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ESTUDIOS. filosofía-historia-letras
Verano 1989

EL DISCURSO DE LA REPETICIÓN Y LA MELANCOLÍA

Author: José Manuel Orozco[Nota 1]


A la memoria del Maestro Ramón Zorrilla, con quien comenté este ensayo.

Cae como losa de peso concreto, sin resistencia. La voluntad ya no está ahí parajugarse un poco el reto de oponerse: sabe que su fragilidad es pasmosa; nada la detiene en esa marcha forzosa por caminos inútiles. De todas las motivaciones que se inventan los demás no conoce ninguna que tenga cara amable. Las sonrisas huelen a máscara; las muecas se petrifican a través de lamentables miradas de espanto, pues cada quien cree que hace algo que tiene sentido, que apunta a algún horizonte, y nadie se descubre en medio de la necesidad. Por eso la voluntad lúcida ya no enfrenta al enemigo. Se lo encuentra en los brazos tiernos de la mujer insaciable; lo descubre colgando y lánguido en la pasión frustrania; pero también lo identifica en la rígida petulancia del hombre de éxito y su prosa vulgar de logros animales; se cubre de hastío a cada hora, en cada momento, porque atrás de las cosas se cobija el absurdo: siempre sabe para qué sirven las cosas, para qué la mesa, el automóvil y el sexo. Y lo único que sabe de todo eso es que nada se sabe.

Las cosas son inefables en la medida de su fatuidad. Están ahí y sirven para algo muy concreto. La pinza abre y cierra sus compuertas, lo mismo que las piernas de la mujer amada (o cuando menos deseada). Pero fuera del ejercicio que las mueve, y de un ánimo enfático que quisiera entrar en ellas, en medio de su entraña desfondando, fuera de esa ceguera de los movimientos inertes nada muestra la esfera latente del sabor, la delicia de un significado pleno o rico o gracioso, pues todo lo que pongo en las cosas me involucra hasta el cansancio de la intromisión: todo lo que hay en las cosas es mi fantasía alimentada cotidianamente, y nunca aparece la verdad desnuda de lo que se cree que las cosas habrán de darnos: en las piernas que se abren confirmo mi fuerza o mi debilidad, en los labios que me engullen quisiera perder la soledad para fundirme vocacionalmente (desde lo más íntimo) en el otro; y quisiera que cada cosa en su lugar me dijera que lo que tengo entre manos vale profundamente la pena. Pero el amor calla; la nostalgia te muerde adentro; las ululantes ilusiones atardecen con frecuencia; siempre está la traición rondando en casa, y la casa soy yo en todo momento: es a mí mujer a la que engaño; es ella la que se cansa, y la mirada del médico acompaña con la necedad de todas las veces: los ojos del sabio se incrustan preñados de técnica idiota en la dimensión de tus problemas, porque se sospecha una tendencia reactiva en tu crítica, se te afirma cuando gritasjubiloso, o se te cuestiona para que recuerdes que la manzana tiene un gusano dentro, y como quería San Agustín, se te dice que debes amar la pureza por la podredumbre que contiene (Freud).

Aceptar. Decir que sí a todo lo que suceda; y saber, sobre todo, que ese discurso del sí a la vida no está al alcance de todos; por eso te habla el médico, por eso te dice que es preferible depender de su dubitante ternura a escapar por el camino solitario de un dolor onanista: no hay que repasar las cartas a solas creyéndose el cuento de que esta vida vale mucho en sí misma; es mejor sentir que lo que duele es condolido cribado, tamizado por cedazos de odio, duda, estupor, desgaste, a modo de ensayo perpetuo para saber cuándo por fin se dice que sí a las cosas.

