©ITAM Derechos Reservados.
La reproducción total o parcial de este artículo se podrá hacer si el ITAM otorga la autorización previamente por escrito.

ESTUDIOS. filosofía-historia-letras
Otoño 1988

CUANDO LOS POETAS COGIERON EL FUSIL*

Author: María Antonieta Macciocchi


* Texto presentado en el Congreso Internacional de Intelectuales y Artistas, celebrado en Valencia del 15 al 20 de junio de 1987.

Mientras esbozaba esta intervención, la memoria me arrastró en medio del vado de una historia recentísima. Me encontraba en Madrid, coincidiendo con el 50 aniversario de la guerra civil, matanza fratricida que duró dos años y 254 días. La prensa española, como la mundial, desbordaba abundantes evocaciones. La historia intelectual que sirve de telón de fondo a esa guerra volvía a aflorar del silencio al que la habían confinado los actuales historiadores de la Europa del siglo XX, debido a no sé qué mala conciencia. Quizás fuera difícil encasillarla en el ajedrez de los acontecimientos traumáticos. O quizás fuera el símbolo más vistoso de la derrota del compromiso intelectual que trajo a Madrid y a Barcelona a unos fascinados escritores, llegados de Londres, de Nueva York, de París, bajo el signo del antifascismo. Como escribe Stephen Spender: "España brindaba al siglo XX un segundo 1848. Resultó posible ver la lucha entre fascismo y antifascismo como un conflicto real de ideas, y no sólo como peripecia de unos dictadores que arrebatan el poder a la oposición". Por Madrid, aparecieron, con las Brigadas Internacionales, poetas y novelistas como Hemingway, Malraux, Orwell, Auden, pensadores como Simone Weil, Bernanos, Julian Bell y Saint-Exupéry, y el ruso Ilya Ehrenburg... Era su guerra, poet's war, para "mirar con rayos X las mentiras de la sociedad" como escribió Julian Bell, el jovencísimo sobrino de Virginia Woolf. No sé en qué medida eran románticos -como lo habían sido Shelley y Byron, en busca de un fin para su propia existencia en Grecia y en Italia- estos clérigos de la cruzada antifascista española que recorrían a tumba abierta un viaje que los conducía derechos al infierno de la guerra. Sé que nos han dejado grandes novelas, como la luminosa Por quién doblan las campanas, la inquietante Los grandes cementerios bajo la Luna, La esperanza, el Homenaje a Cataluña. Bien pensado, se explica uno porqué tantos de los libros dedicados a España llevaban siempre en su meollo el signo del conflicto y de la pena: El laberinto español de Gerald Brenan, el Diálogo entre muertos, de Koestler, España en el corazón, de Pablo Neruda. Cuarenta años después, aquí en Valencia, se recompone el panorama cultural de aquella época, única en España, bajo el signo incandescente del compromiso intelectual, un signo claro, distinto de todos los ringorrangos de los horóscopos que conocemos sobre el futuro de la cultura europea, sobre la cual siempre nos interrogamos. No es comparable, por las fuerzas espirituales y morales que aquí se derrocharon, con ninguna otra milicia de la intelligentsia. Un pensador que participó en la guerra con la "Columna Rosselli", Aldo Garosci, escribía que en el origen de tan gran fenómeno estuvo "el relámpago que despierta en la noche a quienes hasta entonces habían dormido tranquilamente... la grandeza que el suelo español parece conferir a cualquier, conflicto y los lazos que la generación del 27 y los grandes supervivientes del 98 (como Ortega y Gasset o Unamuno) tenían con la intelligentsia de todo el mundo, que hicieron de ella no sólo la crisis de multitudes sino la de una o varias generaciones de intelectuales".[Nota 1]

He vuelto a recorrer como he podido aquel viaje de intelectuales para desvelar sus silencios, aunque a menudo se trate de cosas sabidas. Regresé a donde se alzaba, colgado en los recuerdos de mis lecturas, aquel Hotel Florida, pero no lo he encontrado. Destruido por el tiempo, en su emplazamiento hay un edificio insignificante. Trataba de imaginármelo como en la época en que Hemingway pergeñaba el argumento de Por quién doblan las campanas. A él le gustaba la España de los toreros, bebía vino y whisky a gollete, pero también invitaba tragos a sus amigos. Iba a menudo al frente, y metía con coraje la cabeza en el infierno del Ebro. Y en Madrid, después de Guadalajara, enseñaba a los despistados reclutas de Extremadura y Andalucía a limpiar y a cargar el fusil. También tenía su base en el Florida Ma1raux, ya famoso en Francia y en todo el mundo, quien pilotaba los aviones armados con ametralladoras que compraba a Francia por cuenta del gobierno español. Como narrará en L'Espoir, él mismo participaba en las misiones de guerra y en las incursiones aéreas. Igual que el generoso poeta aviador Saint-Exupéry, que desaparecerá en misión de guerra en 1944.

