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ESTUDIOS. filosofía-historia-letras
Primavera 1989

BLAS PASCAL, TRES DISCURSOS SOBRE LA CONDICIÓN DE LOS GRANDES

Author: Antonio Gomez Robledo


Blas Pascal nació el 19 de junio de 1623 en Clermont, hoy Clermont Ferrand, en el seno de una familia acomodada, no precisamente de la nobleza, pero sí de la alta burguesía, con acceso directo a las más altas esferas sociales y políticas, como podrá verse en el discurso de su vida, la cual no llegó ni a los cuarenta años, pues murió en 1662.

Su padre Esteban Pascal, un padre amorosísimo pero sin la menor idea pedagógica, se empeñó, y no por tacañería, sino por creer que era lo mejor, enseñar a su único hijo varón por sí mismo, por lo que el niño y luego el joven Blas no concurrió jamás a ninguna escuela. De ahí que, en términos generales, y sobre todo tal vez en historia y filosofía, su formación haya sido de lo más deficiente. En lo único en que fue excelente, fue en matemáticas, en geometría -sobre todo, y esto porque el adolescente genial pudo completar por sí mismo los rudimentos recibidos del padre. El que por sí mismo haya llegado, según va la leyenda, a la trigésimo segunda proposición de Euclides, ofrece perfiles cuestionables, pero hasta hoy parece verdadera en lo sustancial. Lo que en todo caso no puede cuestionarse es que Pascal, sin ninguna o escasa relevancia en filosofía, conquistó desde el principio renombre de gran matemático.

La pésima escolaridad de Pascal, por otra parte, no dejó de contribuir, bajo otro aspecto, a su formación más íntima y a su ejemplarismo en la historia de las ideas. Si Pascal no aprendió nada de nadie, lo encontró todo, en cambio, en sí mismo, con lo que no hizo sino refrendar la mayéutica socrática, según la cual el conocimiento verdadero no es ninguna verdad prefabricada, sino el parto vital del espíritu. "Saber de memoria no es saber" (savoir par coeur n´est pas savoir) dijo Montaigne, a quien tanto leyó Pascal. En confirmación de lo cual, copiaré esta página de Fortunato Strowski:

"Muchas lagunas tuvo la educación de Pascal. El pasado no se reconstruye sino que se aprende, y Pascal no lo aprendió nunca. La educación solitaria acostumbra al espíritu a considerar cada idea adquirida como una obra personal y como un descubrimiento. En cualquiera de sus escritos, Pascal tiene siempre en sus labios el grito de Cristobal Colón al descubrir América... De otra parte, sin embargo, al inquirir por la razón de todos los efectos, el autodidacto hácese sutil y penetrante, y se habitúa a llevar su propio pensamiento hasta el fondo. No acepta ideas prefabricadas ni hábitos intelectuales impuestos, y está libre de las constricciones tradicionales y sociales que rigen por igual en el mundo de los cuerpos y en el de los espíritus. He ahí a Pascal todo entero. El lector de los Pensamientos ha de estar reconocido al digno magistrado que educó tan bien a su hijo al educarlo tan mal."[Nota 1]

Pascal prosigue así, por sí solo, su brillante carrera científica.

A los dieciséis años compone en latín el Tratado de las secciones cónicas que asombró a Descartes, y a los dieciocho inventa la máquina aritmética, precursora, al parecer, de las computadoras actuales. Cuando la tuvo lista, después de un trabajo ímprobo que lo dejó agotado y que repercutió gravemente en su salud, procedió a enviarla a la reina Cristina de Suecia, a la cual, como es bien sabido, le agradaba verse rodeada, cerca o lejos, de los mejores ingenios de Europa. A Descartes, por cierto, le costó la vida el favor real.

En la carta que Pascal dirigió a la soberana al mandarle su máquina, tropezamos con el párrafo que transcribimos por creerlo de interés:

"Lo que me ha llevado a haceros este envío es la unión que hay en Vuestra Majestad de dos cosas que me llenan igualmente de admiración y respeto, y que son la autoridad soberana y la sólida ciencia. Tengo, en efecto, una veneración muy particular por aquellos que han sido elevados al rango supremo, o de potencia o de ciencia. Los últimos pueden, si no me engaño y no menos que los primeros, pasar por soberanos... El poder de los reyes sobre los súbditos no es, a lo que me parece, sino una imagen del poder de los espíritus sobre los espíritus que les son inferiores. Y este segundo imperio paréceme tanto más elevado cuanto que los espíritus son de un orden más elevado que los cuerpos, y tanto más justo cuanto que no puede compartirse o conservarse sino por el mérito, mientras, que el otro puede serlo por el nacimiento o por la fortuna."

