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ESTUDIOS. filosofía-historia-letras
Primavera 1989

PERESTROIKA ¿CAMBIARÁ A LA URSS?

Author: Jan Patula


A tres años y medio de la llegada al poder de M. Gorbachov en la URSS, nadie, ni siquiera un ciego político, podría negar los cambios que están sucediendo en este país. En diferentes partes del mundo, entre ellas México, se han dicho muchas cosas sobre los orígenes de la perestroika, sobre sus móviles manifiestos y ocultos, sobre los propósitos de emprender una "verdadera revolución dentro de la revolución", para emplear la calificación del propio secretario general del partido comunista soviético.

Prácticamente todos los días los medios de comunicación masiva traen noticias que hasta hace poco hubieran parecido inverosímiles, no sólo en cuanto a su filo crítico sino, y sobre todo, en lo que hace a la voluntad de cambiar todas las esferas de la vida soviética, desde sus aspectos globales hasta los más cotidianos y rutinarios. Obviamente las valoraciones de estos cambios y de sus alcances distan mucho de ser unánimes, tanto dentro como fuera de la URSS.

En este ensayo nos proponemos examinar, principalmente a la luz de documentos soviéticos, la conjugación de factores tanto favorables como bloqueantes de la proyectada perestroika, dejando abierta la cuestión de su eventual éxito o fracaso. El problema no radica, por tanto, en responder afirmativa o negativamente a la interrogante planteada en el título, sino en evaluar la correlación de fuerzas entre los que pugnan por cambiar los componentes del régimen y su funcionamiento y los que están interesados en conservarlos, al menos en sus rasgos esenciales. Es menester constatar que la lucha entre ambas tendencias no siempre reviste formas abiertas, de explícita declaración de principios y objetivos, sobre todo por parte de las fuerzas opuestas a los cambios.

Dada la naturaleza del sistema soviético, es decir, régimen de partido único y ausencia de la sociedad civil, así como de tradiciones democráticas en la historia de Rusia zarista y posteriormente de la URSS, el impulso de modificar las coordenadas fundamentales en la maquinaria estatal y partidaria tuvo que provenir desde arriba, desde la cúpula del partido. Con el nombramiento de M. Gorbachov como secretario general del partido se dio esta oportunidad, ya que el nuevo número uno de la Unión Soviética mostró ser el principal impulsor de la nueva política, a tal grado que comúnmente se asocia su persona con la paternalidad de la perestroika. En este momento no nos interesa rastrear los antecedentes ni los precursores directos de dicha orientación. Inmediatamente después del arribo al poder de Gorbachov se produjo una ola de remociones de altos jerarcas en el partido y en el gobierno, tanto a nivel central como regional y local. No se trató de una "gran purga", comparable con la de los años 1936-38 en la época estalimana, por la simple razón de que no estuvo acompañada del terror ni de represiones. Las personas desplazadas de puestos dirigentes pasaron a una jubilación anticipada o se les otorgó cargos de menor responsabilidad. La prensa occidental interpretó estos cambios como la lucha del nuevo secretario general por afianzarse en el poder, buscando adhesiones en las instancias claves del poder, sin percatarse de que tales medidas obedecieron, en el fondo, a la necesidad de crear una nueva clase política, compuesta por gente más joven, dinámica y preparada profesionalmente para promover la perestroika.

Sin embargo, sería iluso suponer que las remociones en el Buró Político, en el Comité Central del partido y en las dependencias gubernamentales, condujeron a formar un cuerpo homogéneo de la nueva clase política. Es obvio que todas esas personas se habían formado políticamente en las épocas anteriores, asimilando las reglas de juego y adquiriendo mentalidades deseadas por el establishment. Esta idiosincrasia y la tradición inmediata pesan sobre la conducta de los gremios dirigentes en mayor grado que en la gente común y corriente. En la prensa soviética son señalados con frecuencia como "conversos" de la noche a la mañana, los dirigentes de numerosas instituciones, quienes antes se habían destacado por su ortodoxia ideológica y autoritarismo en el ejercicio del poder. La declarada cohesión de la élite gubernamental parece, pues, circunstancial y motivada más bien por el curso de la perestroika, pero de ninguna manera puede considerarse definitiva. El caso de Yeltsin --ex primer secretario del comité municipal de Moscú- es revelador a este respecto, al exigir la aceleración de los cambios y una mayor depuración de los aparatos del poder y señalar personalmente a los principales obstructores.

