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ESTUDIOS. filosofía-historia-letras
Invierno 1988

4. Transparecia y obscenidad


Los pequeños relatos individuales expresivos, de lo que vi, de lo que sentí, de lo que viví, sin ningún maquillaje, sin ninguna falsificación ni puesta en escena de mi experiencia, señalan la llegada de una comunicación-revelación situada bajo las exigencias de expresividad personal, del destape mutuo de los individuos (opciones y sentimientos). El estudio sociológico y psicológico de las redes "Minitel" ps particularmente instructivo en este sentido. Aquí la transparencia democrática se vuelve obscena llevando al límite la confusión entre la voluntad general y la voluntad de todos, transformando incluso la voluntad de todos en la afirmación de voluntades individuales.

Según Richard Sennett (The, Fall of Public Man, Nueva York, 1974) la interacción social se asienta sobre una escenificación: el hombre público, en oposición al hombre privado, sacrifica su subjetividad, sentimientos y deseos, por respeto a una convención. La subjetividad nunca se revela de inmediato, sino siempre en función de reglas colectivas que introducen una opacidad necesaria en la transparencia de la comunicación (cfr. supra Lessing). Es esa opacidad la que distingue a la comunicación de la simple información, lo normativo de lo cognitivo. El consenso no es una ecuación, sino un acuerdo obtenido por argumentación. Ésta no borra los conflictos pero pone en marcha la referencia a una instancia en la cual los protagonistas llegan a un acuerdo. Esta instancia en el siglo XVIII no era del orden del entendimiento, sino del de la universalidad de la Razón; el consenso extraía su legitimidad y su eficacia práctica del interés general, que no se identificaba con el interés de todos. "La transparencia y la obscenidad del espacio en la promiscuidad de las redes" (Braudrillard).

La desaparición de la "escenificación" desemboca en esta "obscenidad blanca", que Braudrillard describe así:

Todos somos actores, todos espectadores, ya no hay teatro, el teatro está por todas partes, ya no hay reglas, cada uno representa su propio drama, improvisa sobre sus propios fantasmas... Esta obscenidad blanca, esta escalada de la transparencia, alcanza su cumbre con el hundimiento del escenario político. A partir del siglo XVIII, éste se moraliza y se vuelve serio. Es un lugar con un significado fundamental: el pueblo, la voluntad del pueblo, las contradicciones sociales, etc. Ha de corresponder al ideal de una buena representación. Mientras que la vida política anterior, como la Corte, actuaba de un modo teatral, a base de juego y maquinaciones, desde este momento existe un espacio público y un sistema de representación (la ruptura se instala simultáneamente en el teatro con la separación del escenario y de la sala). Es el fin de una estética y el principio de una ética de lo político... Lo obsceno nace fuera del escenario, en las tramoyas del sistema de representación. Primero es, pues, oscuro: es lo que derrota la transparencia del escenario como lo inconsciente y lo inhibido derrotan la transparencia de la conciencia. (...) Tal es la obscenidad tradicional, la del inhibido sexual o social, de lo que no es representado ni representable. Para nosotros no es lo mismo: Hoy al contrario la obscenidad es la de la sobrerrepresentación. ( ... ) Al principio había el secreto, después hubo lo inhibido y luego hubo que jugar a la profundidad. Al fin hubo lo obsceno y fue la regla de juego de un universo sin apariencias ni profundidad -de un universo de la transparencia.

Obscenidad blanca.

Pero por ser blanca, es decir moralmente neutral, no es menos peligrosa, sino más peligrosa aún para la democracia. Porque si el secreto de los príncipes o el de los lobbies es realmente su enemigo, la utopía de la transparencia es tan nefasta para la representación democrática como la desaparición del ceremonial para la representación feudal.

En efecto, la voluntad de todos toma la forma de un parcelamiento generalizado que no sólo es incapaz de crear un verdadero consenso, sino que también libera una expresividad estratégica, incluso terrorista, una omnipotencia de género performativo cuyo estallido es inseparable. Aquí también los usos "interactivos" de nuevas tecnologías de comunicación pueden hacer entender esta evolución. La propia cxpresividad que los invistió es fundamentalmente estratégca, sin distinguirse apenas de los video-juegos basados en la agonística y la estrategia, en la invención de golpes. Una encuesta de Eddie Cherky sobre la red "Minitel" de Estrasburgo ("Gretel") muestra que el diálogo por "Minitel" da lugar no solamente a la invención de relatos individuales que son (frecuentemente, si no por principio) identidades ficticias -con lo que la anomia deviene regla- sino que también da lugar a un juego estratégico que consiste en esconderse o en descubrir ("destapar"). Más aún, la "piratería", es decir la invención deliberada de falsas identidades, consiste en no cortarse, en no dejarse descubrir, pero también en cambiar de identidad (y, notémoslo, de sexo).

Si la performatividad y la expresividad -en realidad estratégicaremplazan cada vez más a la argumentación enfocada a un acuerdo sobre normas, la única alternativa verdadera es la del totalitarismo ("performativo") y del terrorismo expresivo, cuya subjetividad confisca y pervierte la subjetividad de la moral. Al fin de La condición posmoderna, Lyotard sugiere esta alternativa:

La informatización de las sociedades puede convertirse en la herramienta "soñada" para el control y regulación del sistema de mercado, extendido hasta el saber mismo, y exclusivamente dirigido por el principio de "performatividad". Y así comporta de forma inevitable el terror. Puede servir también a los grupos de discusión sobre los metaprescriptivos dándoles la información que necesitan a menudo para decidir con conocimiento de causa.

Sin embargo, Lyotard no consigue "desintrincar" el totalitarismo del terrorismo. Se niega a ver que el peligro del terrorismo democrático, resultado del exceso de transparencia, es más urgente ahora, si cabe, que el peligro de totalitarismo y llama a la isomorfia "terror" cuando es, de hecho, totalitarismo. Por cierto, es la supremacía de la virtud moral la que engendró el terror jacobino, pero precisamente porque la Virtud se separó del curso del Mundo (Hegel) y permaneció como discurso subjetivo. El totalitarismo empieza donde lo subjetivo y lo objetivo pretenden no distinguirse el uno del otro, (y no importa que recurra al Espíritu o a la vida), donde toda clase de discurso se legitima con un mismo fundamento que lo justifica todo, incluso el Mal en la Historia.


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