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ESTUDIOS. filosofía-historia-letras
Verano 1989

Casas de encantamiento


Pero Javier no tenía miedo aquella noche. Ya intuía que es la imaginación la que vuelve real a la realidad. De ser así no puede sucedernos nada que no hayamos deseado antes.

Estas líneas de Casas de encamiento, la última novela de Ignacio Solares, nos da la clave para penetrar la obra: ésta en particular y la que ha venido construyendo Solares a partir de El hombre habitado.

Ignacio Solares es un novelista que ilumina la noche. La noche es la cárcel del mundo. ¿No han notado ustedes la frecuencia con que el novelista emplea el adjetivo horripilante para calificar todo aquello que no puede verse más que en su inmediata realidad? El hombre vive preso en su cuerpo, donde reside el peligro. La noche dificulta la visión de los cuerpos y es necesario iluminarla para no sucumbir. Hay una luz que no procede de la materia y que permite, en la noche, ver el mundo desde la raíz del deseo. Esta luz del alma desasida de las amarras terrestres, nos permite trascender las categorías de espacio y de tiempo (ya no hay un dentro y un fuera; un antes o un después), el yo-otro deja de remitir al yomismo y, confundidos, experimentamos la Presencia de Dios y su irremediable fugacidad. Presos en la cárcel del mundo, nos vivimos en exilio del Ser, de nuestro ser verdadero e ignoto.

Qué importante rememorar ahora los títulos de las obras de Solares: El hombre habitado; Puerta del Cielo; Delirium Tremens; Anónimo; El árbol del deseo; La fórmula de la inmortalidad; El problema es otro; Desenlace; Serafín -nombre propio que remite a los espíritus bienaventurados que forman el segundo coro de los ángeles-; y, ahora, Casas de encantamiento.

El hombre es, de raíz, insuficiente, criatura habitada que debe indagar sus moradas diversas, abrir puertas que conducen a una sola y definitiva que se niega a ceder y nos va sumiendo en su delirio; éste nos hace conscientes ese anonimato liberador pero horripilante que vence el deseo, que es, en realidad, el de la inmortalidad; entonces el problema es otro y la vida, sueño; desenlace del que surge la pregunta "muerte ¿dónde está tu victoria?", que nos hace retornar, fatalmente, a la noche del alma para regresar al día y rever el mundo como casas de encantamiento.

Los personajes de Solares, como lúcidamente ha planteado John Brushwood,[Nota 4] constituyen un mundo de seres que nos importan como prójimos. Nos son proximos porque somos nosotros; porque uno, cada cual, se va volviendo nosotros según avanza (y permanece) en los relatos de Ignacio Solares. Y es que en las novelas de Solares se avanza sólo en las primeras páginas. Siempre, en un momento dado, se han desvanecido ese ser que soy yo y ese objeto que es el libro. En un momento dado se nos han extraviado nuestras identidades. Y cuando ya todo está permitido, no sentinios miedo porque el novelista ha operado el milagro de hacernos vivir desde la raíz del deseo: el suyo, el mío, los nuestros... Se ha hecho en nosotros esa extraña Presencia que es lo otro y es lo mismo. Desasidos del cuerpo, ya no hay peligro.

En Casas de encantamiento, el narrador como el protagonista aparente, Javier Lezama y el personaje Luis Enrique Bautista, se van volviendo, sin que nos demos cuenta, tres personas en una sola, como la ciudad de México es una y la misma en tres estadios diferentes. Y hay, sin embargo, tres personas y tres ciudades. Y es que el ultrarrelismo de todo gran novelista consiste, precisamente, en saber que es la imaginación la que vuelve real la realidad. Si el reportero Javier Lezama, que llega a la ciudad de México a principios de los años sesenta para morir poco más o menos veinte años más tarde, después del terremoto que asolara a la ciudad en el 85, y luego del encuentro amoroso con una mujer cuarenta años antes, más o menos el día en que él nació, mujer que se le fija en la imaginación cuarenta años después hasta encontrarla en el pasado, si el reportero Javier Lezama, digo, reconstruye la vida de Luis Enrique Bautista, que se lanza al vacío desde un edificio que sucumbiría pocos meses después y cuyo desmoranamiento presentía como deseaba el derrumbamiento de una ciudad que es una cárcel, vivimos también tres tiempos que acaban por constituir uno solo. Dejemos, para concluir, la palabra al novelista; al novelista que nos ha dejado otra forma del sueño, la escritura, que vuelve consistente, real, la realidad:

¿Usted imagina, profesor, lo que sería el sueño de esa caída para Luis Enrique que unos días después la vivió realmente? ¿O se le terminaría por confundir con el sueño? Al dejarse caer del balcón de su departamento en el edificio Nuevo León de Tlatelolco se dijo: esto lo acabo de soñar, luego no tardo de despertar en mi cama...

Pero más que concentrarnos en la experiencia de Luis Enrique (solo con su brinco al vacío), me gustaría que la fundiéramos con la de Javier al reescribir el sueño. ¿Le parece que ese final no ha de haber sido muy diferente al que vivió nuestro amigo al ser atropellado en un eje vial por un Mustang, después de permanecer todo un día dentro de un absoluto silencio mental y mientras miraba, precisamente, hacia la calle de Alvaro Obregón?

El libro concluye así:

... Muérete conmigo, vente conmigo, porque después abriremos juntos los ojos y no tendremos miedo de haberlos cerrado, podemos fugarnos por el agujero que se abre en el aire, mira, vámonos, con la sensación de ser nosotros mismos esa estrella evasiva que buscábamos y de permanecer unidos en el fondo de un libro que termina.


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