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ESTUDIOS. filosofía-historia-letras
Otoño 1988

INTELECTUALES Y CORTESANOS ALEMANES*

Author: Norbert Elias


* Fragmento del libro El proceso de la civilización, de próxima aparición en el Fondo de Cultura Económica (Traducción de Ramón García Cotarelo.)

Los libros de las clases medias que alcanzan mayor éxito de público a mediados del siglo XVIII, esto es, a partir de la época en que estas clases aumentan su bienestar y su conciencia de sí mismas, señalan claramente con qué intensidad se percibía la diferencia con las otras clases. Al propio tiempo demuestran que las diferencias estructurales y vitales entre las clases medias de un lado y la clase alta cortesana del otro, eran diferencias en la estructura del comportamiento de la vida sentimental, de los deseos y de la moral. Estos libros muestran, de modo necesariamente unilateral, por supuesto, cómo se veían estas diferencias desde el punto de vista de la clase media.

Un buen ejemplo de todo ello nos lo ofrece la conocida novela de Sophie de la Roche, Das Fräulein von Sternheim, que convirtió a su autora en una de las mujeres más célebres de su época. "Constituye todo mi ideal de lo que debe ser una mujer", escribe Caroline Flaschsland a Herder, tras haber leído Das Fräulein von Sternheim, "delicada, dulce, bondadosa, orgullosa, virtuosa y engañada. He pasado horas deliciosas leyéndola. ¡Ha! Cuán alejada estoy todavía de mi ideal, de mí misma".

Lo paradójico en todo esto es el hecho de que Caroline Flaschsland, como muchas otras mujeres de su condición social ame su propio dolor, esto es, que entre los rasgos de la heroína ideal a la que pretende parecerse, junto a la bondad, el orgullo y la virtud, cuente la condición de engañada; lo cual no es escasamente significativo en cuanto a la situación sentimental de la intelectualidad de clase media, especialmente de sus mujeres en la edad de la mayor sensibilidad. La heroína de clase media es engañada por el cortesano aristócrata. La prevención, el miedo ante el "seductor" socialmente superior, con el que la muchacha no puede casarse debido a la distancia social que entre ellos media; el deseo secreto de que el seductor se acerque; la tentación que se muestra en la idea de que es posible acceder a un círculo cerrado y peligroso; finalmente la compasión identificadora con la engañada, todo ello nos proporciona un ejemplo de la ambivalencia específica en la que está aprisionada la vida sentimental de la clase media -y no sólo de sus mujeres- con relación a la aristocracia. A este respecto, Das Fräulein von Sternheim constituye, en cierto modo, la contrapartida femenina del Werther; ambos describen vínculos específicos de su clase que se expresan en sentimentalismo sensibilidad y matices afectivos similares.

He aquí la trama de la novela: tina hermosa doncella procedente de la pequeña nobleza rural, de una familia burguesa encumbrada, llega a la corte. El príncipe, su pariente materno de más alcurnia, pretende convertirla en amante suya. Acorralada la muchacha busca refugio en el "malo" de la novela, un Lord inglés que vive en la corte y que en todo momento se expresa justamente como los círculos de clase media se han imaginado siempre al "seductor aristócrata", al "infame malvado" y quien resulta tan cómico precisamente porque expresa como pensamientos propios los reproches de la clase media contra su clase. También frente a él conserva la doncella su virtud, su superioridad moral, en compensación por su inferioridad estamental, y muere.

Así es como habla la heroína, la señorita de Sternheim, la hija de un coronel ennoblecido: "El tono de la corte y el espíritu de la moda reprimen los movimientos más nobles de un corazón dotado de bondad natural; el hecho de que, para evitar los murmullos de los señores y damas de la elegancia, haya que reír con ellos y estar de acuerdo con ellos, no despierta en mí más que desprecio y compasión El ansia de placeres, de nuevos ornamentos, de nuevos vestidos, muebles o un manjar dañino para la salud. ¡Oh, Emilia mía! La angustia y la inquietud invaden mi alma... Y no quiero hablar de esa falsa ambición que alienta tantas bajas intrigas, que se arrastra ante el vicio reinante en todo su esplendor, que mira con desprecio la virtud y los merecimientos y, que genera la desgracia sin reparo alguno."

