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ESTUDIOS. filosofía-historia-letras
Invierno 1988

5. ¿Cómo salvarla democracia?


Haciendo abstracción del rearme moral, ¿cómo reconstruir el "tercio simbolizante" que, asumiendo realmente su función de transformador, frenaría el territorismo y el totalitarismo?

A su manera, la reflexión de la arquitectura posmodena abrió algunas perspectivas. La noción de codificaciones múltiples propuesta por Charles Jencks debe permitir a la arquitectura dirigirse a todos, a las masas como a la élite. Se apoya, primero, en la yuxtaposición de dos códigos, el de la lectura común y el de la lectura de lo expertos, pero también en un eclecticismo y un pluralismo estilístico que, por sus recursos historicistas a los estados del pasado, asegura al nivel formal la legitimidad de una tradición que niega invocar como tal, pero que, unido a la pluralidad de lecturas posibles, parece poder constituir el más amplio consenso posible, apoyando en un público de extrema diversidad. Esta nostalgia del consenso, lejos de constituir el metadiscurso normativo que cimienta el lazo social, confirma sin embargo su descomposición y se contenta con reflejarla: la codificiación múltiple es, en realidad, lo que Deleuze y Guattari llaman "la decodificación", la destrucción de los códigos, la desterritorialización.

Todos los movimientos arquitectónicos posmodernos testifican una misma ambivalencia. Cuando no promueven un pluralismo sacado de un neo-liberalismo, sus intenciones democráticas resbalan hacia el "antimodernismo".

Dignas de interés son las tentativas dirigidas a la promoción de una arquitectura comunal (municipal) que no sólo se contenta de asociar los intereses a la planificación al nivel de grandes discursos, sino que también elabora planos de barrios dialogando con los clientes. Si, en el ámbito del urbanismo, los mecanismos de management del mercado y de las administraciones funcionan de manera que comportan a los interesados disfunciones -e invalidan así el "funcionalismo", en el sentido en que se entendía clásicamente, es lógico entonces hacer concurrir junto al dinero y el poder, la comunicación, a través de la cual los intereses configuran una voluntad colectiva. Pero, la nostalgia de formas de vida uniformizadas, retrocediendo hasta el límite de toda diferenciación, da muchas veces a esas tendencias un lado antimodernista... Esa ideología de menor complejidad abdica del potencial racional y la idiosincrasia de la modernidad cultural.

Por un lado, tales tentativas rompen el discurso monológico del funcionalismo y toman el contrapié de la tendencia que remplaza la acción comunicacional por interacciones mediatizadas y sustituye a la lengua, en su función de coordinación de la acción, por mediaciones del dinero y del poder. Por otro lado, la "relocalización", la vuelta a lo local; por ejemplo al policentrismo de pequeñas ciudades (Paolo Portoghesi: small is beatiful) o aún el "regionalismo crítico" de un Kenneth Frampton, que desemboca en un "populismo estético" que podemos considerar con, derecho propio como neo-conservadurismo. Deleuze y Guattari denuncian justamente esas "reterritorializaciones" como regresivas e incluso reaccionarias.

Esas ambivalencias llaman la atención sobre la ambigüedad de la descentralización que la cultura promovida por las nuevas tecnologías de comunicación debe permitir. Los intérpretes "optimistas" de esa evolución sitúan la esperanza de un "buen uso social", de una resocialización de una tecnología que tienen por simple instrumento, en la "relocalización" que favorece

En realidad, el desarrollo de los mass-media y de las telecomunicaciones permite conferir a lo local otro tipo de función que la de mero punto terminal de recepción de un influjo venido de¡ centro y elaborado a su manera. La aventura de las radios libres es ya explícita: supieron volver a dar forma y expresión a la fragmentación de las tierras, a la diferenciación de públicos, a la diversidad de usos y de "dialectos". ( ... ) También las experiencias de telemática hace ver que la mensajería y la interactividad permiten romper la inmovilidad de redes locales y entrar en relación con nuevos interlocutores para tal o tal proyecto de interés común.