Dudo mucho que a la reina le haya gustado el párrafo anterior, porque lo que viene a decirle Pascal, en fin de cuentas, es que él es el sol, y ella apenas la luna, y por todo lo que sabemos, nunca fue invitado a la corte de Estocolmo. Y ni falta que le hizo, porque Pascal fue siempre un espíritu soberanamente libre. Después de Dios, lo que más amó fue la inteligencia, conforme al verso de nuestro vate jarocho:

Dios sobre todo, y sobre todo lo demás, la idea.

No estará por demás recordar, en esta hora sombría de postración de la inteligencia, la apoteosis del espíritu y del pensamiento en las páginas pascalianas. Espiguemos al azar y ponderémoslo.

"El pensamiento constituye la grandeza del hombre". Pensée fait la grandeur de l'homme.

"Toda nuestra dignidad consiste, pues, en el pensamiento."

Toute notre dignité consiste donc en la pensée.

"El hombre no es sino una caña, la más endeble de la naturaleza, pero es una caña que piensa." L´homme n`est qu´un roseau, le plus faible de la nature, mais c´est un roseau pensant.

"Todos los cuerpos, el firmamento, las estrellas, la tierra y sus reinos, no valen lo que el menor de los espíritus, porque éste conoce todo aquello y a sí mismo, y los cuerpos, nada."

Son pensamientos maravillosos, y sin embargo nos falta aún lo mejor, que es la subsunción de todos ellos en el triple orden de los cuerpos, los espíritus y la caridad, descrito al final de los Pensamientos, y del que, por su belleza y profundidad, trasladamos los párrafos esenciales:

"La distancia infinita entre los cuerpos y los espíritus figura la distancia infinitamente más infinita entre los espíritus y la caridad, por ser ésta sobrenatural.

"Todo el esplendor de las grandezas no tiene lustre para las gentes que se hallan en las investigaciones del espíritu.

"La grandeza de las gentes de espíritu es invisible para los reyes, para los ricos, para los capitanes, para todos los grandes de la carne.

"La grandeza de la sabiduría, que es nula si no es de Dios, es invisible para los carnales y para las gentes de espíritu. Son tres órdenes de diferente género.

"Los grandes genios tienen su imperio, su esplendor, su grandeza, su victoria, su lustre, y no tienen ninguna necesidad de las grandezas carnales, con las que no tienen ninguna relación. Son vistos no de los ojos, sino de los espíritus, y basta.

"Los santos tienen su imperio, su esplendor, su victoria, su lustre. Y no tienen ninguna necesidad de las grandezas carnales o espirituales, con las que no tienen ninguna relación, porque ni quitan ni ponen. Son vistos de Dios y sus ángeles, y no de los cuerpos ni de los espíritus curiosos. Dios les basta."

En máximas como éstas o en otras semejantes que pululan en la obra pascaliana, se inspiró Max Scheler para fundamentar la escala axiológica que va en este orden ascendente: valores vitales, valores espirituales y valores religiosos, y que corresponden fielmente a los tres órdenes que se nos han dado con tal carácter en la cita anterior.

Los fragmentos transcritos son, además, aun si prescindimos del fondo, un prodigio de forma. Ahora bien, y según se reconoce generalmente, por tirios y troyanos, el estilo de los Pensamientos no hace sino prolongar el estilo de las Provinciales, que hoy no se leen más con ánimo filosófico o teológico, pero sí como obra de arte.

Bastará con citar a este respecto el testimonio de Voltaire:

"El primer libro de genio que apareció en prosa fueron las Cartas provinciales. Todos los géneros de elocuencia están allí encerrados. No hay una sola palabra que, desde hace un siglo, se haya resentido del cambio que tan a menudo altera las lenguas vivas. A esta obra hay que atribuir la fijación de la lengua." (Siécle de Louis XIV.)

Este juicio, comenta por su parte Sainte-Beuve, tiene fuerza de ley.

Desde la primera provincial se nos cuenta que su efecto fue tan fulgurante, que al canciller de Francia le sobrevino una apoplejía en acabándola de leer, y que fue preciso sangrarlo hasta siete veces para salvarle la vida. Y este trastorno le venía simplemente de que el drama de la salvación personal, que hasta entonces lo había leído en libros escolásticos que se caían de aburridos, lo veía ahora de manera inmediata que le representaba al hombre concreto encarándose con Dios en la dialéctica trágica de la gracia y la libertad.

