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ESTUDIOS. filosofía-historia-letras
Primavera 1988

UNA HUMANIDAD MORTAL*

Author: Yuri Kariakin


* Conferencia pronunciada el 30 de noviembre de 1987 en el ITAM. Traducción de Selma Ancira.

ANTE TODO quiero expresar mi agradecimiento a los organizadores de este evento por la invitación que recibí para participar en él. De igual manera quiero agradecer a los presentes el que con tanta generosidad me regalen en este momento su tiempo. Realmente tengo deseos de ser merecedor de su confianza.

Hace cien años un filósofo dijo: "Imaginemos un circo. Alegría. De pronto sale corriendo un payaso y grita: ¡Fuego! Los espectadores responden con risas y aplausos. Por segunda vez, sale el payaso gritando: ¡Fuego! Y también entonces el público lo celebra con risas y aplausos. Por tercera vez grita. ¡Fuego! ¡El circo está ardiendo., Y por tercera vez la respuesta se reduce a risas y aplausos..." El filósofo Kierkegaard concluye: "El mundo perecerá ante el aplauso genera".

Nuestra lectura de Dostoievski ha sido similar: cien años lo hemos admirado y aplaudido, y cien años no lo hemos escuchado, no lo hemos comprendido.

Me persigue una sensación que me atormenta constantemente y no se aleja de mí ni por un momento: todos sabemos que vivimos en un mundo amenazado por una doble muerte: la militar y la ecológica. Lo sabemos y sin embargo vivimos, sentimos, hablamos, pensamos y trabajamos como antes, como cuando no existía ninguna amenaza. La amenaza de muerte llegó inesperadamente y todavía no logramos comprender que cada día, cada hora, quizá cada minuto, cada palabra nuestra (sobre todo la de los filósofos), cada acción puede ser la penúltima, tal vez la última oportunidad que tenemos de salvarnos. Quizá esta conferencia también nos haya sido dada para eso. Yo les pregunto, ¿cuál es nuestra actitud ante esta situación? Salvo contadas excepciones, estamos dedicados a jugar solitarios filosóficos o ideológicos en una casa en llamas en vez de luchar por salvar la casa del fuego. Pero miremos las cosas detenidamente: hemos seguido viviendo como si aún rigiera nuestra vida ese viejo reloj que parecía tener cuerda para toda la eternidad. Sin embargo ahora el reloj es otro; hay dos relojes. Después de la explosión de Hiroshima los fisicos norteamericanos comenzaron a publicar una revista en cuya portada está dibujada la carátula de un reloj que señala la hora dependiendo de la proximidad de la catástrofe nuclear: diez para las doce, cinco para las doce, un minuto para las doce. Existe además el reloj ecológico y nosotros desconocemos si sus manecillas han alcanzado ya la posición fatal. ¿Comprenden ustedes? Lo ignoramos y nos perdemos en discusiones que intentan definir si esta situación es de primero o de segundo orden, o si es cuestión de conciencia o de ser.

Pero ahora el no ser (es decir, la amenaza del no ser) es lo que define o más bien, lo que debería definir nuestra conciencia.

Se dice que en 1945 comenzó una era absolutamente nueva, una periodización absolutamente inédita, un calendario totalmente distinto: quedó atrás el largo camino de una humanidad práctica y psicológicamente inmortal. Ahora tenemos por delante el camino desconocido de una humanidad mortal, de una humanidad amenazada por el suicidio. Sin embargo, no es en 1945 cuando comienza una nueva era, ni una nueva periodización. Pienso que esta nueva era se inicia a principios del siglo xx. ¿Sabían ustedes que, por los círculos concéntricos de un tronco, es posible determinar si un año fue lluvioso o seco?

