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ESTUDIOS. filosofía-historia-letras
Otoño 1988

IV. "Los bandidos elegantes".- las bandas de Plateados. La década de los 60


La obra El Zarco (escrita ente 1885 y 1888 y publicada en 1901) de Ignacio M. Altamirano intenta dar una pintura fiel de las actividades de los famosos bandidos denominados "Plateados" a causa de los adornos de plata que materialmente cubrían sus vestiduras y sillas de montar. La acción de esta novela pretendidamente costumbrista transcurre entre 1861 y 1863, ,años estimados como los más felices para esta clase de bandidos que, al favor de la guerra civil, asolaban los pueblos de Tierra Caliente en el actual estado de Morelos. Altamirano reprocha a los liberales el haber aceptado la cooperación de estas "partidas de malhechores" para combatir a sus enemigos conservadores tales como, por ejemplo, "el faccioso y reaccionario Márquez" en su travesía por algunos pueblos de Morelos. En aquellos tiempos, pinta el autor, los salteadores y bandidos eran comunes y se reconocían por las características de su atuendo (galones de plata en este caso), por los lugares en que operaban (para los Plateados sobre todo Yautepec, Atlihuayán, Xantetelco y luego Xochimancas, hacienda antigua y arruinada que fue su refugio) o por sus técnicas de robo y pillaje; en este último renglón, los Plateados destacaron en el plagio y el asalto a diligencias. Además, según Altamirano, los Plateados -envalentonados por la dificultad que el gobierno tenía de perseguirlos, y reunidos en partidas de hasta 500 hombres (cifra que suena muy exagerada)- acostumbraban imponer fuertes contribuciones a las haciendas y los pueblos y establecían por su cuenta peajes en los caminos. El jefe más renombrado de ellos era un tal Salomé Plasencia, el clásico bandido valiente y generoso, aunque el antihéroe de esta novela, apodado "El Zarco" es caracterizado como un hombre desalmado, sanguinario y cobarde que había sido trabajador en las haciendas de caña del rumbo y que se dio al bandidaje por puro temperamento (el autor nos habla de una huida de las haciendas cañeras, sin explicar el por qué de esta huida; empero, el empleo de dicho término no deja de ser interesante). En cuanto al personaje perseguidor de los bandidos Plateados se señala aquí a Martín Sánchez Chagollán, pequeño ranchero de la Tierra Caliente cuya motivación para exterminar Plateados se reduce a la esfera de la venganza.

Por su parte, Lamberto Popoca y Palacios en su Historia del bandalismo en el Estado de Morelos, diciéndose testigo presencial de los hechos y episodios protagonizados por los Plateados desde el año de 1860, razona que "una de las disposiciones del nuevo gobierno (Juárez ocupa la capital de la República en calidad de presidente) fue el licenciamiento de las fuerzas liberales de los estados que habían cooperado al triunfo de la Constitución... No había millones en las reservas del tesoro nacional para derrocharlas; había necesidades; y el gobierno, que juzgaba que los soldados auxiliares habían cumplido con su deber defendiendo la ley se limitó a dar una orden general, dando las gracias a todos aquellos patriotas que voluntariamente se afiliaron a la defensa de los principios liberales y quienes podían volver a sus hogares y dedicarse a sus trabajos habituales, que tenían antes de la guerra... Aquéllos que habían sido trabajadores de las haciendas del, Estado de Morelos... no se conformaron con volver a sus primitivas ocupaciones; se habían acostumbrado a la vida agitada del guerrillero, habían cobrado amor a las buenas armas, al buen caballo y a los latrocinios revolucionarios y en consecuencia, muchos de ellos quedaron en armas con sus respectivos jefes a la cabeza, dedicándose al bandidaje". [Nota 46] "Habían sido trabajadores honrados antes de la Revolución y en ellos pudieron encontrarse sentimientos nobles de 'bandidos valientes'..." cosa que, destaca el autor -que escribe en 1912-, no ocurría con los "nuevos bandidos zapatistas". Como estos bandidos, nobles a su manera por ser lugareños con armas y no simple y llanamente criminales de toda la vida, respetaban a sus jefes: "... había garantías, relativamente, en medio de aquel caos; bastaba un pequeño servicio hecho a cualquiera de aquellos bandidos para que los jefes diesen un salvoconducto al benefactor y ordenaran a todos los cabecillas el respeto a su persona e intereses". [Nota 47]

