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ESTUDIOS. filosofía-historia-letras
Invierno 1987

LAS NORMAS,LA INSTITUCIÓN Y EL INDIVIDUO


Vimos ya que la formación de una unidad en torno a la nacionalidad cultural era en México un hecho institucional.

-Apuntamos también cómo, entre 1928 y 1940, el fenómeno esencial en México era el de la institucionalización en todos los ámbitos.

Ahora bien, hay un problema fundamental para el intelectual cuando se encuentra frente a la institución: debe ponerse en guardia contra la cosificación, las ideas heredadas, la postración de su actividad crítica. La institución, inherente a cualquier sociedad, establece y define normas y estructuras. ¿Deben estas normas ser marcas impuestas o representar un consenso social? En este último caso, ¿dónde está el consenso social y cómo definirlo sin arbitrariedad?

Pensamos que Cuesta tuvo el mérito de plantear el problema desde su base, es decir, desde el establecimiento de la "Normalidad", o sea, cierto número de valores que reflejan las necesidades y la naturaleza de un conjunto social. Sin restarle' peso a la problemática del "Espíritu de las Leyes", cabe subrayar que la ley debe ser la mejor forma de regirlos deseos individuales dentro de un marco determinado. De la dialéctica entre el deseo individual y la ley en la ciudad debe nacer el hombre social. El teatro griego nos lo ha enseñado y los románticos alemanes, particularmente Hölderlin, nos lo han recordado. Creemos haber encontrado en Cuesta esa preocupación por buscar la adecuación entre dos términos que sería peligroso confundir: La norma debe emanar de los deseos individuales codificados y no lo contrario, el individuo no debe ser la emanación del Código preestablecido. A propósito de Díaz Mirón, Cuesta hace bien la distinción:

"Cuando un alienista define las características de un temperamento antisocial, la sociedad que toma como referencia es un ser exento de anormalidad en virtud de la misma definición... de este modo se identifica a la sociedad con la ley... se confunde la salud de la sociedad con la salud del individuo, como si fueran una y la misma cosa... la sociedad no me parece de ninguna manera un absoluto patológico".[Nota 16]

Se creería estar leyendo a Michel Foucault y sus análisis sobre la historia de la locura, en donde la red legislada de vigilancia que utiliza la sociedad para estructurar al individuo anuncia "la muerte del hombre". El intelectual, también para Cuesta es aquel que debe combatir el carácter cosificado de la forma, aunque para ello deba pasar por "diablo" o loco, es decir, aquel que se opone a una "providencia divina" o a una "razón de Estado", como instituciones normativas que excluyen el deseo individual.

"Utilizar la semejanza poeta-loco no para dar un sentido poético de la demencia y despertar la sospecha tradicional de que se debe a la presencia de un dios".[Nota 17]

Hay que utilizar, como lo preconizaba Rimbaud, la imagen del poeta y del loco, no por desafío gratuito, sino para mostrar el surgimiento de un deseo al margen de la normalización, de la "serie". De la dialéctica entre el Instituyente y el Instituido puede nacer la realidad inalienable de un hombre social.

En México, después del estallido revolucionario, la Institución canalizaba todo a través de normas y había que estar alerta para que las leyes correspondieran a los hombres, al multiplicarse y aplicarse, como hemos visto, conforme a criterios morales más que de acuerdo con criterios sociales. El examen atento de comportamientos sociales era necesario y fértil en enseñanzas. Cuesta se dedicó de cuerpo entero a hacerlo y supo observar y analizar los "signos" de la evolución sociológica que aparecen en la actitud cotidiana de los individuos a partir de los mitos contemporáneos. Sería fácil encontrar en él una premonición de lo que harán más tarde Roland Barthes en sus "Mitologías" o Baudrillard en "Una crítica de la economía política del signo".[Nota 18]42 En un texto no incluido en la recopilación de Capistrán y Schneider, y destinado a la publicidad de muebles de acero fabricados por su amigo Ruiz Galindo, Cuesta hace un análisis del sistema de la moda, mediante una suerte de psicología social, demostrando cómo el hombre contemporáneo puede revelarse al elegir los "signos" de su entorno. Manejando el sentido del mueble de acero, muestra la ideología subyacente del hombre contemporáneo, la transparencia de una nueva mentalidad que define a un hombre no con respecto a sus raíces tradicionales sino en función de su existencia elegida "aquí y ahora". No se trata de revestir al mexicano con el ropaje uniforme de una imagen dada, sino de descubrirlo en su vida actual:

