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ESTUDIOS. filosofía-historia-letras
Invierno 1987

ANDRÉ GLUCKSMANN, DESCATES C´EST LA FRANCE

Author: Julián Meza


Glucksmann, André. Descartes c´est la France, Ed. Flammarion, París, 1987, 296 pp. ISBN: 2-08-064990-6.

De frente a algunos de los problemas más inquietantes de nuestro tiempo André Glucksmann interroga a René Descartes en el trescientos cincuenta aniversario del Discurso del método. ¿Es legítimo este recurso?

Sin siquiera interrogarlo, Aristóteles hizo su Platón. La escolástica inventó su Aristóteles. Al margen de sus juicios se enjuicia a Kant. Material o inmaterial, el Espíritu de Hegel planea sobre el siglo XX.

¿Qué pretende Glucksmann con Descartes c´est la France (Descartes es Francia)? ¿Se trata de una vuelta al pasado (= a las fuentes, al verdadero saber) como la que practicó el Renacimiento y practican aún sus herederos cuando descubren las insuficiencias filosóficas del presente? Ciertamente no.

He aquí la pregunta que Glucksmann hace a Descartes: ¿Cómo hacer filosofía después de Auschwitz sin ceder al nihilismo ambiente ni recurrir al beato optimismo de antaño?

Ante todo, responde Glucksmann desde la perspectiva de la Francia cartesiana, hay que tener respeto por todos los muertos de todos nuestros holocaustos, y no tener la osadía de hablar en nombre de algunos de ellos. Para esto es preciso interrogar a la parte del verdugo que llevamos dentro y aceptar, cartesianamente, que tanto las más grandes como las más pequeñas almas son capaces de los más grandes vicios y de las más grandes virtudes.

Contra lo que se pretende a menudo, no nos habríamos salvado si hubiésemos sido verdaderos kantianos, cristianos o socialistas. Se trata, entonces, de saber cómo acostumbramos conducirnos con aquellos que no son como nosotros.

Decir que si todo el mundo fuese bueno no habría mal sobre la tierra es, con el debido respeto, una tontería que no conduce a ningún lado, pues hubo Auschwitz y no es imposible que éste se repita enmedio de la inadvertencia general.

¿A qué Dios encomendarse cuando no se quieren cerrar los ojos frente a los horrores del momento? Tal vez al Dios de Descartes, puesto que no es un Dios bueno. Ciertamente, su Dios hace el bien, pero para esto no tiene un esquema que gula Su acción. Tampoco modela a Sus criaturas de acuerdo con una matriz ni Su sustancia del Bien se esparce por todas partes. Por lo tanto, el Dios de Descartes no nos inspira y en cada lugar y momento hay que inventar, imaginar, pensar.

Siguiendo a Descartes, que a su vez sigue a Montaigne, Glucksmann nos recuerda:

"Dado que nuestras ideas del bien son estrictamente municipales (a cada quien su dios o su ausencia de dios) es sobre la ausencia universal de soberano Bien que llegaremos a entendernos" (p. 18).

Se trata, pues, de abarcar menos con la vista y de pensar con mayor precisión. Descartes quiso conocer al género humano en sus catástrofes. A partir de la guerra vislumbró lo peor. Así,

"( ... ) comienza con la decepción querida y organizada a fin de evitar la sorpresa al final de la pista" (p. 22).

O mejor aún:

"Hace caer y girar al universo en una duda laberíntica despiadada, de la que conserva el dominio" (p. 22).

Nuestro origen cercano no es la Guerra de los Treinta Años, que fue terrible. En nuestras proximidades están Auschwitz, Hiroshima, los integrismos de cualquier signo. Ser hoy cartesiano es, entonces,

"(...) descubrir la humanidad por el lado de su adversidad, por su capacidad no de sufrir sino, también, de construir, administrar, tolerar Auschwitz" (p. 22).

No hay que preguntarse por qué sufre la humanidad, sino ¿por qué hace sufrir?