El arquetipo del bandido generoso respetado entre los más pobres se va delineando en las páginas de D. Lamberto Popoca. Uno de los jefes más valientes y respetados fue Salomé Plasencia "... quien como guerrillero, y en la toma de Cuautla el 8 de junio de 1860, a las 5 p.m., por las fuerzas liberales fue el primero que con un grupo de los suyos, asaltó las trincheras de la calle real, sobre los disparos de la artillería y entre una nube de fuego y balas que los quería contener. Se tomó la ciudad en esa hora...". [Nota 48]

Después de Salomé Plasencia, que era "el más audaz, el más noble y el más arrojado", seguían en segundo orden otros muchos como José Mondragón, Felipe el Zarco y Severo su hermano, Epifanio Portillo, Silvestre Rojas, Pablo Rodríguez, Juan Pliego alias "Joyaipa", Pantaleón Cerezo, Epitacio Vivas, Juan Perna alias "El Chintete", etc. Todos ellos imperando en el Estado de Morelos y extendiendo sus correrías a los Estados de Veracruz, Puebla y Guerrero, después del licenciamiento de las fuerzas auxiliares liberales en 1861.

Salomé Plasencia operaba por el rumbo de Yautepec de donde era oriundo; también operaba por los rumbos de Atlihuayán, en las cercanías de Cuautla y en el Distrito de Cuernavaca. Otros famosos bandidos que "trabajaron" antes que Plasencia fueron Fidemio "El Zarco" (operó a fines de los años 30), quien fue el padre de Felipe "El Zarco" y su hermano Severo (este último fusilado en la Alameda de Cuernavaca por asalto, rapto y asesinato), y Blas Guadarrama que estaba avecinado en el pueblo de Jantetelco del Distrito dé Jonacatepec.

Además de éstos, ya en tiempos de Plasencia, y famosos por lo desalmados eran Pablo Amado, Manuel Michaca, José Cortés, "El Coyote Zacacoaxtle" y "Cara de Pana" o Tomás Valladares, quienes comerciaban con los plagiados.

Sin embargo, según Popoca y Palacios, entre todos estos bandidos, los jefes "tenían rasgos de nobleza" de que carecían a menudo los subalternos. Dichos bandidos "Plateados" morodeaban usualmente por Jantetelco, Yecapixtla, Ocuituco, Totolapa, etcétera.

Popoca y Palacios también hace referencia a la ayuda que los Plateados prestaron a los liberales, ahora en la guerra con Francia. Como, según relata el autor, el gobierno de Juárez tuvo necesidad de ir reconcentrando las fuerzas federales para oponerse a la invasión extranjera, y esto dio lugar a que varias poblaciones del Estado de Morelos quedaran guarnecidas solamente por soldados de la guardia nacional: "Los Plateados ocuparon entonces la plaza de Yautepec, y se nombró prefecto político, al jefe respetado de todos ellos Salomé Plasencia... (con esto) los vecinos vivían en perpetua alarma por los desmanes de los suyos y pidieron al gobierno remediar la situación: éste nombró, entonces, prefecto a D. José Ma. Lara, "persona honorable del pueblo de Tepoxtlán, el cual estaba en armas para defenderse del bandidaje, que merodeaba por doquiera". Empero, Plasencia mató a Lara porque "no puede haber dos prefectos". [Nota 49]

Los Plateados siguieron adueñados del poder autoritario por algún tiempo en el Distrito de Yautepec, pues aunque algunas fuerzas federales de caballería recorrían de paso el Estado de Morelos, se concentraban en México y Puebla para repeler la intervención y no podían ocuparse de batir a tan grande número de bandidos (Popoca y Palacios menciona más de 400). [Nota 50]

