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ESTUDIOS. filosofía-historia-letras
Primavera 1988

3. Los oficios útiles


En un proyecto que buscaba la reorganización y la diversificación de la enseñanza, Enrique Teodoro Turreau de Liniéres resumió en 1833 la posición (le la élite ilustrada en lo que concernía la educación popular: "Verdad es que hay ya en la Nación establecimientos científicos. Las universidades, los colegios, especialmente el de Minería y la Escuela de Ingenieros, han dado y darán a la patria ciudadanos ilustrados y sabios; pero falta a la clase numerosa de los artesanos, de los labradores, en general, a la clase pobre de la sociedad, que forma su inmensa mayoría, un establecimiento científico, agrícola y fabril, donde con los conocimientos elementales de que tanto necesita encuentre medios fáciles de proporcionarse una subsistencia cómoda y segura"[Nota 14] Esta idea cobró sentido a la luz de la consigna "que nadie quede ocioso", guía de aquella "minoría selecta" que pensó transformar la España del siglo XVIII, si lograba que todos los individuos --de cualquier raza o condición- estuviesen capacitados para producir una riqueza material.

Desde fines del siglo XVIII, la administración de los Borbones había expedido decretos en contra de la vagancia y la mendicidad. Sin embargo, la cruzada sistemática contra la ociosidad fue emprendida en México años más tarde; prueba de ello son las reflexiones políticas y literarias que abordaron este tema durante las primeras décadas del siglo XIX. En 1816, El Periquillo Sarniento señalaba, por ejemplo, que "no hay oficio vil en las manos de un hombre de bien, ni arte más ruin, oficio o ejercicio más abominable que no tener arte, oficio, ni ejercicio alguno en el mundo", pues "el ser ocioso e inútil es el peor desatino que pue de tener un hombre; porque la necesidad de subsistir y el no saber cómo ni de qué, lo ponen con la mano en la puerta de los vicios más vergonzosos, y por eso vemos tantos drogueros, tantos rufianes de sus mismas hijas y mujeres, y tantos ladrones; y por esta causa también se han visto y se ven tan pobladas las cárceles, los presidios, las galeras y las horcas".[Nota 15] En esta obra, Fernández de Lizardi equiparaba la importancia que para la sociedad tenían profesiones y oficios,[Nota 16] y criticaba a los padres de familia que querían que sus hijos fueran "clérigos, frailes, docto res o licenciados, aún cuando son ineptos para ello o les repugna tal profesión", añadiendo que "también hay artes liberales ejercicios mecánicos con qué adquirir el pan honradamente".[Nota 17]El entusiasmo que despertaba el trabajo manual en este autor se encontraba vinculado a valores como el honor, que reflejaban la influencia de las Luces.

Al entrar en contacto con el liberalismo económico, la concepción educativa de un autor como Fernández de Lizardi se modificó sustancialmente. A partir del último tercio del siglo XIX, el desempeño de una "ocupación útil y honesta" comenzó a ser valorada en función de la formación de una fuerza laboral. Un liberal moderado como Mariano Otero (1817-1850) señalaba, por ejemplo, que tres siglos de dominación colonial enseñaron a "ver con desprecio a todo hombre que se dedicaba a algún oficio" considerando que "para ser hombre decente era preciso ser militar, empleado, clérigo, abogado o cuando menos médico"; por lo que, "la clase de artesanos que en otros países más afortunados forma la parte principal del verdadero pueblo, por su inteligencia y actividad, en México es insignificante y despreciable, así por su corto número como por la ignorancia y abatimiento en que se halla".[Nota 18]

En el mismo sentido, Ignacio Ramírez (1818-1879) sostenía que "en la República hay más falta de herreros cosecheros y fabricantes, que de retóricos, licenciados y doctores". El Nigromante proponía que "mientras mejora la suerte de la mayoría, se conviertan estos colegios (seminarios de ociosos) en establecimientos donde las ciencias físicas se apliquen a las artes; que en todos los establecimientos industriales de alguna consideración se enseñen los experimentos físicos y químicos, y los demás interesantes al ramo respecuvo; y por último, que en todas las haciendas se abran cátedras donde la hacienda con la agricultura proyecten sobre el mismo terreno sus mejoras".[Nota 19] Examinemos los cauces a través de los cuales estas ideas dieron lugar a una nueva alternativa en materia educativa en el segundo tercio del siglo XIX.