En el Cáucaso hay una montaña llamada Elbruz. Su cima está cubierta de nieve eterna, eterna. Si hiciéramos un corte vertical, veríamos la diferencia que existe en la pureza de las nieves de siglo en siglo, de década en década, de año en año. La nieve es ca da vez más gris y pronto será negra. Respiramos un aire diferente del que respiraron nuestros antepasados. No vemos ya el ciclo tan azul como ellos lo vieron. Hemos agotado la tierra. Ya no bebemos la misma agua. Nos acosa la asfixia. Y sin embargo, a lo largo de nuestra historia hemos tenido tiempo para vivir dos guerras mundiales y muchas otras pequeñas. Hemos escrito miles, millones de libros y casi ninguno acerca de lo primordial.

¿Acaso todo esto no tiene relación con la filosofia? Durante la segunda guerra mundial murió tanta gente que si guardáramos un minuto de silencio por cada uno de los desaparecidos, la humanidad callaría para siempre.

Henri Poincaré afirmó que mientras menos premisas haya y más consecuencias se tengan de ellas más sustancial es la teoría. Sin embargo, ahora, ante nosotros, no hay más que una única premisa cruel y descarnada, un postulado único: el género humano. La vida toda se ha vuelto prácticamente, técnicamente mortal. Este postulado significa que han de surgir nuevas coordenadas, nuevas referencias, nuevos criterios relativos tanto a la concepción del mundo como a nuestra actividad. Esta premisa trae consigo infinitas consecuencias. Voy a referirme sólo a algunas de ellas.

La primera de estas consecuencias es una percepción del tiempo completamente nueva. La inmortalidad del género humano había predeterminado cierta relación con el tiempo; la mortalidad predetermina ahora una relación totalmente distinta. Y ambas percepciones del tiempo en sí mismas predeterminan la posibilidad de la muerte o de la salvación. Aquí, según creo, es imposible seguir adelante sin utilizar dos conceptos que podríamos llamar conceptos-modelo: tiempo vivo y tiempo muerto. Tiempo vivo cuando la vida florece, cuando por lo menos es posible salvarla; tiempo muerto cuando ya no se puede hacer nada, cuando nuestra nave terrestre ha tomado una ruta equivocada y no se le puede hacer regresar ni se puede alterar su rumbo.

Antes, en verdad teníamos la eternidad como reserva y vivíamos como regidos por un reloj de arena: pasaba un día, un año, un siglo, volteábamos el reloj y de nuevo el tiempo comenzaba y corría como siempre había corrido. Ahora, el tiempo ha comenzado literalmente a escurrirse del ser herido por nosotros, ha comenzado a escurrirse como escurre la sangre de una herida.

En general, este gran invento, el invento del reloj (sobre todo el del reloj mecánico y más aún el del electrónico, al que no hay que dar cuerda) nos jugó, a fin de cuentas, una mala pasada al acostumbrarnos de manera inadvertida a la sensación de que éramos dueños del tiempo: lo cazábamos como se caza al ratón en la ratonera... ¿No caímos nosotros en la ratonera? ¿Y acaso no nos sucede lo mismo con el calendario? Lo imprimimos para todo un año (a veces para diez), y de ahí surge una sensación física de futuro bienestar tangible, una sensación de garantía de la existencia como si hubiéramos recibido un boleto y fuéramos en un tren por un camino infinito y seguro, y a nuestro encuentro corrieran las estaciones de antemano conocidas.

La relación que la humanidad tenía antes, en general, con el mundo era en esencia una relación adolescente, juvenil, sin temores ante los posibles zig-zag del destino; una relación con el mundo como la que tan precisamente expresó el protagonista de El adolescente de Dostoievski:

"Me enmendaré. Esto de alguna manera lo voy a corregir... Haré alguna buena acción... Aún tengo cincuenta años por delante..."

Anteriormente todas las cuestiones se planteaban y se resolvían dentro del marco de una vida garantizada tanto para la humanidad, como para la naturaleza. Ahora, se plantean dentro de las coordenadas de una elección entre la vida y la muerte. Pe ro, tengamos en cuenta que es posible salvar la vida, vencer la muerte orientándonos únicamente hacia las formas sociales y espirituales más elevadas de la existencia humana.

