada. El hombre histórico funda sobre la tierra su morada en el mundo. Al establecer la obra un mundo, hace la tierra... La obra hace a la tierra ser una tierra... ". Aunque antípodas, Neruda y Heidegger, pues éste es especialmente el filósofo del ser-para-la-muerte y Neruda es el desentrañador para la vida, tienen de común el concepto de que "la tierra es lo que tiene por esencia el ocultarse a sí misma. Hacer la tierra quiere decir: hacerla patente como ocultante de ella misma". Y más evidente es aún en Neruda el concepto existencial de que "el mundo y la tierra son esencialmente distintos entre si y sin embargo nunca están separados. El mundo se funda en la tierra y la tierra irrumpe en el mundo... El mundo intenta, al descansar en la tierra, sublimar a ésta". Por ahí llega, Neruda a la creación de lo verdadero. La tierramundo puede así identificarse con la mujer-amor, como en los dos primeros y admirables versos de su obra de juventud 20 poemas de amor y una canción desesperada:

Cuerpo de mujer, blancas colinas, muslos blancos, te pareces al mundo en tu actitud de entrega.

Neruda es el desocultante y el evidenciador del ser del mundo y de la tierra. Con su verbo taladra la dura roca de la realidad y se desata la deslumbradora y viva esencia de lo que verdaderamente es, de lo patente abierto por el espíritu, y que en el mismo espíritu. Neruda hace del lenguaje un acontecimiento tierra-mundo. Donde con más evidencia y esplendor y emoción se percibe esto es en el canto titulado Alturas de Macchu Pichu, del Canto general, tal vez la más alta cumbre de toda su vasta obra. En estas Alturas nerudianas está entrañado y desentrañado el destino, el misterio y el fulgor de la tierra. Es aquí donde Neruda se instaura en el triple sentido heideggeriano: ofrenda, funda y comienza. Es el momento cenital del Canto, al menos así lo creo yo, en que muere lo habitual y se abre la corola de la creación autentificada por el ser de la verdad. Y el mundo se llena. Y la fraternidad abraza.

Y puede pedir:

Sube a nacer conmigo, hermano.

Dame la mano desde la profunda zona de tu dolor diseminado...

Y terminar el canto así:

Dadme el silencio, el agua, la esperanza.

Dame la lucha, el hierro, los volcanes.

Apegadme los cuerpos como imanes.

Acudid a mis venas y a mi boca.

Hablad por mis palabras y mi sangre.

En algún lugar de su obra Neruda ha dicho que él no tiene historia, sino tierra. Una de las tierras que conoció y amó fue México, donde le conocí en 1941. En su Memoria, (hago un inciso aquí. Mi primer regreso a México fue hace poco, el 26 de abril de este año, y el libro que me acompañó en el avión era Confieso que he vivido, que había aparecido en Barcelona tres días antes, en el Día del Libro. Me complace pensar que mi ejemplar fue el primero, que llegó a México, a América")... Así, a 12.000 metros de altura, leía:

"México con su nopal y su serpiente, México florido y espinado, seco y huracanado, violento de dibujo y de color, violento de erupción y creación, me cubría con su sortilegio y luz sorpresiva... Vagué por México, corrí por todas sus costas, sus altas costas acantiladas, incendiadas por un perpetuo relámpago fosfórico... México, el último de los países mágicos; mágico de antigüedad y de historia, mágico de música y de geografía. Haciendo mi camino de vagabundo por esas piedras azotadas por la sangre perenne, entrecruzadas por un ancho hilo de sangre y de musgo, me sentí inmerso y antiguo, digno de andar entre tantas creaciones inmemoriables..."

Un día, quince o veinte poetas mexicanos festejaron a Neruda con un paseo en barca por los canales de Xochimilco. Uno de aquellos poetas, después de numerosos tequilas, se empeñó, para rendirle deferente homenaje, en que Neruda disparase al cielo con su hermosa pistola. En seguida, otro colega sacó rápidamente la suya, dio un manotazo a la de su vecino e invitó al poeta chileno a que disparase con su arma. "Al alboroto -nos dice Neruda- acudieron los demás rapsodas, cada uno desenfundó con decisión su pistola, y todos las enarbolaron alrededor de mi cabeza para que yo eligiera la suya y no la de otros. Aquel palio movedizo de pistolas que se me cruzaban frente a la naríz o me pasaban bajo los sobacos, se tornaba cada vez más amenazante, hasta que se me ocurrió tomar un gran sombrero típico y recogerlas todas en su seno, tras pedírselas al batallón de poetas en nombre de la poesía y de la paz. Todos obedecieron, y de ese modo logré confiscarles las armas por varios días, guardándoselas en mi casa. Pienso que he sido el único poeta en cuyo honor se ha compuesto una antología de pistolas".

Creo que Pablo Neruda escribía con palabras hambrientas porque él mismo estaba hambriento de palabras. Una voracidad insaciable. Una abundancia amazónica. Juan Ramón Jiménez, que no le quería, dijo que su poesía era elefantiásica. Enjambres de palabras lo rodeaban siempre y en todas partes. Palabras con las que afirmaba que, puesto que Dios había muerto, el hombre tenía que crear el reino de la tierra. A la Nada oponía lo lleno a él, que era un poeta de la plenitud. Iba, Neruda, de lo espeso cotidiano al corazón que habita en el rayo. Celebraba una liturgia cósmica, se entregaba a un ceremonial de las imágenes y los sentidos, cantaba la tragedia y el honor del hombre de su siglo. "Todo lo que usted quiera, sí señor -dijo una vez-, pero son las palabras las que cantan, las que suben y bajan... Me posterno ante ellas... Las amo, las admiro, las persigo, las muerdo, las desvisto... Son tan hermosas que las quiero poner todas en mi poema... Las agarro al vuelo, cuando van zumbando, y las atrapo, las limpio, las pelo, me preparo frente al plato, las siento cristalinas, vibrantes, ebúrneas, vegetales, aceitosas, como frutas, como algas, como ágatas, como aceitunas" De su plato infinito, las infinitas palabras nerudianas invadían el cosmos, lo abrían como se abre una sandía. Allí estaba todo: ríos, cielos, estrellas, faunas y floras, caballos luminosos, huracanes de diamante, corolas, trigos comunales, lágrimas, risas, el celo terráqueo, el hilo y el puño, la tierra que se llama Juan, millones de lámparas, los peces, los panes, los surcos, los oficios, las banderas, las águilas, el héroe y el niño, el sexo, las aves, el sudor, la guerra, la paz, el sol y la luna... y en el centro, él mismo, como un Buda coronado de flores mediterráneas y australes, enarbolando una bandera seminal...

Murió en olor de palabra. El final dé sus Memorias, dice: "Escribo estas rápidas líneas para mis memorias a sólo tres días de los hechos incalificables que llevaron a la muerte a mi gran compañero el presidente Allende. Su asesinato se mantuvo en silencio; fue enterrado secretamente, sólo a su viuda le fue permitido acompañar aquel inmortal cadáver... Aquel cadáver que marchó a la sepultura acompañado por una sola mujer que llevaba en si misma todo el dolor del mundo, aquella gloriosa figura muerta iba acribillada y despedazada por las balas de las ametralladoras de los soldados de Chile, que otra vez habían traicionado a Chile". El caía nueve días después. Dos cadáveres "llenos de mundo".


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