De esta manera, sin perder su carácter de bandidos, y sacando siempre ventaja de la situación, en la Guerra de Intervención los Plateados se unen a la causa liberal (al menos eso parece), y se incorporan a las fuerzas del gobierno; concurren así a las batallas de la "Calavera" y del "Mal País" recurriendo preferentemente a emboscadas y guerrillas. [Nota 51] Salomé Plasencia merodea y domina en el centro y sur del Estado, Epifanio Portillo, Pantaleón Cerezo y Epitacio Rivas por el norte, Silvestre Rojas, Tomás Valladares y Juan Meneses por el oriente, y todos ellos, cabecillas principales, al mando de sesenta o más bandidos, se unen y pelean juntos, cuando las circunstancias lo requieren, "...contra fuerzas respetables se separan e seguida para continuar por sus rumbos asaltando comerciantes ricos y hombres de fortuna. Los de mediana posición les son indiferentes, los pobres, los infelices, los desheredados son muchas veces sus protegidos". [Nota 52]

Para introducir al personaje de Rafael Sánchez (nótese que el apellido es el mismo que el del Martín señalado por Altamirano como el exterminador de los Plateados), combatiente liberal retirado (luchó, según esto, en la Guerra de Reforma), Popoca y Palacios nos dice que: "Después de la toma de la capital de la república por las huestes invasoras, y tropas reaccionarias, y establecido el provisional gobierno militar que esperaba la llegada del Archiduque, los hacendados del Estado de Morelos pidieron ayuda a México para perseguir al bandidaje y contener sus depredaciones... Mandó dicho gobierno de pronto resguardos en las principales ciudades del Estado... (que) no se atrevían a emprender una formal persecución contra los Plateados... (mas) volvieron a insistir los capitalistas de Morelos ante el gobierno militar, y entonces mandó tropas regulares de caballería y de infantería que recorrieran el Estado y persiguieran con tenacidad a todos aquellos bandidos que asolaban la comarca". [Nota 53] Se escoge a D. Rafael Sánchez para contener a. los bandidos y éste accede, en parte al menos (en lo cual coincide con la versión de Altamirano), movido por una venganza personal debido a la muerte de un sobrino suyo, Joaquín Sánchez; y se lanza a los cerros con un grupo de sesenta hombres: "Lo acompañan hombres resuletos y valientes como segundos jefes: Atanasio Sánchez, Guillermo Gutiérrez, Efren Ortiz, Mateo Cázares, Cristino Zapata -tío del actual Emiliano Zapata- y otros varios". [Nota 54] Además recibe autorización para ello del jefe militar de Cuautla lo cual significa impunidad en sus ejecuciones, que deben haber sido sumarias, y también apoyo, posiblemente, de los hacendados a quienes obviamente interesaba la salvaguarda del "orden". Entre Rafael Sánchez y sus hombres, vecinos de Mapaztlán, hoy Villa de Ayala, actuando en combinación con las fuerzas expedicionarias del gobierno, se diezmó y desmembró la organización de los célebres bandidos, acabándose con su jefe Salomé Plasencia.

Para cerrar con broche de oro su tipificación de los legendarios Plateados, Popoca y Palacios hace una interesante contraposición entre "bandidos Plateados" (leales y nobles a su manera, criados en las costumbres de la guerra, producto de una época de "luchas fraticidas" y que -muy importante- solamente perjudican a los ricos) y "cafres zapatistas", salvajes que arrasan todo lugar por el que pasan, desharrapados que no disciernen víctimas en sus actos de violencia. Y, para remate, "...a pesar de no haber sido tan salvajes como los zapatistas, a los Plateados... se les persiguió con tenacidad hasta destruirlos, y se les trató con todo el rigor de la ley, es decir, se les fusilaba previa identificación, o desde luego, al ser aprehendidos en delito infraganti". A pesar de las intenciones del autor, destaca el hilo de continuidad entre los dos fenómenos, resultado, cada uno en su caso, de una efervescente situación de abismales diferencias sociales.

Resalta también el hecho de que los Plateados, aunque aureolados de mito, proliferaron como hongos en tiempo de aguas en esa agitada década, muy conflictiva también en lo político.

