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ESTUDIOS. filosofía-historia-letras
Primavera 1988

La radio bajo los regímenes totalitarios


Aliora nos referiremos a la radiodifusión bajo un régimen totalitario entendiéndose los límites del mismo.

El régimen totalitario pertenece a la era de la radiodifusión siendo al mismo tienipo su expresión y su negación, Bajo tin régimen totalitario, el Estado se reserva el monopolio de los Incdios de la palabra, pero éste es en sí misnio contradictorio en razón de la ubicuidad de la radio, por lo que, en este caso, tin Fstado plenamente totalitario debería ser planetario.

Para que exista un régimen totalitario debería haber una sola radio en la superficie del planeta, sólo así los gobernantes serían los únicos en el mundo junto con su pueblo y tendrían realmente la exclusividad de la palabra legítima. Estamos seguros de que ningún país está solo en el mundo, prueba de ello han sido las dos grandes experiencias que hemos tenido: por tin lado, la presencia del extranjero en el diálogo entre gobernantes y gobernados [Nota 2] y, por otro, la ocupación de Europa y los paises del otro lado de la cortina de hierro, por lo menos hasta la frontera con la Unión Soviética, donde la radio occidental ha penetrado aunque con mayor dificultad.

Es bien conocido el papel desmesurado que jugó la radio durante la guerra. La radio londinense llegó a ser en Francia una realidad política mucho más poderosa que el mismo gobierno oficial instalado en Vichy o que la misma radio alemana En este caso, lo que denominé el tercer hombre en las páginas anteriores cobra sentido, pues había algo casi burlesco en el esfuerzo tealizado por los alemanes para reservarse el monopolio de la palabra que, por otra parte, no tuvo mayor resultado que el de reforzar el interés de la audiencia y la autoridad de la voz de los extranjeros.

Fue justamente en ese niornento cuando la radio se convertía en tina fuerza militar de primer orden pues, en gran medida en la batalla se ponían en juego las convicciones de los europeos. Esta lucha fue ganada por tina radio imperceptible para los alemanes nos estamos refiriendo a la radio inglesa.

En una batalla de tal magnitud la radio conformista llevaba las de perder. La lucha se establecía entre una radio conformista al estilo de los países ocupados y tina radio que se presentaba a sí misma como democrática que ganaba automáticamente porque tenía el valor de proporcionar informaciones verídicas y porque anunciaba los hechos aun cuando eran desfavorables, logrando aumentar con ello intempestivaniente la credibilidad de los radioescuchas. En pocas palabras, Ia radio toleraba la discusión abierta y presentaba las ideas que los radioescuchas querían oir ganaba de antemano a la radio que se devaluaba a si misma por su afán de mantener el monopolio.

Nos referiremos a otro caso, todavía más interesante que el de la radiodifusión durante la ocupación alemana se trata de la radio bajo el régimen totalitario. Ésta oscila entre dos intencionalidades o dos formas extremas. Es posible aprovecliar el monopolio de la radio con el objeto de despolitizar a tin pueblo, también se puede luchar por la difusión (le tina convicción ortodoxa.

La radiodifusión del estado fascista italiano, aun cuando no era completamente totalitario, servía para despolitizarla, para politizar. Por el contrario, la radio de Hitler tendía esencialmente a politizar pero, en general, se dice que la radio al servicio de un estado totalitario es una fuerza diabólica. Ustedes seguramente conocen la novela de George Orwell, 1984 donde se describe tin país completamente subyugado por una radiodifusión exclusiva que acaba de inibuir a los radioescuclias de un pueblo entero convicciones fabricadas artificialmente por los gobernantes, imponiendo, finalmente, a todas las mentes una falsa repre sentación de la realidad aceptada como la única verdadera a través del sometimiento general a una presencia obsesionante de la voz oficial.

Pensamos que esta descripción de la fuerza diabólica de la radio totalitaria es exagerada. No quiero decir con ello que la radiodifusión carezca de una gran fuerza en esta clase de regímenes, pues si consideramos una radio que habla sola, que repite indefinidamente las mismas ideas, que describe el mundo bajo un único aspecto, lo más seguro es que los radioescuchas acaben por ver el mundo tal y como se los presentan. Sin embargo, creemos que Gerge Orwell y sus discípulos olvidan algo importante en cuanto a que se llega, obligatoriamente, a un punto donde la propaganda acaba por negarse a sí misma.

Según tenemos entendido, en la Unión Soviética, el escepticismo es por lo menos tan grande como la sumisión a la verdad oficial. Por la fuerza del monopolio y de la propaganda obsesiva se provoca el rechazo inevitable de las mentes; este escepticismo es producto del abuso de la propaganda.

Las mentes escépticas pueden estar mal informadas y casi siempre se equivocan; en ocasiones, los radioescuchas se niegan a creer en algo aun cuando la radio les diga la verdad.

Por nuestra parte pensamos que el caso extremo de una educación o de una pseudoeducación totalitaria no es sino la reivindicación de la libertad. De todas formas no dejamos de ser optimistas en cuanto a la naturaleza humana, pues según lo que hemos visto, al cabo de diez años de propaganda totalitaria, los hombres comunes y corrientes todavía pueden aspirar a una información objetiva al estilo de la BBC.

Al parecer, los hombres son más dialécticos de lo que se cree; cuando se les somete a una dosis exagerada de propaganda totalitaria, acaban por amar apasionadamente lo contrario, es decir, anhelan una información neutra y una discusión política libre y abierta.

Por esa razón estamos convencidos de que la radiodifusión to talitaria es incapaz se crear un universo cultural humano adapta do a sus prácticas. Basándonos en la experiencia concreta, se evidenció que el efecto producido es a la inversa, ya que a la larga, la radiodifusión totalitaria termina por despertar el ideario democrático con todo y sus defectos.

Quizá esta afirmación sea en extremo optimista, sin embargo es justificable gracias a las pruebas del pasado, y no deja de inquietarnos el hecho de no saber cuánto tiempo será necesario esperar para revocar el totalitarismo; pues no basta que muchos hombres deseen fervientemente una información objetiva para lograr la anuencia de los gobernantes. Dicho de otro modo, la radiodifusión no es sino un medio de gobierno, razón por la cual fracasó al instituir el modelo totalitario pero eso no es la prueba fehaciente de su desaparición, pues dichos regímenes persisten aún en contra del escepticismo de los ciudadanos.


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