Hemos visto más arriba lo que hay que pensar de todo esto. Tales esperanzas confunden descentralización y descentralizacióndeslocalización. Pero, es esta última la que se inscribe en el desarrollo de nuevas comunicaciones: una especialización tal que prohibe toda localización, llevando a cabo la disolución de lazos y lugares que estructuraban simbólicamente las sociedades tradicionales. La deslocalización toma la forma de una circulación en todas direcciones que ensalza una metafórica de los flujos y la fluidez, que expresa la comunicación ideal y glorifica, como el capitalismo, "el cambio generalizado", la comunicabilidad ilimitada y la conmutación. En las redes de las nuevas comunicaciones todos los lugares son equivalentes e intercambiables, en la medida en que, en principio, todos son accesibles desde cualquiera de ellos. Como en el eclecticismo de la arquitectura posmoderna, todos los estilos se vuelven intercambiables. Precisamente esa arbitrariedad provoca la expresividad a la cual no podemos resistir más que valiéndonos de la referencia neoconservadora de las tradiciones locales.

No obstante, estos intentos tienen el gran mérito de pecar por exceso de empirismo y de quedarse "enganchados" en la dinámica de la evolución, que les lleva al fracaso. No se puede decir lo mismo de la "teoría de la acción comunicativa" de Habernas, que trata de salvar el funcionamiento democrático de nuestras sociedades con una lógica de la argumentación que resucitaría la publicidad de la Ilustración. En efecto, no va hasta el límite de sus presupuestos, al cabo de la lógica que le da fundamento y al término de la cual tendría que decidirse justamente por el doble triunfo del expresionismo y de lo performativo. Si releemos con Habernas la "dialéctica de la racionalización", se ve que es esa dialéctica la que revela y construye el "contenido normativo" antaño implícito en las sociedades tradicionales; su mundo vivido se moraliza y se teoriza y lo "que considerábamos sin problema como un hecho o una norma puede ahora ser válido o no serlo". La acción comunicativa es en sí el resultado de la traducción, de la explicitación, de la tematización y de la problematización, es decir, de la racionalización del mundo vivido tradicionalmente (y de los presupuestos implícitos de toda interacción). Si esta racionalización desemboca en una expansión general, la racionalidad comunicativa debe tener un papel en esta expansión. Entonces se cuestiona su capacidad de frenarla y de reconstruir un consenso superando los contratos temporales. Pero Habernas renunció al a priori de una comunidad comunicativa trascendental, como la que sostiene Apel, y a lo "cuasi trascendental" de la historia de una clase o de la especie.

No podemos ya presuponer un momento normativo fuera de los avatares del proceso de racionalización. Es a partir de losjuegos de lenguaje dominantes que debe reconstituirse un "tercio simbolizante". Querámoslo o no, la salvaguardia de la democracia pasa hoy la prueba de su mayor peligro: por abajo. En el contexto de la desterritorialización, pasa por la aptitud de las constelaciones consensuales para convertirse en verdaderos agentes sociales. Aunque es cierto que nada garantiza que esas constelaciones no sean otra cosa que "los contratos temporales" de los que habla Lyotard. Pero como él dice también (aún confundiendo totalitarismo y terror), constituyen una línea de resistencia a la isomorfía (totalitaria) y al terror de arbitrariedad expresiva que tiende a sustituir al terrorismo de la moral. Todo depende de su capacidad de construir, o por lo menos expresar, un sentido común (Gemeinsinn) o comunitario (geminschaftlicher Sinn), el cual no es ni cognitivo ni propiamente normativo, sino una hipótesis. Una pura constelación estética y no "momento incondicionado" derivado de una argumentación racional que, por el contrario de lo que aún cree Habermas, simplemente ha dejado de ser posible o -para decirlo con más prudencia- lo es cada vez menos.


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