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ESTUDIOS. filosofía-historia-letras
Primavera 1988

EDUCACIÓN PARA LA DEMOCRACIA: EL ATENEO MEXICANO (1840-1851)

Author: Beatriz Urías

1. Introducción
2. Educación e Igualdad
3. Los oficios útiles
4. El Ateneo Mexicano
5. Educación para la democracia

1. Introducción


EN LA conclusión a su Ensayo histórico, Lorenzo de Zavala (1788-1836) explicitó el fundamento del proyecto educativo de los primeros regímenes independientes. La educación, escribió, estaría dirigida a las "clases numerosas", buscando su "fusión completa" en la nueva sociedad; siendo el objetivo principal de dicha educación, poner los "sentimientos, los cálculos, las transacciones de cada uno en consonancia cori las exigencias sociales"[Nota 1]. Otro liberal, José María Luis Mora (1794-1850) corroboró esta aseveración añadiendo que el "elemento más necesario para la prosperidad de un pueblo es el buen uso y ejercicio de su razón, que no se logra sino por la educación de las masas, sin las cuales no puede haber gobierno popular. Si la educación es el monopolio de ciertas clases Y de un número más o menos reducido de familias, no hay que esperar ni pensar en sistema representativo, menos republicano, y todavía menos popular".[Nota 2]

Estas ideas no se originaron en el siglo XIX; desde el último tercio del siglo xvin, los ilustrados habían vinculado la transformación del orden social a la educación de las masas. Los liberales volvieron a discutir este planteamiento después de la independencia, al iniciarse el proceso de secularización a través del cual el Estado asumió la gestión y el diseño de una educación destinada a formar los ciudadanos de la nueva nación.

A pesar de que desde el último tercio del siglo XVIII la monarquía había restringido la ingerencia del clero en materia educativa, en la época independiente educar a la población se convirtió en una función cívica de integración, vinculada directamente a la nueva modalidad en el ejercicio del poder. Para la minoría ilustrada al frente del nuevo Estado, una educación secularizada podía contribuir a la consolidación de un nuevo orden social basado en el bienestar económico de toda la población.

El proceso de secularización de la enseñanza se enfrentó, sin embargo, a repetidos obstáculos y no desembocó en la aplicación de una política educativa coherente por parte de los primeros regímenes independientes. La crisis económica provocada por la guerra de Independencia, las luchas partidarias, la irrupción de las logias en la vida política, los levantamientos promovidos por caciques locales y otros fenómenos que caracterizaron la historia de la primera República Federal, no favorecieron la realización de los cambios esperados.

Con la caída de la primera República y la instauración del centralistno en 1836, las condiciones se tornaron aún más desfavorables. Estos acontecimientos echaron por tierra las expectativas generadas por la independencia. Los liberales, que hasta mediados de la década de los treinta habían pugnado por la secularización de la enseñanza, comenzaron a cuestionar la viabilidad del proyecto inicial.

Dicho cuestionamiento se realizó en el seno de asociaciones independientes, cuyas actividades quedaron plasmadas en una abundante folletería que abordó temas históricos, literarios, jurídicos y económicos; en las publicaciones de las academias científicas y los círculos de estudio que se habían formado en las postrimerías de la época colonial; finalmente, en los periódicos políticos que ofrecieron un espacio a la polémica que se entabló entre los pensadores de la época. Casi medio siglo hubo de transcurrir para que pudiera consolidarse un orden político estable, y con él, nuevas instituciones educativas.

A pesar de que no es clara la presencia de una burguesía que animara la cultura del momento, esta intensa vida intelectual quedó en manos de una incipiente clase media, dentro de la cual se agruparon profesionistas, funcionarios, periodistas y pequeños comerciantes e industriales. Este grupo -integrado por criollos medios desplazados de los cargos públicos por los peninsulares que llegaron a México durante la administración de los Borbones -vio en sí mismo el germen de la nueva sociedad. De ahí su preocupación por iniciar una reforma social, que no necesariamente coincidió con aquella que había sido emprendida desde el poder.

El razonamiento de los intelectuales del segundo tercio del siglo XIX fue que la transformación del viejo orden no dependía sólo de la renovación del aparato jurídico, que ya había sido iniciada, sino que era necesario cambiar las condiciones de vida que imperaron durante la época colonial. En este sentido, se habló de la necesidad de que las mayorías fueran creadoras de riqueza y se ocuparan productivamente gracias a la difusión de una educación utilitaria. Este fue uno de los elementos clave del proyecto de transformación esbozado dentro de la corriente del racionalismo ilustrado, cuyos elementos más importantes habían sido asimilados en México desde la época de las reformas borbónicas.

