©ITAM Derechos Reservados.
La reproducción total o parcial de este artículo se podrá hacer si el ITAM otorga la autorización previamente por escrito.

ESTUDIOS. filosofía-historia-letras
Invierno 1988

2. Dialéctica de la publicidad


El problema se encuentra en la transición de la "voluntad de todos" a la voluntad general. Incluye también la pregunta: ¿El sistema de representación política establecido (mediante luchas que no habrá que olvidar) permite aún esta mediación, o está colocado ya fuera de juego por el politeísmo de valores que afecta a la voluntad de todos? Para contestar a esta doble pregunta hay que recordar brevemente el destino de las instancias mediadoras, de los "transformadores", un destino que obedece a una dialéctica de la publicidad, parelela a la dialéctica de la racionalización.

En el siglo XVIII, el discurso universalista de la Razón se afirma por una parte, en Kant, como una idea moral universalmente válida, fundada a priori en la razón pura práctica pero, por otra parte, se identifica también el consenso empírico reinante en el público culto sobre un fondo de ideas que constituye, en realidad, 'el bien común de la razón burguesa" (Thomasius). La tercera crítica de Kant tenderá, entre otros fines, a establecer un acuerdo entre la Razón y el sentido común (Gemeinsinn), también llamado "sentido comunitario" (genminschaftlicher Sinn). En los escritos de filosofia práctica la categoría de publicidad asegura una mediación dinámica, haciendo pasar las máximas de la Razón (publicidad de máximas) hacia el público de lectores. Lo mismo pasa con el diálogo en los Diálogos masónicos de Lessing. Además de la intervención de un momento capital para toda reflexión sobre el funcionamiento de la democracia, Lessing revaloriza (y con ello da fundamentos a la francmasonería) la función del secreto, mientras que para Kant el republicanismo sustituye, con una representación mediata, a la transparencia inmediata.

La francmasonería ideal de Lessing simboliza el acuerdo entre hombres preclaros o ilustrados; lejos de estar encerrada en sí misma, está abierta a todos, es universal y todos los que usan la Razón son miembros de derecho. Representa en el seno de la sociedad existente el germen aún secreto de la sociedad perfecta. Pero precisamente porque esta sociedad perfecta no es un concepto (no corresponde a una realidad empírica) sino una Idea, los francmasones están investidos para una misión pedagógica basada doblemente en el secreto y en la publicidad: tienen que ayudar con el diálogo (publicidad) a cada individuo dotado de razón a descubrirse "Francmaçon", ciudadano de la sociedad ideal, sin jamás afirmar dogmáticamente su verdad, pues este secreto que es el suyo no puede revelarse como concepto, como conocimiento empírico. Este secreto no es más que la práctica, que empieza con el diálogo. Esta reivindicación de la historia por un público ilustrado que afirma su vocación universal sugiere dos conclusiones: primero, la hegemonía de la Ilustración mediante la formación de la opinión pública, después y sobre todo, el temor de un abuso de la Ilustración, que se traduce en Lessing por la dialéctica secretopublicidad y en Kant por la distinción entre el hombre público (el erudito, sujeto pensante, dirigiéndose a otros sujetos pensantes) y el hombre privado (el sujeto empírico realizando su Beruf). Es este temor el que conduce a Lessing a justificar la práctica del secreto y de la mentira pedagógica, preconizando que las verdades y actos ad extra están siempre adecuados al consenso existente en cada momento en el cuerpo social. Entre el ideal y la ideología, el secreto aparece como un transformador tan importante como la publicidad, precisamente para evitar la transparencia total que reduciría el consenso a su estado empírico.