Al respecto podemos seguir, aunque con trazos muy quebrados, a través de los ramos de Seguridad Pública y Tranquilidad Pública del Ministerio de Gobernación del Archivo General de la Nación, una situación de desorden e intranquilidad en la región, y un curioso entreveramiento de acciones de bandidaje real con acciones militares de los dos bandos en pugna; por supuesto, el trasfondo del poder hacendario también sale a relucir, aunque no siempre y en ocasiones no del todo claramente.

Para los primeros años de la década de los 60, en lo que se refiere a la seguridad pública, las cosas no pueden ir peor en el área central del país. Tal situación reflejan los robos de correspondencia y asaltos a mano armada en Puebla, [Nota 55] el temor en Toluca de que el ya muy recortado presupuesto deje a la ciudad sin luz, con el consiguiente riesgo de asaltos, robos y asesinatos, [Nota 56] la prohibición de portar armas de fuego que hace en 1861 el Gobernador del Distrito de México a sus habitantes [Nota 57] y donde se reconoce la existencia del problema. Para 1862 y 63 se reportan robos de correspondencia en Pachuca; y muchos bandidos en el Estado de Hidalgo. [Nota 58] Ya en la zona del Estado de Morelos, y también en el año de 1862, el 13 de marzo, el Ministerio, de Guerra participa que ha autorizado al comandante militar de Morelos para que prudencialmente conceda indulto a los "Plateados" de Ameca, al efecto el documento dice así: "... He dado cuenta al C. Presidente Constitucional del oficio de V. con fecha 6 del actual en que comunica haber solicitado los individuos conocidos con el nombre de Plateados de la población de Ameca, se les conceda el indulto- El C. Presidente se ha servido acordar que se les conceda, dejando al arbitrio de V. que los reciba en el servicio para defensa de la República o los retire a sus casas; pero le recomienda en esta decisión la prudencia que para semejantes casos recomienda la política...". [Nota 59] Curiosamente, tal disposición de incorporar Plateados a las filas liberales, al parecer llevada a cabo en efecto, choca violentamente con la queja que levantan el Ayuntamiento y vecinos de Jojutla unos meses antes (el 1o. de febrero), en contra de "los malhechores bajo el nombre de Plateados", pidiendo remedio a los males que les causan; el documento es de interés porque, más allá de las fechorías de Plateados, lo que denuncia es la complicidad de hacendados y autoridades políticas para defender sus particulares intereses aun a costa de arruinar los de los vecinos más pobres y menos poderosos (al parecer la zona de Jojutla era de pequeños propietarios): "Acompaño a V. E. un tanto de la representación del ilustre Ayuntamiento y vecinos de esta Municipalidad, han elevado al Superior Gobierno del Estado de México, con el fin de que V. E. sea muy servido darle cuenta con ella al C. Presidente de la República, pues nuestro propósito es que tanto el Supremo Gobierno del Estado, corno el general, tengan conocimiento de los males que experimentan los pueblos de este rumbo por consecuencia del prodigioso número de malhechores que bajo el nombre de Plateados aparecieron hace algún tiempo y pululan por todas direcciones, haciendo intransitables los caminos de comunicación y tráfico de uno a otros puntos; arrebatándose así la seguridad y confianza públicas... estos pueblos en los que por ahora el robo, el asesinato y la violación son los casos que se cuentan diariamente de los bandidos, quienes últimamente han inventado arrebatarse hasta del hogar doméstico a los ciudadanos que saben tienen algunos intereses; y de los caminos a los traficantes con todas sus bestias de carga siempre que no les den luego el dinero que les piden, llevándoselos a sus madrigueras que de ordinario son Tucumán, Barreto y Hacienda de Xochimancas, pueblos y hacienda que pertenecen a la municipalidad de Tlaltizapán en el Distrito de Cuernavaca donde los tienen hasta que los llevados dan en rescate de su vida una cantidad equivalente a su fortuna...

