©ITAM Derechos Reservados.
La reproducción total o parcial de este artículo se podrá hacer si el ITAM otorga la autorización previamente por escrito.

ESTUDIOS. filosofía-historia-letras
Invierno 1988

VII. Demagogia e imagen pública


En el ámbito de las relaciones personales, así como en el campo profesional, la imagen personal que se proyecta hacia fuera es de suma importancia para la promoción y el éxito en estos aspectos. Lo que en realidad se es poco importa; lo que cuenta es lo que los demás crean que uno es. Ciertamente no puede haber un divorcio total y absoluto entre una cosa y la otra, pero con frecuencia sí existe una gran distancia. Todo mundo sabe esto, de tal forma que la mayoría de las personas procuran construir y proyectar una imagen que sea adecuada a sus aspiraciones profesionales.

En la política esto cobra especial importancia, pues si no se reúnen ciertos requisitos, no es tomado en cuenta para ocupar un determinado cargo. Sin embargo, se deben manejar al menos dos imágenes diferentes. Una dirigida a la élite política, y otra dirigida al público general. En la primera, cuentan elementos como sagacidad, astucia, lealtad política, eficiencia en ciertos desempeños específicos vinculados a las tareas políticas, así como mostrar una identificación con las convicciones de quienes pueden ser los promotores y padrinos del ascenso profesional. En la imagen que se dirige al público, se busca proyectar cualidades como honestidad, sinceridad, espíritu de servicio, nacionalismo, capacidad de trabajo, apego a los valores sociales predominantes, etc. El proyectar una imagen adecuada a los cargos a los cuales se aspira es una medida imprescindible para el político. Por supuesto, si no tiene las cualidades requeridas hay que fingirlas.[Nota 14]

Por otro lado, en la formación de la imagen que un político pretende proyectar pueden también intervenir factores psicológicos, es decir aquellos elementos de la personalidad que desean verse realizados o que se consideran como un hecho real. El orgullo, la arrogancia y el ego exaltado pueden tener mucho que ver con este proceso, sobre todo en algunos de los políticos más encumbrados. De cualquier forma, se busca que no representen un obstáculo sino un instrumento para la consolidación política.

En el caso de los Presidentes de la República, el manejo de la imagen adquiere matices especiales, pues su carrera política ya no depende de ella. Sólo sirve para adquirir popularidad y aceptación entre el pueblo, durante y después de su gestión. Probablemente todos guarden cierta preocupación por la idea que de ellos pase a la historia. Por lo cual ponen cierto empeño en la creación y propagación de una imagen determinada.

En el caso de López Portillo, por ejemplo, no se requiere de mucha imaginación para percatarse de que la imagen que quiso proyectar desde que fue nombrado candidato a la Presidencia era nada menos que la del Rey-Filósofo de Platón, es decir el gobernante más idóneo dentro de toda la filosofia política occidental. Para Platón, el filósofo es aquél que posee la verdad y que por lo tanto es el más calificado, y probablemente el único adecuado para gobernar los destinos de los pueblos, de tal forma que sean felices y prósperos.[Nota 15] Sólo él tiene la sabiduría y la templanza para hacerlo.

López Portillo manejó siempre la esperanza de que el pueblo mexicano lo considerara como tal. Un hombre que cultivaba diversas artes, que desarrollaba la gimnástica (tal como Platón aconsejaba), que de niño ya había leído a Homero y al propio Platón, y que a los 14 años había logrado comprender a Hegel, necesariamente tenía que acercarse al ideal platónico del filósofo. Buena parte de su discurso público refleja esta idea del filósofo gobernante, pues solía citar a grandes figuras de la filosofia occidental y oriental, para explicar problemas políticos y sociales cotidianos.

Aunque probablemente esta imagen haya sido aceptada por una buena parte de la ciudadanía, al menos durante algún tiempo, los hechos vinieron a desmentirla, sobre todo en torno a una cuestión; el filósofo del que habla Platón, además de ser sabio, es virtuoso. La sabiduría va asociada a la virtud, es decir la honestidad, la sinceridad, la identificación genuina con los intereses colectivos, etc. Por ello tal vez consideró Platón que de no gobernar los filósofos, las cosas no irían tan bien para los gobernados.[Nota 16]


Inicio del artículoAnteriorRegresosiguiente