En la evolución de la publicidad burguesa el Estado ha tenido quejugar este papel de regulador. La "dialéctica de la publicidad" puede esquematízarse de este modo: la noción de publicidad hace valer contra el derecho establecido la dinámica de una opción pública, de un consenso, en ósmosis con la moral. Este consenso afirma así su derecho a fundar la nueva legalidad; además, así se impuso la forma constitucional del Estado moderno. Pero también así este Estado fue investido de la función de regulación y heredó la función mediadora del secreto reanudando su tradición maquiavélica -o más bien asumiéndola de hecho sin ruptura en un contexto nuevo- puesta al servicio del buen hacer de la Ilustración: El Estado se convierte en gerente del consenso, de la mediación entre ideal e ideología. Con este concepto institucionaliza y neutraliza la ambigüedad subyacente a la publicidad de la Ilustración entre la Razón y las pretensiones universalistas de una clase, el Hombre y el burgués. Los derechos fundamentales garantizarán a la vez el uso público de la Razón (libertad de opinión, de palabra, de prensa, de asociación y de reunión; derecho al voto, de petición, y, en cierta medida, a ser elegido), el libre estatuto del individuo (libertad de la persona) y los intercambios entre propietarios (igualdad ante la ley, protección de la propiedad privada). Entre estos tres aspectos no hay discontinuidad, por lo menos durante la fase ascendente del capitalismo, que vio en la libre competencia e intercambio el libre acceso a la esfera pública -la cultura y la propiedad---. Era perfectamente creíble que la esfera pública fuera expresión del interés general, que el burgués propietario defendiera al Hombre y a la Razón. Ahora bien, la contradicción real de los intereses de los propietarios y de los no propietarios, disimulada por el universalismo de la opinión pública burguesa encubre un potencial de conflictos, que solamente la ficción de un Estado situado por encima de los partidos y de los intereses de clases puede contener. Para superar el conflicto disimulado detrás de la publicidad burguesa, Hegel introduce una figura del Estado que anticipa con lucidez, aunque al precio de una regresión en cuanto a formas políticas propuestas, la evolución real del Estado constitucional burgués. Pues la publicidad burguesa acaba, de hecho, engendrando su contrario: el Estado burocrático (lo que ya es verdad para el pacto entre la burguesía alemana y el Estado prusiano), el Estado que Marx y Engels verán realizado con el Segundo Imperio y, finalmente, el Estado social del capitalismo avanzado que trata de reducir todos los problemas de legitimidad a problemas técnicos.

Sólo esta autodestrucción dialéctica de la publicidad de la Ilustración permite de momento explicar que en la evolución del capitalismo el régimen parlamentario no se haya convertido en enterrador del dominio burgués. Por las reformas sucesivas del derecho de voto, la masa de la opinión pública plebeya ya tendría que haber hecho irrupción en la publicidad política.

Este Estado transformador, que interviene incluso cuando debe actuar en contra de los intereses dominantes con el fin de salvaguardar el equilibrio del sistema, no cesó sin embargo de extender sus poderes y de consolidar sus cimientos, desconectando cada vez más los problemas de racionalidad de los problemas de legitimidad, es decir, sustituyendo al consenso del cual es gestor, la racionalidad misma de esta gestión, el conjunto ciencia-técnica administración.

Mientras que en el siglo XVIII, la publicidad expresaba un consenso social que pretendía institucionalizar una voluntad colectiva de transformación, hoy ésta ya no constituye la legitimidad del poder político ni inspira su racionalidad. Según Habermas, la mediación toma la doble forma de "refeudalización" y de "vasallajización", de una invasión de la sociedad civil por intervenciones del Estado y de una privatización de la esfera pública por la lucha que le oponen los lobbies de intereses privados; si la opinión pública sobrevive aún, es "avasallada" sobre todo por los mass-media.

Ese diagnóstico es válido si se ponen bien los acentos. Lo esencial es, en efecto, la reprivatización del dominio público, no el espectro del Estado. A primera vista la supremacía de la racionalidad instrumental se impone como extensión del poder para disponer técnicamente de las cosas (technische Verfügungsgewalt) en la gestión de la integración social. Desde este punto de vista, decisiones y normas tienden cada vez más a justificar la legitimidad de su eficacia (Luhmann, Legitimation durch Verfharen, 1969). Pero paralelamente, desvinculando las elecciones de la justificación por valores establecidos o universalizables gracias a una publicidad racional, esta extensión de racionalidad técnica multiplica las alternativas individuales y deja libre curso al individualismo de intereses. La alternativa "más Estado o menos Estado' no tiene nignún sentido ante la dialéctica de la racionalización y de la publicidad. Más radicalmente aún, esta evolución "cortocircuita" a los transformadores, no sólo la formación de una nueva voluntad colectiva sino al Estado mismo.


Inicio del artículoAnteriorRegresosiguiente