©ITAM Derechos Reservados.
La reproducción total o parcial de este artículo se podrá hacer si el ITAM otorga la autorización previamente por escrito.

ESTUDIOS. filosofía-historia-letras
Invierno 1987

Los Baluartes de México


Ahora bien, puede decirse que estamos ante un mismo tema con muchas variantes. En esta ocasión sólo habremos de ocuparnos de una de esas variantes; o sea cuatro advocaciones marianas que favorecieron el desarrollo de un patronazgo y un mecenazgo que rebasó el ámbito meramente artístico. Nos referimos a las imágenes de Nuestra Señora de Guadalupe, Nuestra Señora de los Remedios, Nuestra Señora de la Piedad y Nuestra Señora de la Bala.

Aunque en las cuatro se puso de manifiesto la voluntad "divina", una de ellas no fue realizada por "mano humana", o sea el lienzo de la Virgen de Guadalupe.

Rasgo común en dos de esas imágenes es que su culto fue fomentado por el clero secular; mientras que las otras dos estuvieron a cargo de órdenes religiosas: los dominicos y la orden hospitalaria de San Juan de Dios.

En orden de importancia hay que referirse a Nuestra Señora de Guadalupe: a partir de su aparición en diciembre de 1531 se desarrolla un incipiente patronazgo sin mayor trascendencia, el cual continuó durante la primera mitad del siglo XVII y corrió paralelo al esfuerzo de varios "intelectuales" por fomentar el culto a la Virgen. Esos "evangelistas de Guadalupe", en expresión de Francisco de la Maza, con sus escritos influían, por una parte, en él encargo de obras de arte: retablos, pinturas e imágenes de bulto; pero sobre todo en la construcción del santuario.[Nota 4] Por otra parte, fomentaban el espíritu piadoso de los grupos sociales novohispanos, especialmente de criollos e indígenas. Al finalizar el siglo XVII el país estaba atestado de imágenes de la Guadalupana. De modo que Fernández de Echeverría y Veytia pudo escribir décadas más tarde: "y no es menos la multitud de templos que se le han dedicado desde entonces en todas las ciudades y pueblos más principales del reino: pero es incomparablemente mayor el número de altares, pues apenas hay iglesia tanto en las ciudades y poblados de ellas, como en los pueblos en que no hay más de una, donde no hay altar dedicado a esta sagrada imagen, y en la mayor parte de ellas pintadas las apariciones".[Nota 5]

Sin embargo, fue en el santuario de la antigua Tepequilla donde los criollos novohispanos de la ciudad de México invirtieron sus esfuerzos de todo género. Era una necesidad de mostrar y mostrarse a sí mismos el favor con que el cielo los había "premiado". La iglesia -la quinta según Echeverría y Veytia- fue dedicada en 1709 y, dice el mismo autor, "está situada a la misma falda del cerro del Tepeyac, de norte a sur, a este viento la puerta principal, y está mirando a México. Otras dos puertas tiene de igual arquitectura en el mismo medio de los costados oriente y poniente, correspondientes a la bóveda mayor o cimborrio. Su fábrica interior es de tres naves, sostenidas de ocho columnas, cuatro por banda, sobre las cuales y las paredes de su cuadrilongo asientan quince bóvedas. De éstas la del medio se eleva más que todas, formando el cimborrio o media naranja, y las otras cuatro de la misma nave del medio aunque más bajas que el cimborrio, se elevan más que la de los costados. Debajo de la última bóveda de la banda del norte en la nave del medio, está el altar mayor y presbiterio, y en la penúltima de la misma nave por el lado del sur, se ha fabricado el coro para los canónigos de la Colegiata: entre las cuatro columnas que la sostienen y desde allí al presbiterio, corre la crujía. Todo lo restante de la fábrica está perfectamente ajustado a las medidas del arte, cuyos cuatro ángulos rematan por fuera en cuatro torreones ochavados de dos cuerpos. de uniforme arquitectura que la hermosean mucho".[Nota 6]

Al santuario concurrían los habitantes de México y sus alrededores y cada uno a su manera rendía culto a la Virgen Morena; pero de modo especial los indios, quienes, dice fray Francisco de Ajofrín, "apenas hay día en que no concurran (al santuario) muchos pueblos de indios a ofrecer algún donecillo a su madre. Llevan sus danzas de inditos e inditas, vestidos a su usanza con vistosos plumajes, y al son del arpa, violines, rabeles y otros instrumentos bailan delante de su Reina con arte y concierto aquellas danzas antiguas, tan inocentes como devotas".[Nota 7]