De los beneficiarios inmediatos de la nueva política y sus fervientes partidarios hay que mencionar a los grupos de la intelligentsia. Se trata en este caso, de un soporte de gran importancia no tanto por sus efectivos numéricos, como por su peso en la sociedad, dada su capacidad de formar la opinión pública mediante la divulgación de metas de la perestroika y la obtención de apoyo social para esta causa. Aprovechando al máximo la apertura informativa, conocida como glasnost, los intelectuales crean un ambiente de participación ciudadana, al mismo tiempo que rompen los escollos dogmáticos que limitaban la creación artística y científica. En este punto se registran logros notables, a pesar del corto tiempo de su puesta en marcha. Muy visibles en la literatura, con la publicación de obras reveladoras por su estilo y contenido, que reflejan los tiempos nuevos o ventilan periodos oscuros del estanlinismo; y también con la edición de libros de autores prohibidos o simplemente "olvidados" por razones políticas. De igual manera se avanza en otros campos de la actividad artística y científica: cine, teatro, artes plásticas, filosofía, economía, sociología, etc.

No obstante, sería erróneo creer que el frente de la glasnost marcha al unísono y al mismo ritmo en todas las ramas del arte y la ciencia. En el campo periodístico, por ejemplo, aún coexisten al lado de nuevos foros de pensamiento, como Novedades de Moscú, Nuevo Mundo, Revista Literaria, El Fuego, etc., otros que son verdaderos bastiones del conservadurismo. Además, mientras que algunos gremios de artistas han logrado renovar sus organizaciones, introduciendo gente abierta y decididamente comprometida con la perestroika -tal el caso de los cineastas-, otras asociaciones siguen dominadas por cúpulas pertenecientes al "antiguo régimen" partidarios obligados de los cambios, como sucede en la Asociación de los Escritores Soviéticos. La división entre simpatizantes y conservadores se observa también en el seno de la Academia de Ciencias, en donde la vieja guardia se atrincheró en sus puestos. Un ejemplo de la actividad de las fuerzas conservadoras dentro de la intelligentsia puede ser la organización Pamiat (La memoria). Dentro de sus estatutos oficiales figura el objetivo de proteger los monumentos históricos y las tradiciones nacionales y populares. Meta por demás noble. Pero en su actividad práctica, esta organización se convirtió en un guardián de lo nacional y de lo patriótico con excesivo celo, llegando a la difamación de los principales exponentes de la glasnost, llamándolos peyorativamente cosmopolitas, masones, judíos... con el sentido de enemigos del pueblo ruso. Sirviéndose de la liberalización de las normas de la información, sus miembros a menudo distribuyen volantes o hacen correr rumores sobre la supuesta destrucción de un monumento histórico o sobre nuevos planes de construcción que, ocasionarían la demolición de algún edificio importante.

La piedra de toque entre los partidarios y los oponentes de la perestroika dentro del medio intelectual se sitúan en la actitud asumida hacia Stalin y su periodo. Mientras que los primeros exigen un esclarecimiento completo de casi 30 años en la historia de la URSS y la publicación de estudios con documentación en archivos, con actitud de abierta reprobación de los actos represivos y criminales en varios momentos de dicha época; los segundos tratan de justificar el legado de estalinismo bajo el supuesto balance entre los aspectos positivos y negativos de éste. El tema de Stalin cubre dos funciones íntimamente relacionadas: conocer la verdad histórica sobre su persona y su periodo de gobierno y, a la vez, decidir sobre la amplitud y la profundidad de los cambios actuales. Así, en una carta de N. Andrieyeva a la redacción de Sovietskaya Rosiya, la autora, química de profesión, protesta abiertamente contra todos aquéllos que critican "el lugar de J. W. Stalin en nuestra historia", adjudicando la culpabilidad de éste a la llegada de Hitler al poder, y justificando las represiones llevadas a cabo en el ejército, el alto costo social de la colectivización de la tierra y los errores del dirigente soviético en la conducción del país durante la segunda guerra mundial, etc. Según la autora las críticas que se hacen a todo esto sólo sirven para minar los cimientos del sistema soviético. A los propagadores de la perestroika los califica de partidarios de un "modelo de algún socialismo izquierdista liberal, intelectualoide, supuestamente portador de un humanismo más genuino y libre de las desviaciones clasistas". Luego acusa a éstos de cosmopolitismo y de un extraño "internacionalismo anti-nacional". La larga "carta de una profesora de química" fue interpretada dentro y fuera de la Unión Soviética como un manifiesto de las fuerzas conservadoras del partido, una obra colectiva de ideólogos del pasado, dadas las citas de documentos secretos y archivos, normalmente inaccesibles para simples investigadores. Incluso se ha especulado que detrás de la publicación habría estado el número dos de la jerarquía soviética, Ligachov. Lo sorprendente del caso radica en que la refutación de los planteamientos de la "autora" por parte del órgano del Comité Central del partido, Pravda, tardó más de 20 días en publicarse y que ningún otro medio divulgara polémicas con las tesis de "Andrieyeva".

