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ESTUDIOS. filosofía-historia-letras
Verano 1988

De lo cristiano a lo moderno


Maravall prefiere, por eso, apoyar la construcción de la modernidad sobre los cimientos que quedaron tras la ruina de lo grecorromano Sin embargo, la edad media europea adquirió tintes cristianos desde su nacimiento. No fueron raras las utopías que a la zaga de la transfiguración (Mc 9, 5 y paral.) empezaron a buscar una continuidad entre la morada terrestre y la celeste. La convivencia con el poder romano había ido encontrando acomodo para justificar el bienestar terreno sin renunciar al celeste: la tesis de las dos ciudades avanza hacia un edificio en donde el brazo secular, la espada, está al servicio de la cruz conio la, filosofia del medievo será una "ancilla" de la teología. La iglesia está por encinia de los imperios, el papa, por encima de-todos:

El juez no será juzgado ni por el Augusto, ni por todo el clero, ni por los reyes, ni por el pueblo. La primera sede no será juzgada por nadie.[Nota 52]

En la edad media la ciudad secular queda, pues, sometida a una ciudad celeste representada omnímodamente por el papado. Esta convivencia, empero, no ahoga las tendencias escatologistas que ven en la ciudad secular las huellas del inundo viejo que debe dar paso al hombre nuevo: se construye una ciudad secular, Roma, que avance y se transforme también ella -a través de un permanente progreso- en la ciudad celeste. El mundo viejo no debe ser destruido sino transformado pues "es necesario, dice T. de Aquino, que todo pertenezca a un solo mundo".[Nota 53] El asunto, por tanto, del progreso y la modernización de la sociedad no es cuestión pura ni principalmente "cultural" sino "política". En el mismo cristianismo las imágenes del progreso son siempre políticas: las visiones de la historia de las "fuentes" del Pentateuco son formulaciones a la medida de situaciones políticas, las. imágenes de la "nueva Jerusalén", el "reino de Dios", la "parusia", etc., son imágenes políticas. El cambio radical que tiene lugar en la interpretación de las realidades temporales por la iglesia medieval es provocado por la convivencia de la jerarquía con el poder imperial. Las utopías como la de Moro, a las puertas del renacimiento, son, después de todo, intentos de afincar en la tierra la ciudad celeste del Apocalipsis de Crisóstomo y de Agustín entre muchos otros. Ya Oscar Cullmann demostró las repercuciones políticas de la terminología escatologista del Nuevo Testamento.[Nota 54]

En la alta edad media el orden político, pues, aparecerá como un intento de realizar en la tierra el "reino de Dios", categoría política de la teología de la historia neotestamentaria que arranca desde el grito veterotestamentario? "Yahweh es rey". Esta implantación del "reino de Dios en la tierra tiene las apariencias de una anakainosis; renovación que pretende reponer el orden originario quebrantado por el pecado. El vocablo "perfección" tan importante en la espiritualidad, se politiza. El orden político y el orden religioso, con sus respectivos simbolismos, se entrecruzan: mientras el cielo medieval es una especie de corte y el Cristo del arte románico lleva una corona imperial sobre su cabeza (es un Cristo Rey), el rey terreno es asumido como representante suyo a la vieja usanza del Yahweh rey veterotestamentario y la realeza israelita. La teología medieval había demostrado en efecto, la unidad substancial entre el orden natural y el sobrenatural. Así, Tomás de Aquino (1 q. 44 a. 3 in C.) podrá afirmar: "Dios es la causa primera ejemplar de todas las cosas". El pensamiento político de la alta edad media estaba, pues, dominado por la idea de renovación (anakainosis) mientras que la estructura lógica que lo sustenta responde a la tesis tomista de la causa ejemplar: el cielo es arquetipo de los reinos terrenales, la Jerusalén celeste es el modelo arquetípico de la nueva Jerusalén, la Jerusalén de la Tierra Nueva.[Nota 55]

El punto de arranque de esta visión cristiana de la historia es el imperio de Carloniagno. García-Pela[Nota 56]yo lo dice así:

El imperio de Carlomagno se construye ideológicamente bajo el arquetipo del Antiguo Testamento y de la Ciudad de Dios de San Agustín. El reino que verdaderamente se trató de restaurar es el reino bíblico, y la figura misma de Carlomagno se inspira en los reyes del Antiguo Testamento, teniendo -al menos en algunos momentos capitales- un fuerte acento mesiánico. Carlos es para las ideas del tiempo el "nuevo David". Su reino se extiende sobre el pueblo cristiano, es decir, sobre la,comunidad constituida y mantenida por la fe y que, ordenada en distintas iglesias bajo la dirección de la romana, forma una civitas construida, según la expresión de Alcuino, por la sangre de Cristo... En resumen, el imperio de Carlo-magno trata de convertir en realidad sociológica la idea de la ciudad de Dios peregrina en la tierra, formulada por San Agustín.

