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ESTUDIOS. filosofía-historia-letras
Otoño 1988

1. ¿Cuál es el sentido de la filosofía?


No se trata de saber cuál es el sentido de la palabra filosofía, queriendo conocer lo que significa semánticamente hablando. Esto le interesa al filósofo y a otros hombres cuando plantean preguntas cuya intención es distinta de la que se encuentra por debajo de la cuestión que tratamos de examinar aquí. Los profesores que hablaron sobre este tema en la ocasión mencionada coincidieron en pensar que el sentido de la filosofía podía precisarse señalando la tarea que tenía que llevar a cabo en un momento determinado, que era para ellos el presente y el futuro más inmediato, sin dejar de tomar en cuenta, por supuesto, lo que se había hecho hasta la fecha. El sentido, como tarea, quedó precisado de este modo: 1. Pensar con mayor rigor y precisión para hacer de la filosofía una mejor arma ideológica, es decir, un "instrumento de acción para enfrentarse a una determinada realidad social, política y cultural", creando sistemas originales, que en el pasado no pudieron hacerse por falta de tiempo (Zea); 2. Lograr mayor profesionalismo -rigor técnico- para renunciar completamente a la filosofía como "expresión histórica del pueblo" --"con sabor local"- para acercarse más a una reflexión científica y alejarse cada vez más de la "simple" ideología y de las concepciones personales del mundo y de la vida (Villoro); 3. Distinguir entre la filosofía y no-filosofía a través de un "esfuerzo de tecnificación" -entendido como vigilancia (arma crítica) de la pulcritud lógica de las proposiciones-, en afinidad con dos movimientos filosóficos que no tuvieron "éxito histórico": el positivismo y el neokantismo, para abandonar la filosofía como cosmovisión (Rossi); 4. Fundar la filosofía -como reflexión práctica o praxis cuya validez "descansa en el grado de objetividad que recoja o formule"- en los resultados del desarrollo científico, y a la vez beneficiar a la ciencia por medio de sus generalizaciones (Balcárcel), y finalmente, 5. Trabajar con rigor metódico los dos tipos de problemas filosóficos básicos (los incluidos en las filosofías europeas importadas, que habría que enfrentar con afán de verdad en lugar de afán de originalidad, y los que surgen del transplante de esas filosofías al medio cultural mexicano), comprendiendo, con la ayuda del historicismo, que cuando las circunstancias acosan a los pensadores las ideas -vinculadas siempre a las circunstancias- producen una "filosofía como ideología", "destinada a ponerse en práctica", cuidando que tales idease formulen de tal modo que sean "visibles para la acción" (Villegas).

Las tareas así fijadas para la filosofía (cuando ésta se autodenomina positivismo lógico y filosofía analítica, marxismo e historicismo) podrían sugerirnos que el sentido de la filosofía es, precisamente, el que ella establece para sí misma como quehacer en una situación histórica determinada. La filosofía no tendría, entonces, un sentido in dependiente de las circunstancias, éstas serían el punto obligado de referencia, lo cual implicaría una concepción particular del para qué de la filosofía o, en cada caso, la creación de un para qué apropiado a tales circunstancias, en función de los intereses propios de los filósofos que actúan en ellas, o en relación con lo que en ellas la comunidad les exige.