Uno pasa la vida sosteniendo un sí que está salpicado de negaciones brutales. Pero de vez en cuando el autoengaño te ayuda a creer que ese sí es un sí de veras; que no hay mentira en la alegría que te inventas al menos durante ese día. La figura siniestra de la denuncia, sin embargo, es un no al diagóstico que ni siquiera haces tú mismo. Es un no de carcajada cuando la vida misma ofrece los cambios que obligan a cambiar a la mirada médica. Pero esa mirada cambíante (confiada, como hielo que cínicamente se cuaja cada vez), va de la mano con tus deformidades por medio del pacto precioso del saber que sabe que nada sabe, sólo sabe que va sabiendo sobre la marcha, y al culminar ésta se vuelve un pobre buho de minerva que describe cómo han sido las cosas y cree que ahora sí, quizá, habrá una voluntad que cargue el peso gozosamente. ¿Existe esa voluntad? Nadie acepta que su dolor sea superado por algún otro de manera total; hay que atenuar el dolor al ubicarlo en la constelación de los dolores. Si sufro igual que otros, entonces bien vale que la democracia de la pena me reconforte, pues no soy el único. Pero todos pretenden que su dolor sea tan importante como para callarlo por orgullo o irlo pregonando a los cuatro vientos: de entrada y por salida va ese dolor exaltando sus virtudes para que la voluntad de vivir se anide en la queja, el desprecio, el juego de fuerzas y una que otra escondida dicha al poder disminuir al que tengo al lado como compañero de penas -si sufres por algo, yo no sufro de lo mismo: eso me alegra la vida- (Nietzsche).

El médico es feliz cuando sus pacientes abrigan la esperanza de su pensamiento milagroso que calla, da tiempo, y al final escupe desde la distancia sus opiniones distintas, preclaras, diáfanas y punzantes: se hace mella en el otro precisamente porque no se padecen sus males, y la imponente presencia que eso te otorga te vuelve invulnerable, o un poco menos desconfiabe. Confiamos en quien nos ayuda; y pedirnos ayuda de aquél que goza porque no padece lo nuestro, por eso dipone de la palabra para armar el texto de nuestro dolor: la verdad sobre el dolor se llama 'yo no sufro', y la mentira del hombre que sufre se llama 'sufro': el primero está en lo cierto si narra algo en lo que cree para amortiguarse; y la mentira del otro radica en que supone que narrando su dolor amortiguará la pena misma. Sin embargo, el dolor que miente sobre sí mismo y es verdad en el otro nunca cesa. De ahí que la mirada recorre sus cambios enmascarada en la petulancia de quien cree saber lo que no puede saberse.

En la melancolía se tiene el paraíso en las manos y no se puede habita en él. Tienes enfrente el universo de los placeres, pero no puedes comerlos, olerlos, gustar de ellos; los límites se te imponen desde todas partes: del cuerpo de ella puedes tocar algunas cosas al principio, cada hondura, pliegue, raspadura, rijosidad, aspereza y lágrima, quejas de gozo, humores amargos, cada grieta de los espasmos es victimada por la cirugía de la exploración; y en ella se disfrutan las perversiones, pues a pesar de que cada cuerpo tiene los mismos accidentes su esencia muestra maneras diversas de entregarlos: se recorre la geografía de una carne repetidas veces, y se buscan los orgasmos como principio de muerte que cuenta una y otra vez la misma historia (Freud). En la trama de la carne el éxtasis se hace estático; se calma, comienza tarde o temprano a cansarse de lo mismo que a diario come; o se cuelga siniestro de la voluntad del otro que algún día te dice que no siente, que no quiere, que mejor se ha de buscar la piel de otro porque la que se tiene a la mano está demasiado magullada. En la carne el afán de novedades exprime un limón ácido que te frena; hace de ti una pasión excesiva y torpe: los movimientos que traspasan de golpe se detienen y traspasan en otro sitio; y del bosque de la carne llega el día de extravío de donde menos lo imaginas, te prenden otros ojos, te apagan los mismos, y la demanda de placeres se calma en el punto del hartazgo. Las traiciones hacen del triángulo una aventura de pieles y recovecos recorridos y por recorrer; eventualmente todo se paraliza: ella te dice que ya no la toques más; su orgasmo se atrasa o nunca llega; tu expulsión experta pronto sabe de sí misma que el triunfo es fugaz; o se te escurre el ánimo con demasiada premura; como quiera que lo vea la carne, su proceso es un placer prolongado que se atasca: llega puntual la cita y en ella sabes que, después de todo, cada pasto ha sido rumiado cientos de veces por cientos de labios bovinos y al mirar hacia atrás el triunfo de los placeres te despoja fervientemente de ti mismo.

