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ESTUDIOS. filosofía-historia-letras
Primavera 1989

La América y los países hispanoamericanos


Fue pues en este medio político que nació la revista con la intención, como ya dijimos arriba, de unir a la ex-metrópoli con sus antiguas Golonias. Si bien encontramos en La América muchos ensayos, editoriales y artículos que no se refieren al nuevo continente, no cabe duda que, comparado con otros periódicos españoles, su interés en lo americano era fundamental. Aparecía siempre la correspondencia de ultramar, en donde se publicaban noticias de diversos países hispanoamericanos. En cuanto a editoriales y artículos, muchos de ellos versaban sobre las cuestiones de estos países, siempre y cuando hubiese algo de importancia: la anexión de Santo Domingo, los discursos del presidente de los Estados Unidos, James Buchanan, sobre su intención de comprar Cuba, la guerra de Secesión de aquel país y evidentemente la cuestión mexicana, tema de nuestro estudio.

La palabra "unión" preocupaba muchísimo a los editores de La América. Consideraban que aquello que más ataba a España con los países hispanoamericanos eran los lazos culturales, pero que aún éstos se estaban perdiendo debido a la presencia e influencia del mundo anglosajón en estas tierras. Por ello, era urgente crear vías de comunicación que uniesen a ambos mundos, tales como tratados postales, líneas comerciales trasatlánticas y estaciones navales estratégicas, para "lo que se ofreciese". Estos nexos debían ser reforzados por lazos culturales que, una vez bien establecidos, lograrían acercar a la antigua metrópoli con sus antiguas colonias. Con esta inquietud el Sr. Asquerino, director de la revista, propuso a Isabel II y al gobierno español la celebración en Madrid, para abril de 1862, de una Exposición Agrícola e Industrial Hispanoamericana en la que se expondrían los productos tanto españoles como americanos; ello lograría un comercio mayor entre las dos regiones, que a su vez "crearía intereses de una y otra parte, a cuya sombra se harían más frecuentes las relaciones y más imposibles las rencillas injustificadas".[Nota 7] La idea tuvo una excelente acogida, el gobierno nombró una junta organizadora, encabezada por "el Marqués de Veragua, descendiente del inmortal Colón". La convocatoria tuvo cierta respuesta por parte de algunos países hispanoamericanos, y en Chile se contestó con una carta que empezaba con: "Al fin, la España se despierta".[Nota 8] Tal parecía, por lo que hemos podido ver en la revista, que al principio todo iba viento en popa, se hablaba de construir un edificio para las instalaciones --con suscripciones de los distintos países de imitar a Francia e Inglaterra en su experiencia expositiva, de adelantar la fecha a 1861... De alguna manera se perdió el entusiasmo, se dijo que la Exposición se transfería hasta 1864, y -creemos que- no llegó a llevarse a cabo debido a la política española hacia América (en Santo Domingo, México, Perú, Venezuela, Chile) y a la propia inestabilidad política, social y económica de España a partir de 1866.

Si bien la mayoría de los redactores insistían en esta unión con la América hispana por medio de la cultura y del comercio, otros hablaban de la necesidad de una confederación que, ante el amago de la raza anglosajona, enlazase a latina por medio de una fusión entre la antigua metrópoli y las repúblicas hispanoamericanas, bajo las bases de una perfecta igualdad. He aquí las gandilocuentes palabras de Castelar al respecto:

En el Atlántico se hallan dispersas grandes repúblicas que son el naufragio de nuestras antiguas glorias... necesitan de una potencia europea que tenga derecho a su agradecimiento, derecho a darles los consejos que una buena madre da siempre a su hijo.[Nota 9]

Vernos pues que la postura de La América hacia el nuevo continente era un tanto ambigua. Por un lado se veía la necesidad de unirse, de hermanarse ante el peligro anglosajón, pero por otro lado no dejaba de haber un resabio de colonialismo, --"paternalismo" lo llamaban ellos-. Y así, Asquerino escribía:

Hoy España sacudida de su letargo abre los ojos al sol de la libertad y tiende sus brazos cariñosos a sus hijos emancipados, llamándoles a la tierra de sus tradiciones, al hogar de sus padres, ofreciéndoles lazos de amor y armonía, a fin de que la raza latina, siendo lo que fue en el siglo de Carlos V, sea lo que debe ser, lo que la Providencia quiere que sea, en el siglo XIX.[Nota 10]

Esta tendencia a referirse a las glorias del pasado es constante en la revista. España fue gloriosa -decían ellos- y ahora tal parecía que lo volvería a ser; y si no lo era, se debía a su sangría en siglos anteriores, a sus esfuerzos sobrehumanos "para comunicar vida a regiones apartadas" si había quedado exhausta en el número de sus hijos y los elementos de su prosperidad "fue para dar su más robusta gente a Cuba y Puerto Rico, a México, Paraguay, Chile, Perú, California, Florida y Filipinas"[Nota 11] expresaba Pascual Madoz, que se distinguió como gran liberal español. La postura del agradecimiento de los países hispanoamericanos a la "Madre Patria" era manejada con bastante frecuencia, pero había momentos en que se exageraba, ya que se tildaba a aquellos de ingratos, de desagradecidos y aún de salvajes. He aquí un ejemplo de ello, escrito por un español de América:

