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ESTUDIOS. filosofía-historia-letras
Invierno 1988

III. Demagogia, democracia y legitimidad


Por legitimidad política se entiende normalmente la aceptación por parte de los gobernados de las razones que dan los gobernantes para justificar su acceso al poder.[Nota 9] Como bien se sabe, estas razones pueden variar considerablemente, desde las más irracionales (magia, poderes, sobrenaturales, etc.) hasta las más apegadas a la razón. El Estado moderno se caracteriza, entre otras cosas, por sustentarse en un tipo de legitimidad que apela a la voluntad popular como su base fundamental. Prácticamente todos los regímenes modernos buscan este tipo de legitimidad, por muy autoritarios o totalitarios que sean. Tratan de presentarse como gobiernos auténticamente democráticos.

Así, en la medida en que la idea de soberanía popular se fue imponiendo como principio de la legitimidad política en el mundo moderno, se intensificó la demagogia, en su sentido más amplio, para lograr un mínimo de legitimidad democrática, pues, como es bien conocido por los teóricos políticos, ningún Estado puede prescindir durante mucho tiempo de un cierto grado de legimitidad, así como tampoco puede abandonar totalmente el uso o la amenaza de coerción.

Ahora bien, los usos que han de darse a la demagogia varían según las carcterísticas específicas de cada sistema político. Así, la clasificación general de los sistemas políticos modernos en democráticos, autoritarios y totalitarios, implica que en cada uno de estos tipos la demagogia adquiere diferentes matices.[Nota 10]

Según la anterior tipología, la democracia política moderna se caracteriza principalmente por:

a) La posibilidad real de que más de un grupo político alterne en el poder periódicamente.

b) La existencia de una asamblea, congreso o parlamento que tenga la facultad real de oponerse al poder ejecutivo, sirviendo de freno y contrapeso de éste.

c) Sufragio efectivo universal para la designación de los puestos políticos más importantes de la nación, contando por supuesto con la participación en la contienda de más de un candidato a cada cargo.

d) Pluralismo ideológico y libertad irrestricta de expresión.

Existen otras características de la democracia, pero por ahora nos interesa destacar éstas. El rasgo general de la democracia consiste en que sus instituciones permiten de alguna forma participar a las bases en el proceso de toma de decisiones.

Los regímenes autoritarios y totalitarios modernos, por su parte, comparten el rasgo de que sus instituciones están orientadas a canalizary mediatizarla participación políticade las masas para mantener la estabilidad del régimen, pero evitando en lo posible que éstas tomen parte en la toma de decisiones. Las decisiones fluyen en uno yotro sistema, fundamentalmente desde la cúspide hacia abajo. Aunque la s características formales de la democracia aparecen en las constituciones de estos régimenes, su funcionamiento real tiene poco que ver con ellas.

No obstante, existen diferencias fundamentales entre los sitemas autoritarios y totalitarios. Los sistemas autoritarios, en general, son más flexibles en su dominación, permiten la existencia de una oposición formal -casi siempre sin posibilidades de acceso al poder y sin influencia en la toma de decisiones- un margen más amplio de libertad de expresión y disidencia, y una menor intervención del Estado en múltiples actividades sociales y económicas. Todo esto tiene la consecuencia de que un régimen autoritario aparezca como mucho más democrático que uno totalitario, y esto es capitalizado por las élites políticas del primero.

Tomando en cuenta lo anterior, hemos mencionado que la demagogia adquiere distintas modalidades en los diferentes regímenes políticos. En los sistemas auténticamente democráticos la demagogia también existe, pero no busca una legitimación democrática, pues la obtiene de su propio funcionamiento. Como ahí la ciudadanía sí decide el triunfo de uno u otro candidato, éstos deben buscar el favor popular para lograr el éxito político. Para ello pueden hacer uso de la demagogia, prometiendo lo que el electorado exige, y profesando públicamente las ideas más populares del momento, independientemente de sus convicciones reales.[Nota 11]

Lo anterior puede ser válido para México, hasta cierto punto, en la medida en que se respete el voto ciudadano. Pero se puede decir que, debido a la práctica del fraude electoral, y al hecho de que los procesos internos del PRI están lejos de ser democráticos, la nominación y el triunfo de los candidatos depende en muy poco de la decisión popular.

Aunado a lo anterior, tenemos la continua insistencia por parte de los gobiernos post-revolucionarios formados por el partido oficial de que mantiene vivos los ideales y fines de la revolución mexicana, aun cuando cada vez es más evidente que se trata de mera retórica.

La amplia ideología de la revolución mexicana ha sido, y probablemente seguirá siendo, una vasta e inagotable fuente de demagogia, en su función legitimadora.


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