Si algo esclaviza es el otro. En sus entrañas descansa el hombre devastador; en las entradas se cimbra la hembra devastante. Uno y otro se miran, y todo péndulo de palabras recuerda que la historia ya se ha contado antes. Si tu amasiato te obnubila no habrá mejor tónico para colorearlo que la charla jubilosa de tu fuerza; en la medida de su seguridad depende su anhelo, se ancla, comete imprudencias, se aniquila, y al cabo de los años se torna sabiduría: entonces ya no hace nada sino ver, hacer de los años una colecta de necedades, pues la carne amada se aja en el misterio de caminos infinitamente pisados o inexorablemente ignorados. No importa. Si tienes a la mujer o si no la tienes, el impulso que palpa se queda anclado en la dejadez del sin sentido: algún día habré de hartarme de lo que tengo, y algún día me hartaré de no tenerlo. Ambos nos tocaremos en la mirada médica del grotesco discurso que puebla de negatividad la jocosa fantasía que nos contamos; y también será esa mirada la que te recuerde siempre que en la realidad él no está a la vista segundo tras segundo.

La autoridad mata tambaleante, indecisa, arrepentida y heroica, hecha un girón inextricable de ambivalencias: la autoridad me presiona cada día con el perdón de los pecados (Hegel). Me recuerda que la calma de hoy promete la retahila furiosa de mañana, y mi padre se me repite todos los días castigándome, aún cuando calla y se hace cómplice de mis torpezas: papá no gritó hoy ni ayer ni hace un mes porque me ha preparado el grito letal; y más allá de la fecha calendario de su muerte lo cierto es que mi muerte se harra todos los días porque todos los días hay un padre que me perdona la vida para aniquilarme al instante siguiente. Frente a la bastarda figura del poderoso no hay sino silencios, súplicas, acomodamientos masoquistas, y uno que otro juego de desprecios que se cruzan donde la alegría infantil se llama 'hoy le gané al fuerte'; y esa fuerza ríe, complace, deja al otro acomodarse. El momento en que deba golpear lo hará plenamente; siempre es bueno tener presente quién es el que manda. Y siempre es bueno saber que todo mandato nos encomienda la muerte como tarea diaria: hemos de morir un poco cada día para que la obediencia estalle en mil pedazos aquel día en que los días de disciplina hayan agotado sus recursos. El hombre paciente es un padre que demora la golpiza; y el hijo paciente es unjaguar que dará el zarpazo. Si hay deseo de muerte no es porque papá murió un día de un año en que murieron otros, o un día del año en que también conmemoro la muerte de otros muy míos. El deseo de muerte está en los cimientos de aquél que quisiera mandar sin odio, pero odia a quien lo manda; y en esa búsqueda desesperada nunca está consigo mismo, está dividido.

La fisura que constituye la trama de su historia es un poema de caídas perpetuas en la autodestrucción. De nada sirve esperar que pasen los días de angustia; que retroceda la incisiva pulsión de muerte que en los colmillos del padre muerto revive todos los días, pues el retroceso de la pulsión, ahí cuando muy de vez en cuando me siento bien, ese retroceso es una máscara más en el juego melancólico de esperar que muerda de nuevo la víbora de la autoridad, que grite de nuevo el hijo resentido que en cada voz adulta y en cada mandato siente que le abren la garganta con aceros de lenta pero definitiva excomunión: mi padre muerto me hace vivir todos los días con la sensación de que no tengo que ver con los demás, soy diferente, estoy marginado o excluido de sus éxitos: la gente de éxito apesta porque tiene la preciosa capacidad de creer que sus miserias son logros; y el poeta hace de cada logro una miseria, así como la música del verso nos evoca la eternidad de un instate que se fija para caer, de nuevo, en la vorágine del tiempo.