"Estoy convencida, querida tía", dice, tras haber pasado algunos días en la corte, "de que la vida cortesana no es adecuada para mí. Mis gustos, mis inclinaciones son absolutamente distintos. Y os confieso que me iría de aquí con mayor alegría que vine."

"Queridísima Sophie", le contesta la tía, "realmente eres una de las muchachas más encantadoras que hay, pero el viejo párroco te ha inculcado tina gran cantidad de ideas pedantes. Trata de olvidarlas de vez en cuando".

Y, en otro lugar escribe Sophie: "Hace poco me vi envuelta en una conversación debido a mi amor por Alemania, en la que yo trataba de defender los merecimientos de mi patria y lo hice con verdadero celo y, después, mi tía me dijo que había dado buena prueba de ser la nieta de un profesor. Este reproche me irritó; era tina ofensa a la memoria de mi padre y de mi abuelo."

El párroco y el profesor son, de hecho, los dos representantes más claros de esta intelectualidad de funcionarios de clase media; dos figuras sociales que han tenido la participación más decisiva en la difusión y en la formación del nuevo idioma culto. En el ejemplo anterior puede verse cómo el sentimiento nacional, vago, espiritualizado y apolítico de estos círculos le resultaba burgués a la aristocracia pequeño-cortesana. Al propio tiempo, tanto el cura como el profesor remiten a la Universidad como lugar social que constituía el centro de formación y difusión más importante de la cultura alemana de clase media. Generaciones enteras de estudiantes universitarios, convertidos en maestros, párrocos y funcionarios medios, difundieron la imagen de un cierto mundo ideal y de unos ideales determinados. En cierto modo, la Universidad alemana era la contrapartida de la clase media frente a la corte.

En la imaginación de la clase media, el malvado cortesano se expresa con las palabras con las que el párroco lo combate desde el púlpito: "Sabes que nunca he permitido que el amor reine en otro lugar que en mis sentidos, de los que constituye el gozo más refinado y más vivo... He gozado de todos los tipos de belleza... Me he saciado de ellos... Que los moralistas... pongan en evidencia las finas redes y lazos en los que he atrapado la virtud y el orgullo, la sabiduría y el frío cálculo, la coquetería y hasta la piedad del mundo femenino... Amor se ha reido de mi vanidad. Le ha bastado con sacar del último rincón del campo a la hija de un coronel, cuyo tipo, ingenio y carácter son tan excitantes que..."

Veinticinco años después son unas antítesis similares y unos ideales y problemas parecidos los que aseguran el éxito de un libro. En 1796 apareció en las Horen (Horas) de Schiller, Agnes von Lilien de Carolina von Wolzogen. En ella dice la madre noble, que por razones misteriosas ha de educar a su hija fuera del círculo de la corte: "Creo que debo estar agradecida a la previsión que me obligó a alejarte de los círculos en los que yo fui desgraciada. Rara vez puede conseguirse una formación espiritual seria y sólida en los círculos del gran mundo. Te hubieran convertido en una marioneta sometida a los caprichos cambiantes de la opinión."

Y la propia heroína dice de sí misma: "Yo sabía poco de la vida de convenciones y del lenguaje de la gente de mundo. La simplicidad de mis principios me hacía ver paradojas en aquello con lo que los espíritus, doblegados por la costumbre, se reconcilian con facilidad. Tan natural como que la noche sigue al día era para mí que hay que compadecer al engañado y odiar al engañador y que hay que anteponer la virtud a la honra y la honra al provecho propio. Todos estos conceptos aparecían invertidos en el juicio de esta sociedad."

