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ESTUDIOS. filosofía-historia-letras
Verano 1989

IV. La materia creada, dispuesta para su fin último


Todo lo que por el dinamismo del movimiento de la materia es, está llamado a la encarnación del alma humana, pero solamente una porción microscópica de la materia del universo entero es elegida para infundírsele tal privilegio, privilegio de la materia que se inicia en la constitución del cigoto, mediante la virtud del acto humano de generar. Salvo que la voluntad humana, deficientemente informada por la razón, provoque la muerte del embrión en cualquiera de las etapas de su desarrollo, o que la naturaleza así lo disponga, en tanto accidente de la materia orientado a un bien que de ningún modo debe escandalizarnos, sino más bien a salir de la soberbia de nuestra ignorancia y a superarlo en la medida de lo posible; salvo estas dos condiciones y durante todo el tiempo del movimiento evolutivo en que el embrión no ha recibido la infusión del alma racional, el embrión es materia privilegiada por encima del resto de la materia universal; y este privilegio es un atributo óntico de la materia embrionaria humana porque esa fracción de materia fue elegida desde siempre por Dios para infundirle su forma substancial racional, espiritual e inmortal, que es el alma, llamada, en la unidad indestructible de la persona, y una vez vencida la muerte, a la consecución de su fin último.

Desde el momento de la concepción de cada persona, existe un individuo vivo en la especie humana, de la misma especie y materia indistinta en la que se encarnó el Verbo de Dios. Así, toda la materia de la creación está subordinada, desde la sabiduría infinitamente libre y eficaz de Dios, a la encarnación del Verbo; encarnación y victoria radical de la vida sobre la muerte que ya tuvo lugar entre nosotros "en la plenitud de los tiempos", encarnación habida por la acción del Espíritu Santo en las entrañas de la única mujer posible que por ello y para ello fue privilegiada por la plenitud de la gracia desde el momento mismo de su concepción en el tiempo; momento éste elegido y querido por Dios desde siempre, que precisó del acto de generación humana de los padres de la única persona a la cual llaman bienaventurada todas las generaciones con sobrada razón. Y la disposición última de la materia de sólo uno de los óvulos que produjo la Virgen Madre de Dios, y no de otro, fue la que preparó y eligió el Padre de entre todo el movimiento evolutivo de la abrumadora inmensidad de la materia universal, creada por él para engendrar en ella a su hijo en el tiempo, aspiración cimera de toda la creación y, para la cual, actualizada en Cristo, su padre y padre nuestro, creó asimismo en el tiempo y de la nada, su alma racional, de la cual las nuestras son creadas a su imagen y semejanza en el momento mismo de su concepción, según lo demuestra amplia y exquisitamente el doctor angélico en los números 1, 2 y 3 del ya citado capítulo XLIV del cuarto libro de la Suma contra los gentiles. Como muestra de lo dicho, dos botones: "Mas la personalidad del hombre Cristo no es diversa de la del Verbo de Dios; y en la misma concepción asumió el Verbo un cuerpo humano. Luego en ella misma comenzó a existir la personalidad de aquel hombre, y por lo tanto desde ese momento tuvo un alma racional", y más abajo: Tor lo tanto, si el alma se unió al cuerpo desde el principio de la concepción, éste debió ser desde el principio también un cuerpo organizado y formado. Y también la organización del cuerpo, en el orden de la generación, precede a la introducción en él del alma racional; luego, puesto lo posterior, necesariamente debidó darse lo primero". Y yo añado: de la misma forma en que desde la concepción Cristo tuvo la misma personalidad divina que la de su padre que lo engendró, y la misma personalidad humana que la de la mujer que lo engendró, el resto de la humanidad desde el momento de la concepción tenemos la misma personalidad humana que la de nuestros padres, que nos engendraron, aunque el alma nos haya sido creada e infundida individual e inmediatamente, algún tiempo después de la concepción. Tanto es grosero opinar que Dios crea el alma individual en forma mediata, como opinar que Dios crea el alma necesariamente en el momento de la concepción. A los filósofos que se inclinan por la primera opinión, entre ellos Vázquez, quien, además, pretende hacer pasar a Maritain como solidario de esa opinión, tergiversando su pensamiento (p. 50), habrá de situárseles dentro de una concepción hilemorfista a la que le convendría el calificativo de mecanicista, y que subordina al Creador a su creación; a quienes se someten a la segunda opinión, conviene encuadrarlos dentro del abultado número de los filósofos modernos que no alcanzan a comprender el realismo ineluctable de la virtualidad humana, y no sólo de la materia embrionaria previa a su animación inmediata por Dios, sino desde que la persona es concebida hasta que alcanza su fin último. Más abajo volveré sobre la opinión de la creación mediata y Maritain.

Una de las causas de genuino regocijo intelectual, verdadero aliento de nuestra esperanza trascendental, es tener conciencia de que el cuerpo de la persona, a partir de la concepción, sigue la misma evolución morfogenética que la tenida por el cuerpo de Cristo a partir del momento en que también él fue cigoto. Y de la misma forma en que el padre común creó inmediatamente el alma de Cristo, crea la de cada persona, para ser infundida en una materia formada y organizada que la antecede en el orden de la realización, pero que desde el principio de su concepción suspira y hasta "gime" por tal alma racional, en tanto forma substancial creada en el tiempo, pero querida libremente por Dios desde siempre para informar cierta cantidad de materia, que por eso es privilegiada por encima del resto de la materia, se debe a la virtud del acto humano de generación; materia en la que, trascendida por este acto humano la mera acción del dinamismo químico de la materia, se individualiza determinada persona. La materia embrionaria humana es privilegiada por encima de todo el resto de la materia del universo, porque es necesariamente ella y sus accidentes y no otra la que en un instante de su existencia, conocido sólo por Dios y que escapa necesariamente a los objetivos de las ciencias de la naturaleza, es informada por un alma creada por Dios de la nada, es decir, inmediatamente, en tanto que debe su ser a la causa primera y sin que medie para su existencia ninguna causa segunda; y es creada de la nada para que asuma la forma substancial de esa determinada materia privilegiada que, en tanto persona, atraviesa una fase que le es necesaria: ser embrión. Y así como durante esta fase la persona está en vía, la persona está en vía necesaria. mente mientras atraviesa las demás fases que precisa su constitución, hasta ser llevada a su fin último; de manera semejante a una novia que es llevada a la boda con su amado, que la eligió de antemano.


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