Paraba en el Florida la cuadrilla de corresponsales de guerra capitaneada por Herbert Mathews, cuyos escuetos relatos para el New York Times constituyen aún hoy un documento de gran periodismo. Ehrenburg había entablado amistad con el anarquista Durruti, a quien Magnus Enzensberger, uno de los pocos intelectuales europeos que no ha perdido la memoria española, dedicará en 1975 un libro, poético e inquietante, con un título hermosísimo: El breve verano de la anarquía. Vida y muerte de Buenaventura Durruti . A fuerza de fantasía logró imaginar aquel caótico Florida como un Parnaso guerrero. Céline se burla de ellos en Bagatelle pour un massacre: "Ridícula guerra, de todas formas, una guerra en la que los escritores van y vienen... pequeños vividores, pequeños sádicos del acontecimiento". Para nosotros, en cambio, estos escritores asoman sus míticos rostros en cien fotos, yendo y viniendo entre la ciudad hambrienta y el frente, vestidos de forma caprichosa, terciado el gorrillo militar y con el pistolón al cinto. Y el alba los hallaba escribiendo. Entre los españoles no eran "extranjeros", como escribe Rafael Alberti, porque "su empeño quería decir que no estábamos solos". Aunque no tuvieran esperanzas de ganar la guerra, como Orwell, que hablaba de soldados sin cascos ni bayoneta y provistos a lo sumo de un máuser alemán de 1896, y se preguntaba: "¿Cómo un ejército de ese tipo podía ganar una guerra?". El brigadista republicano Orwell, que está luchando en el frente de Cataluña, el herido en Huesca por una bala que le atraviesa el cuello. "Soy muy mal tirador con un fusil -escribe sin vanagloria y con ironía-. Pero era bastante divertido, los franquistas no sabían de dónde venían los tiros y yo estaba seguro de que tarde o temprano daría en el blanco... y sin embargo fue un tirador franquista quien me acertó a mí".

Paso la mañana madrileña en el Parque del Retiro, entre la muchedumbre dominguera, reflexionando sobre la historia vieja y nueva de España. Se estaba organizando un congreso de intelectuales sobre el espacio cultural europeo y quería recordarme a mí misma cuántos congresos de la cultura habían vivido ya España y Europa. Todo comienza en junio de 1935, con el Congreso Internacional de Escritores en el que participan Aragón y Gide, en apoyo al Frente Popular y cuyo escenario es la Mutualité, en el corazón de París. Allí nació la Asociación Internacional de Escritores. Unos meses después, nuevas reuniones en París y más tarde en Londres. Y un Manifiesto para pedir que el II Congreso de Intelectuales se celebre en Madrid. Pero el gobierno republicano ya se habla replegado hacia Valencia, convertida en capital de guerra. No puede dejar de sorprendernos la enorme participación en el congreso de Valencia: llegaron doscientos escritores de 28 países, entre ellos Dos Passos, Richard Bloch, Anna Seghers, Laszlo Rayk (amén de todos los que ya andaban por allí). Faltaba Aragón, pero estaba en cambio Julien Benda, grandioso espíritu europeo, quien -polemizando con Mauriac, que había pedido a Blum que no ayudase a España, donde estaba "la internacional del odio"-, declaraba que el intelectual estaba perfectamente en su lugar, cumplía con su papel, "abandonando su torre de marfil para defender contra los bárbaros el derecho a la justicia y a la cultura". El Congreso, bajo el fuego de los bombardeos de Valencia, se desplaza a Madrid, donde se reunió del 6 al 8 de julio. No me resisto a transcribir un fragmento de crónica, que refleja el clima de aquellas sesiones: "A la hora de la cena, cuando los franquistas disparaban cañonazos, los delegados se levantaban para entonar, con música de una canción de Lorca, el estribillo: Madrid qué bien resistes, mamita mía, los bombardeos. La sesión de clausura se celebró en París, como es sabido, diez días después, el 17 de julio, en la Mutualité. André Gide había desaparecido, por la violencia de los ataques comunistas tras la publicación de su libro sobre el viaje a la URSS. Imperaba en cambio Aragón, a quien Koestler atacó por no haber participado ni un solo día en la guerra de España (al igual que había brillado por su ausencia en el congreso valenciano). Aragón se justificó alegando problemas de salud y familiares. Y se limitó a un alado discurso en el que pedía a los escritores que "adoptasen el sencillo lenguaje del obrero" para convertirse en "ingenieros de almas..."