Están presentes, pues, en esta concepción político-religiosa las viejas tradiciones veterotestamentarias[Nota 57] y la concreción terrestre de la "Nueva Jerusalén" del Apocalipsis. El mecanismo es proporcionado por el llamado "agustinismo político" cuya idea de, la unidad substancial entre el orden natural y el sobrenatural es expresada por la imagen de un orden natural diluyéndose en el sobrenatural.

La iconografía de la época da cuenta de esta fusión ideológica. El pantocrator de las catedrales y templos es un Cristo rey, majestuoso -el rex tremendae magestatis, como la imagen del Santo volto en la catedral de Luca, siglo xi- representado con los atributos de la Soberanía.[Nota 58] Esta misma idea es expresada iconográficamente por el Christus imperator de Utreclit -hacia 832- coronado con todos los arreos imperiales. Esta iconografía coincide con la idea medieval de historia: un devenir sagrado que tiene su comienzo en la creación y su fin en el juicio final. Cristo está en medio, partiendo el tiempo: con él enipieza la última arte de la historia. Tanto la concepción de Otto de Freissing[Nota 59] como las visiones de Hildegarda de Bing[Nota 60]en coinciden en una historia que progresa hasta su plenitud: todas las visiones medievales de la historia perciben a Roma como el paradigma de la ciudad terrestre que consunia su transformación de la tierra entera en el reino de Cristo: la idea, pues, de la anakainosis (renovatio) guía toda la reflexión medieval en torno a la historia.

"Pero si Roma era el centro de la cristiandad, Jerusalén era el centro cósmico", dice García-Pelayo.[Nota 61] Esa es por ejemplo., la justificación de Urbano II a la Cruzada y esa es la idea que el célebre abad cistercience, Bernardo de Claraval proclama: ella es "la salvación de todas las naciones de la tierra"[Nota 62] pues allí se dará la conjunción del cielo con la tierra: Jerusalén, en efecto, aparece en los mapas del medievo -como los de Salustio (hacia 1110) y el de Ricardo de Holdingham (hacia 1280) en el centro geométrico del mundo.[Nota 63] La sociedad medieval vivía más de acuerdo con el concepto de comunidad. En la terminología de la época se le llamaba ecclesia, respublica christiana o christianitas., Se trataba, dice García-Pelayo, "de tiña sociedad sacramentalizada, puesto que se ingresaba en ella mediante el bautismo y se integraba permanentemente mediante la Eucaristía, de modo que los no bautizados o los excomulgados quedaban al margen de la sociedad".[Nota 64] Esta sociedad teocéntrica, cuyo Dios es el rex verus per saecula saeculorum, camina hacia el juicio final en que se enfrentará a un Cristo emperador con su corte, corno nos lo recuerda con frecuencia la iconografía de la época y, desde luego, el término parusia con que se designaba. La parusia es la entrada triunfal del emperador, con su séquito militar, a una ciudad.[Nota 65]La iglesia es, pues, unus Del populus unumgue regnum, a decir de Isidoro de Sevilla, mencionado sólo una vez por Maravall. Dentro de este esquema, el rey es vicario e imagen de Dios; tiene como función principal la defensa de la iglesia, la civitas Dei , promover la paz y la justicia y, desde luego, la fides, el vínculo político fundamental de la edad media: éstas son también las obligaciones de las órdenes de caballería. La vieja herencia bíblica ha evolucionado, pues, hasta estas esferas.

