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ESTUDIOS. filosofía-historia-letras
Invierno 1988

CARTA AL CONSEJO EDITORIAL DE ESTUDIOS

Author: Miguel Soto


Consejo Editorial de Estudios. filosofia, historía, letras. Estimados señores:

En el número 14 de la revista Estudios, correspondiente al otoño de 1988, apareció una reseña del doctor Raúl Figueroa sobre mi libro La conspiración monárquica en México, 1845-1846, (México: Eosa, 1988). Encuentro en ella elogios que agradezco, pero con pena veo también que no describe suficientemente su contenido sino que se dedica a señalarle supuestos errores y omisiones: como resultado de todo ello, la reseña en cuestión me parece desorientadora. Considero imprescindible hacer una serie de apuntamientos que guíen oportunamente a los lectores de su prestigiosa publicación.

Primero que nada el doctor Figueroa considera que incurrí en una confusión al usar el título de Memorándum para referirme al extracto de la correspondencia del ministro español en México, Salvador Bermúdez de Castro y las comunicaciones de su gobierno relativas al proyecto monárquico de 1845-1846; pues, según él, mezclé el Memorándum del Marqués de Miraflores con el resto de la información y por eso lo nombré bajo el rubro referido. Esto lo dice el doctor Figueroa a pesar de que, además de usar dicho rubro para referirme a la información citada, señalo por separado el de Miraflores. Como hago notar, no obtuve este último documento con la información general, sino que se me facilitó posteriormente. Lo cierto es que, como digo con puntualidad en mi ensayo (p. 84), tomé la referencia y localización de estos legajos del libro The Diplomacy of Annexation. Texas, Oregon and the Mexican War, de David Pletcher, (Columbia, Misuri: University of Missouri Press, 1973); más aún, cuando solicité la fotocopia de este material al Archivo Histórico Nacional de Madrid, lo hice precisamente bajo la denominación de Memorándum que Pletcher usó: las autoridades de dicha institución me lo facilitaron y no expresaron incoveniente alguno con la utilización de ese título para referirme a los legajos de que se trata. Fue esto por lo que yo lo usé también en mi trabajo.

Por otra parte, Figueroa asegura con demasiado desenfado que, en lo que se refiere a la Historia de la España decimonónica, sólo tuve ac. ceso al libro de José Luis Comellas Los moderados en el poder, 1844-1854, (Madrid: CSIC. Escuela de Historia Moderna, 1970). No hay tal: si me limité a citar esa obra en lo que se refiere a la política hispana del periodo, ello fue porque es la única, entre las obras contemporáneas que revisé, que menciona -aunque negándola- la participación española en el proyecto monárquico mexicano. Usé este ejemplo para mostrar la omisión o negativa de la conciencia histórica española actual con respecto a algo que el propio doctor Figueroa no duda en llamar "tabú".

Ahora bien, en lo que se refiere a los libros que el reseñante se sirve recomendarme, debo decir que el más útil ha sido el de Francisco Cánovas Sánchez, El partido moderado, (Madrid: Centro de Estudios Constitucionales, 1982). Pues, además de hacer una brevísima mención al proyecto monárquico en cuestión, me sirvió para corregir mi error al identificar al Ministro Javier de Istúriz con el partido progresista. En su oportunidad esta obra señala el antagonismo político entre los liberales moderados y los progresistas españoles existente en 1846, particularmente a raíz del regreso de varios de los últimos del exilio y de la inclusión de algunos -como Salustiano Olózaga- en las Cortes. Sin embargo, ni la obra de Cánovas, ni ninguna otra de las destacadas por Figueroa explican suficientemente el problema que yo abordo: durante la discusión de la diplomacia española incluida en el discurso real en diciembre de 1847, Olózaga dirigió críticas devastadoras al gobierno del Presidente del Consejo Ramón María Narváez por su política intervencionista en México durante el otoño de 1845 y la primavera de 1846, pero no dijo nada absolutamente sobre los francos afanes monárquicos qu el gobierno de Istúriz manifestó en relación con Ecuador en la segunda mitad de 1846, Mi pregunta es ¿por qué a uno sí lo fustigó y al otro nó?.

Que duda cabe que uno de los mayores atributos del quehacer histórico es el de la precisión; por ello agradezco de veras la corrección que el doctor Figueroa me hace con respecto a la filiación política de Istúriz. Precisamente con ese mismo carácter, me permito hacer un último señalamiento a su nota. Figueroa afirma que incurro en nueva imprecisión al señalar que el primer representante español, Angel Calderón de la Barca, acababa de llegar a la ciudad de México cuando estalló la rebelión de 1841 que a la postre derribó a Anastasio Bustamante. Lo cierto es que la rebelión a la queme refiero es la de julio de 1840 dirigida por los federalistas de Gómez Farías: en ella el Palacio Nacional fue bombardeado y los enfrentamientos se prolongaron del 15 al 27 de dicho mes, sin embargo en esta rebelión el gobierno de Bustamante no fue derribado. Más bien parece que el doctor Figueroa leyó sin suficiente cuidado los párrafos correspondientes de mi libro.[Nota 1]

Estas son algunas reflexiones provocadas por la reseña que el doctor Figueroa hizo de mi trabajo. Me permito solicitar a los distinguidos miembros de ese Consejo Editorial tengan a bien publicarlas, como decía arriba, para que los lectores cuenten con mayores elementos de juicio y para que se vea que el conocimiento histórico puede y debe ventilarse abierta y francamente.

Sin otro particular queda de ustedes. Atentamente,

MIGUEL SOTO


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