"El mueble de acero significa que estamos revolucionando profundamente la concepción capitalista de la sociedad. Cuando entro a una habitación decorada con muebles de acero, por severos que éstos sean, siento definitivamente muerto el ascetismo burgués que hacía de la vida individual del hombre un simple eslabón, un simple engrane de la estructura mecánica de la sociedad, reemplazable a voluntad. No me siento allí el esclavo, sino el amo".[Nota 19]

Cuesta sabe ver en el nuevo contexto del hombre la significación de los símbolos de su modificación en sus relaciones con la sociedad. La utilización del mueble de acero representa para él una nueva forma de poesía, una suerte de venganza del hombre contra la industria. El siglo XIX ha querido ser funcional, útil y ha subordinado el individuo al rendimiento. El hombre del siglo XX ha superado esa sumisión haciendo poesía de lo que era únicamente funcional y útil. No puede uno dejar de pensar en la utilización artística contemporánea que se da en las esculturas, particularmente, de la estética de la industria.

"En la última mitad del siglo pasado, el criterio de utilidad se hizo valer como el fundamental de la existencia humana civilizada. Todo se quiso medir con él. ¡Qué lejos estaba la civilización burguesa de pensar que su ciencia era una poesía!... Nosotros ponemos ahora en jaque a la utilidad pensando en una utilidad poética, es decir, que hable a la imaginación".[Nota 20]

Es pues mediante el análisis de la expresión del individuo social en sus comportamientos más visiblemente anodinos como Cuesta busca definir un hombre vivo y no resucitar el estereotipo de un modelo del pasado. No es que tengamos el prurito de considerarlo sistemáticamente como un precursor, pero es evidente la analogía con los análisis sociológicos contemporáneos.

Por otra parte, siguiendo con la analogía, hay un campo de la institución social muy importante hoy en día en todas partes y que plantea un problema especialmente agudo en México: el de la condición femenina. Demasiado se ha estudiado el "machismo" mexicano para que sea útil volver sobre él, pero si conviene subrayar el análisis que sobre el machismo hace Cuesta para destacar el valor de su pensamiento con respecto a su país, él a quien se consideró como "destacado---. No sería difícil constatar que pocos problemas sociales importantes de México escaparon a su análisis, con excepción del problema agrario y en ello hubo razones personales conflictivas para explicar su silencio. El de la condición femenina llamó fuertemente su atención y se le evoca en varias ocasiones en diferentes artículos, bajo diferentes aspectos que dan fe de un análisis pleno de lucidez.

El primer hecho que denuncia va muy de acuerdo con su eje conceptual: es el de la sumisión. Sabemos que la "emancipación" fue su preocupación mayor y la condición de la mujer mexicana le daba un ejemplo evidente de dependencia. En México, escribe, el hombre exige de la mujer que sea fiel a la imagen que él tiene de ella (ejemplo perfecto de imaginario instituido).

"De la mujer, y de sus obras literarias, el hombre espera también el respeto y la admiración de la que él siente, no de la que siente la mujer Sor Juana Inés de la Cruz es juzgada, ineludiblemente, masculina, propia de un marimacho; pues Sor Juana Inés no se da a la mujer como objeto, no se contempla a si misma con los ojos del hombre, no obedece a la "psicología de la mujer".[Nota 21]

La mujer debe someterse a la imagen de un objeto en la mirada del hombre, ella no puede existir por ella misma; de otra manera, traicionaría lo que ella debería ser, o sea, una cosa, y la iniciativa le está prohibida en una sociedad definida por el hombre:

"En la sociedad que el hombre gobierna, una mujer espiritual resulta hombruna, y un hombre espiritual afeminado".[Nota 22]