Seguramente ustedes se acuerdan del hacha de Raskólnikov en Crimen y castigo. Del hacha que llevaba debajo del brazo, aque lla con la que mató a la vieja prestamista.

Pero... ¿recuerdan ustedes el hacha de Los hermanos Karamázov? Me refiero concretamente al pasaje en donde Iván conversa con el diablo.

Iván le pregunta:

-¿Qué sucederá con el hacha en el espacio, en el cosmos, en la tierra?

El diablo responde:

-¿Qué sucederá con el hacha en el espacio? ¡Vaya idea! El hacha volará alrededor de la Tierra como un satélite.

Es la primera vez que Dostoievski utiliza esa palabra.

Vamos, pues, del hacha de Raskólnikov al hacha en el espacio, en la Tierra: de "mata a un hombre" a "mata a la humanidad".

En otro momento de la novela, Raskólnikov tiene un sueño en el que el mundo entero ha caído enfermo de la peste:

"Aparecieron ciertas nuevas triquinas, seres microscópicos, que se instalaron en el cuerpo de la gente. Quienes los alojaban, se convertían en endemoniados y locos. Nunca antes la gente se había considerado tan inteligente e inconmovible en la verdad, como se consideraban a sí mismos los contagiados. Nunca se habían considerado tan inconmovibles en sus juicios, en sus deducciones científicas, en sus convicciones y creencias morales. Todos estaban inquietos y no se comprendían unos a otros. Cada cual pensaba que él era el único poseedor de la verdad... No sabían a quién juzgar, ni cómo hacerlo; no podían ponerse de acuerdo sobre qué es el mal y qué es el bien... Por momentos los hombres se amontonaban, se ponían de acuerdo sobre algo, juraban que ya no se separarían, pero al momento siguiente se dedicaban a algo totalmente distinto de lo que ellos mismos habían supuesto, comenzaban a culparse unos a otros, se peleaban y se acuchillaban ( ... ) Todo, todo se perdía."

El contrapunto a este sueño de Raskólnikov lo encontramos en otra obra de Dostoievski, el Sueño de un hombre ridículo:

"Comenzaron a surgir personas en quienes nacía la idea de unirse nuevamente, para que cada uno pudiera dejar de amarse a sí mismo más que a los demás ( ... ) y de esa manera todos podrían vivir juntos en una sociedad armoniosa. En aras de esta idea se desencadenaron guerras, en las que los combatientes estaban convencidos de que la ciencia, la sapiencia humana y el instinto de conservación finalmente obligarían a los hombres a unirse en una sociedad armoniosa y sensata y por eso, por lo pronto, para 1 que las cosas se aceleraran, los Sensatos' trataban de aniquilar cuanto antes a los 'no sensatos', es decir, a aquéllos que no comprendían la Idea, para que no obstaculizaran su tiempo. Pero el instinto de conservación pronto comenzó a debilitarse, aparecieron los orgullosos y los voluptuosos que exigían todo o nada. Para adquirir el todo se recurría a la maldad y sí así no se conseguía, se recurría al suicidio."

Esta imagen de la historia nunca antes se había dado. Si llegara un extraterrestre vería lo mismo que vio Dostoievski, es decir una representación del Apocalipsis.

¿Se puede decir que la estética de Dostoievski es una estética de catástrofes universales? Sí. Pero su característica principal es que es una estética de salvación de la humanidad. Una estética que habla de salvar nuestra vida, mediante un único camino, el de la proeza espiritual. Al respecto me gustaría relatarles algo que sucedió en Japón: tin automóvil estaba aplastando a un niño. La ma dre, pequeña y frágil, sacó fuerzas de sí capaces de levantar el coche y salvar así al niño. Más tarde, diez hombres juntos no lograron mover el automóvil.

