©ITAM Derechos Reservados.
La reproducción total o parcial de este artículo se podrá hacer si el ITAM otorga la autorización previamente por escrito.

ESTUDIOS. filosofía-historia-letras
Verano 1988

La posición de Tomás de Aquino


Comencemos como lo hacen todos los autores, Eco entre ellos, por la Suma teológica, cuestión quinta de la primera parte, de bono in communi El bien como trascendental surge en seguida y sin la menor dificultad, en razón de lo que antes dijimos sobre el acto de existir del ente: omne ens, in quantum ens, est, bonum. Hasta aquí vamos por camino trillado y no hay la menor dificultad.

En seguida, sin embargo, viene el artículo cuarto de la misma cuestión, donde el autor vuelve sobre el problema ya tratado en su comentario al De divinis nominibus, de la posible identificación entre lo bueno y lo bello, y que ahora resuelve el santo sustancialmente en el mismo sentido, sólo que ahora entran diversos conceptos tanto en la identidad in subiecto de lo bueno y de lo bello, como igualmente en su diferencia racional. Nada lo dirá mejor que los textos mismos, estos textos maravillosos en que ninguna palabra sobra ni falta, y cuya reproducción, tanto en el libro de Eco como aquí mismo, es en absoluto indispensable.

Ad primum ergo dicendum quod pulchrum et bonum in subiecto sunt idem, quia super eandem rem fundantur, scilicet super formam; et propter hoc bonum laudatur ut pulchrum. Sed ratione differunt. Nam bonum proprie repicit appetitum; est enim bonum quod omnia appetunt. Et ideo habet rationem finis; nam appetitus est quasi quidam motus ad rem. Pulchrum autem respicit vim cognoscitivam: pulchra enim dicuntur quae visa placent. Pulchrum est idem bonum sola ratione differens. Cum enim bonum sit quod omnia appetunt, de ratione boni est quod in eius quietetur appetitus: sed ad rationem pulchri pertinet quod in eius aspectu seu cognitione quietetur appetitus... El sic patet quod pulchrum addit supra bonum, quendam ordinem ad vim cognoscitivam; ita quod bonum dicatur id quod simpliciter complacet appetitui, pulchrum autem dicatur id cuius ipsa apprehensio placet. (S. T. 1, 5, 4 ad 1, y 1-11, 27, 1, ad 3)

Por más que Eco no se detenga en esto para calificarlo o comentarlo, a mí me ha tenido siempre desasosegado la primera parte del texto, donde se nos dice que la identidad entre lo bello y lo bueno fúndase sobre la misma cosa, o sea sobre la forma: super eandem rem fundantur, scilicet super formam. Es un pasaje muy dificil, porque el bien importa razón de causa final, la cual atrae, como a su bien, el appetitus voluntatis, y lo bello, en cambio, se refiere a la causa formal, ya que una de las definiciones de la belle za, que procede de los neoplatónicos y llega hasta santo Tomás, es la de splendor formae. ¿Cuál será entonces la forma del bonum? ¿La forma sustancial de cada ente, la que lo constituye en un ente determinado? Yo por lo menos no sabría decirlo. Como quiera que sea, subsiste la razón formal de lo bello que, al contrario del bien, no guarda relación a la vis appetitiva, sino a la vis cognoscitiva, por lo cual, y con esto introduce Tomás su célebre definición de la belleza, "dícense cosas bellas las que vistas agradan": pulchra enim dicuntur quae visa placent.

Se ha cavilado de lo lindo sobre si lo bello, con arreglo a esta definición, está librado al arbitrio subjetivo, al homo-mensura protagórico en la interpretación platónica; y como el santo de Aquino no aclaró su pensamiento, dependemos en última instancia de conjeturas. En este terreno, sin embargo, la interpretación objetivista tendría grandes probabilidades de imponerse, ya que en una obra atribuida a Alberto Magno, de pulchro el bono, y cuya exposición oral oyó Tomás de Aquino en Colonia, podemos leer que lo bello no depende de la contingencia de la visión, ya que, según dice Alberto, virtus claritatem quandam habet -in se per quam pulchra est, etiamsi anullo cognoscatur.

"Lo que caracteriza a lo Bello, comenta Umberto Eco, no es el hecho de que lo mire alguno de algún modo, sino el que la forma resplandezca con armonía objetiva sobre las partes proporcionadas de la materia". (UE, op. cit., ed. 1970. p. 65)

Puede conjeturarse, por tanto, que ésta fue la interpretación de Tomás de Aquino, avalada por la reverencia que siempre tuvo por su maestro, cuya enseñanza, y particularmente sobre el problema estético, recibió en Colonia.

La conclusión a que llega Umberto Eco, razonando de propia cuenta, es la que sigue:

"Con respecto a la adscripción de lo bello a los trascendentales, los textos antes examinados son implícitamente afirmativos, y sobre todo si los vemos a la luz de los Nombres divinos. Bajo esta luz, en efecto, parece claro que lo bello sea una pro piedad estable de cualquier ente, y esto no en virtud de una intuición del cosmos en clave estética, que sería como un sentido pánico (del dios Pan) injustificable con arreglo a categorías racionales, antes bien, por el contrario, con base en precisas reducciones categoriales, por las cuales y a través de una simplificación metacategorial se llegaría a la identificación de lo bello con el ser en cuanto tal. Todavía, sin embargo, los textos son implícitamente afirmativos, por faltar en ellos una expresión explícita como la siguiente: ens et bonum et pulchrum convertuntur. El pulchrum adhiere al ser sólo por la me diación del bonum". (UE. op. cit., p. 55)