En mí peregrinar por los senderos del Retiro, entre una muchedumbre variopinta y alegre, noto que toda esta historia de la guerra civil queda ya lejos. Sé que el 70 por ciento de la población nació después del conflicto, con todas las ganas de volver la espalda al pasado y zambullirse en el presente, que a menudo asume la forma del cuerno de la abundancia, por lo menos alimenticia. Los restaurantes están de bote en bote. Es un espectáculo que siempre me admira. Los españoles desconocen nuestras angustias de sacios, siempre temerosos de engordar y atiborrados de píldoras adelgazantes. Mi ayudante, la frágil Carmen de flequillo de seda sobre unos ojos límpidos de gitana, puede engullir dos kilos de comida y seguir flaca como una sílfide. José, que asea las oficinas, con quien he intimado, me brinda su modesta respuesta para esa avidez de comida, de una forma sencilla e inolvidable. Los platos gigantescos, la fantasía de las viandas, el rezagarse alrededor de los manteles, encuentran una explicación en el pasado reciente. José me habla de su hambre de niño, alimentado con lentejas y patatas. Nunca carne ni pescado, a lo mejor una vez por Navidad. En Madrid, durante la guerra civil, anota Hugh Thomas en su historia, más de medio millón de personas vivían con 60 gramos de lentejas al día, o de judías o de arroz, más una ración de bacalao de vez en cuando; sin agua ni luz, destrozada por los bombardeos, pero sobre todo hambrienta, la ciudad se rindió. Era en marzo de 1939... Los fascistas empezaron entonces a fusilar. Los pelotones de ejecución mataban a cien republicanos diarios durante el "año de la victoria franquista", según el testimonio del periodista inglés Phillips, capturado por los nacionalistas. Ciano escribía, en sus informes diplomáticos, que había entre 200 y 250 fusilamientos al día, sólo en la ciudad de Madrid.

La España que entra en la Europa de la Comunidad está simbolizada por los que los franceses llaman Manger à sa faim ("comer hasta hartarse"). Orgullosa divisa. El signo zodiacal de la desesperación de los poetas después del 39 está ahora borrado. Difícilmente se logra pensar en ello en la perfecta limpidez y serenidad del aire de este domingo madrileño que el otoño inminente suaviza. Me mezclo en la cola que espera para ver el Guernica, hundido en el fondo de una urna de vidrio entre paredes antiproyectiles, como si la guerra continuase aún, en cierto sentido. Allí advierto el mensaje de Picasso, también como respuesta a los interrogantes que me he planteado sobre la intelligentsia del 36; proviene de esa parte del collage que forma el caballo enloquecido: papel impreso que no es materia pobre, páginas de periódicos, de libros, de poemas, desgarrado también por la misma furia HOMICIDA que hace girones los cuerpos, trastos inútiles... El bombardeo aéreo de Guernica fue realizado por los alemanes el 26 de abril de 1937, pero José me cuenta que a menudo los niños aprendían en la escuela la mentira oficial del franquismo: el bombardeo había sido llevado a cabo ferozmente por "comunistas intelectuales". intelligentsia como papel de estraza es el desprecio, el odio que se expresa en el grito del fascismo contra los intelectuales europeos, "¡Viva la muerte!". Lo aulló por primera vez el general franquista Millán Astray, en el paraninfo de la Universidad de Salamanca contra Unamuno, entonces rector de la universidad. En el archivo universitario salmantino, a donde acudo en respetuosa visita a causa de cuanto sobre la historia de Europa se acumula allí dentro, encuentro el relato de ese dramático enfrentamiento entre el militar y el filósofo. Leo las frases que le respondió el mayor hombre de cultura de la España moderna. "Pero ahora acabo de oir un grito necrófilo e insensato: 'Viva la muerte'..." El general franquista que había apelado al fascismo como saneador de España interrumpió de nuevo a Unamuno con otro de sus eslóganes que luego pasaría a Goebbels: "¡Abajo la inteligencia!" Unamuno prosiguió, casi sereno y como presagiando el futuro: "Este es el templo de la inteligencia. Yo soy su sumo sacerdote. Estáis profanando su sagrado recinto. Venceréis porque tenéis sobrada fuerza bruta. Pero no convenceréis. Para convencer hay que persuadir. Y para persuadir necesitaríais algo que os falta: razón y derecho en la lucha... He dicho". Unamuno, condenado a arresto domiciliario, murió de infarto el 31 de diciembre de 1936. Su interés por el nacionalismo había sido de breve duración, al contrario de lo que se ha dicho, nacido sólo de su exasperación por haber sido desterrado por Primo de Rivera. En verdad Unamuno, reflejo límpido de la cultura española, había intuido el derrumbamiento de los valores que tan encarnizadamente había defendido en su principal obra: Del sentimiento trágico de la vida.

