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ESTUDIOS. filosofía-historia-letras
Verano 1989

Serafin


Ignacio Solares ha escrito tres dramas: El problema es otro; Desenlace, donde estudia a un matrimonio en crisis y lleva la problemática del sentimiento de orfandad a la pareja; y Delirium Tremens que es una versión para la escena de la obra del mismo nombre. Pues bien, en El problema es otro, hay un largo diálogo entre un hijo y su padre, un padre que abandonó muchos años atrás a su esposa y al hijo que busca confrontarlo, ahora que él, el padre, lo ha llamado, pues presiente la muerte próxima y quiere saldar cuentas. El hijo cerrará el drama (o lo abrirá) con estas palabras dolorosas que esconden una poesía honda e ilimitada:

... Yo también tengo mucho miedo, papá -un miedo que me paraliza en ocasiones- y necesito aprender a ser un poco valiente. Te hice la caricatura de mamá y de Ana. Yo también soy una caricatura de mí mismo, papá... Impotente, cobarde, incapaz de entablar una relación a fondo con alguien. Me siento a la deriva en ese mar que te mencionaba. Tienes que comprender que al marcharte de nuestro lado lo que provocaste fue una verdadera tragedia... Hace poco leí una historia en la que Cristo regresa a la tierra y dice que ha recorrido los mundos, que subió hasta los soles y no encontró a Dios alguno. Los niños se acercan y le preguntan: jesús, ¿no tenemos padre? Y él responde que todos somos huérfanos... Todos, papá. Me impresionó como no tienes idea. ¿Y sabes qué pensé? Que sin un verdadero padre no vale la pena permanecer en este mundo horrible.[Nota 3]

Y antes de abordar Serafin, he hecho referencia a esa pieza teatral porque ambos, novela y drama, son complementantes. Lo que el autor cambia es el punto de vista: el niño es arrojado por su madre porque no tienen qué comer. Es arrojado en busca de su padre. Este es un niño y aquél un hombre de posición acomodada, que le llama para despedirse. En tanto que el niño aborda un autobús de segunda clase con una bolsa en la que lleva las mudas de ropa interior, la camisa, un pantalón doblado, una bolsa de papel con la comida, latas de jugo, un balero y una virgen de yeso que su madre le ha regalado para que le proteja, mas la primera vez que el muchacho registra la bolsa, la encuentra rota.

La virgen de su madre, el amuleto, se ha roto. El niño que ha salido de su pueblo en busca del padre que los ha dejado hace ya mucho tiempo, que apenas tiene un número de teléfono incierto en la ciudad de México, ve la ruptura de la imagen, que es la suya. Ya está en camino, entre dos mundos y en ninguna parte. Ahora se sabe desprotegido, como arrojado en tierra de nadie...

La pusiste en la bolsa para así venirte tú conmigo. ¿Para qué si sabías que iba a romperse y yo ni siquiera puedo rezar solo? No me salen las oraciones, acuérdate.

La plegaria, dirigida al otro, procede de la comunión. Y no hay comunión para un niño que deja su pueblo, que es calor y prisión, por lo desconocido necesario que le llama como al marinero el canto de la sirena. Pero saben los marineros que la sirena llama desde el laberinto donde habita y el reino se encuentra más allá. Que es la sirena pre-texto; que el licor y el delirio, el infierno, componen la puerta del paraíso.

Los peces de aguas profundas son ciegos, pero hay algunos que se acercan a la superficie para iluminar la ceguera y sólo se acercan a ella porque la luz exterior -presienten- puede matar a su manera. Así, Ignacio Solares hace del sueño y de la "realidad" una realidad única y perfecta, y entonces todo es realidad, es decir, espera. No hay ahí esperanza ni negación: simplemente, espera. Este novelista es por ello realista mágico, es decir, metafisico. Por ello también, se le lee con facilidad: es la facilidad (dolorosa, gozosa: feliz) de leernos a nosotros mismos, de permanecer consigo que es hacer al otro en sí y participar en Uno del Otro.

Recordemos a Daniel De Foe: "Es tan razonable representar una especie de encarcelamiento por otra como representar no importa cuál cosa que exista realmente por otra que no exista."

Serafin acabará por encontrar a su padre a través de la mujer con la que su padre huyó. Ésta, que se llama Alma, ha sido abandonada también, pero es el alma y el alma es eterna. El padre dejó la baja tierra donde se hundía con su primera esposa y luego, de tanto mirarse el alma en Alma, la perdió y en el rincón de un tenducho miserable sigue mirando le os, más allá, en busca de no sabe qué que puede saciarlo, que no es tuyo ni mío ni suyo, estacionado en el tiempo donde presiente al Enemigo. Serafin, ahora, cree oír a su mamá, "pero también las voces se le fueron perdiendo dentro de la pleamar del sueño más profundo".


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