El anónimo de York. Toda esta concepción, en efecto, es expuesta en un texto del siglo xii conocido corno el Anónimo de. York:[Nota 66]Cristo es rey, antes que sacerdote, y su ministerio es el ejercicio del poder real, la iglesia es figura del reino celeste. Reyes y sacerdotes tienen la autoridad de Dios para gobernar la tierra, tienen el espíritu y la fuerza de Dios que los hace hombres distintos. Citaré una parte del texto, porque esta transformación que sufren reyes y sacerdotes por la inmisión del espíritu de Dios, es la transformación que se opera en la ciudad terrestre que progresa hasta convertirse en la ciudad de Dios:[Nota 67]

(Reyes y sacerdotes) al ser ungidos y recibir la bendición de Dios saltaba a ellos el espíritu del Señor y la fuerza deificadra, por la cual se transformaban en figura e imagen de Cristo y convertían en otros hombres, de modo que uno y otro venía a ser otro hombre en su persona y otro, también, por el espíritu y la fuerza de que era investido.

Esta teología política concibe a Cristo como Dios y hombre, sí, pero, a consecuencia de ello, como Verus et summus rex et sacerdos. Rex es¡, sed ex aeternitate divinitatis... Sacerdos vero est, ex assumptione humanitatis. El Anónimo de York, pues, asume la vieja concepción bíblica del "Yahweh es rey" y deriva de la encarnación -del hacerse hombre- el carácter sacerdotal: Cristo, pues, es prirnero rey que sacerdote. Este es el sentido que se da por entonces a la creación de la inquisición.[Nota 68]El anónimo de York coloca a Jerusalén en el centro del universo.

Poco a poco, empero, bajo la presión de la realidad política de la época, la concepción se va desplazando hacia la dualidad de sociedades: la sacralidad autónoma y el sagrado ministerio de la justicia. justificado el naturalismo político por la reciente escolástica -Tomás de Aquino, por ejemplo, sostenía la tesis de que el hombre es por naturaleza un ser socialse va asumiendo como natural la existencia de dos sociedades distintas: la humana y la cristiana. Con ello se camina hacia el estado laico pero, en todo caso, el estado moderno se formó ideológicamente no sólo mediante la traslación al reino de las notas atribuidas por el, derecho romano al imperio, sino también por la adopción por parte de la institución política de conceptos, imágenes, representaciones y sentimientos formados en torno a la institución eclesiástica, es decir, por la transferencia al reino terrestre de componentes del mundo ideológico del reino de Dios.[Nota 69]

Este es, en definitiva, el problema de Antiguos y modernos de Maravall. Rastrea una tradición coja. La otra pata, la de la tradición cristiana, la deja apenas entrever, de prisa. No sería dificil mostrar hasta dónde son deudores de esta tradición los testigos de Maravall. Por lo demás, ya desde Tomás Moro y Pico de la Mirándola se encuentran vestigios claros no sólo de una ciencia de lo terreno sino de un afán por la libertad individual aun en una sociedad tan organizada como la de Utopía[Nota 70] ese "manifiesto del humanismo". Utopía es la preconización no sólo de una "república nueva" sino de una sociedad nueva para un nuevo hombre a imagen y semejanza de los preconizados en las categorías paulinas de "libertad" y "hombre nuevo":

la reforma anunciada por Moro hace saltar las estructuras bajo la presión de la libertad; integra en una síntesis poderosa el espíritu, el corazón y el mundo exterior; y a pesar de los fracasos de la historia, reconcilia al hombre consigo mismo y con el universo.[Nota 71]

También Pico de la Mirándola en su De hominis dignitate plantea una epistemología humanista: "ninguna cosa más admirable que el hombre"[Nota 72] es su tesis articulada en imágenes bíblicas:

que el hombre es el intermediario de todas las criaturas, empare ntando con las superiores, rey de las inferiores, por la perspicacia de sus sentidos, por la penetración inquisitiva de su razón, por la luz de su inteligencia, intérprete de la naturaleza, cruce de la eternidad estable con el tiempo fluyente y (lo, que dicen los persas) cópula del mundo y como su himeneo, un poco inferior a los ángeles, en palabras de David (Salmo, 8,6).[Nota 73]

Hay pues,un desfasamiento en el pensamiento que tanto Moro como Pico de la Mirándola se esfuerzan por demostrar como cristiano y jutificar a la luz de la Biblia: el foco mira ahora a la ciudad terrena. Se entiende, Biblia en mano, que es con la transformación de la ciudad terrena como se puede llegar hasta la celeste: son las "obras" que acompañan a "fé" de la disputa protestante. Giordano Bruno lo dirá a su modo, unos años más tarde, en La cena de las cenizas, tan contraria a la concepción cristiano agustiniana de la época, donde retoma la vieja teoría del "resto" y a la par que Jansenio, su coetáneo hace descansar el progresó de la historia no en un caminar masivo sino en el avance de los excepcionales: "es más seguro buscar la verdad y lo conveniente fuera de la multitud, porque ésta jamás aportó nada digno y va lioso".[Nota 74]