Es, pues, la melancolía un quehacer de la inteligencia. No se puede imaginar su implacable paso desde las órbitas de almas gentilmente bien tratadas por la vida, porque éstas son justamente las almas mediocres de la normalidad: sus penas se refieren a una casa no comprada, una deuda por pagar, una inversión que da frutos; a lo sumo, la normalidad hace de sus habitualidades quejas dramáticas que al punto olvida, y eso tan pronto como cambian los escenarios y mobiliarios. Al caer de la tarde las lágrimas vertidas por algo se cambian en risas que estallan si por la noche te sorprende alguna minucia del mundo que de inmediato seduce: tanto lloraba por ella, pero hoy no puedo llorar; es más, hoy me río a carcajadas porque está el mundo enfrente diciéndome que no tengo tiempo para tomar en serio mi dolor. Ya no hay respeto ni calma para sufrir de verdad; quiza por eso lo romántico es cursi, pues la cursilería se nos pega en la conciencia de la inutilidad, y solamente donde se percibe lo inútil se percibe súbitamente la insensatez de un tiempo dedicado al dolor: si te encierras en la estructura de la pena nada tiene sentido, estás perdiendo las horas, te ves a tí mismo con excesiva aplicación; pero si te encierras un momento para salir de nuevo al mundo tu fuerza dibuja en el horizonte un esquema casi cínico donde la admiración cobra peso: te duele, pero no tanto; de modo que sabes jugar, y en el deporte de cambiar de piel (carne, padre, novedades), el valor es no darle tanto valor a lo que duele porque de ahí se deriva únicamente la condolencia hoy por hoy despreciable.

La melancolía, pues, tiene mucho que ver con la conciencia de cansancio. Sabe inteligentemente que todo se repite. Las repeticiones se han vivido tanto que ya no se sabe qué sea nuevo; y tampoco se sabe cómo frenar la inercia de su voluntad ciega: es como aquella astucia de la razón donde todos los procesos son necesarios en aras al desarrollo del proyecto final de la totalidad; y haga lo que haga el hombre el sentido último del proceso tendrá que cumplirse. De la misma forma se cumplen las sentencias inexorables de la repetición en cuya trama se asientan las pasiones. La inteligencia que ve la repetición abomina de ella, pero la ama tiernamente porque sabe que su identidad depende de ella misma. Sin la repetición la cara no es rostro. Por eso el melancólico va acabando lentamente bajo la cifra perfecta del número de veces que ha tenido que padecer la búsqueda del paraíso, el retorno del padre asesino y la idiotez de los éxitos cotidianos; el melancólico dice que sí a la vida, se afirma en ella, y sabe todo el tiempo que esa misma vida es un no incesante.

Lo importante dentro de todo esto es, con todo, el discurso de la repetición. No refiere a una palabra que dice lo mismo una y otra vez. Sino que la trama del cuento siempre dice lo mismo porque no tiene otra cosa que decir: frente al universo de temas y problemas, junto a las novedades o dichas que podrían historiarse, el discurso de la repetición calla pues nada encuentra en lo que está enfrente que sea digno de narrarse; es un discurso que podría hablar del amor, pero sabe que ha amado hasta cansarse o sabe que nadie lo ha amado; es un discurso que sabe que podría hablar de las autoridades en el trabajo, la familia, los deportes, la escuela y la sociedad como un todo, pero también sabe ya de muchos modos que esa autoridad se ha sufrido a diario desde hace tiempo o que la autoridad se ha ejercido ya contra otros desde hace mucho tiempo.