Pues otro tanto pasa con los Pensamientos, meros fragmentos escritos al azar y de prisa, pero de los que sin embargo estamos hasta hoy colgados, como de los fragmentos de Heráclito, bebiéndoles su secreto y su transporte. Y sobre todo tal vez en los fragmentos más elaborados, como en El misterio de Jesús, para mí lo mejor que nos dejó Pascal, y que no es sino la noche de Getsemaní, la hora más trágica de Cristo, más aún que las tres horas de la cruz, cuando ya estaba abandonado a lo irremediable.

¿De dónde, una vez más, esta prosa incomparable? Del genio simplemente, se dirá. Está bien, por supuesto, pero aun del genio pueden indagarse las fuentes, aunque reconociéndole a él en exclusiva la síntesis final. De otro modo, en efecto, no habría líteratura crítica de los genios mayores de la cultura occidental: Homero, Virgilio, Dante, Cervantes, Shakespeare y Goethe.

En lo que concierne a Pascal, Fortunato Strowski apunta a tres fuentes de su estilo, que serían la geometría, los salones y Montaigne.

La geometría se comprende, o más bien, si se quiere, las matemáticas en general, que Pascal englobaba, quién sabe porqué, bajo el nombre de geometría, por los hábitos que desarrolla de rigor y claridad, y que con el tiempo pasan del matemático al escritor, por más que haya olvidado las matemáticas, todo lo cual persevera hasta el día de hoy. En Pascal, además, la pasión por la geometría no le abandona nunca, no obstante su tránsito, como en Sócrates, al estudio del hombre.

Lo de los salones, en cambio, hay que ponderarlo más despacio en este país en que vivimos, de donde ha desaparecido por completo el arte de la conversación. Mis últimos recuerdos de su ejercicio remontan a los Contemporáneos: Café Tacuba, cafés de Gante y barandal de Prendes, donde Genaro Estrada tomaba el fresco de la noche con sus amigos, antes de entrar a degustar una colación cualquiera.

En Francia, por el contrario, el salón, presidido de ordinario por una gran dama, ha sido desde tiempos inmemoriales el hogar del buen gusto, de la galantería y de la eclosión del espíritu. No sé de ningún escritor francés que en algún momento de su vida no lo haya frecuentado, y si lo dejaron habrá sido por motivos patológicos, como Proust por su astma.

Pascal, por su parte, nacido no en la nobleza, pero sí en la alta burguesía, tuvo acceso natural, sin la menor necesidad de implorarlo, a los más altos medios, a la corte de Versalles en primer lugar, a la presencia, por tanto, de Luis XIII y Luis XIV. Frecuentó, siendo apenas un adolescente, la academia de ciencias, de hecho y aun antes de asumir el nombre, presidida por el padre Mersenne, y donde se reunían los mejores ingenios, ente ellos Descartes. Y en lo que hace a los salones propiamente dichos, Pascal frecuentó sobre todo los de Mme de Sablé y Mme de Longueville. Fue, como lo reconocen todos, su época mundana, y no porque se hubiera enredado en aventuras galantes (por lo menos nada nos consta a este respecto) sino por haber aspirado a pleno pulmón aquel ambiente de refinamiento en el pensar y en el decir. "El espíritu y el sentimiento, dirá más tarde el propio Pascal, se forman por las conversaciones. El espíritu y el sentimiento se estragan por las conversaciones. Así, las buenas o las malas lo forman o lo estragan. Lo que más importa es, pues, saber escoger, para formarlo y no estragarlo."[Nota 2]

Las buenas conversaciones del tiempo de Pascal formaron su espíritu y su sentimiento, y adiestraron su estilo, y las malas, en cambio, las que hoy por hoy tenemos nosotros, las de cantina y discoteca, las únicas que nos quedan, pervierten entre nosotros el espíritu y el sentimiento.

La época mundana de Pascal conjeturo que habrá terminado con la noche extática y mística del Memorial (1654) cuando Pascal se vuelve totalmente a Dios y no se cura más de las cosas terrenas.

La experiencia anterior, sin embargo, continúa impregnando su estilo, en su brío, en su ímpetu, en su desenvoltura, elementos que son tan visibles en los Pensamientos como en las Provinciales.