La heroína describe luego al príncipe afrancesado: "El príncipe tenía entre sesenta y setenta años y se fastidiaba y fastidiaba a los demás con la rígida etiqueta francesa antigua que los príncipes herederos alemanes suelen aprender en la corte del rey francés y que luego trasplantan a su propio país, si bien en una dimensión algo más reducida. La edad y la costumbre habían acabado por conseguir que el príncipe pudiera parecer natural al moverse bajo la pesada armadura del ceremonial. En relación con las mujeres mantenía la refinada y estricta cortesía de la época caballeresca, de modo que su presencia no resultaba desagradable a aquéllas; pero en ningún momento deponía los modales corteses con el fin de hacerse algo más amable. Sus hijos ... sólo encontraban en él al déspota."

"Estas caricaturas de cortesanos se me antojaban, a veces, ridículas y, a veces, deplorables: la veneración que, al aparecer su señor, conseguían transmitir desde sus corazones a sus manos y pies; la expresión de gracia o enojo que recorría su semblante como una chispa eléctrica ... ; la sumisión inmediata de su parecer apenas escuchada la última manifestación de los labios principescos; todo esto se me hacía inconcebible. Me parecía estar ante un teatro de marionetas."

De un lado, pues, la cortesía, el tacto, los buenos modales y, de otro, la sólida formación, la preferencia de la virtud sobre los hombres; la literatura alemana de la segunda mitad del siglo XVIII está llena de estas contraposiciones. Todavía el 23 de octubre de 1828 dice Eckermann a Goethe: "Una formación tan sólida como la que parece haber tenido el Gran Duque es poco frecuente entre la gente principesca''. "Muy poco frecuente", contestaba Goethe, "hay muchos, incluso, que son capaces de charlar con fortuna sobre todos los temas posibles; pero no tienen nada en su interior y únicamente arañan en la superficie. Lo cual no es de extrañar cuando se recuerda la pérdida de tiempo y la dispersión de esfuerzos que suelen acompañar a la vida en la corte".

De vez en citando, Goethe utiliza expresamente en este contexto el concepto de cultura.

"La gente que me rodeaba", dice, "no tenía ni idea de ciencia. Eran cortesanos alemanes y esta clase carecía por entonces de la cultura más elemental".

Y Knigge confirma en cierta ocasión: "No hay lugar en el que el cuerpo de cortesanos constituya una especie propia como lo hace aquí (en Alemania)."

En todas estas manifestaciones se dibuja una situación social muy determinada. Es la misma contraposición que se observa por detrás de la que hace Kant entre cultura y civilización. Pero también con independencia de estas nociones, esta fase y las experiencias originadas en ella se han inscrito de modo profundo en la tradición alemana. Lo que se expresa en ese concepto de cultura, en la antítesis entre profundidad y superficialidad, así como en muchas otras nociones parecidas, es la autoconciencia de tina intelectualidad de clase media. Se trata de un sector relativamente poco numeroso muy esparcido por todo el territorio que, en consecuencia, está muy individualizado y, además, de una forma peculiar; no constituye un círculo cerrado de relaciones, una Society, como la sociedad cortesana; se compone fundamentalmente de funcionarios y de servidores del Estado en el sentido más amplio de la palabra, esto es, de personas que, de modo directo o indirecto, obtienen sus ingresos de la corte sin pertenecer -salvo raras excepciones- a la "buena sociedad cortesana", a la clase alta aristocrática. Es una clase intelectual que carece de un hinterland burgués amplio. La burguesía de comerciantes profesionales, que podría servir como público a los escritos de la intelectualidad, todavía está poco desarrollada en la mayor parte de los Estados de Alemania en el siglo XVIII.