Este privilegio del pensamiento se le niega a la mujer y, paradójicamente, en un contexto en el que la afirmación del hombre se apoya en la fuerza física, en la "valentía", la actividad espiritual femenina, consecuentemente "débil", es naturalmente sospechosa. La mujer no puede, no debe producir más que niños y su status la confina al gineco. Cuesta observó bien y denunció con inteligencia la arbitrariedad social de una institución que limita al individuo:

"En las actividades espirituales se han distinguido mucho más hombres que mujeres. Esto no significa sino que ha sido más fácil para los hombres eludir el yugo del sexo opuesto; y no prueba, en una sociedad gobernada por el hombre, que la mujer es más naturalmente sumisa, sino que está más socialmente sometida"[Nota 23]

La desigualdad no es pues natural, sino social y esa denuncia sirve para transformar un hecho social transgrediéndolo más que constatándolo simplemente como un fenómeno genérico. El ejemplo es significativo de una tarea que pretende definir una identidad modificando los componentes opresivos más que elaborando un acta de registro o un listado. Cuesta desea vencen la resistencia del macho a aceptar el valor creador de la mujer fuera de los límites que el varón le marca:

"Es penoso para el hombre admitir que una mujer intelectual sea norma de todas las mujeres... hasta los más distinguidos intelectuales masculinos no se libran de sentir repugnancia por la mujer intelectual".[Nota 24]

No se trata, por consiguiente, de levantar un censo de las normas para "forjar patria", sino de analizarlas para formar un mexicano capaz de utilizar su conciencia para definirse mejor transformandose. Esta ontología se finca una vez más, en el dinamismo y no en la normatividad tradicional. La sociedad no debe ser un lugar en donde los individuos vienen a fundirse en una ley, sino que debe representar por el contrario un conjunto de marcos morales que el hombre debe arrastrar para hacer nacer la realidad de su deseo. La nacionalidad cultural no es una priori, sino una realidad por construir en el enfrentamiento del deseo individual contra la cosificación de los conceptos. De esta dialéctica debe nacer el individuo verdadero, el que transgrede la norma y se instituye como "diferente" y, por tanto, como existente en la dimensión que él mismo se ha dado.

No se trata de un precepto anarquista, sino de la necesidad de un obstáculo para ser. Las normas sociales tradicionales no son el enemigo, sino las pruebas necesarias mediante las cuales el individuo se constituye oponiéndose a las leyes congeladas del lenguaje y del mundo:

"La sociedad no soporta que en la poesía exista una fascinación más poderosa que ella, y soporta todavía menos que esta fascinación se ejerza sobre la mujer".[Nota 25]

Después de haber demostrado el fundamento social de la desigualdad entre el hombre y la mujer, Cuesta denuncia las causas históricas, entre las cuales la religión es para él, sin contexto, la más importante:

"La propia Iglesia ha sido quien se ha encargado de someter a la mujer, oponiéndose a la santidad rebelde de la castidad, la santidad sumisa del matrimonio, que es, esta última, la sustitución que el hombre emplea para asegurarse de la incompetencia intelectual de la mujer".[Nota 26]

La religión, a través de la mitología por ella instituida, ha hecho de la mujer esencialmente un ser de carne sometido al deseo del hombre y, con ello la ha condenado, por la dicotomía de la carne y del espíritu, a no pensar y, por ende, a someterse y a no existir por ella misma:

"El fondo de esta idea (machismo intelectual) probablemente no se manifiesta sino en el deseo masculino de que la mujer no sea espiritual... pues se resiste el hombre a que el espíritu se apodere de la mujer, porque se resiste a despojar a sus sentidos de ella".[Nota 27]

La condición femenina de sumisión y, por tanto, de inexistencia es el fruto de la sensualidad. Cuesta, queriendo rehabilitar el espíritu, no podía aceptarlo y la mujer se convierte así en el símbolo del oprimido, del explotado, del sometido. En esta concepción vemos aparecer en filigrana la necesidad de rebelarse por el libre ejercicio del espíritu; necesidad para la mujer y para el artista más que para cualquier otro individuo, porque lo que permite la sumisión es la exaltación de la materia a expensas del pensamiento:

"Nunca se ha dejado de ridiculizar y despreciar vulgarmente a los sabios, a los artistas, a los ascetas, que privan a la sociedad de la sumisión carnal". [Nota 28]

