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ESTUDIOS. filosofía-historia-letras
Primavera 1989

Primer Discurso*


*La traducción de los Tres discursos es obra de Antonio Gómez Robledo.

Para entrar en el verdadero conocimiento de vuestra condición, consideradla en esta imagen.

Un hombre fue arrojado por la tempestad a una isla desconocida, cuyos habitantes afanábanse por encontrar su rey, que se había perdido; y como el náufrago tuviera gran semejanza en su cuerpo y en su rostro con el rey, tomáronlo por él, y en esta calidad fue reconocido por todo el pueblo. En cuanto a él, no sabiendo qué partido tomar, resolvióse al fin por prestarse a su buena fortuna. Recibió todos los respetos que quisieron rendirle y dejóse tratar de rey.

Mas como no podía olvidar su condición natural, pensaba, al par que aceptaba aquellos respetos, que no era el rey que el pueblo buscaba, y que no le pertenecía el reino. Tenía así un doble pensamiento: uno por el que actuaba como rey, y el otro por el que reconocía su verdadero estado, y que no era sino el azar el que le había puesto en el lugar en que estaba. Este último pensamiento lo encubría, y descubría el otro. Por el primero trataba con el pueblo, y por el último trataba consigo mismo.

Por un azar no menor que el del hombre que de repente se encontró ser rey, poseéis las riquezas de que sois dueño. De vos mismo y por vuestra naturaleza, no tenéis sobre aquello ningún derecho, no más que aquél; y no solamente no os encontráis primeramente como hijo de un duque, sino que no habéis venido al mundo sino por una infinidad de azares. De un matrimonio dependió vuestro nacimiento, o por mejor decir, de todos los matrimonios de aquellos de quien descendéis. Y estos matrimonios ¿de quién a su vez dependen? De un encuentro fortuito, de un discurso al viento, de mil ocasiones imprevistas.

Vuestras riquezas, a lo que decís, os vienen de vuestros ancestros, pero no es sino por mil azares como vuestros ancestros las han adquirido y conservado. ¿Podéis imaginaros que por alguna ley natural hayan pasado estos bienes de vuestros antepasados a vos mismo? No hay verdad en esta apreciación. Este orden no reposa sino en la voluntad de los legisladores, los cuales habrán podido tener buenas razones, pero ninguna tomada de un derecho natural que tuvierais sobre estas cosas. Si les hubiera venido en gana ordenar que estos bienes, después de haber sido poseídos por vuestros padres durante su vida, a su muerte volvieran a la república, no hubierais podido tener el menor motivo de queja.

De suerte, pues, que todo el título por el que poseéis vuestro bien, no es un título de naturaleza, sino de una constitución humana. Un giro distinto de imaginación en quienes hacen las leyes, os hubiera dejado pobre; y no es sino esta inclinación del azar la que os ha hecho nacer al amparo fortuito de las leyes que os han sido favorables, y que os han puesto en posesión de todos estos bienes.

No quiero decir que no os pertenezcan legítimamente, o que esté permitido a otro arrebatároslos, ya que Dios, señor de todos ellos, ha permitido a las sociedades hacer leyes para su repartición, y una vez que estas leyes han sido establecidas, es injusto violarlas. Es esto lo que os distingue en algo del náufrago que no habría poseído su reino sino por el error del pueblo, ya que Dios, no habiendo autorizado aquella posesión, le habría obligado a renunciar a ella, al paso que autoriza la vuestra. Mas lo que os es en todo común con él, es que el derecho que tenéis sobre aquello, no tiene mayor fundamento del que tiene aquél, por no consistir en ninguna calidad o mérito de vuestra persona, y tal que os haga digno de aquella posesión. Vuestra alma y vuestro cuerpo son de suyo indiferentes al estado de batelero o al de duque, y no hay ningún vínculo natural que les adscriba a una condición más bien que a otra.

Pues de todo esto ¿qué se sigue? Que debéis tener, como el hombre del que hablamos, un pensamiento doble: que si actuáis al exterior con los hombres según vuestro rango, debéis reconocer, por un pensamiento más oculto pero más verdadero, que por naturaleza no tenéis nada por encima de ellos. Si el dictamen público os eleva por encima del común de los hombres, que el otro, el que lleváis escondido, os abaje y os tenga en una perfecta igualdad con todos los hombres, por ser vuestro estado natural.

El pueblo que os admira no conoce quizás este secreto. El pueblo cree que la nobleza es uña grandeza real y considera a casi todos los grandes como siendo de una naturaleza distinta de los demás. No le descubráis este error, si así os place, mas no abuséis insolentemente de esta elevación, y sobre todo no queráis desconoceros a vos mismo pensando que vuestro ser tiene algo más elevado que el de los demás.

¿Qué diríais del hombre aquel que hubiera sido hecho rey por error del pueblo, si viniera a olvidarse a tal punto de su condición natural que se imaginara que s e le debía el reino, que lo merecía y le pertenecía de derecho?' ¿No quedaríais pasmado de su necedad y locura? Pero entre las personas de categoría, ¿no hay también las que viven en este extraño olvido de su estado natural?

¡Ojo a tan importante aviso! Pues todos los arrebatos, toda la violencia y toda la vanidad de los grandes vienen de que no conocen en absoluto lo que son. Difícil cosa es, en efecto, que quienes se miran en su interior como iguales a todos los hombres, y que estén bien persuadidos que en sí mismos no tienen nada que merezca las menudas ventajas que les ha dado Dios por encima de los demás, puedan tratarlos con insolencia. Para actuar de este modo tendrá uno que olvidarse de sí mismo y creer que se tiene alguna excelencia real por encima de aquéllos, en lo cual consiste la ilusión que trato de describiros.


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