Es una posición, como puede verse, de extrema cautela, y no queda sino reconocer, como lo hace el mismo Eco, que cuando Tomás opera no bajo la luz dionisíaca, sino de su propia minerva, o se olvida totalmente del pulchrum al enumerar los trascendentales del ente en el texto capital del De veritate, o bien, cuando habla de él, lo reduce al bonum (S.T. MI, 27, 1 ad 3). Al margen de este pasaje el cardenal Cayetano, con gran probabilidad el princeps thomistarum, escribió lo siguiente: Pulchrum est boni species. O sea, puntualmente, la Graphics el ápice de la perfecta paideia. Y si hubiéramos de seguir por este orden, he aquí el otro texto célebre según el cual en la vida filosófica, la de todos nosotros, reside esencialmente y por sí misma la belleza, por ser la filosofia el acto perfecto de la razón: In vita conleniplativa quae consistit in actu Perfecto rationis, per se et essentialiter invenitur pulchritudo." (S.T. 11-11, q.180, a, 2, ad 3). No es poco decir y de ello debemos ufanarnos los filósofos.

Dejémoslo, pues, reposar, por ahora y por un tiempo diuturnísiino, como la belle au bois dormant, y sobre todo porque la cuestión anda hasta hoy a la greña entre los tomistas de mayor nombradía, en torno a la interpretación de los textos del santo sobre el pulchrum como trascendental del ente.

Con toda pertinencia observa Umberto Eco que el momento metafísico está lejos de agotar la problemática de lo bello en la estética tomista. Con no menor vigor que aquello acentúase la relación vital y concreta entre el hombre y la belleza sensible: hon delectatur in ipsa pulchritudine sensibilium (S.T. 1, 91, 3 ad 3). Máxima, a primera vista por lo menos, de corte objetivista, pero que ya san Agustín se había planteado dubitativamente: utrum ideo pulchra sint quia delectant, aut ideo delectent quia pulchra sunt. Es como la aporía del Eutifrón sobre si lo santo es santo porque agrada a los dioses, o por el contrario, agrada a los dioses por ser santo.

Ahora bien, la dubitación de que hablamos no ha podido re solverse satisfactoriamente hasta hoy, con respecto al texto tan fundamental en la estética tomista como el de que "son bellas las cosas que vistas agradan": pulchra enim dicuntur quae visa placent. Para ciertos tomistas, y de gran importancia por cierto, como De Munnynck, "Quod visum placet es la definición esencial de lo bello según santo Tomás", senz' altro, según comenta Eco, lo cual es abrir de par en par las puertas al subjetivismo. Quia visum, pulchruni, sin otra razón ni instancia, del mismo modo que una zafia labradora del Toboso se transforma, por obra de su enamorado, en un modelo de perfecta hermosura. Umberto Eco, por su parte, opónese abiertamente a este subjetivismo radical, alegando con toda razón que el visa placent debe completarse con otros textos igualmente respetables, como el de pulchrum in debita proportione consistit, o el otro tan fundamental que ad pulchritudinem tria requiruntur, todo lo cual, comenta Eco, parece postular explícitamente ciertas condiciones objetivas en la estructura ontológica de la belleza.

En lo que sí, por el contrario, parece haber hoy consenso general en la interpretación del texto que comentamos, es en la apertura del término visio, el cual no puede obviamente circunscribirse a la sola visión ocular, ya que de lo contrario no tendríamos la percepción estética de la música, por lo que debe haber, sit venia verbo, una visión auditiva (¿o no dejó escrito Claudel l'oeil écoute?) por ser el ojo y el oído, según dice santo Tomás, los dos sentidos que con mayor celo sirven a la razón: maxime rationi deservientes. Por todo lo cual, sigue diciendo el santo, el término visio, por su dignidad y certidumbre, puede extenderse a los demás sentidos, y puede aún ampliarse hasta el conocimiento intelectual, según leemos en el evangelio: "Bienaventurados los limpios de corazón, porque ellos verán a Dios" (Mat. 5). Para mayor claridad, copiaremos el texto original de la Suma teológica:

De aliquo nomine dupliciter convenit loqui; uno modo, secundum primam eius impositionem; alio modo secundum usum hominis. Sicut patet in nomine visionis quod primum impositum est ad significandum actum sensus visus; sed propter dignitatem et certitudinem huius sensus extensum est hoc nomen, secundum usum loquentium, ad omnem cognitionem aliorum sensuum... El ulterius etiam ad cognitionem intellectus, secundum illud Matth. 5: Beati mundo corde quoniam ipsi Deum videbunit (S. Th., 1, 67, 1 co.).

Tomemos nota, antes de seguir, que si Tomás extiende el término visio hasta la visión intelectual, es sólo por conformarse al texto evangélico de las bienaventuranzas, donde la felicidad paradisíaca se describe, a falta de otro término, como visión de Dios, cuando nadie sabe cómo será aquello, ni lo sabrán sino los favorecidos con la gracia de la salvación. La visio intellectualis, en el pasaje arriba transcrito, está estrictamente circunscrita a la situación indicada, la de los espíritus electos, y no es lícito, como advierte Eco, hacer los fantasiosos paralelos en que se extasían ciertos escolásticos, con la intuición bergsoniana o crociana (la intuición como expresión) o con la Wesenschau husserliana, e via dicendo.


Inicio del artículoAnteriorRegresosiguiente