De las tres influencias antes enumeradas, la última que pesó definitivamente en el espíritu y el estilo de Pascal, fue Montaigne, a quien leyó y releyó incontables veces, y de quien aprendió la técnica de la observación de sí mismo, con el corolario, además, de que en el yo propio está la forma universal de la humana condición, según decía el propio Montaigne.

Como quiera que sea, y si bien hay todavía quienes le discuten más o menos a Pascal el título de filósofo (entre ellos Maritain, nadie menos) pero nadie le regatea, y a la cabeza de todos Voltaire, su prosa incomparable. Una prosa poética, además, en la cual es patente a menudo el encanto, la gracia y la música de su amigo y contemporáneo Jean Racine, como, para no ir más lejos, en el pasaje antes transcrito de los tres órdenes. Más aún, los críticos han detectado en los Pensamientos no sé cuántos alejandrinos o endecasílabos involuntarios, como en este verso asombroso de El misterio de Jesús:

Il ne prie qu´une fois que le calice passe...

Versión, como salta a la vista, de las palabras de Jesús en la oración del huerto: "Padre, si es posible aparta de mí este cáliz", pero dichas por una sola vez.

De poeta a poeta, por lo demás, han de justificarse estas apreciaciones, y por esto cerramos estas reflexiones con las palabras de Paul Claudel, quien en repetidas ocasiones habló de Pascal como ejemplo de poesía en prosa, como en este pasaje:

"Pascal nos hace oír esta prosa maravillosa impregnada por entero y hasta en sus fibras más secretas, como la madera pastosa y seca de un Stradivarius, del son inteligible... Todos los recursos de la incidencia, todo el concierto de las terminaciones, el más rico y sutil que pueda darse en lengua alguna del mundo, han sido al fin plenamente utilizados. El principio de la rima interior y del tono dominante se desarrolla con una riqueza incomparable de modulaciones."[Nota 3]

De todos los pascalistas que conozco no hay sino Romano Guardini (Christliches Bewusstsein, Versuche über Pascal) que se haya atrevido a decir que a Pascal le es por completo extraño el arte, y sobre todo la música. Y lo que pasa es que Guardini, alemán al fin, enfoca a Pascal con lente kafkiano o kierkegardiano, sin darse cuenta, además, de que los Pensamientos no son un diario íntimo, y que su autor, por ende, no tenía por qué hablarnos de su gusto por la música o por la danza, de todo lo cual habrá quedado bien imbuido a su paso por los salones. Por último, y a quien tenga la noción mínima del ritmo y la armonía, habrá de serie patente el alma musical de Pascal en composiciones como Le mystére de Jesús y el discurso sobre los tres órdenes, el primero un himno al dolor, y el segundo un himno triunfal del espíritu y de lo que está más allá del espíritu.

Con el deseo de comunicar algo de Pascal al público en general, lo que quiere decir al público iletrado o semiletrado, lo mejor me pareció, y sobre todo en este momento del cambio político, trasladar aquí mi humilde versión de los Tres discursos sobre la condición de los grandes. Los grandes de este mundo, ya se entiende, y muchos de los cuales realmente no lo son, como aquel Grande de España que a Sancho se le antojaba tan pequeño.

Trátase, en primer lugar, de un discurso laico (cosa rara en Pascal) donde el nombre de Dios no aparece sino contadas veces, para designar la última fuente del poder político, como en todos los escritores de la época. Toda la fuerza del discurso, todo su vigor argumentativo, está cifrado en la distinción clásica, que nos viene de la sofística, ente la fisis y el nomos, entre la naturaleza y la convención, con todas las consecuencias que de ello resultan en el titular del poder político.

Sin ánimo de disputarle ninguna originalidad a Pascal, el tema estaba en el orden del día, y sobre todo en el declinio del Rey sol, cuando todos se preguntaban cómo podría educarse al Delfín, para que no reinara como un monarca absoluto sobre un reino de la importancia y potencia de Francia. A la muerte de Pascal, Nicole publicó un Tratado sobre la educación de un príncipe, y en general proliferaba esta literatura, como en España la de obras que ostentaban títulos semejantes, como los de Reloj de príncipes, Norte de príncipes o Regimiento de príncipes, y seguramente nos quedamos cortos en esta o semejante nomenclatura.