Sin embargo, el punto decisivo para la marcha de la perestroika lo situaría yo en la aceptación de los cambios anunciados por los obreros y campesinos, mayoría de la población soviética. No se trataría en este caso de una aceptación declaratoria, formal, como ocurre a menudo con los dignatarios y los intelectuales, sino de una participación real en el proceso de reformas económicas. Esta participación estará condicionada por los resultados que arrojan los cambios legales e institucionales en la gestión y administración de los centros de trabajo. No sería, pues, una posición fija, definitiva y uniforme para toda la clase obrera y campesina.

Dado que la perestroika se propone modernizar la estructura productiva, elevar la producción e impulsar decididamente el sector de fabricación de los bienes de consumo, sector desfavorecido durante décadas a raíz de la prioridad otorgada a los bienes de capital, su éxito o fracaso dependerá fundamentalmente del grado de involucramiento de los obreros y de los cuadros técnicos, ingenieros y administrativos. En esencia, se trata del convencimiento de estos sectores de que a un mayor rendimiento del trabajo corresponderá una mayor remuneración y la posibilidad de adquirir los bienes deseados. Tomando en cuenta el tipo de economía dominante, que no es privada ni cooperativa, resulta importante la motivación económica y extra económica de los obreros y los cuadros técnicos directamente involucrados en la producción. Las fuentes soviéticas no niegan que la productividad es muy baja en comparación con las economías de los países desarrollados (se estima que el obrero soviético produce 40% menos que el estadounidense por hora de trabajo, quien está considerado como el más eficiente del mundo). La reforma económica prevé diversificar los ingresos de los obreros en función de su rendimiento y las ganancias obtenidas por las fábricas. Algunos economistas llegan incluso a aceptar el desempleo como forma de presión sobre los obreros con el propósito de aumentar la disciplina y la productividad del trabajo. Las autoridades soviéticas, por la boca del propio Gorbachov, rechazan por razones ideológicas, pero también pragmáticas, tal solución, proponiendo en cambio un programa de reclasificación y reubicación en otros centros de trabajo del excedente de mano de obra. De la misma manera se insiste en ampliar las prerrogativas de los consejos autogestivos y de los sindicatos con el fin de dar contrapeso a las facultades de las direcciones gerenciales y de la burocracia económica, aumento del que hablaremos más adelante.

Bajo estas premisas de la reforma económica se espera la respuesta diversificada por parte de la clase obrera. En términos generales se podría decir que los obreros calificados y los cuadros técnicos deberán estar más interesados en apoyar la perestroika y todo el proceso de las reformas económicas, más que el sector de los obreros no calificados, acostumbrados a percibir una remuneración regular sin importar los resultados productivos. Este último sector está también amenazado de sufrir reclasificaciones y eventuales reubicaciones en otros sitios de trabajo, no siempre en el mismo lugar de residencia. Pero también la hipotética alianza de los obreros clasificados y de los cuadros técnicos con el programa de la reforma económica está sujeta a los resultados palpables de esta nueva reorientación económica.

Hay que reconocer que ya se dio un paso crucial hacia una reforma estructural del sistema económico. Pienso, en específico, en la ley sobre la autonomía de las empresas productivas y sobre las organizaciones cooperativas. Con estas modificaciones legales se toca el punto neurálgico del funcionamiento de la economía en la URSS; a saber, la sujeción de los centros productivos a las directrices indicadas desde la cúpula del poder en todo lo que concierne a la actividad económica. La nueva ley introduce el principio de la responsabilidad financiera, la libertad de elegir el perfil productivo, los cooperantes y los destinatarios de la producción, permitiendo a la vez la remuneración según el trabajo y la capacidad de cada uno. Pero las noticias provenientes de la U RSS se quejan de que la ley no funciona, al menos a la escala deseada. Se enumeran muchas causas de ello: la falta de preparación de los cuadros dirigentes respecto a las nuevas reglas de contabilidad, la falta del mercado de capital y de materias primas, aparte de la mala voluntad de la burocracia, decidida a sabotear la reforma económica. El resultado: las fábricas trabajan "por encargo" de los ministerios por rama y siguen dependiendo de éstos en todas las decisiones.