El culto a Nuestra Señora de los Remedios tampoco tuvo gran importancia durante el siglo XVI, aunque no faltaron intereses -especialmente del clero secular, quizá motivados por varios particulares- para erigir un santuario en el sitio requerido por la Virgen misma, en la cima del cerro de Totoltepec, también en las goteras de México, al poniente. Según Cayetano de Cabrera y Quintero, desde 1575 se colocó la imagen en una iglesia nueva, "acabada perfectamente-, y con casi los adornos que hoy tiene; bien que techada como se practicaba entonces, de maderas, y esculpida techumbre, que después, sufriéndolo las primeras paredes, que acaso se hicieron bastantemente fuertes a este intento, se labró, y edificó de bóveda..."[Nota 8] Añadiremos que en esa iglesia hubo unas pinturas al pincel de Alonso de Villasaña donde se daba cuenta del magnífico portento, o sea la aparición de la Virgen[Nota 9].

Nuestra Señora de los Remedios -como la Guadalupana- aunque se apareció a un indígena, gozó de la devoción de los españoles. Por eso resulta conmovedor el empeño de criollos como Cayetano de Cabrera y Quinteto quién señala que si para su tiempo -mediados del siglo XVIII existían dos santuarios importantes cerca de México, era porque la Virgen quiso tener dos recompensas por los favores que había hecho a los indígenas a quienes se había aparecido y a sus respectivos parientes que sanaron por su intercesión. Esa doble recompensa no era sino "dos templos, y dos casas que fuesen la de la salud para todos; la de Guadalupe, donde se apareció para darla: y la de los Remedios, donde se quiso aparecer para aplicarlos, y donde como en oficina de arcanos mezclando los que -habían traído de la Europa, los templó y ajustó a nuestro clima, uniéndolos o haciéndolos uno, con los que ya en flores, y sus quintaesencias había alambicado en Guadalupe, y los que como antes a los Indios, quiso franquear aquí a los españoles, poniéndolos como en botica para todos, en la casa de sus remedios, que es muy suya, por serlo el suelo de esta tierra, y más porque se la ingenió y mandó hacer, a su otra imagen, a la que con franqueza de indiana, no sólo labró casa, cuando por conquistadora, y venida de España estaba (como suelen decir) por los suelos, sino que quiso alternar con ella su poder para nuestro bien, y salud especialmente cuando la combatiesen pestilencias".[Nota 10]

Menos importante que los santuarios de Guadalupe y de Nuestra Señora de los Remedios, fue el que los dominicos fundaron al sur de la ciudad de México, conocido con el nombre de Nuestra Señora de la Piedad, a la vera del río del mismo nombre. Ahí, dice Francisco de Florencia en su Zodiaco Mariano, "se venera una imagen de María Santísima al pie de la Cruz teniendo en sus brazos el difunto cuerpo de su bendito Hijo Jesús, con el título de Nuestra Señora de la Piedad". [Nota 11] La imagen fue traída de Europa por encargo de un religioso y al llegar a México se cayó en la cuenta de que la mano divina se había puesto de manifiesto en ella; por eso, añade Florencia, "desde entonces pues creció más la devoción con la Sagrada imagen de la Piedad: la cual muestran los mexicanos en las frecuentes visitas de la Cuaresma, y con más frecuencia los sábados. Hacen allí sus novenas, ofrecen sus limosnas y mandan decir misas a honra de la Señora".[Nota 12]

El papel de María como intercesora de causas difíciles quedó probado una vez más en cierto pueblo de los alrededores de México cuando un agraviado esposo trató de asesinar a su infiel esposa, quien se acogió a la protección de una imagen de María, siendo ésta el blanco del tiro disparado por el airado cónyuge. Que la imagen (de bulto) no sufriera daño mayor fue considerado como prueba irrefutable de la inocencia de la esposa. A partir de ese momento la imagen empezó a recibir culto bajo el nombre de Nuestra Señora de la Bala, misma que se llevó a la iglesia del Hospital de San Lázaro, al oriente de la ciudad de México, atendido por religiosos de San Juan de Dios.

Ahí recibía particular devoción "de todos, y que son muchos los beneficios, que hace Dios por medio de esta Santa Imagen". [Nota 13] El mismo Padre Florencia registra varios de los milagros por ella obrados y dice que algunos fueron pintados y colocados en el santuario. No resistimos el deseo de mencionar uno: "Hallábase una mujer muy afligida, porque sintiendo acerbísimos dolores de parto, no podía dar a luz la criatura. Encomendose muy deveras a Nuestra Señora de la Bala, y parió luego dos gemelos, el uno vivo y el otro muerto. Alentada la mujer con el primer favor, suplicó a la Virgen, que pues por su medio y poderosa intercesión había parido, perfeccionase el beneficio dando vida al niño difunto. Ella lo pidió, y la Virgen, que todo lo puede, lo hizo: y para testimonio y memoria se colocó en el Santuario pintada la maravilla. Otros muchos prodigios pudieran referirse, si no hubiera habido grande omisión y descuido en escribirlos".[Nota 14]

Llegados a este punto podemos darnos cuenta de la importancia que había adquirido la figura de María, a mediados del siglo XVIII, tanto en la literatura como en la plástica. Sobre todo en la ciudad de México y particularmente en el caso de la Virgen de Guadalupe y de Nuestra Señora de los Remedios.

