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ESTUDIOS. filosofía-historia-letras
Verano 1988

Las propiedades trascendentales del ente


Si lo que se quiere en primer término es el saber si la belleza es o no una propiedad trascendental del ente, habrá que empezar, como lo hace nuestro autor, por hacerse cargo, así sea sumariamente, de la doctrina escolástica a este respecto.

Por más que santo Tomás haya tenido en este punto varios precursores, como Felipe el Canciller y Guillermo de Auxerre, en quienes, en sentir de Eco, se encuentra la primera formulación explícita de la teoría de los trascendentalia entis, el mismo Eco se atiene estrictamente, como es su deber, a los textos tomistas, el primero de los cuales es el célebre paso en el principio del de Veritute, donde Tomás se enfrenta derechamente con el problema del ser en toda su amplitud y sin ulterior calificación.

El problema, para decirlo de una vez, es el de saber cómo será posible predicar algo del ente en sí mismo sin que la predicación sea una mera tautología, toda vez que el ente, dice santo Tomás citando a Avicena, es aquello que como lo más patente concibe ante todo nuestro entendimiento, y en lo cual, además, se resuelven en última instancia todas sus concepciones: Illud autem quod primo intellectus concipit quasi notissimum, et in quo omnes conceptiones resolvit, est ens.

Al ente, por lo tanto, no puede añadirse nada entitativamente (sit venia verbo) como algo extraño por su naturaleza, como la diferencia se añade al género, o el accidente a la sustancia, ya que toda naturaleza, cualquiera que sea, es por esencia un ente.

¿Qué hacer, entonces, ya que Aristóteles no podía haber erra do al decir que hay una ciencia del ente en cuanto ente y de las propiedades que en cuanto tal, una vez más, le son inherentes?

No quedaba sino una vía para hacer honor al filósofo, y fue la de encontrar ciertas notas que sin añadir nada entitativamente al ente en sí mismo, algo le añaden (dicuntur addere supra ens), sin embargo, en cuanto que declaran un modo manifestativo del ser que no está patente en el solo nombre del ente. Este nombre, en efecto, ens, en tanto que participio activo del verbo esse, no significa sino el acto de ser, o con mayor propiedad tal vez, el acto de existir. Ens sumitur ab actu essendi, dice santo Toniás, acogiéndose, una vez más, a la autoridad de Avicena.

Algo distinto, pues, del mero actus essendi, manifiestan con el ens los otros trascendentales que, según el texto de Veritate, resultan ser los siguientes: unum, res. aliquid, verum, bonum.

Con el tiempo quedarán reducidos a tres: unum, verum, bonum, el primero radicado en el ente en sí mismo, indivisum in se, divisum ab aliis, como una mónada sin ventanas, y los otros dos en cuanto que mientan una relación necesaria del ente con otros entes, con su entendimiento o con su voluntad. Con todo lo cual resulta ser el ente al propio tiempo impenetrable y comunicativo, hermético y difuso.

De Aristóteles, no hay ni que decirlo, recibieron los medievales esta doctrina, largamente explicitada por el filósofo en los textos metafísicos en lo que toca al unum y al verum, y en los textos éticos, como debía de ser, en lo que respecta al bonum, y no deja de extrañarme que, en lo que concierne a estos últimos, no haga Umberto Eco la menor referencia. Es, en efecto, en la Ética Nicomaquea (I, 4, 1096 a, 23-28) donde Aristóteles rompe lanzas con Platón al oponerse abiertamente a la Idea platónica del Bien, en razón de la pluralidad infinita del bien mismo, el cual puede predicarse, en todas las categorías, en tantos sentidos como el ente: Tot modis dicitur quot ens in omnibus praedicamentis. Con base en lo cual los filósofos postaristotélicos pudieron establecer la conversión radical entre el ente y el bien: ens et bonum convertuntur.

Esta fue, pues, aunque muy a grandes rasgos, la doctrina de los trascendentalia entis, que llenaba de riqueza y dinamismo la noción del ser, y que vino desdibujándose, hasta desaparecer del todo, a medida que el ser mismo, en la revolución cartesiana quedaba reducido a la condición de res extensa, separada por un abismo de la res cogitans. El ser no estuvo ya más, en adelante, impregnado de valor, ens verum, ens bonum, sino que fue, coino dice Louis Lavelle, el ente mortificado, l'etre mortifié, es decir, muerto, al quedar reducido a la condición de cosa, sin valor alguno. Pero mientras estuvo vigente la doctrina de los trascendentalia entis, el ente estuvo permeado de valor y convertible con él en una convertibilidad absoluta.

No tenía, pues, por qué haberse molestado Agustín Basave y Fernández del Valle, el filósofo de Monterrey, en urdir su peregrina metafisica del habente en lugar del ente (entia, habentia) como último horizonte ontológico de la especulación huniana. Bien enriquecido estaba ya el ente con su panoplia de trascendentales para que todavía tuviésemos necesidad de inyectarle nueva energía, por lo que no sin asombro leemos en Eduardo Nicol (Metafisica de la expresión, 1957, p. 31) que la doctrina que comentamos es "la parte más estéril de la metafisica tradicional", cuando por el contrario exuda fecundidad por todos sus poros, los de una apertura intencional cognoscitiva y amorosa hacia horizontes infinitos.


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