El discurso de la repetición calla porque no tiene nada que decir frente a lo ya dicho antes; y tampoco tiene nada que decir al lado de lo que no se ha dicho. De lo ya dicho por sí mismo antes no pretende hablar de nuevo; y de lo no dicho prefiere no hablar porque lo desconoce. El discurso de la repetición es un tautología que se engolfa en sí misma; dentro de su tema busca nuevas palabras para contar lo contado, y los cuentos de lo contado contabilizan hasta el hartazgo un punto que retorna hasta hacer del vocabulario un alcahuete de la identidad: el discurso de la repetición identifica sus programas narrativos como empresas que van desquiciando el ánimo, porque el médico que escucha ya no quiere escuchar lo mismo, y al atascarse en la identidad de la repetición el discurso que cansa al otro permite presumir que la cura ni está a la vista ni llegará eventualmente; pero lo peor, dentro de este narrar lo narrado, es que el discurso de la repetición traiciona la expectativa de las novedades: cuando una historia se repite, se frustra a quien esperaba escuchar lo no oído; y el primero en frustrarse es el discurrente porque descubre de golpe que se escurre su historia en la necedad de la monotonía; de tanto hablar de lo mismo, ya nada tiene qué decirse, y frente a su silencio se abre su pasado necio, denso, brumoso, como lacerante masa en descomposición. El disco se raya en cada giro de música; pero el surco se hace tan hondo de tanto rayarse que las armonías que regalaba su giro se convierten con el tiempo en ruidos sin más. El discurso de la repetición es un ruido incesante que aturde la conciencia. A eso se llama muerte; y de la muerte se sale tenso, ex-tenso, angustiado con mirada de piedra atenuada por los fármacos de una química adivinatoria. El que repite se copia tanto a sí mismo que termina por no desear su propia imitación.

Sin embargo, eros se presenta con el aparato de su devoción; hace de las reuniones un asiento para contemplar, con estupor, el mágico trance de las fusiones: pero en eros se acompaña el espíritu de unos y otros; en eros se configuran los compromisos entre grupos y personas. Atrás de cada sonrisa hay un universo de comunicación en la trama de aceptaciones, complicidades o mero afán de encuentros. Eros edifica la ternura de miradas cuya súplica se hace forma al traspasar uno en otro, cada quien en la entraña de la aceptación. ¿Algo se repite ahí? La pulsión de muerte se apasiona en la demanda perpetua de lo mismo; quiere una vivencia en el modo de lo que revive, está ahí justo para su eterno retorno de afirmación constante. Entonces los brazos piden de nuevo los brazos, yendo hacia ellos atascan la marcha de labios insaciables que vuelven el beso una orgía de muecas, humores, movimientos y caídas en la oquedad del deseo, hoy como ayer y de la misma forma que siempre en cada oportunidad; es el otro un pasto voraz cuyas fronteras son ligadas a puntos de referencia precisos (ahí se gime, allá se ríe, y por aquellos recovecos de piel se entreveran las circunstancias del placer); eros repite de la carne sus asuntos con la parsimoniosa languidez del sí a la vida que se hace eco de su fascinación, de sí mismo en el énfasis de lo reiterado: eros es la misma cara hecha rostro cada día, como sorpresa que nunca se cansa de ser lo que es; eros conoce gozosamente los espasmos de todo momento, pero los busca infatigablemente aunque sólo sea para repasar la cimbrante enunciación de sus escurrimientos; eros extiende la mano y deposita la fuerza en el menesteroso para colmar de sentido a su pobreza reparada.

El discurso de la repetición genera el recurso a la novedad en la medida que brota el entorno de la sorpresa del contexto propio del sí que vuelve, pues no es otra cosa sino un decir sí a sí mismo en cada evento reiterativo; el discurso de la repetición se empantana en la novedad a partir de esa peculiar afirmación por donde la vida se vive plenamente. Lo que se repite es el sesgo creativo del que predice algo que espera ansiosamente: precisamente porque ya sé lo que ocurre con eso, justamente por eso lo deseo.