Pero es quizás la Reforma protestante la que con más fuerza insistirá en la libertad del individuo, en su responsabilidad;[Nota 75] Es la época en que florece el empirismo, que recoge la verdad a partir de los individuos y es la época en que se formulan las pri meras teorías políticas democratistas a consecuencia de teorías filosóficas remontables a Tomás de Aquino: el poder reside, en el pueblo. Es, en suma, el énfasis en la responsabilidad humana:' hay que construir la ciudad terrestre y hacerla progresar porque en la medida en que ello suceda se irá transformando en la ciudad celeste. El recorrido de Maravall por la edad media -capítulo cuarto de la segunda parte- es ya una búsqueda de textos contrastivos en el ámbito, sobre todo, (le la literatura profana. Nuestro recorrido, en canibio parte de la convicción (le que el pensamiento occidental estuvo y está arraigado en la culturajildeo cristiana y que la "idea de progreso" y si¡ "noción previa (le herencia cultural" no son la excepción, sin que se nieguen elementos como: el descubrimiento (le "nuevas" tierras, la catástrofe del imperio romano que ve caer, con Constantinopla, no sólo su último reducto sino el sustento de las teorías políticas medievales, la consiguiente afluencia de textos griegos, lit imprenta, el descubrimiento de nuevas lenguas, etc. Estoy convencido (le que las teorías de la historia han sido engendradas por las crisis o bonanzas de los sistemas políticos y la búsqueda de nuevos liorizontes para el hombre no es tina excepción. La cultura resultante en el renacirniento muestra -conceptos, imágenes, y representaciones y sentimientos" forjados en las teologías de la historía del medievo cristiano y del universo bíblico. Por lo demás la idea de progreso germina en la entraña inisina de la espiritualidad cristiana entendida corno el desarrollo de la virtud en el comportamiento de los individuos: "el deseo de progreso es signo de satitificacióti"[Nota 76]dice el Diccionario del cristianismo, En el afán (le progreso, por lo demás, descansan todos los, monacatos ligados, como se sabe, a la tradición oriental[Nota 77] y la misma mística, corno lo evidencian las obras (le San Juan (le la Cruz o (le Santa Teresa de jesús, por ejemplo, es entendida corno un "camino de perfección".[Nota 78]

Durante la polémica con el protestantismo en torno al problema de la 'Justificación" lo que está en juego, de hecho, es el viejo modelo políticoreligioso de la "Nueva Jerusalén". La tesis protestante, resumida en la traducción de Lutero a Romanos, 3, 28 "sostenernos que el hombre es justificado sólo por la fe sin las obras de la ley"[Nota 79] plantea, en efecto una ciudad secular totalmente laica y libre, por tanto, de las constricciones religiosas típicas de los mo delos medievales. El cristiano, según la ética protestante, no tiene necesidad de asumir comportamientos marcados: la vida social del individuo sigue un camino independiente del problema de su fe personal.

La tesis católica se sintetiza en la fórmula "la fe y las obras": el justo debe orar el bien; con sus buenas obras merece la vida eterna.80[Nota 80] Esta doctrina formulada explícitamente por el Concilio de Trento y avalada por una amplia tradición contiene en germen la fusión de las dos, ciudades: construyendo la ciudad terrena el cristiano se construye una morada en el cielo.

En resumidas cuentas, pues, tanto el concepto de "herencia cultural" como la idea misma de "progreso" germinaron en una teología de la historia judeo-cristiana y atravesaron la edad media a lomos de una simbología que hinca sus raíces tanto en los conceptos de historia veterotestamentarios como en el escatologismo de la apocalíptica judeocristiana que tiene en la imagen de la "nueva Jerusalén" el paradigma de un progreso cósmico de la historia que avanza hacia su consumación "al final de los tiempos". Maravall hubiera hecho bien en rastrear esta línea del pensamiento occidental que no se detiene en el renacimiento sino que se reproduce en polémicas como la disputa jansenista, en el problema del iluminismo o en la contemporánea "teología de la liberación".


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