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ESTUDIOS. filosofía-historia-letras
Verano 1989

El árbol del deseo


La novela de Solares es una imagen que inicia y cierra el libro: una niña bien concreta que resiente el caos del entorno (indiferencia-riñareconciliación de sus padres) se rebela, pero su revuelta es inútil y sueña al padre que, de retorno a la paz, la toma entre sus brazos y la acomoda sobre sus piernas; ella se encorvará, se estirará, ronroneará como el gato satisfecho, apagando así hasta el último vestigio de la subversión. Es su realidad pero es también el sueño que la persigue. Como se expande el árbol sin mudar el espacio, se ramifican los deseos hasta la llegada del otoño; ser mirada y rescatada por el padre es el punto climático del sueño, pero es también la premonición de la muerte. Es necesario romper el maleficio, aunque el oráculo nos advierte -Revueltas y Buñuel lo han recordado- que viaja en tranvía la ilusión y un tranvía va necesariamente por la vía, de modo que nadie lo puede hurtar.

Y una mañana, la niña de la novela de Solares, ese ser tan concreto que ha sabido mostrarnos el novelista, amanece herida y descubre que sus victimarios han abandonado la casa. La recorre un vértigo de vida, busca a su hermanito que aún duerme, le dice que sus padres se han marchado y ambos emprenden un viaje una mañana luminosa que será -¿que otra cosa puede ser~- periplo alrededor de la noche.

Y vemos las ramas del árbol expanderse y hasta parece que es posible abandonar el tronco y mudar el espacio. Emprende el lector un viaje presa de la ilusión y el miedo de la protagonista y, como ésta, cae en el ambiente sórdido que rescata a la burguesita para la vida sumiéndolos en el terror. Como ella, el lector experimentará el deseo de salir, de escapar, pero también la curiosidad y, sobre todo, el horror y la necesidad de la aparición mágica de los padres abandonados y temidos.

Ignacio Solares ha vuelto a las fuentes de la picaresca. Lo ha hecho con un lenguaje preciso y transparente. En favor de la narración ha renunciado a todo artificio de las palabras y toda complejidad estructural. Nos ofrece, precisamente, un relato puro y su máxima economía ha redundado en una eficacia prodigiosaque se resume en la proposición célebre de Stendhal: "el estilQ es añadir a un determinado pensamiento todas las circunstancias propias para producir todo el efecto que debe producir ese pensamiento". Si a ello se agrega el aliento lírico que recorre el libro, es necesario afirmar que Ignacio Solares abre una nueva veta en la novela picaresca.

Y es que El árbol del deseo conjuga lo lírico y lo macabro, la ternura y la violencia pero, sobre todo, la plasmación de una subjetividad asumida en una escritura que se resuelve en la suprema objetividad, o sea, ese estilo sólo aparentemente impersonal.

Ignacio Solares sabe ver interiores y no le asusta el entorno social. En su novela vemos y tocamos tipos del proletariado lumpen, de la pequeña burguesía, de la grande... No hay en el relato un ojo privilegiado, una conciencia mayor que se alce y engulla a los personajes. El equilibrio del narrador nos envuelve en un mundo borderline que ha dejado de ser tal y se ha vuelto, penoso es reconocerlo, el nuestro, de ahí la prosa serena del conductor del relato.


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