En primer lugar, empresarios como Esteban de Antuñano (1792-1847) impulsaron la creación de establecimientos educativos vinculados con la incipiente industria, buscando la consolidación de una fuerza laboral independiente de los gremios de artesanos que se oponían a la mecanización de la producción. A través de estos establecimientos se trató de difundir la llamada "ilustración industrial o económica", que Antuñano vinculó a la producción de riqueza, y por consiguiente, al mejoramiento de las "ocupaciones que son indispensables a todo hombre para alimentarse, vestirse y educarse al modo que la naturaleza y la civilización exigen".[Nota 20] La educación industrial o económica no pretendía honiogeneizar el nivel social de los mexicanos, sino despertar entre los hombres de la masa el sentido del "interés común", que haría po sible la consolidación de un nuevo orden político.

El Estado apoyó estos esfuerzos individuales creando las juntas de Industria, como parte del proyecto de industrialización a través del cual Lucas Alamán (1792-1835) fundó el Banco de Avío en 1830. Las juntas de Industria tornaron como modelo las Sociedades Económicas de Amigos del País, formando bajo su auspicio escuelas de artes y oficios. Estas escuelas en nada se ase mejaban a las ya existentes, en el sentido de que su objetivo era transmitir sólo los conocimientos directamente relacionados con la producción: reunían en el salón de clases, "los diversos medios que la industria emplea para producir" y contaban con "un gabinete lleno de instrumentos, máquinas y útiles necesarios a cada profesión".[Nota 21] La existencia de estas escuelas fue, por lo gene ral, efimera.

Finalmente, la historia intelectual de México independiente estuvo marcada por la presencia de asociaciones, círculos, clubes, liceos, salones, sociedades, uniones, etc., animados por hombres ilustrados deseosos de educar a las "clases menesterosas". Sin perseguir una finalidad política deliberada, liberales y conservadores coexistieron en el seno de estas asociaciones dedicadas exclusivamente al intercambio de ideas. En su estudio, Alicia Pera les Ojeda explica que muchas de ellas tuvieron dificultades en subsistir, ya que los socios cubrían sus cuotas con dificultad y las publicaciones se veían afectadas por la supresión del subsidio gubernamental, dada la crisis por la que atravesaba el país. No obstante, los miembros de un círculo que se extinguía volvían a reunirse en una nueva asociación pocos meses o años después.[Nota 22]

Las razones por las cuales estos profesionistas, funcionarios, intelectuales, clérigos, militares y pequeños comerciantes e industriales, perseveraban en su esfuerzo, eran de diversa índole. Perales Ojeda menciona algunas de ellas: lograr un lugar de ¡ni portancia en el mundo de las letras; crear alianzas políticas; auxiliarse mutuamente en situación económica precaria, en prisión y enfermedad; reafirmar las relaciones de solidaridad que se originaron en las logias, las sociedades secretas y en las agrupaciones religiosas.[Nota 23]

Además de haber realizado una labor de docencia, las asociaciones científicas y literarias entablaron una discusión sistemática acerca de problemas cruciales, como lo eran el desarrollo de una literatura nacional y de una historia crítica, la generalización de una mística del trabajo y de la educación, así como la de limitación de la esfera de acción de la Iglesia y del ejército frente a aquella de la sociedad civil, cuyos derechos estaban respaldados por un nuevo orden jurídico a partir de la independencia. El Ateneo Mexicano es uno de los ejemplos más representativos dentro de este género.


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