Precisamente es en esta época cuando comienza el ascenso a una situación de bienestar. En cierto modo, la intelectualidad alemana, los escritores, flotaban en el vacío. Las cuestiones del espíritu constituyen su refugio y su campo reservado; mientras que el rendimiento en la ciencia y en el arte es su orgullo. Este sector apenas tiene espacio para la actividad política y para los objetivos políticos. Consecuentemente con la forma de vida y la estructura de su sociedad, las cuestiones comerciales y los problemas económicos son solamente problemas marginales para la intelectualidad. El comercio, el intercambio y la industria todavía están relativamente subdesarrollados y, en gran medida, necesitan de la protección y el fomento de una política real mercantilista, antes que la liberación de sus impedimentos. La legitimización de esta intelectualidad de clase media del siglo XVIII era la autoconciencia y su orgullo residía allende la economía y la política en eso que, probablemente por ese motivo, se llama en alemán "lo puramente espiritual" (Das rein Geistige), en la esfera de los libros, en la ciencia, la religión, el arte, la filosofía, y el en enriquecimiento interior, en la "formación" del individuo, principalmente a través del libro, en la personalidad. Coherentemente con todo ello, el hecho de que las consignas en las que se expresa esta autoconciencia de la intelectualidad alemana, consignas como "educación" o "cultura", muestren una tendencia tan pronunciada a trazar una clara línea divisoria entre las realizaciones en las esferas mencionadas, en lo puramente espiritual como lo único que es realmente valioso y las de las esferas políticas, económicas y sociales, muy al contrario de las consignas de la burguesía ascendente en Inglaterra y Francia. El destino peculiar de la burguesía alemana, su prolongada impotencia política, la tardía unificación nacional, todo ello ha venido a dar nuevos impulsos en la misma dirección y a fortalecer las nociones y los ideales en este sentido. Y lo primero que se produjo en esta evolución fue esta intelectualidad alemana tan peculiar, carente de una base social suficientemente sólida y que, como primera formación burguesa en Alemania, desarrolló una autoconciencia burguesa extraordinariamente nítida, unos ideales específicos de clase media y un arsenal conceptual muy eficaz, especialmente dirigido en contra de la clase alta cortesana.

En correspondencia con su situación, podemos ver lo que esta intelectualidad consideraba como lo más rechazable y como lo contrario de la educación y la cultura en la clase superior. Los ataques raras veces se dirigen contra los privilegios políticos o sociales de la aristocracia cortesana; y cuando lo hacen, de modo pusilánime y resignado a su inutilidad. Los ataques se dirigen principalmente contra el comportamiento humano de la aristocracia.

La descripción más significativa de las diferencias entre la estructura de la intelectualidad alemana y de la francesa se encuentra en las conversaciones de Goethe con Eckermann: Ampére había llegado a Weimar; Goethe no lo conocía personalmente pero le había glorificado muy a menudo a los ojos de Eckermann. Para asombro general, resulta que el conocido señor Ampére es un "jovencito vivaz de unos veinte años". Eckermann expresa su asombro y Goethe le contesta (jueves 3 de mayo de 1827): "A vos os ha resultado difícil formaros en el campo y todos los demás, en Alemania Central, hemos tenido que trabajar mucho para acumular la escasa sabiduría que tenemos. Pues, en el fondo, llevamos una vida aislada y pobre. Encontramos muy poca cultura en el pueblo y todos nuestros talentos y buenas cabezas están repartidos por toda Alemania. El uno reside en Viena, el otro en Berlín, otro en Könisberg, otro en Bonn o en Düsseldorf, todos ellos separados entre sí por 50 o 100 millas, de forma que rara es la vez en que se produce un contacto personal o un intercambio personal de ideas. Imaginémonos lo que sería, pongo por caso, si por aquí pasaran hombres como Alejandro von Humboldt que, en un solo día, me ayudaría a avanzar en aquello que busco y que preciso encontrar más de lo que yo habría conseguido en un año a lo largo de mi camino solitario.

