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ESTUDIOS. filosofía-historia-letras
Otoño 1988

II. El marco estructural


Siguiendo fundamentalmente a Arturo Warman, tenemos que la agresión estructural al campesino de Morelos traza sus inicios muy temprano, antes de 1550, cuando el territorio del actual Estado había sido repartido en encomiendas (esto es, el derecho a cobrar tributos de vasallaje y retener una comisión), invariablemente a ellas se añadieron las mercedes reales que otorgaban el disfrute de una superficie territorial como propiedad plena, donde el encomendero podía usar el trabajo indígena en una unidad productiva en beneficio propio. [Nota 8] Es de notar que también el agua se mercedó con largueza.

Las donaciones originales de tierras y aguas crecieron casi ininterrumpidamente durante toda la época colonial mediante las composiciones en que las propiedades de los españoles disfrutaron la legalización de situaciones de hecho en que éstas habían dilatado sus límites.

Otro mecanismo de apropiación territorial fue el juicio de amparo en los casos de conflicto con los pueblos. De esta manera, y junto con la merced, la composición, la compraventa y el traspaso, se favoreció la acumulación territorial. [Nota 9]

En 1567, el Marqués de Falces, Virrey de la Nueva España, creó el fundo legal de los pueblos, un cuadro de mil varas por lado que tenía en su centro la iglesia del poblado, y prohibió que se hicieran mercedes a españoles a cierta distancia de su límite. En 1687 una orden real modificó el fundo legal y concedió a las comunidades 600 varas desde las últimas casas del poblado; como iba en contra de los intereses de propietarios españoles, esta orden se modificó ocho años después, dejando las 600 varas per o medidas desde la iglesia del pueblo. Con medidas como éstas se frenó, aunque no se detuvo, el ritmo del despojo territorial y se dio a los indios la oportunidad de pelear legalmente con base en títulos jurídicos que los declaraban dueños de la tierra pero, al fin y al cabo, "la historia de la lucha (no es sino) la historia del despojo". [Nota 10] Incluso los pueblos dotados con mercedes reales, como Tepalcingo, fueron despojados.

El avance hacendario durante los siglos XVI y XVII se vio favorecido por el descenso poblacional de los indígenas. Hacia finales del siglo XVIII, los pueblos ya habían sido circunscritos con más o menos rigor a sus fundos legales, pero era precisamente entonces cuando tenían que soportar una población en proceso de recuperación. Por contraste, las mercedes otorgadas a los españoles, originalmente ocho veces mayores que el fundo legal, habían crecido regular y sistemáticamente y se habían concentrado en menos manos. [Nota 11]

A la limitación territorial se aunaba el despojo de aguas y de las mejores tierras. Con esto inevitablemente se afectó el de por sí bajo nivel de subsistencia india, que se vio ante la imposibilidad de incrementar la intensidad del cultivo dada la mala calidad de las tierras, y la restricción cada vez mayor para poder optar por el cultivo extensivo, pues ya no tenía superficie suficiente para ello. De esta manera, el indígena se ve obligado a vender su fuerza de trabajo, lo cual, en opinión de Warman, hizo que perdiera rigor y eventualmente desapareciera el reparto laboral obligatorio. [Nota 12]

La presión sobre la tierra, a la par que creó una oferta de trabajo por parte de los comuneros, también se abocó a una mayor demanda de territorio, con lo cual se incrementó la aparcería, que resultaba ventajosa al empresario por dos razones: le daba un ingreso por sus tierras ociosas y también arraigo permanente de mano de obra en su propiedad, misma que "le debía gratitud y obediencia". [Nota 13]

Entre otras circunstancias, la estabilidad de los precios -relativamente altos- del azúcar durante la mayor parte del siglo XVII, hacía muy atractiva la inversión en los ingenios, aunque las presiones de un mercado muy competitivo que demandaba gran capacidad financiera favoreció la concentración de la producción en unas pocas explotaciones de mayor eficiencia; en este proceso de concentración, la transmisión de la propiedad por compraventa se hizo típica. En el siglo XVIII, la hacienda se consolida como una gran unidad económica; la tendencia a la concentración en gigantescas empresas (los ingenios aceleran su apropiación de haciendas pequeñas que no pudieron resistir la competencia) se hizo más patente. La dinámica propia de esta institución empresarial que se va consolidando se traduce en un crecimiento constante de la superficie de caña, con el consiguiente acaparamiento de tierras de los pueblos y, sobre todo, de sus aguas, esto último a costa de la aridez de la región y en ocasiones del completo desalojo a las comunidades.

A principios del siglo XVIII, el sistema de trabajo (sobre todo corno resultado de contratos de abasto de mano de obra celebrados entre gobernadores o principales de los poblados indios y hacendados, esto más que nada a partir de la ley de 1599 que señalaba a los indios la prohibición de trabajar en los ingenios, y el trabajo no ya forzoso sino voluntario en los cañaverales, lo cual, por supuesto, no se cumplió), se vino abajo y las haciendas tuvieron que negociar con capitanes en cuadrillas de trabajadores libres (en la acepción liberal) a los que se pagaba personalmente. [Nota 14]

Sin embargo, los hacendados se quejaron siempre de la irregularidad e inconstancia de tales trabajadores y esto fue, tal vez, según sugiere Warman, "... la motivación más importante para la última y definitiva expansión territorial de las haciendas en el oriente de Morelos, que expropiaron enormes superficies que no podían ni tenían la intención de trabajar". [Nota 15]