"La administración de justicia pudiéramos decir que no existe, más que de mera tramitación; porque sucediendo con los pliegos de oficio y los reos criminales, lo mismo que con dichos caudales, al remitirse de la municipalidad a la cabecera de su Partido o Distrito, la mayor parte de los crímenes quedan impunes. Y todo esto ha pasado y pasa sin que veamos se dicte medida alguna por las autoridades primeras de nuestro Distrito, como las más inmediatas; así en la época presente como en las diferentes que hemos pasado bajo el gobierno político de Tetecala.

"En vano algunas veces, mediante disposición suprema, se han levantado en dicho Distrito fuerzas de policía para la persecución de Malhechores; porque manteniéndose siempre ellas de guarnición en la Cabecera de él, ningún bien resulta a los pueblos de su estadía ni de sus correrías que hacen sólo cuando necesitan recoger las quincenas o mesadas que pagan los pueblos; y aún en estos casos vienen por los caminos principales que conducen de una Cabecera de municipalidad a otra...

"Expedido por el Gobierno del digno cargo de V. E. en octubre 17 del año próximo pasado, el Reglamento para la institución de fuerzas de policía de a caballo en los Distritos del Estado, el C. Jefe Político de Tetecala, convocando a junta sólo a los propietarios o administradores de las haciendas, y no a ningún vecino de los pueblos, como lo manda al artículo 4o. de dicho reglamento, para que dicha junta desempeñara las funciones que se le encomiendan por el mismo reglamento, por sí solo y a su arbitrio la cuota de cien pesos mensuales a esa Municipalidad, según comunicación circular de fecha 26 de noviembre del mismo año anterior... la cuota de cien pesos que el C. Jefe Político impuso a su arbitrio en esta Municipalidad, no guarda proporción con la que cada uno de los hacendados se impuso por sí voluntariamente en la junta a la que sólo ellos fueron convocados; que la fuerza de policía del Distrito de Tetecala, mientras sólo sea para guarnecer su cabecera jamás llenará su objeto, y los pueblos se hallarán en la misma necesidad de siempre de proporcionarse por sí la seguridad que necesitan...". Se sigue manifestando la formación de una fuerza de 20 vecinos para guarecer la municipalidad quejándose de lo oneroso de una contribución que en nada les ayuda, por lo que piden pertenecer al Distrito de Cuernavaca donde esperan recibir una mayor atención y ayuda de las autoridades. [Nota 60]

En 1863 la regencia del Imperio en su Administración de justicia (con fecha 8 de octubre) decreta que quedan sujetos a cortes marciales los individuos que pertenezcan a partidas armadas de "malhechores" [Nota 61] lo mismo que más adelante emite un decreto sobre prohibición de fabricación y comercialización de armas, pólvora y municiones así como que se deberán entregar toda clase de armas y municiones al gobierno. [Nota 62] Este clima de galopante inseguridad llevará incluso al gobierno imperial a pedir a los hacendados que sean ellos mismos quienes armen gente para defender sus propias fincas (formación de guarderías particulares) de las incursiones de bandidos ya que por escasez de fondos los guardias rurales pagados por el gobierno sólo pueden acceder a las cabeceras municipales. [Nota 63] En esta situación ¡cómo no esperar que los liberales acabaran por incorporar bandidos "plateados" a sus filas si, por su lado, la Regencia del Imperio en comunicación a los prefectos de Cuernavaca, Cuautla, Tulancingo, Toluca y Tula ordena que "a los vagos que sean útiles para el Servicio Militar, los consignen a las armas, remitiéndolos al S. Prefecto Político de esta capital con la calificación correspondiente"! [Nota 64] Además, repetimos, no es difícil qué los jefes de gavillas de bandidos hayan visto en esta incorporación la ocasión favorable para tener acceso a un cierto grado de poder político (como el caso de Salomé Plasencia mencionado por Popoca y Palacios) o, simplemente, para gozar ampliamente de impunidad en sus correrías por la región.