No por ello, habría que creer que Cuesta condena la carne como lo hace la religión; la condena en la medida en que se la utiliza para obstaculizar las actividades creadoras y emancipadoras del espíritu. La sensualidad extrema es servidumbre, la mujer, símbolo de la sensualidad es, en consecuencia, servil; Margarita Urueta, escritora mexicana, es para él, el símbolo de la liberación espiritual. El artículo que Cuesta le dedica ha de entenderse como una rehabilitación ontológica que debería abarcar a quienes se liberan de modelos sociales para construir en su lugar nuevos con plena conciencia, mediante la demostración del ejercicio de su poder espiritual:

"Se le ha exigido siempre la sumisión y se le ha negado la capacidad de rebelarse. Las mujeres rebeldes han sido juzgadas masculinas, marimachas, infieles a su condición de mujeres, Y, puesto que el espíritu es una rebeldía, no se ha tolerado socialmente que existan mujeres espirituales".[Nota 29]

No es posible ser más explícito: la mujer mexicana, en su condición, es el ejemplo de la sumisión, de la integración a una imagen social de la cual debe liberarse mediante la expresión espiritual de su existencia. Debe ser ella un modelo de ontología semántica, ya que no existirá verdaderamente sino por el sentido que se dé a si misma.

Los estereotipos sociales, los que el nacionalismo culturas quiere imponer y consolidar, son consecuentemente reducciones del hombre y éste carecerá de identidad mientras no pueda transgredirlos él mismo, en la afirmación de su personalidad.

Otra sustitución normativa que limita al hombre es la cadena artificial representada por el matrimonio, reflejo de la cosificación social del individuo. Cuesta no dejó de denunciar su carácter mutilador:

"Con el fin de conservar su forma la sociedad moderna imagina el matrimonio por amor, y de aquí que se sobrecarga el significado de éste con todo aquello que la desintegración de la familia como unidad económica deja flotante y sin cohesión... Cada vez se manifiesta con más intensidad, sobre todo en los países protestantes, la insuficiencia de la ilusión romántica de una parte, y de otra la unidad biológica y social del matrimonio.[Nota 30]

La ambigüedad de los "vínculos" del matrimonio le parece reflejar el difícil compromiso entre las leyes sociales y los deseos; el hecho de imponer un marco constitucional a un impulso vital limita su libre desenvolvimiento, esclerozándolo, cosificándolo.

En resumidas cuentas, podríamos decir que para Cuesta la definición de una cultura nacional debe comenzar por un análisis del funcionamiento estructural de una sociedad. Este análisis se sitúa primeramente en el presente, en la realidad cotidiana que significa el individuo en un momento determinado. La realidad identitaria y cultural del mexicano debe nacer de la toma de conciencia de los fenómenos sociales con los cuales o contra los cuales el individuo debe afirmar su originalidad transformando la sumisión enajenante a la norma de aceptación de la expresión de su deseo de expresarse. La nación, adhesión a una norma común, debe estar constituida por un consenso de individuos y no por una serie de estereotipos a los que esos individuos tendrían que conformarse. Este movimiento es inverso al propuesto por el Estado y es contrario al mismo al poner en lugar de la existencia nacional por sumisión la identidad nacional por transgresión existencial.

Cuesta, sin embargo, para su concepción de la nacionalidad mexicana, no se limita al análisis de las expresiones contemporáneas del mexicano, de las definiciones de una conciencia necesaria, sino que completa el análisis sincrónico con el diacrónico, al considerar el sustrato histórico y tradicional sobre el cual debiera sustentarse eventualmente la nacionalidad mexicana. El Estado en su voluntad de unificar las conciencias y los seres en torno a la idea de Nación, considera que es preciso llevar a cabo un retorno a las raíces que las diferentes colonizaciones han recubierto. Se quiere hacer creer que México se ha perdido y que es necesario reencontrarlo regresando a los orígenes. Pero ¿existe verdaderamente un regreso a los orígenes? ¿Existe verdaderamente una fuente cuyo caudal fue cortado y que simplemente se trataría de descubrir y restablecer como un hilo de Ariadna en el "Laberinto de la soledad"?


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