En efecto, excluyendo las ideas políticas, el pensamiento ilustrado llegó a las colonias americanas en el último tercio del siglo XVIII con la implantación de una nueva estrategia económica inspirada en los principios de la filosofía de las Luces, y dirigida a incrementar y extraer la riqueza de los dominios americanos. En Nueva España, los Borbones aplicaron una serie de reformas económicas y hacendarias que produjeron un formidable crecimiento económico, así como fuertes presiones sociales y desajustes en la estructura productiva. Como es sabido, el dinamismo de la economía novohispana de este período estuvo basado en la promoción de actividades que favorecían el desarrollo de la economía metropolitana -la minería y el comercio-, en detrimento de la agricultura y la manufactura. Este desequilibrio, aunado a diez años de guerra, produjo el agotamiento de la economía nacional durante los primeros años de vida independiente.

En el orden de las ideas, entre 1790 y 1810, la efervescencia se acrecentó en la sociedad novohispana. Una acerba crítica a la es colástica y a las viejas tradiciones fue emprendida en colegios, se minarios y curatos de la región donde se inició la insurrección, que fue una de las más conmovidas por las reformas económicas. Sin embargo, la relación entre el movimiento de Independencia y el racionalismo ilustrado ha sido objeto de controversia puesto que la afirmación de la identidad criolla no iba necesariamente de la mano con la aceptación de las Luces. Todavía se discute, por ejemplo, si los criollos recurrieron a las ideas políticas tradiciona les para oponerse a las reformas propugnadas por la monarquía borbónica.

Dicho esto, en México la influencia del racionalismo ilustrado tomó su verdadero impulso durante las primeras décadas del siglo XIX, manifestándose de manera específica en el desarrollo de una concepción educativa similar a la que la "minoría selecta" reivindicó en la España del siglo XVIII. El auge de las ideas ilustradas en materia educativa a partir de la independencia puede ser explicado tentativamente a través de la siguiente hipótesis.

La creación de un gobierno republicano no provocó cambios ideológicos sustanciales en la élite que se encontraba al frente de la sociedad independiente. Las ideas liberales permearon lentamente la mentalidad del hombre decimonónico, y existió un período en el que el liberalismo se entrelazó con el legado intelectual colonial de tipo ilustrado. Durante este período, que abarcó aproximadamente hasta mediados de siglo, la presencia de la corriente ilustrada permitió conciliar algunas de las contradicciones que produjo la brusca transición del orden monárquico a la democracia. Dichas contradicciones estuvieron vinculadas a la dificultad de conferir a todos los miembros de una sociedad escindida por una jerarquía tradicional, los nuevos derechos y libertades establecidos en la ley para la sociedad en su conjunto. Es decir, las ideas ilustradas justificaron que una "minoría selecta" se impusiera sobre la "masa ignorante", a pesar de las trans formaciones que introdujo el liberalismo político al consagrar la igualdad esencial de los hombres. Se argumentó que la masa pobre e ignorante- no estaba preparada para hacer un uso responsable de los nuevos derechos; en tanto que la élite, que gozaba de educación y de ocupación productiva, podía iniciar "desde arriba" un proyecto de reforma social que en un futuro permitiría a las masas participar en el proceso de transformación política que se iniciaba.

Durante la primera parte del siglo XIX coexistieron, pues, dos concepciones educativas. La primera, animó el proyecto que el Estado liberal articuló a través de diversos planes y programas oficiales de estudio, que subrayaron la necesidad de generalizar una educación que permitiera acrecentar el número de los iguales. La segunda, quedó expresada en las propuestas de una minoría marcada por la influencia de las Luces, que partía del supuesto de que una educación para todos no tenía porqué gozar necesariamente de carácter universal; en estas propuestas subyacía una clara diferenciación entre la instrucción para las masas y la educación para las clases superiores.

Analizaremos la concepción educativa en la que se apoyó el proyecto de instrucción popular iniciado por la élite decimonónica después de la ruptura con España. El examen de esta cuestión conduce a reflexionar acerca del lugar que le fue conferido a la educación en la definición del nuevo orden social. En efecto, es posible interrogarse si la educación moderna fungió como el me canismo efectivo del ascenso social --es decir, el "gran igualador" de las diferencias que dividieron a la sociedad colonial-, o como un refuerzo de los relieves y contrastes existentes.

Responder a esta pregunta implica examinar, primero, el significado que revistió la noción de igualdad para los hombres progresistas de la época. Conocer el planteamiento en torno a esta cuestión, permitirá dar cuenta de la imposibilidad de concebir --dentro del marco de un pensamiento en el que confluyen las influencias del racionalismo ilustrado y del liberalismo-, un proyecto educativo dirigido a las clases sociales en su conjunto. Desde estas premisas será posible apreciar en qué medida la enseñanza de los oficios útiles apareció como una alternativa dirigida a preparar a las masas para vivir en la democracia. El estudio de El Ateneo Mexicano (1840-1851) profundiza en el análisis de esta cuestión.


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