Si bien una reforma económica en la industria es una tarea compleja que tardará muchos años en rendir frutos positivos, los cambios en la agricultura parecen ser más fáciles. Para incentivar a los campesinos koljosianos se otorga también a estas cooperativas una mayor autonomía en sus aspectos organizativos y productivos, llegando a alentar un subarriendo de tierra por familias o la formación de pequeñas brigadas de trabajo bajo su plena responsabilidad. Pero surgen de nuevo obstáculos gigantescos: falta de una infraestructura adecuada en mecanización, conservación y transporte, así como falta de una tradición que estimule la iniciativa de los campesinos. Esto último parece obedecer al hecho de que los koljoses han pasado por cuatro generaciones de un colectivismo degenerado y forzado. El caso de la reforma en China puede corroborar esta tesis.

Por otro lado, no cabe duda de que la proyectada reforma económica se dirige contra la burocracia. Independientemente de como queramos definir a ésta, como una clase social, un estrato, un grupo social, su existencia y su poder real de decisiones no pueden negarse. Como escribió W. Sielunin en Noviy Mir: "No hay lugar para la maquinaria burocrática dentro de la perestroika. Puede destruírsela, como pasa en las revoluciones desde abajo, puede hacérsela desaparecer, como el caso de las revoluciones desde arriba, pero no puede transformársela. Sea como fuere, son necesarios cambios revolucionarios. No puede esperarse entregar el progreso científico-técnico y el desarrollo de la economía al control de la burocracia porque eso significa el estancamiento de la economía y la decadencia del Estado". Las fuentes soviéticas mencionan que los efectivos de la burocracia, desde los peldaños más bajos hasta los más altos, suman 18 millones; tamaño de una nación mediana en Europa. Es verdad que en los últimos tres años se redujo un poco su número, pero, como advirtió sarcásticamente Albagin, economista partidario de la perestroika, la burocracia trabaja ahora con redoblada energía para reglamentar más la vida económica. Y uno de los directores de una gran empresa llegó a decir con desesperación: "El número de estos malditos papeles aumenta de continuo. He comprendido una cosa: es inútil luchar contra los papeles; hay que matar a sus autores".

Todas las observaciones anteriores nos llevan a constatar que la reforma económica es un desafío crucial para la buena marcha de la perestroika. En concreto, se trata de obtener a corto plazo frutos positivos para amplias capas de la sociedad, para poder integrar la participación ciudadana de los obreros y los campesinos en primer lugar, con las transformaciones macroeconómicas. Muchos economistas soviéticos están conscientes de que una ampliación de la reforma económica en cuanto a la modificación esencial de los mecanismos y reglas de juego podría provocar una frustración y un desencanto en la población que sólo sería aprovechable por las fuerzas conservadoras. Así, por ejemplo, N. Schrnielov, conocido economista de orientación mercantil y prestigiado periodista, abiertamente clama por introducir en todas las esferas de la vida pública el principio de que "todo lo que es económicamente ineficíente es inmoral; y todo lo eficiente es moral". Entre otras medidas propone elevar la importación de los bienes de consumo y tecnología susceptible de ser aplicada inmediatamente, aun a costa de un aumento considerable de la deuda externa, la cual, en última instancia, podría ser reembolsada con oro. También recomienda ampliar el campo para las inversiones extranjeras, disminuir el impuesto sobre la renta, etc., con tal de impulsar la producción y el abastecimiento de los bienes de consumo.

La batalla que se libra hoy día en el plano económico es, en el fondo, sobre el ritmo de la reforma. La evocación de las fuerzas conservadoras no se refiere a la existencia de algo fantasmal, sino bastante real ya que los enemigos de la renovación carecen de argumentos lógicos, de un programa convincente, pero todavía disponen de poder y fuerza". Un ritmo demasiado lento de la reforma económica provocaría necesariamente un desaliento y, posteriormente un rechazo a todo lo que representa un cambio, sobre todo si conlleva. Un descenso del nivel de vida como costo que deberán pagar grandes segmentos de la población debido a la implantación de nuevos mecanismos económicos. En tal coyuntura, resultan comprensibles los llamados de algunos con el fin de acelerar la marcha de la perestroika, porque, hablando metafóricamente, "no se puede saltar un precipicio con dos brincos".