Tal entreveramiento de acciones de bandidaje propiamente dicho con movimientos militares y disidencia al gobierno de la regencia se manifiesta en la queja que el Prefecto Político del Distrito de Cuernavaca levanta a la regencia del, Imperio en diciembre 21 de 1863, sobre el retiro de fuerzas que la resguardaran:, "...Muchos días ha que Cuernavaca ha sido auxiliada por el Supremo Gobierno con cuatro cientos fusiles para armar a la Guardia Civil: en su Comarca existen diversos propietarios de fincas y comisiones puestas por éstos para atender a la persecución de malhechores, de manera que supuesto que dichas haciendas están armadas suficientemente por sí para atender a su seguridad, entiendo que tomando una pequeña parte de sus comisiones y una mitad de los escuadrones de Tetecala y Yautepec, unida llegado el caso la Guardia Civil, bastaría esto y la Compañía de Infantería de Huitzilac que reside en ella para proveer a su defensa y seguridad en razón a que como he dicho no hay sino gavillas muy despreciables de bandoleros que no es dable se atrevan a atacar a otras plazas...". Se notifica también la existencia de pequeñas gavillas de bandoleros en las cañadas de Cuernavaca y en Morelos, y para proveer a la defensa de los vecinos se piden fusiles y municiones. [Nota 65]

Como para cada gobierno establecido toda disidencia, sea de la clase que fuere, es propia de "bandidos" y "malhechores", el lenguaje aplicado a estos fenómenos es el mismo, de manera que, por ejemplo, el prefecto de Cuautla para dar noticia a la regencia de la invasión de Cuautla por las fuerzas del Gral. Francisco Leyva en diciembre 22 de 1863, tacha a éste de "faccioso" y a su tropa de "gavillas de bandidos" y al describir sus movimientos por Tetelilla y Jonacatepec, se habla de "robo" y "saqueo" lo cual puede referirse a que, en su calidad de "Gobernador y Comandante General del Tercer Distrito del Estado de México" por parte del gobierno liberal, Leyva se adjudicaba el derecho, como se advierte en sus proclamas a pueblos y haciendas como la de Cuahistla, [Nota 66] de cobrar pago de impuestos para sostener la guerra contra "traidores" e invasores. También en la comunicación que informa la toma de Cuautla por Leyva se piden socorros económicos para emplear " ... a los guardias en el tiempo que fuere necesario andar en Persecución de Leyva y los Plateados hasta exterminarlos o sacarlos más allá de los límites del Distrito...". Al mismo tiempo, unos días después, se reportan como novedades del mismo jaez que la antedicha, y ocurridas por los rumbos de Cuautla, un robo sucedido en el camino de Tecajec: a Shavilla (municipio de Yecapixtla); un asesinato en el camino de Jonacatepec a Cuautla; la entrada en Ocuituco el 31 de diciembre de 1863 de "una fuerza de caballería de setenta a ochenta bandidos al mando de un tal Figuero y de Ygnacio Rodríguez alias El Mosco. No dice el alcalde si han robado, como ese pueblo es otra madriguera de ladrones..."; el asalto que hicieron cuatro bandidos a unos comerciantes en carro el día 3 de enero de 1864 en la municipalidad de Jonacatepec y en el camino que va de esta villa a la hacienda de Tenango. [Nota 67]

Mientras tanto, los hacendados pugnaban ante el gobierno (en este caso el de la Regencia del Imperio) por preservar "el orden y paz públicas" pues temían el saqueo y destrucción de sus propiedades; para protegerse, pagaban de su bolsillo cuerpos de guardias rurales, verdaderas policías particulares a su servicio, puesto que los cuerpos de caballería que funcionaban en calidad de policías, debían ser pagadas por el erario público y éste estaba quebrado: "Con esta fecha (sept. 19, 1863) digo al Sr. Prefecto Político de Cuautla, lo que sigue. En vista del oficio de Ud. fecha 7 del actual en que manifiesta que siendo de todo punto necesario para la seguridad pública de ese Distrito, conservar la poca fuerza de policía de a caballo que es a las órdenes de D. Pedro Martín Sánchez, hiciese el pago de dicha fuerza desde el 24 de agosto ppdo... y el pago debe durar sólo unos cuantos días, por estarse arreglando que lo sigan haciendo los hacendados y otros acomodados vecinos...". [Nota 68]