"Imaginaos ahora una ciudad como París dónde se reúnen todos los hombres más eminentes de un estado para enseñarse mutuamente y elevar su espíritu en un intercambio, lucha y emulación cotidianos y donde se abre a la luz pública diaria lo mejor de las ciencias de la naturaleza y del arte, lo mejor que hay en todo el mundo. Pensad en esa ciudad universal en la que el paso por cada puente o por cada plaza nos recuerda un pasado gloriosa. Añadid a todo esto que no se trata del París de una época sórdida y carente de ingenio, sino del París del siglo XIX, en el que, hace ya tres generaciones hombres como Moliére, Voltaire, Diderot y otros parecidos han elevado a una altura tal el cultivo del espíritu que ningún otro lugar del mundo puede como parársele. Podréis comprender, pues, que en este florecimiento haya podido aparecer una gran cabeza como la de Ampére y que, a sus veinticuatro años, éste ya haya podido ser alguien."

Y un poco más adelante, añade Goethe en relación con Merimée: "En Alemania es imposible que alguien tan joven pueda producir una obra tan madura. No es culpable de esto el individuo, sino la situación cultural de la nación, así como la gran dificultad que todos experimentamos en salir adelante por nuestras propias fuerzas."

Con estas manifestaciones, que constituyen prueba y referencia suficientes en estas consideraciones introductorias, podrá ver el observador con toda claridad la correlación que existe entre el desmembramiento político de Alemania y una estructura específica de la intelectualidad alemana, así como una estructura también específica de su comportamiento humano y de su configuración espiritual. En Francia, toda la intelectualidad se reúne en un lugar, donde mantiene su cohesión en el trato continuo con una buena sociedad más o menos centralizada; en Alemania, en cambio, con sus múltiples pequeñas capitales, no hay ninguna buena sociedad central y unificada, sino que la intelectualidad se encuentra diseminada a lo largo de- todo el país. Allí, uno de los medios de comunicación más importantes es la conversación, convertida, además, en un arte desde hacía siglos; aquí, en cambio, el medio de comunicación más importante es el libro y lo que desarrolla la intelectualidad alemana es más un lenguaje escrito unitario que un lenguaje hablado unitario. Allí, el joven se encuentra inmerso desde el principio en un medio de rica y estimulante espiritualidad; aquí, en cambio, el joven de clase media tiene que educarse relativamente solo y aislado. Los mecanismos ascensionales también son distintos en Francia y en Alemania. Y, por último, la manifestación de Goethe muestra claramente cuál es el problema: una intelectualidad de clase media sin base social. Más arriba hemos citado un pasaje suyo según el cual los comerciantes tienen poca cultura. Lo mismo piensa del pueblo. La cultura y la educación son consignas y características de una delgada capa en el medio, que se eleva por encima del pueblo. Los esfuerzos de la propia élite tropiezan no solamente con la indiferencia del pequeño sector cortesano que tiene arriba, sino, también con la escasa comprensión de las amplias capas de abajo.

Sin embargo, es precisamente este escaso desarrollo de los sectores profesionales burgueses el que constituye uno de los motivos por los que la lucha de la vanguardia de clase media, de la intelectualidad burguesa contra la clase superior cortesana se realiza casi de modo completo al margen de la esfera política y por lo que el ataque se hace predominantemente contra el comportamiento humano de la clase superior, contra rasgos humanos generales, como la "superficialidad", los "convencionalismos externos", la "insinceridad" y otros similares. Las escasas citas que se han reproducido aquí muestran con toda claridad esta interrelación. En todo caso, raramente se condensa el ataque sobre conceptos antagónicos específicos y concretos de aquellos otros que sirven a la autolegitimación de la intelectualidad alemana, como la educación y la cultura; y cuando lo hacen, sin gran intensidad. Uno de los conceptos antagónicos específicos que pueden encontrarse es el de "civilización" (Zivliisiertheit) en el sentido de Kant.


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