Se afirma que antes del advenimiento de los tiempos modernos el mundo europeo era U no. No es exacto. Las sociedades de entonces proponían convicciones diversas, con mucho ímpetu. Se había querido agrupar todo en torno al Uno, pero se había fracasado.

La Francia de Descartes es la de la gran crisis. El nihilismo estaba en todas partes. Los moralistas y los fabricantes de hogueras también. Descartes no se lanza al vacío, pero tampoco lo niega. Su apuesta es precisa: ahonda el abismo sin ceder al vértigo y su nihilismo no es pensado sino como una etapa obligada en toda búsqueda de uno mismo. Con sencillez, Descartes se prohibe la presunción.

El programa cartesiano es, simple- controlar el nihilismo en nosotros y fuera de nosotros. Contra el escepticismo esgrime la duda, sin querer detentar alguna sabiduría superior:

"La duda no devela una verdad sino a condición de ser una verdadera duda" (p. 3 l).

Apaciblemente y sin acrimonia, Descartes anuncia la separación de la religión y de la filosofía: la divinidad escapa a nuestros criterios humanos; no estamos en el secreto de los dioses. Y el hombre no es, entonces, otra cosa que el yo que se piensa en su individualidad, en su soledad y aun fuera de su existir. Y precisamente por esto ese francés que es la Francia la abandona sin remordimientos, sin conciencia de culpa, tranquilamente y sin falsa modestia:

"Si un hombre vale más él solo que el resto de su ciudad no tendría razón de querer perderse por salvarla" (p. 42).

Mediante esta operación intelectual Descartes desliga al individuo de las redes del idilio amoroso, pues mientras

este sublime sentimiento regula el orden de las cosas un individuo no puede preguntarse si vale más que toda una ciudad" (p. 43). Y sin embargo, Descartes es Francia, pues

"(..) la retirada holandesa de un pensador voluntariamente expatriado puede probarse como más decisiva que la agitación en la corte, en los salones y en la Academia francesa naciente" (p. 61).

Con su duda Descartes corta el cordón umbilical y, en lo sucesivo, el bien y el mal se vuelven asuntos individuales, privados. Descartes es Francia, puntualiza Glucksmann,

si Francia existe como idea, fuera de la imagen, fuera del rostro,... irreductible a los vapores del folklore, sin un temblor cómplice con las efímeras uniones sagradas ni el afán de la cohesión a cualquier precio" (p. 67).

No obstante la ceguera de los reformadores del entendimiento la frase inaugural del Discurso del método no es la Marsellesa filosófica de la burguesía.

"La sensatez (o la razón o el sentido común) es la cosa mejor repartida del mundo" es una sentencia incompleta si no se percibe la ironía, advierte Glucksmann, que encierra el "pues" que la continúa y, al mismo tiempo, la matiza:

"( ... ) pues cada uno piensa estar tan bien provisto de ella que aun aquellos que son los más difíciles de contentar en cualquier otra cosa no tienen nunca la costumbre de desearla más de lo que la tienen"

Y ciertamente es así, pues quién es aquél que con convicción diría: "A mí no me asiste la razón"; o: "Carezco de suficiente sentido común"; o simplemente: "Soy un insensato ". Cartesianamente, es de dudar que haya alguien así. Y por esto mismo no le falta razón a Glucksmann cuando dice:

"En ningún lado falta la razón, pues jamás se muestra su ausencia;. quererla es tenerla y aquel que parece totalmente desprovisto de ella ¡cree poseerla por completo! (p. 113).

A la manera de Rabelais y de Montaigne, Descartes ironiza, con razón, sobre las pretensiones racionales de aquellos que se imaginan que basta con la claridad para ser racionales y, peor aún, emitir un juicio final.

Con Glucksmann se vuelve a poner en movimiento

"(...) ese caballero francés que partió a muy buen paso" (Péguy).

JULIAN MEZA


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