Por las calles de Madrid, mientras reconstruyo esa época, me pregunto por qué no se exalta también esta parte de la identidad europea de España cuando Europa se hace España. O España vuelve a hacerse Europa. Pero hay un equívoco: se cree que la identidad es achatamiento, cultura a ciclostil para todos, chata convergencia, mescolanza informe de raíces intelectuales, de patrimonios artísticos, de civilizaciones distintas. Quizá la solución esté en reflexionar sobre el libre pasado de la cultura europea, hasta reconquistar el luminoso espíritu del medievo, cuando clérigos o teólogos defensores de doctrinas opuestas trataban de entenderse entre sí, hablando árabe, griego y por último latín, para comunicar la parte más valiosa de su patrimonio cultural, en Córdoba, en Sevilla, en Toledo, en Salamanca... O con la Ilustración, que se identificaba con las Luces del arte, de la ciencias, del conocimiento, para predicar la tolerancia, civil y religiosa, de forma que Chabod afirma en su Historia de Europa que "el sentir europeo es de claro cuño ilustrado". ¿Y entonces? Esta apresurada reflexión sobre las cosas de España me confirma que, enredados en las mallas inextricables de las facciones políticas de aquella guerra civil, los intelectuales, incluso los más libres, fueron a veces un instrumento, un oropel, un pretexto o un megáfono propagandístico, destinados a servir otras "causas" y no la suya. Así, la derrota político- miltar, la humillación de toda la intelligentsia europea. "Pero ¿qué importancia tienen los intelectuales?", me interpeló alguna vez Braudel. "Los maquinistas que conducen el tren son siempre otros; los intelectuales no tienen poder". Bernanos, que proclamaba con orgullo "Yo soy un escritor católico", se percató de que las dos facciones que luchaban en España adolecían de las mismas taras: "Los carniceros de la pretendida cruzada española que vi en acción en Mallorca padecían la misma enfermedad que sus adversarios. Su fanatismo no era sino impotencia para creer en algo con corazón sincero. En vez de pedir a Dios la fe que les faltaba, los individuos de ese estilo han preferido siempre vengarse... No, la opinión que justificó y enalteció la farsa sanguinaria del franquismo no era nada exaltada. Era, por el contrario, vil y servil, Empañada en una aventura abominable, con los obispos, los sacerdotes, comunión de imbéciles; para salir de eso sólo habría tenido que rendir homenaje a la verdad. Pero la verdad in fundía más miedo que el crimen." [Nota 2]

La angélica cólera de Bernanos vale aún para los que andan pidiendo ahora la palma del martirio para aquellos sacerdotes lamentablemente asesinados pero tan carentes por su parte de verdad como los propios sicarios. El mismo lema de verdad que impulsa a Bernanos guía a Simone Weil, otra voz profética, pensadora de inspiración anarquista que había luchado a su vez en España con los republicanos, al denunciar los crímenes del ejército republicano, tan manchado de desprecio al hombre como los franquistas.