Si no dio la España a la América lo que era imposible darla, la dio en cambio sus hijos: ocho millones de hombres (sic) vinieron a este continente. Y forman esa raza blanca de que tanto se vanagloria la nobleza americana y con razón, pues a esa inmigración, causa principal acaso de la decadencia actual de nuestra patria (sic) deben los americanos el no ser todos de color cobrizo y el andar con un traje de civilización en vez de ir corriendo los bosques con la hoja de Parra del paraiso".[Nota 12]

Pero ni todos los corresponsales eran como el que escribía lo que acabamos de referir ni todos los redactores eran tan obtusos. Algunos, al revés, sobresalían por su interés y comprensión del mundo hispanoamericano. Daremos como ejemplo el caso de jacinto Albistur, ministro plenipotenciario español en los Estados del Río de la Plata, quien redactó una serie de artículos titulados: Del porvenir político y social de la América del Sur, que consistió en un análisis sereno, profundo y, a nuestro parecer, muy acertado. Haremos referencia a él, pues aunque nuestro centro de interés es la cuestión mexicana, no cabe duda de que en todo lo que se decía y se pensaba de la América Hispana se incluía a México, por lo que creemos que todo ello nos da una visión mucho más amplia. Según Albistur, no había razón para desesperar del porvenir de la América hispana, ya que a pesar del desorden y aparente caos se estaban produciendo nuevas combinaciones políticas que darían forma a la idea democrática que en vano se trataba de arraigar en Europa, donde las tradiciones, la historia y los intereses creados le eran adversos. Y así, comentaba: "nuevo es el mundo nuevos han de ser sus destino".[Nota 13] Añadía que al viejo continente sólo llegaba de América "el rumor de sus revoluciones" pero que en cambio nadie conocía el trabajo latente y continuo que se estaba verificando en las entrañas de esa sociedad y que de esto "sólo se daban cuenta aquellos poquísimos individuos que entre los que visitaban la América eran capaces de esa observación". Asentaba además que así como al principio estos países no habían estado preparados para la libertad y menos para el régimen democrático, al cabo de cuarenta años de vida independiente, sería imposible imponerles una monarquía. Terminaba diciendo: "no hay que hacerse ilusiones: contra el primer trono que se intentase alzar en las nuevas repúblicas, se levantarán los pueblos en masa".[Nota 14] Albistur no temía que la raza anglosajona conquistase a la latina, pero para ello España tenía la obligación de contribuir a mejorar la suerte de sus hermanas de América por medio de la inmigración. Esperaba que con sus artículos, España cambiase de actitud hacia estos países:

Nuestro propósito ha sido procurar contribuir a que en España se preste la debida atención a lo que está sucediendo en la América del Sur. Este continente es de suma importancia y en él debe fundarse el desarrollo de nuestras relaciones políticas y mercantiles con aquellos pueblos, que tanto nos interesa fomentar.[Nota 15]

Y ya para terminar creemos también interesante dar el punto de vista de un hispanoamericano acerca de todas estas cuestiones que se han venido analizando. José Ma. Samper, neo-granadino --o colombiano-, y cuyo país no había sido aún reconocido por España, era colaborador asiduo de la revista. Como tal, escribió una serie de artículos titulados: Unión hispanoamericana que reflejaba bien su pensar. Empezaba comentando que el discurso del presidente de los Estados Unidos, Buchanan, "aunque más extravagante que amenazador" le había llevado a hacer una serie de reflexiones. No le cabía duda de que España "había resucitado" y que dentro de poco se convertiría en una de las primeras potencias del mundo, pero que era su deber -y su conveniencia-, ante el avance anglosajón, el formar una mancomunidad iberoamericana que incluyese a toda la península ibérica y a toda la América no sajona. Para ello, debía de cambiar su actitud ante esta última. Y aquí el autor daba rienda suelta a su manera de pensar. Se reconocía como republicano y demócrata por nacimiento y por convicción, y profundamente español por simpatía. Consideraba que España estaba equivocada al no aceptar a las nuevas repúblicas con sus instituciones democráticas y le aconsejaba que si no quería perder a Cuba, había que darle la condición de provincia y así igualarla con las regiones peninsulares.[Nota 16] Repetía que los principios esenciales de las repúblicas hispanoamericanas eran la libertad y la igualdad, profesaba su fe en la democracia internacional y por ende en el fin del intervencionismo. Además, se quejaba del mal que hacían a estos países tanto las repetidas intervenciones como la protección dada a los súbditos europeos que vivían en ellos, y causantes en gran parte de la separación entre ambos continentes:

... la política de los bloques, de las intervenciones injustificadas, de las usurpaciones de territorio, de la ciega y vejatoria protección dada a todas las exigencias de los súbditos europeos con sumo escándalo; esa política que hace a los grandes gobiernos cómplices de iniquidades supremas en América, no puede menos que engendrar desconfianzas, retraer a los hispanoamericanos de ese noble espíritu de hospitalidad y liberalidad que los distingue, y al cabo crear entre los pueblos de los dos continentes antipatías, comenzando por ser ridículas, acaban por hacerse excusables y legítimas a los ojos de las sociedades poco adelantadas y de los gobiernos intolerantes. [Nota 17]


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