Esto parece convincente. Pero ¿no significaría una concentración excesiva en el presente, en el que se perdería de vista la conexión de sentido histórico que necesariamente existe entre el pasado y el futuro? ¿Qué es lo que del pasado se podría rescatar para el sentido actual de la filosofía? ¿Qué es lo que se podría legar para el filosofar del futuro? Planteamos estas cuestiones porque ya han pasado muchos años desde que era presente aquel momento histórico de la filosofía y presumiblemente las circunstancias han cambiado. Y aunque no hubieran cambiado. Tal vez ya no sea necesario poner la filosofía al servicio de los intereses ideológicos, con la urgencia de aplicación que puede impedir que el pensamiento piense las cosas de tal modo que te sea posible alcanzar unas verdades objetivas acerca de ellas. Quizá la tarea inmediata ya no sea la de superar a las concepciones del mundo (que siempre habrá que superar para evitar que la filosofía sea sólo expresión de puntos de vista subjetivos) sustituyéndolas por análisis lógicos del lenguaje. Posiblemente no sea ya una buena idea reducir la filosofía a la vigilancia de la pulcritud lógica de los enunciados y sea necesario producir proposiciones verdaderas acerca de problemas auténticamente filosóficos. A lo mejor la filosofía no puede llevarse a cabo como reflexión práctica sino en el sentido de una reflexión acerca de lo práctico que no puede atender las "razones" de lo práctico porque desea encontrar verdaderas razones. Puede ser que al formular las ideas filosóficas para que sean viables para la acción tengamos que renunciar a la representación fidedigna de la realidad que queremos obtener a través de ellas, tanto de las "cosas prácticas" como de las que parece que no tienen "sentido práctico".

Ninguna de las tareas que queramos fijar para la filosofía puede justificadamente hacer a un lado la búsqueda de la verdad. Esas direcciones teóricas de la filosofía que mencionamos, y las que ahora estemos dispuestos a compartir, no pueden alterar el sentido de la tarea permanente de la actividad filosófica en el mundo: la búsqueda de la verdad.

Ese sentido constituye la dirección permanente y constante de las faenas teóricas de los filósofos, cualesquiera que sean las circunstancias históricas e independientemente de los compromisos políticos que la vida en sociedad exige a todos los miembros de la comunidad, y que éstos han de cumplir, en lucha creciente y continuar la adquisición y el mantenimiento de la justicia y la libertad inherentes a un mundo democrático.

Esto no quiere decir que la filosofía recae en una posición anterior a la del surgimiento de la conciencia de su propia historicidad. La verdad ciertamente no puede concebirse ya como una relación intemporal que puede establecerse independientemente de las situaciones concretas de los hombres, individuos y pueblos. Pero la relación temporal que la búsqueda de la verdad y su descubrimiento mantienen con las situaciones concretas, no determinan a priori e ineluctablemente el carácter de verdaderos (cuando efectivamente lo son) de los conocimientos que pueda alcanzar la investigación filosófica. Y cuando esos conocimientos resultan falsos o improbables, tampoco lo son necesariamente por su vinculación inevitable con circunstancias históricas concretas. Nada de la que produce el ser humano queda desvinculado de un aquí y un ahora. Pero esta pareja de coordenadas no garantiza por sí misma ni la verdad ni la falsedad de las proposiciones en las que se formulan los resultados de los conocimientos filosóficos o científicos.

Si la verdad no fuera posible, su búsqueda carecería de sentido y entonces la filosofía, como la ciencia, tendría que dedicarse a otros menesteres, pues como tales no tendrían ningún sentido, ni efímero ni permanente. Pero siempre ha habido y seguirá habiendo quienes se ocupen de ésos y otros menesteres que, sean lo que fueren, no tienen por qué ser menos dignos, valiosos, urgentes y necesarios para la existencia humana que la actividad filosófica. Incluso bastaría con que una sola de las direcciones teóricas de la ciencia o de la filosofía demostrara que la verdad es imposible, para que a través de ella tuviéramos un paradigma de la verdad que iluminara la actividad de la comunidad de los buscadores de la verdad, formada por filósofos y científicos. Evidentemente, la superación de las dificultades aparentes y reales que acompañan el tema de la verdad como sentido principal del filosofar, desbordan el límite impuesto a estas notas sobre la cuestión del sentido actual de la filosofía Pero si la filosofía, como la ciencia, no puede ser otra cosa que búsqueda de la verdad, y pudiera demostrarse que la verdad no sirve para la existencia humana, habría que olvidarse de ella para siempre,


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