Durante la guerra, los fascistas encerraron tras una re a de hierro a nuestra gente, para quemarla dentro de una iglesia. Una madre, con sus brazos femeninos, logró forzar la reja para que su hijo pudiera salvarse.

Con esto, lo que quiero recalcar es que solamente un esfuerzo extremo de nuestras capacidades morales, espirituales e intelectuales puede salvarnos en este momento. únicamente podemos salvarnos con un acto de heroísmo. Así como ahora sonios simplemente gente, obreros, filósofos, artistas, escritores, políticos, científicos, así como eran nuestros antepasados, así no nos salvaremos. 0 nos transformamos o perecemos.

El ser, como señalaba Dostoievski, únicamente es cuando lo amenaza el no ser. Estoy convencido de que cada corriente filosófica, cada filósofo, tiene algo que decir en torno a esta cuestión, que es la más importante. Estoy seguro de que si no meditamos al respecto somos pobres, no solamente como seres humanos y como ciudadanos, sino también como profesionales, es decir como filósofos. Estoy convencido de que el interés personal, individual, irrepetible de cada uno de nosotros (no importa si nos dedicamos a la hermenéutica, a Sócrates o al estructuralismo), no se extinguirá; al contrario, se encenderá cuando nos hayamos encaminado hacia puntos de referencia más importantes: la vida y la muerte del género humano. Sólo entonces vamos a comprendernos más profundamente, a escucharnos más claramente, a alegrarnos los unos por los otros, porque todos encaminaremos entonces nuestros esfuerzos hacia el mismo fin.

La tarea de la filosofia y del nuevo pensamiento es conseguir un autoconocimiento exacto, es decir un conocimiento adecuado del género humano. En primer lugar en extensión, es decir, hasta alcanzar un conocimiento de la humanidad de hoy y, en segundo lugar, en profundidad, es decir, hasta tocar por un lado las raíces históricas del género humano, y por el otro su futuro.

El autoconocimiento de la humanidad como género significa que otro hombre, otro pueblo, otra nación, otra raza, en general lo otro deja de ser un obstáculo para la unidad. Lo otro es la vida. Lo uno no es vida, es muerte.

El autoconocimiento de la humanidad como género significa que, además de la patria que cada uno de nosotros tiene, tenemos una patria en común: el tiempo en que vivimos. El tiempo también es una patria.

Para finalizar quisiera pedirles que tratemos de no cultivar nuestra vanidad, que tratemos de no sentirnos satisfechos con nosotros mismos. Al contrario: tratemos siempre de sentirnos insatisfechos con nosotros mismos. Sólo entonces, quizá, podremos ser mejores, más inteligentes, más nobles. Imaginemos por un momento que así como hoy se lleva a cabo esta plática, mañana la humanidad entera puede perecer. Pero todo, absolutamente todo, depende por lo pronto de nosotros. ¿Quién de nosotros se atrevería a decir que ha hecho todo lo que podía hacer para impedir la catástrofe? Yo, de ninguna manera. Me apena la debilidad y la pobreza de mis palabras. Por eso estoy consciente de que si no me han comprendido, él único culpable soy yo. Dejemos que Dostoievski nos ayude, a mí, a todos. La noche del 22 de diciembre cuando, tras haber sido condenado a muerte, le perdonaron la vida, Dostoievski escribió: "Hoy estuve con la muerte, tres cuartos de hora conviví con esa idea, viví mi último minuto y ahora de nuevo... vivo. La vida es un don, la vida es felicidad y cada minuto podría convertirse en un siglo de felicidad..."

Tengamos fe en que la humanidad podrá decir algún día: "Hoy estuve con la muerte, viví mi último instante y ahora de nuevo... vivo. La vida es un don, la vida es felicidad. Que cada minuto se convierta en un siglo de felicidad."


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