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ESTUDIOS. filosofía-historia-letras
Primavera 1989

EDUARDO SUBIRATS, LA CULTURA COMO ESPECTÁCULO

Author: Alberto Sauret


Eduardo Subirats, La cultura como espectáculo, Madrid, Fondo de Cultura Económica, 1988. ISBN 84-375-0281-0.

Paren el mundo que me quiero bajar.

MAFALDA

Lo primero que debe decirse de este libro es que por su título no defrauda. Tras semejante inscripción se pasa revista a varios siglos de cultura en un pantallazo espectacular. Abundan datos, nombres, referencias y digresiones. Una de éstas, extendida todo un capítulo, fue publicada como adelanto del libro en el número 12 de ESTUDIOS. [Nota 1]

Mas la profusión se alínea a un recurrente discurso: "El espíritu positivo, inaugurado por la filosofía científica del siglo XIX, se ha impuesto sobre aquel idealismo filosófico y estético que, desde Vico a Herder, quería la cultura como el resultado de la acción formadora de la intuición estética." La progresiva expansión de la tecnociencia moderna ha empujado a ésta hacia todos los ámbitos de la vida, lo que implica la irrupción de un tipo de cultura predominantemente tecnológica que absorbe y desplaza las formas tradicionales. Este totalitarismo ambiente con fenómenos cada vez más masivos gradualmente despoja a todos los actos de su dimensión subjetiva, anulando por tanto las posibilidades de auténtica participación individual y colectiva.

Las originales manifestaciones de genuina vida cultural resultan suplantadas por productos artificiosamente fabricados. A este panorama que tiende a lo omnicomprensivo llama Subirats cultura como espectáculo, obra de arte total, gran teatro del mundo, pero sobre todo, sin inhibiciones, simulacro. El simulacro no es cultivo sino prótesis plástica, estéril, Juego de espejos donde el hombre se mira y se ve reproducido infinitamente, con medios prestados, mejor dicho vendidos, mejor aún prostituidos.

Esta "hipótesis descriptiva" subyace más o menos explícitamente en los numerosos diagnósticos de la época, que dictaminan la muerte del hombre, el fin de la historia, etc., característicos de la circunstancia actual, "posmoderna'. En este contexto Subirats hace una enmienda a quienes se habrían quedado cortos en el estudio, una amonestación a los que acusa de haber abdicado ante los problemas del mundo contemporáneo, y una propuesta --dice que superadora de sendas faltas.

En primer lugar, el enfoque de ciertos críticos de la Escuela de Frankfurt no sería capaz de ver algo fundamental, como es que "el significado cultural de la tecnociencia moderna no se agota con el infinito recuento de sus aspectos alienantes... ni siquiera con el esclarecimiento de su dialéctica histórica", que deja ver el progreso y la neo barbarie como caras complementarias del mismo proceso.

En segundo, objeta "el pesimismo filosófico estilizado por aquellas corrientes del pensamiento moderno que en el arte, la literatura o el ensayo han tratado de asumir intelectualmente la condición histórica del hombre moderno (y) sólo hablan en favor de este final de la historia". Por lo que entonces convoca a "la reconstrucción de las categorías criticas del análisis de la cultura", que "debe considerar en primer lugar aquella dimensión ontológica de la técnica como productora de la realidad".

Dice Subirats que, dado que "el envés de este optimismo sublime y entusiasta por la reduplicación espectacular de las culturas históricas, las formas de vida y la naturaleza es la muerte del arte, la salvación del hombre sólo puede darse por la recuperación de la dimensión estética de la vida. Por ello para cumplir con lo que manda el día "es preciso partir, en primer lugar, de nuestra memoria histórica, del recuerdo de aquella utopía de una cultura artística de las formas de vida, que formularon las filosofías de la cultura y la historia de Vico" y otros.

Estamos de acuerdo (¡si lo estaremos!) con que abundan publicadores posmodernosos que ante el vasto espectáculo de devastación rehuyen al compromiso histórico con el divorcio histérico. Pero también creemos que el "querer es poder" simula un wishful thinking no siempre justificable. Además creemos también que, así como frente al escenario desolado los hay gozosos, solazados, regodeados, también los hay un poco asqueados por el sinfín del número sin fin, en quienes la imposibilidad de un optimismo sincero se revuelve mueca, acritud, sarcasmo.

En un libro con tamaña multitud de presencias expresas se hacen más patentes ciertos ausentes que, impresos no son ausencias. Lo que sostiene el autor -y por cierto es el caso también de varios de su entorno- reverbera demasiado fielmente cosas que. se vienen diciendo allende los Pirineos en los últimos 20 años, que en lo inmediato tocan piedra en las heterodoxas y sugestivas Mythologies[Nota 2] de Barthes (1957), para quien la mistificación, el ocultamiento, el escamoteo de la realidad se practica en el mismo acto de mostrar. Posiblemente también el libro deba alguna sugerencia a Schwartzenberg,[Nota 3] pero sin duda quien reclama ser acreditado con los insufribles gritos del silencio es Baudrillard, presente en este ensayo hasta con su terminología -condenado a la omisión quizá convicto de "abdicación".

La tesis de la cultura como simulacro se encuentra sustentada a lo largo de muchos ensayos del autor francés, varios de los cuales han sido agrupados por una editorial española, precisamente con este título.[Nota 4] Mientras que cuando el catalán diga que "el simulacro sería algo así como el valor de cambio de las cosas, concebidas desde su significado esencial como valor de uso", no estará sino parafraseando al mismo pensador, que esboza esta tesis de inspiración marxista en Le systéme des objets (1968)[Nota 5] y la desarrolla como estructura de su trabajo Pour une critique de l´économie politique du signe (1972).[Nota 6] Baudrillard, claro, es interlocutor de los de la Teoría crítica.

En cuanto a la pretensión de salvación por el que llama "un discreto principio de esperanza" cifrado en el arte como acceso a lo absoluto, nos parece indiscreto por desesperanzador; lo encontramos ingenuo, excesivo y caprichoso, y hasta sospechoso de insinceridad. Sería más áceptable frente a la tremenda manifestación de vacuidad aguardar nuevas manifestaciones de lo numinoso: En el desierto -quizá porque no las hay- la fe mueve montañas o, por lo menos, cuando esto no ocurre, el creyente se dispone a peregrinar en su búsqueda. Pero superar esta caída por la mera contemplación estética, sencillamente lo encontramos insostenible.

El propio Vico, a quien recurre el autor, invalidaría este desesperado recurso, pues el napolitano suponía la Providencia a tutti corsi o ricorsi. Más que por lo quimérico resulta inconsistente por lo intempestivo, antes que utópico es ucrónico. Es ésta una nostalgia tan artificiosa como las veleidades que juegan a conjurar el vértigo impasible del flamante Challenger de Reagan al volante de un Bel Air que luce como nuevo, disfrazadas de James Dean (cuyo coche era un Porsche).

Muy en su tiempo sí es la problemática del libro y también su tratamiento, acorde con esa España que más que renovada se quiere removida, con sus indispensables punks y, según cuenta cierto periodismo ultramoderno ultramarino que llega hasta las Indias, ¡hasta con post punks! simulacros casi idénticos a los que circulan allá donde nada es más repugnante que la moda de hace un rato, allá, allende...

ALBERTO SAURET


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