Por otra parte, la aparcería arraigaba una fuerza de trabajo que inevitablemente bajaba el precio de los salarios. Es desde entonces (siglo XVIII), que los hacendados se resistieron a pagar a sus trabajadores salarios suficientes, y esto va a ser una de las causas, junto con la motivación fundamental de la tradicional lucha por las tierras, de los movimientos y revueltas que se dan en la región. [Nota 16]

La apropiación por la fuerza de las tierras de los pueblos, proceso acelerado durante el siglo XVIII se vio favorecido por el hecho de que sólo los pueblos grandes (de más de cuatro mil personas para la región de Morelos) podían convertirse en cabeceras municipales; y sólo las cabeceras tenían título sobre la tierra comunal; esto significa que los derechos de los pequeños asentamientos sobre la tierra comunal existían ahora meramente como concesión del concejo municipal. En Morelos, las 94 cabeceras del año 1800 se convirtieron en 22 municipalidades después de la Independencia. [Nota 17]

El despojo territorial de los pueblos estaba ya muy avanzado al finalizar la época colonial, los recursos territoriales y de agua de los pueblos eran muy limitados, demasiado estrechos para absorber un crecimiento demográfico constante. Pero el despojo no se detuvo en el siglo XIX, sino que, por el contrario, se acentuó, agravando insoportablemente la situación de los campesinos. Al amparo de las leyes liberales que culminan con la ley de desamortización de las comunidades civiles y religiosas el 25 de junio de 1856, la industria cañera se embarcó en un proceso de especialización creciente y de expansión del cultivo de caña, preludio de su acelerada modernización y desorbitado aumento en la producción que se daría durante la "época de oro" del porfirismo. Durante este proceso "...algunos pueblos simplemente desaparecieron... otros pueblos y ciudades declinaban o languidecían bajo el cerco territorial de las haciendas que los obligaban a expulsar población por falta de espacio". [Nota 18] El crecimiento poblacional que se dio en el siglo XIX (fundamentalmente absorbido por los municipios) y el reacomodo de la mano de obra se hizo, en el fondo, en función de los requerimientos de la omnipotente industria azucarera.

Aunque el despojo territorial por parte de la hacienda no adquirió para el oriente de Morelos grandes proporciones durante el siglo XIX, y de hecho se suspendió en la última década, el efecto que tuvo sobre los pueblos fue devastador, pues por la pérdida acumulativa de recursos ya muy mermados, se acabó por romper el frágil equilibrio que hacía posible continuar una labor agrícola con cierta autonomía. Por ejemplo, los pueblos del Amatzinac, dedicados de mucho tiempo al cultivo de huertas, perdieron el agua en el siglo XIX; casi todos los pueblos perdieron sus potreros (o por despojo o por tener que dedicarlos al cultivo) y con ello se vino abajo toda una tecnología basada en la tracción animal. La agricultura de los pueblos, cada vez más dependiente de la hacienda, se restringió, de modo que proporcionara mano de obra barata y estacional que sólo podían aportar campesinos con una producción propia aunque insuficiente. [Nota 19]

La legislación liberal, en suma, permitió la expansión final de la hacienda y la penetración de la fábrica de papel San Rafael en tierra fría.

Hacia finales del siglo XIX "más de la mitad del territorio total de Morelos había pasado a manos de las haciendas porfirianas, mientras que la pequeña propiedad, incluyendo los pequeños solares urbanos, disponía de menos de un quinto de la superficie". [Nota 20]

La propiedad abiertamente protegida de las haciendas hacía atractiva y redituable la inversión en mejoras territoriales y en la modernización del proceso de elaboración de azúcar y mieles. Hacia 1870 se hizo común en la región la maquinaria de moler que sacaba mayor proporción de azúcar que las prensas viejas; se comenzaron a hacer trabajos en un sistema regular de ferrocarriles y surgió la perspectiva de un mercado nacional unitario; los hacendados, para complementar sus intereses en la producción de caña, metieron el ferrocarril al Estado, [Nota 21] lo cual favoreció la importación de maquinaria fabril (se introducen a partir de 1880 las máquinas centrífugas en las haciendas de Tenango y Santa Clara; la fiebre de mecanización hace que se importen guías y básculas, molinos, calderas y demás accesorios que permitían sustituir por el vapor la fuerza hidráulica), [Nota 22] y permitió el acceso rápido y barato a los centros de distribución y consumo. Ello implicó el aumento en el volumen de la producción al exigir incrementos en el tonelaje transportado para mantener bajas las tarifas correspondientes. Para satisfacción de los hacendados, que eran sus accionistas, en 1881 se inaugura el tramo de México a Cuautla del ferrocarril Interoceánico; en 1883 llega un ramal a Yautepec, y en 1894 se inaugura el ferrocarril de México a Cuernavaca. Por entonces tenemos un Estado centralizado y fuerte, muy interesado en garantizar la seguridad en los caminos, ya que se requería la ampliación de éstos, y el libre flujo en ellos para consolidar el recién abierto mercado interno a nivel nacional.

La modernización de las máquinas, y la introducción del ferrocarril, así como la expansión del mercado mundial del azúcar de 1880 a 1910, exigió un nuevo crecimiento de los ingenios, un esfuerzo por acaparar tierras donde cultivar más caña; y a medida que su producción fue aumentando, ejercieron presión para abolir los impuestos interestatales subsistentes y para mantener o elevar los aranceles nacionales que protegían su industria. [Nota 23]

Después de 1880, las nuevas oportunidades que se les ofrecían a los hacendados para multiplicar sus ganancias, en su otra cara, la que no les sonreía, agravaba conflictos sociales no resueltos que, por sus efectos acumulativos, provocaron su expresión en numerosos actos de violencia continuamente reprimidos con la brutalidad célebre del régimen que no se avergonzaba de usar el "palo".


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