Las fuerzas en pro de la reforma están conscientes del enorme reto que representa la perestroika y, por ende, exhortan constantemente a la sociedad a no decaer en los esfuerzos para salir adelante con el ambicioso programa de cambios estructurales en la URSS. Recientemente el miembro del Buró Político del PCUS e ideólogo del partido, A. Yakovliev, advirtió que el único camino para sacar al país del estancamiento socio-económico y científico-técnico en que éste se encuentra "es impulsar, como sea, las reformas previstas". El propio Gorbachov reconoció también en el informe a la reunión del partido celebrada a fines de junio que habían subestimado las zonas de inercia y de franca oposición a los cambios.

Más aún, los partidarios de la reestructuración no se limitan a exhortar y movilizar a la ciudadanía, sino que están decididos a hacerla irreversible. Además de los pasos ya dados en el campo económico y en la transparencia informativa, promueven la democratización política del sistema. Tal opción parece lógica y congruente con los anunciados propósitos de la perestroika. Alargo plazo se haría evidente la incompatibilidad de una estructura renovada de la gestión económica con el sistema político arcaico, ya que no pueden coexistir, por un lado, los bastiones de privilegios, el nepotismo y la nomenklatura en el plano político y, por otro, la transparencia, la racionalidad y la selección de cuadros según aptitudes en el plano económico. A mi parecer, así debería interpretarse el alcance de lo dicho en conferencia del partido, donde se propuso como resolución final democratizar el país, empezando por el PCUS y terminando con la sociedad. Los delegados presentes en la conferencia se pronunciaron a favor del principio de elegibilidad en votación secreta para todos los puestos en el partido, su limitación a dos periodos de cinco años cada uno, la clara distinción entre las funciones de los órganos del partido y el estado, el respeto a la autonomía de las empresas productivas y de los soviets. Asimismo, se decidió "crear el campo de acción más amplio posible para la autonomía social, para las condiciones de liberar plenamente iniciativas individuales y colectivas..." Un escéptico podría refutar lo anterior diciendo que se trata de una declaración de buena fe, de buenas intenciones en el mejor de los casos, pero que habrá que esperar a ver los resultados. En este otoño se presentará la oportunidad de verificar los principios democráticos durante la elección de nuevos miembros del Comité Central y de los soviets locales.

En todo caso, y ésa ha sido mi intención en este ensayo, no existe una especie de garantía para afirmar hasta ahora que la perestroika es un proceso irreversible en la URSS. Lo dijo muy claro A. Nuikin, prestigiado periodista soviético y observador directo de la realidad: "El que sólo hayamos pisado el campo de reformas crea peligrosas ilusiones de que por delante nos espera un garantizado y duradero plazo para su materialización." En conclusión, señala el autor, el proceso renovador puede ser suspendido, sin alcanzar a desplegarse en toda su dimensión.

Por mi parte, he intentado examinar la correlación de fuerzas y hacer hincapié tanto en los principales elementos favorables como en los posibles obstáculos en el camino de la perestroika. No comparto las tesis catastrofistas de algunos, como Bukovski -disidente y ahora emigrado- que ven en la perestroika el principio del fin del derrumbre de la URSS, el cual conducirá inevitablemente a un caos de gran magnitud, asegurando que las fuerzas coercitivas terminarán por ahogar a la ola reformista en el océano de la sangre e instaurando un régimen autocrático a escala monstruosa. Difiero también de esas voces entusiastas, dentro y fuera de la Unión Soviética, que hablan de la perestroika como si se tratara de un proceso consumado, plenamente realizado. Observo, más bien con prudente optimismo, todos los cambios que se están llevando a cabo en ese país, consciente de la enorme tarea a cumplir, la cual no puede ser reducida a un par de años y que seguramente se prolongará mucho más tiempo. Pero también temo que todo el proceso innovador pueda diluirse en buenos propósitos al empantanarse en la inercia del sistema, en los temores reales y ficticios de la gente común y corriente, en el bloqueo de las reformas por las fuerzas conservadoras. Hago mía la advertencia del filósofo y crítico Literario Y. Kariakin, quien dice: "Si perdemos la batalla de la perestroika será nuestro Chernobyl para toda la nación y todos seremos culpables." Al mismo tiempo, confío en que una conciencia de cambio está ganando terreno, en que, como dijera Kariakin, la "ecología de la ética" nutre a la perestroika y ésta vencerá tarde o temprano.


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