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ESTUDIOS. filosofía-historia-letras
Invierno 1988

VIII. Demagogia y cultura política


La demagogia, en general, tiene y ha tenido eficacia para el logro de los propósitos de quien la usa. Por ello se le seguirá utilizando en las actividades políticas. Por supuesto que puede ser más o menos eficaz dependiendo de muchas condiciones, y puede en algunos casos incluso mostrarse totalmente nula en sus resultados. Su fuerza puede depender de la habilidad particular del demagogo, los símbolos y lenguaje que utilice, las circunstancias históricas en las que se encuentre, los medios utilizados para dirigirse al público, las características de éste, etc. Muchos casos concretos han sido estudiados por especialistas en propaganda política, opinión pública, socialización política, etc. Aquí trataremos de mencionar los elementos generales que proporcionan efectividad a la acción demagógica, de acuerdo con los estudiosos más destacados del tema.

El primer elemento clave consiste en los rasgos personales del político; su presencia, fuerza de personalidad, elocuencia, simpatía, etc, que son elementos constitutivos del buen orador. En este sentido se ha señalado que quien posee tales cualidades puede influir considerablemente sobre el público, sean cuales sean sus ideas.[Nota 17]

La otra parte del proceso está situado en el pueblo, el receptor del mensaje. Evidentemente se pueden establecer muchas diferencias entre una sociedad y otra, y sus respectivos ciudadanos, de tal manera que lo que es aceptado por unos, es rechazado radicalmente por otros.

La oratoria de Hitler con toda seguridad hubiera tenido poca acogida en otras naciones. Pero precisamente en eso consiste parte de la habilidad del orador; en saber que tipo de auditorio tiene y por tanto cómo dirigírsele. En todo caso, son muchos los autores que coinciden en que los pueblos, independientemente de sus diferencias culturales, presentan cierta tendencia "innata" a creer en sus líderes, y dejarse manipular por ellos.[Nota 18]

Así, si el demagogo es hábil, podrá lograr que el pueblo se exalte y emocione cuando él lo hace, y que cuando se conmueva, el pueblo llore con él. Los resultados visibles de su gestión, por pésimos que sean, quedan en esos momentos fuera de la mente del público.

Sin embargo existe el proceso contrario, esdeciraquél mediante el cual el pueblo se percata del engaño del que ha sido objeto, y reacciona de alguna forma. Las circunstancias específicas en que esto se da varían de un caso concreto a otro. Pero hay una base general en éste fenómeno.[Nota 19]

El mismo uso contínuo y repetitivo del discurso demagógico provoca su propio desgaste y mina su credibilidad. En realidad, el hecho de que un sistema político mantenga su estabilidad no implica necesariamente que sus bases de legitimidad sean aceptadas por la mayoría de la población, tal como lo señala Weber.[Nota 20]

A ese respecto, el sistema político mexicano ha aprovechado el sistema sexenal para renovar su legitimidad al inicio de cada administración, y despertar nuevamente en la ciudadanía la esperanza de que las cosas irán mejor, y que las experiencias desagradables no se repetirán. El discurso demagógico de cada sexenio tiene una función vital en este sentido, e indudablemente que ha contribuído mucho a la estabilidad del sistema. La revolución, dice el gobierno, continúa.

Es decir, todo parece indicar que en México el proceso mediante el cual se obtiene confianza y credibilidad en un gobierno determinado, y su posterior retiro --en medio de gran desilusión y esceptiscismo- no es lineal, sino circular. Ello ha sido así por mucho tiempo. Pero indudablemente que el fracaso de los últimos gobiernos en cumplir las promesas que tan vigorosamente han ofrecido (administración de la abundancia, solución de la crisis económica, control de la inflación, renovación moral, limpieza electoral, etc.), van desgastando rápidamente el mecanismo de renovación sexenal de la esperanza ciudadana. Las elecciones de 1988 así lo reflejan.

Por otro lado, a raíz precisamente de las dificultades por las que pasa el país -y el gobierno- la distancia entre discurso y realidad se ha incrementado a un grado probablemente sin precedentes desde la Revolución mexicana, por lo que cada vez más pierde su eficacia. En efecto, son muchos los autores que han advertido sobre las consecuencias de un uso indiscriminado y exagerado de la demagogia, en términos de legitimidad. Todo lo cual contribuye a empujar al sistema político a buscar su autotransformación. Si se trata de un giro democrático, el discurso oficial adquirirá diferentes características menos demagógicas así como nuevas funciones. Si el sistema se torna más represivo, el discurso político perderá todas sus funciones.


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