Cuando el deseo expresa sus modos encuentra en el entorno una condición suprema para abatir la melancolía. El cansancio se cansa de ser ese cansancio que tanto se imita; y por eso decíamos que la calca de sí mismo rezuma hartazgo en la medida de su depreciación, del surco que dice la música al infinito. Pero el discurso de la repetición plantea el viaje errante que usurpa de las situaciones contenidos amables, porque sí, porque se hace eco de sí mismo sin reparo. Ahí, la voluntad de vivir no se entiende como mecanismo insaciable, o frustrania condición de lo resignado. Tampoco es el nietzscheano ponerse a toda costa anhelando de todo que vuelva como si el instante fuera eterno. Es innovar el sentido de las repeticiones; contar algo digno de lo previamente contado. Y la dignidad, en ese caso, es presentar las aristas del problema con visos festivos, pues hay siempre una razón atrás de lo historiado; hay de suyo un algo constante que desde la duplicidad de figuras expresa novedades para el ánimo.

¿De qué depende, empero, el ánimo? Si lo animado es un acceso al entusiasmo desde la trama de las repeticiones, entonces la causa del estado depende directamente de la disposición a las novedades en alguien que trasciende la melancolía. Ni la pasión cíclica, ni el padre retornante o la vulgar consistencia de las cotidianidades retrasan el empuje; antes al contrario, las instancias del tedio se dejan a un lado para dar un paso inexorable a la fuerza. Ese tender hacia algo -en calidad de fuerza- es con todo patrimonio inexcusable del amor en sus condiciones de pureza. Un amor puro está preñado de feliz insensatez. Hace de sus motivos una historia sin descanso porque los defectos del otro son entrañables: justo lo que sería inadmisible en cualquier otro se vuelve grato en ese otro, y justo lo que me distancia de los otros me reconcilia con ese otro a quien amo. En el discurso de la repetición amorosa la magia del otro es su capacidad inmediata de producir gracia sobre el fondo de toda desgracia; y, mejor aún, al contar lo contado amoroso se cuentan horas, días, meses y años de desgracias congraciadas. Es por eso que los amantes convierten sus soledades en unidad. Cada soledad está sola con el otro, porq ue todo otro resulta intruso ahí donde mi soledad se acompaña sólo de un otro muy concreto: aquél en quien me reconozco.

Y dentro del tejido de las repeticiones, la urdimbre de su desconiposición se resarce de nudos o alteridades, cómplices agrupamientos políticos y hasta nimiedades, en relación absoluta con el viaje de un viajero andante, viandante, que en Dios encuentra la salida al tedio. Del amor de los amantes el Amado por excelencia corona los sentimientos de soledad al transformar la miseria de su melancolía en esperanza; casi como si dijéramos que el discurso de la repetición se aniquila renovado de sorpresas cuando el Dios de siempre esboza promesas e ilusiones tras el velo de todas las repeticiones. La fe sublima del tedio; compensa la soledad hastiada. Pero esa fe espléndida se accidenta en laberintos de hipocresía si el amado no busca al Amante; y, desde luego, se perfila siniestra bajo la mirada espeluznante de un Amado que no busca amante el ánimo flaco de esperanzas. Es decir., del tedio de las pasiones anudadas, las autoridades legionarias y las migajas vulgares de lo cotidiano; del tedio de esa suma de caídas solamente sale el hombre si va recordando en cada repetición una marcha cuyo fin es la esperanza. Es ahí donde se funda el sentido; y es por esa vía por donde el viandante viajero da al otro una y otra vez: el discurso de la repetición ama volver por el otro desde los cimientos de la fe, la esperanza y la caridad; lo que quiere que vuelva es la posibilidad de lo mismo a partir de miradas renovadoras.

Y a pesar de todo esto, la experiencia de estar instalado ahí, denso, profundo, fijo y sin movilidad; la experiencia nefasta de ser congelado en el mundo sin salida donde el surco de las cosas me obliga a imitarme a mí mismo todos los días, es, como decíamos antes, el saber aletargado de la monotonía, Quien se sabe cansado poco busca, se desmorona de pasiones de carne carcomida; se agiganta babieca en golpes de baja política; y torna las pequeñeces cotidianas en juegos de azar. Gane o pierda, todo se le atasca, agoniza, se para aflebrado, y al cabo del tiempo es melancolía de vivir no viviendo o de no vivir viviendo: se trata de un ser que es lo que no anhela ser o no es lo que anhela ser: incrusta la paradoja en cada comisura acartonada de la risa de piedra.


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