Llama la atención ver cómo durante casi un siglo el culto a María -su representación plástica y el consiguiente patronazgo que se desarrolló fue imponiéndose en la población novohispana. En el caso de México se procuró poner la ciudad bajo su protección, como lo prueban las obras que hemos citado con anterioridad. Así, es bastante significativo que Mariano Fernández de Echeverría y Veytia haya titulado a su libro Baluartes de México. Descripción histórica de las cuatro milagrosas imágenes de Nuestra Señora que se veneran en la muy noble, leal, e imperial ciudad de México, capital de la Nueva España, a los cuatro vientos principales, en sus extramuros, y de sus magníficos santuarios, con otras particularidades ...[Nota 15] Aunque la obra no haya sido publicada sino en 1820, es evidente que su autor supo transmitir el sentimiento de sus conciudadanos en el sentido de ver a México protegido, por sus cuatro costados, por la figura de María. ¿Qué ciudad como México podía sentirse más segura de contar con la protección divina? Por eso desde fecha tan temprana - 153 1 - María había visitado a México y dejado -el ayate juandieguino- prueba de su voluntad para ser venerada en tierras del Anáhuac; especialmente en un santuario. No en balde se pudo decir más tarde que "nunca hizo algo parecido con otra nación".

Sin embargo, el enojo de María y de su Divino Hijo se puso de manifiesto en la gran peste que asoló a México entre 1736 y 1738. El nefasto matlazahuatl mermó como nunca a la población capitalina, al grado de que ningún esfuerzo humano parecía calmar la ira divina. ¿Qué mejor escudo para defenderse que la misma Virgen en sus distintas advocaciones? Y tal escudo, para regocijo de propios y extraños, funcionó. Por intercesión de María, México recuperaba la calma. Fue entonces cuando se le encargó a don Cayetano de Cabrera y Quintero que escribiera su Escudo de armas de México... para conmemorar el final de la funesta epidemia de matlazahuatl que asoló a la Nueva España entre 1736 y 1738.[Nota 16] Libro a mitad de camino entre un tratado de medicina y apologética sagrada es, sobre todo, testimonio prístino de cómo María consolidaba su papel arquetípico del arte barroco novohispano.

La literatura mariana, especialmente guadalupana, se acrecentaba día con día, y rebasaba el ámbito capitalino; de modo que el jesuita Juan Antonio de Oviedo, en 1755, pudo publicar la obra póstuma de su compañero de religión, el Padre Francisco de Florencia, o sea el Zodiaco Mariano, en que el Sol de Justicia Christo, con la salud en las alas visita como signos y casas propias para beneficio de los hombres los templos, y lugares dedicados a los cultos de s.s. Madre por medio de las más célebres y milagrosas imágenes de la misma Señora, que se veneran en esta América Septentrional y reinos de la Nueva España.[Nota 17]

Así, Nueva España gozaba de la protección divina, gracias a la intercesión de María, cuya presencia real se manifestaba en los santuarios donde se le rendía culto. Desde Yucatán y Guatemala, hasta los territorios del Septentrión, y de costa a costa, se sucedían los templos dedicados a María; por consiguiente el número de retablos e imágenes se multiplicaban también.

Y aquí conviene hacer un paréntesis para referirnos a otro célebre santuario, cuyos orígenes guardan gran semejanza con el de Guadalupe de México; no es otro sino el dedicado a Nuestra Señora de Ocotlán, en las afueras de Tlaxcala. Ahí también se apareció la Virgen a un indígena, pidió se le erigiera un templo y a éste se asoció un pozo de agua santa. El resultado fue un suntuoso conjunto arquitectónico del siglo XVIII que protege celosamente a la añosa, aunque triste, ciudad de Tlaxcala. Sí, la capital de la antigua república no podía ser menos que México y por eso no faltó quienes le "inventaran" su arquetipo mariano y patrocinaran la construcción del santuario.

Ahora bien, Tlaxcala no fue la única ciudad que quiso tener su baluarte mariano, aunque no estuviera contiguo a ellas sino en sus inmediaciones. Podemos citar unos cuantos casos tomados al azar: Toluca -el de Tecajic San Luis Potosí, Aguascalientes, Zacatecas y Guadalajara donde María, desde Talpa, Zapopan y San Juan de los Lagos brindaba y brinda consuelo a sus hijos.


Inicio del artículoAnteriorRegresosiguiente