En esos años era el pan cotidiano el exigir dinero, sobre todo a los vecinos ricos de los pueblos, usualmente comerciantes, o a los hacendados y a sus administradores, ya fuera de parte de los liberales (en octubre de 1863 el coronel Visoso levanta 500 pesos de Jonacatepec), [Nota 69] ya de los conservadores (el comandante de Xochimilco pide 50 pesos como "préstamo" al pueblo de Zacualpan). [Nota 70] y menudean las peticiones de auxilio por parte de los ayuntamientos de los pueblos o de los prefectos de Distrito, para defenderse de los "malhechores", por ejemplo, en octubre de 1863, Jonacatepec; [Nota 71] en el mismo mes, Cuautla pide hombres, armas y parque para perseguir a una "horda de bandidos" de los cuales "...se conoce que tienen algún objeto de grande interés, bien sea sobe esta ciudad o sobre alguna hacienda para robar el ganado o extraer por la noche o la madrugada a alguno de los propietarios que hoy se encuentran en sus fincas o por algún plan político: digo esto porque anoche han empezado a reunirse en el Rancho de Tlayca propiedad de la Hacienda de Santa Clara e intermedio del camino de esta a Jonacatepec.- Esta Prefectura por más medidas que tomó para la persecución y aniquilamiento de esta horda de bandidos, no pudo hacerlo... por la absoluta falta de toda clase de recursos ...", [Nota 72] y hay, en los meses siguientes, más denuncias de bandidos merodeando por la misma Cuautla, [Nota 73] así como también por el Distrito de Cuernavaca, el municipio de Jiutepec (pueblo de Tetecalita, donde se demandan bastimentos), etcétera.

Resalta en estos documentos, como antes hemos hecho notar, el lenguaje utilizado que no discierne entre "ladrones", "facciosos", "malhechores", "bandidos" o, de plano, "anarquistas". Ejemplo de ello lo ofrece el léxico en que se da parte al Ministerio de Gobernación de la Regencia del asalto que sufrió la diligencia cerca del pueblo de Cuautlisco en noviembre de 1863: "A una corta distancia del pueblo de Cuautlisco, situado a un cuarto de legua de esta ciudad (Cuautla), fue asaltada en la madrugada de hoy la diligencia que salió para esa capital, y batida y rechazada la Segunda Sección de Seguridad Pública que la escoltaba, por una gavilla como de sesenta bandidos que estaba emboscada en una casahuetera. Al tiroteo he salido con un auxilio de infantería y la primera sección de seguridad pública, pero los ladrones habían huido y no fue posible darles alcance... Fui informado que esa gavilla la tenía oculta en el Potrero de San Fernando, José Romero, administrador de la hacienda de Calderón de la propiedad del súbdito español D. Juan Alonzo, en espera de las fuerzas latro-juaristas que se dice ocuparon Taxco y que se dirigen para estos rumbos con el fin de hacerse de recursos". Se aprehendió al administrador quien Intentó fugarse" y fue por lo mismo fusilado; este administrador se presenta como "conocido públicamente como salteador de caminos y asesino", con mucha influencia sobre los bandidos de la región. [Nota 74]