Simone Weil, cuando lee Los grandes cementerios bajo la Luna, escrito en la plomiza paz de Mallorca, no se resiste a denunciar su terrible verdad en una carta a Bernanos: "Desde la infancia --escribe- mis simpatías se han dirigido a los grupos que se presentaban como defensores de las capas más despreciadas de la jerarquía social, hasta que he comprendido que esos grupos son de tal índole que no merecen ninguna simpatía. Nada de lo que es cristiano me ha sido nunca ajeno. Usted es monárquico, discípulo de Drumont. ¿Qué me importa? Estoy más cerca de usted que de mis compañeros de las milicias de Aragón, de aquellos compañeros a los que quería. Lo que usted dice del nacionalismo de la guerra y de la política exterior francesa después de la guerra me ha emocionado". Estas dos voces procedentes de polos opuestos del firmamento intelectual de la "guerra de los poetas" demuestran que el punto de encuentro está en lo verdadero del diálogo entre intelectuales, cuando el pensamiento está filtrado por la pureza de un ideal contra un falso sistema de valores, basado en la impostura, como definió Bernanos la contracivilización que esté en su origen. [Nota 3] Entre esas voces de verdad oigo ahora la de Orwell, que se interroga sobre la validez de tantas divisiones también en la izquierda española, separada por "una epidemia de iniciales", la UGT, el POUM y los anarquistas de la FAI y de la CNT. Tras esta selva de siglas está el choque de facciones políticas que durante tres años, pese a compartir el objetivo común de vencer al fascismo se partían la crisma entre sí para garantizar la supremacía de unos sobre otros. Ganar la guerra y hacer la revolución proletaria, querían los troskistas. Colaborar con todos los demócratas pedía el Frente Popular, aunque se contradijera en su actuación. Para la Comintern y los rusos, alojados en el Hotel Gailord de Madrid, está además la obediencia a la orden de Stalin: hay que discriminar, eliminar y marginar a los trosco-fascistas (sobre todo después de la ofensiva triunfal de Cataluña). La conveniencia de un designio político tan cínico se encierra en una frase de archivo secreto: "Conseguir que los republicanos ganasen la guerra de España exigiría tantos hombres y tantos medios que inevitablemente se correría el riesgo de una guerra mundial". Pero son experiencias, más que frases, las que inspiraron a Orwell, a su regreso a Inglaterra, para escribir Rebelión en la granja y 1984. El genio de Orwell marca el final de una de las más fulgurantes ilusiones europeas. Estalla la barquilla celeste de los poetas que querían tocar el paraíso dantesco. La balsa de Medusa acoge a los prófugos de la libertad.

En Granada, en un paraje llamado Fuentegrande, contemplo el olivo al pie del cual se dice que está enterrado García Lorca, asesinado por los fascistas. Me parece encontrar bajo este árbol, en la simbólica muerte del máximo poeta, hecha pedazos aquella ilusión lírica de la que he hablado. Se pulverizó entonces la fantástica floración artística española, comparable para muchos con el Siglo de Oro, yació tras el alambre de espino de la dictadura, España se hundió en el "pantano franquista" -la guerra civil había comenzado con el lema feroz de "Viva la muerte, abajo la inteligencia", en el aislamiento cultural que se romperá definitivamente casi cuarenta años después, con el retorno de España a Europa y de Europa a España. Discúlpeseme la involuntaria suficiencia, la referencia a un empeño personal, si anoto aquí con este estado de ánimo, el del triunfo aunque fuera póstumo, de Europa sobre el fascismo. Puse manos a la obra en 1985 para preparar, aunque fuera con lagunas e improvisaciones, el encuentro-reconciliación entre intelectuales europeos y españoles, en un congreso que se titulaba "El espacio cultural europeo". Cuando se encendieron las arañas, en el paraninfo de la Universidad Complutense que albergaba el Congreso (había sido construido por los jesuitas en el siglo XVII), todos advertimos, y ya no yo sola, que, gracias a un histórico vuelco, España se presentaba -ignara de las cien cumbres europeas fallidas, de los frenéticos maratones agrícolas, de los esfuerzos inanes de los políticos para unir a Europa- como tina fuerza joven y activa. España ejercía ese coup de charme, esa seducción, cuya necesidad percibíamos muy agudamente para la sociedad cultural europea, en periódica crisis de valores, y de inspiración. La ilusión lírica de cuarenta años antes no había sido inútil y la utopía generosa del compromiso intelectual sin el cual Europa no podrá existir jamás renace de las cenizas del pasado aquí en Valencia.


Inicio del artículoRegreso