A este género, pues, pertenecen los tres discursos que parece haber pronunciado Pascal en presencia del joven duque de Chevreuse, a quien su padre, el duque de Luynes, había confiado a la comunidad de Port Royal. La redacción final se cree que fue hecha por Nicole, que se hallaba presente, y como haya sido nadie duda hoy en tenerlos, como de la autoría de Pascal, al contrario de otros que se tienen por apócrifos, como el Discurso sobre las pasiones del amor.

Aparte de su -perfección formal, los discursos representan un documento notable en la evolución del pensamiento democrático y los derechos del hombre. En el primer discurso, pulveriza Pascal la idea de un derecho natural al mando, o como se dirá después, el derecho divino de los reyes. Lo que bajo este nombre pretende cohonestarse no es sino fruto del azar, de encuentros fortuitos, de enlaces afortunados y de la fantasía de las leyes humanas. "Vuestra alma y vuestro cuerpo, dice Pascal al joven príncipe, son de suyo indiferentes al estado de batelero o al de duque. No tenéis nada por vos mismo que os encumbre sobre los demás." La verdad fundamental es la de la "perfecta igualdad entre todos los hombres."

En el segundo discurso vuelve Pascal sobre la distinción, ya expresada en su carta a Cristina de Suecia, entre las grandezas convencionales (d'établissement) y las grandezas naturales, la distinción, una vez más, entre fisis y nomos. Las primeras grandezas son todas ficticias, y sólo las segundas reposan sobre una superioridad real: ciencia, inteligencia, virtud o fuerza. Cuando el príncipe carece de cualquiera superioridad natural, habrá que despreciarlo interiormente por la bajeza de su espíritu (le mépris intérieur pour la bassese de votre esprit) aunque rindiéndole exteriormente el homenaje debido a su superioridad convencional.

En el tercer discurso, en fin, hay al final una súbita irrupción del orden sobrenatural, el de la caridad (recuérdese el discurso de los tres órdenes) de lo que resulta la aparente contradicción o incongruencia de que no dejará de condenarse (sic) quien se atenga a los consejos enunciados en los dos discursos anteriores. No me siento capaz de disolver la contradicción, y me limito a sugerir que la explicación podría estar en el jansenismo de Pascal, conforme al cual las virtudes naturales no tienen valor alguno en la economía de la salvación. Lo digo como lo siento, sin haber visto confirmada esta exégesis en parte alguna. Sería una expresión más del sobrenaturalismo exagerado de los solitarios de PortRoyal.

En conexión con los tres discursos estaría el fragmento de los Pensamientos (Br. 331) que nos limitamos a trasladar:

"Si Platón y Aristóteles escribieron de política, fue como para arreglar un hospital de locos, y si aparentaron hablar de ello como de una gran cosa, es que sabían que los locos a quienes hablaban, pensaban ser reyes y emperadores."

De los Discursos resulta, por último el retrato de Pascal, un retrato moral, se entiende, de su personalidad. Podemos concurrir con Mauriac en destacar en él su desmedido orgullo (nul n´a possedé plus fortement que Pascal la certitude de son excellence) sólo que en este orgullo entra, tanto como la conciencia de su supremacía intelectual, la ufanía de su libertad. Pascal fue un hombre supremamente libre, como lo hace ver, para no ir más lejos, el lenguaje que usa con los grandes de este mundo. De acrisolada religiosidad, Pascal no, quiso, sin embargo, abrazar el estado eclesiástico; y en lo que toca a otras conexiones, está hoy perfectamente claro que nunca fue miembro de la comunidad de PortRoyal. Convivía con ellos, es verdad, pero salía cuando le venía en gana; iba y venía de París sin dar a nadie ninguna razón de sus pasos. Por último, y en la suprema confrontación con Roma en la querella jansenista, Pascal apeló a Jesucristo por encima de su vicario, según lo dejó escrito:

"Si Roma condena mis cartas (las Provinciales) lo que yo condeno lo condena el cielo. Ad tuum, Domine Iesu, tribunal appello."

En las circunstancias actuales es seguro que Pascal habría estado con Marcel Lefebvre, y que habría refrendado el verso de su amigo Pierre Corneille, que con el tiempo hará suyo Gabriel Marcel:

Rome n´est plus dans Rome, elle est toute oje suis.

Pascal murió el 19 de agosto de 1662, a la edad de 39 años. La obra que dejó inédita, los Pensamientos, es, no obstante su carácter inacabado y fragmentario, una de las obras mayores de la literatura universal.

Primer Discurso*
Segundo Discurso
Tercer Discurso

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