La década de los 60 es testigo de los continuos asaltos en los caminos de la región a pesar de las escoltas enviadas para custodiar a los viajeros, sobre todo comerciantes importantes; [Nota 75] de la continua demanda de armas y hombres destinados a la defensa de las poblaciones; [Nota 76] de las levas forzosas entre los vecinos -trabajadores del campo- como testimonia la queja que hace el Subprefecto de Tasco a la Prefectura de Cuernavaca de leva realizada por la "gavilla" liberal de José Robles en la aldea de Apiculco; [Nota 77] fugas de reos de la cárcel, como la realizada en la Cabecera de Morelos el 13 de septiembre de 1866; [Nota 78] de los robos de todas dimensiones, desde el de 6 mulas robadas a D. Simón Rosales, vecino de Ozumba en abril de 1864, [Nota 79] pasando por el robo de armas, hasta la amenaza directa a hacendados para proporcionarse -los liberales- caballos, armas, alimentos y todo género de ayuda que éstos, al fin, les facilitan. De ello se queja el Prefecto de Cuernavaca en diciembre de 1866: "E. S. El enemigo continúa sacando grandes recursos pecuniarios, de armas y de caballos de las haciendas; y engrosando sus filas, al extremo de hallarse en Xochitepec, a cinco leguas de esta ciudad, en número de mil hombres". [Nota 80] O, más claramente, la misma Prefectura de Cuernavaca, un mes antes: "E. S. por las noticias que se ha procurado esta Prefectura extraoficialmente sabe que algunos dueños de hacienda, residentes en esa Capital, han escrito a sus administradores ordenándoles que contenten a los jefes de las gavillas disidentes y aún que les faciliten recursos pecuniarios excusando cuanto puedan dar auxilios a las autoridades a fin de evitar así los perjuicios que pudieran sobrevenir a sus fincas. Esto ha precisado a la Prefectura a mi cargo a dictar órdenes severas para evitar que su mal ejemplo dé el golpe de gracia a la moral pública profundamente herida... Se escriben a la vez cartas frecuentes a Leyva, excitándolo a presentarse en estas poblaciones y ofreciéndole recursos...". [Nota 81]

La unión entre bandidos ordinarios y fuerzas liberales -ya más visiblemente ganadoras- se vuelve más o menos fácil, como lo manifiesta el Prefecto de Cuernavaca a la Regencia del Imperio en comunicación del 16 de noviembre de 1866: "E. S. Las pequeñas partidas de malhechores que vagaban por diversos puntos de este Departamento han acertado a reunirse, y en número que causa ya serias inquietudes amagan a poblaciones de alguna importancia tales como Coatlan, Mazatepec, Miacatlán y aún Tetecala.

"Algunas partidas desprendidas del sur de este Distrito y unidas con las pequeñas facciones que se limitaban a desvalijar a los caminantes de a pie y desarmados, forman también una sección que inquieta bastante a las Cabeceras de las municipalidades de Jojutla, Tlaquiltenango y Puente de Ixtla por manera que no hay ya día desde algunos a esta fecha, en que no tenga esta Prefectura el disgusto de saber que una población regular está amenazada muy de cerca..." [Nota 82]

Restaurada la República, los bandidos siguieron sentados a la mesa, y con actitud de no querer conformarse con sólo migajas del triunfo liberal. La situación de intranquilidad y desorden era verdaderamente alarmante, y fue reconocida y denunciada en la circular del 18 dé diciembre de 1868 referente "al problema que vive el país de robos y plagios" firmada por José Ma. Iglesias y donde se señalan "los muchos actos de robo y plagio", el estado de inseguridad "en que se encuentra la mayor parte del país". Como arbitrio preventivo está la existencia de una fuerza competente de Seguridad Pública para custodia de los caminos, sostenida ésta por cada Estado. Pero hecho " ... de contar con elementos sobrados para custodia de los caminos, ofrece el inconveniente terrible de exigir desembolsos de considerable cuantía, cuando es ya tan crecido el presupuesto de egresos, y cuando causaría una alarma espantosa el simple anuncio de nuevas contribuciones o de recargos en las existentes ...". Como no es posible económicamente el aumento de la policía rural "en la escala que sería indispensable para restablecer la seguridad en la República entera" se sugiere: -que los Estados sostengan obligatoriamente a las fuerzas rurales adecuadas para cubrir su territorio; -que los hacendados y todos los propietarios financíen partidas destinadas a la custodia de sus fincas, "sin perjuicio de servir también como auxiliares de las fuerzas de policía de la Federación", quedando subordinadas a los jefes de éstas. En el proyecto de ley presentado: se amplía el presupuesto destinado a los cuerpos de policía rural (art. lo.), se ordena al gobierno de cada Estado sostener las fuerzas rurales necesarias para la seguridad pública de sus respectivos territorios (art. 3o.); se permite a todo ciudadano portar armas para su defensa, y a los hacendados y propietarios poner guardias, financiados por ellos mismos, a sus fincas (art. 5o.). También se suspenden las garantías individuales a ladrones y plagiarios y se mantiene la pena de muerte para estos últimos. [Nota 83]


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